Operación Antorcha

Operación Antorcha

Mientras los soviéticos contenían al ejército de Von Paulus en Stalingrado, en noviembre de 1942 los aliados occidentales decidieron desembarcar en Marruecos y Argelia, como paso previo para atacar la «fortaleza europea». Los barcos utilizados fueron en su mayoría británicos, y las tropas, estadounidenses. Las zonas donde debían desembarcar estaban bajo el control de la denominada Francia Libre, la Francia de Vichy, no ocupada militarmente por los alemanes, pero en la práctica, estado titere de Hitler, bajo la presidencia del héroe francés de la I Guerra Mundial, el mariscal Pétain. El general francés De Gaulle, exiliado en Londres, y los responsables de la Operación Antorcha, pues así se llamó en clave esta iniciativa, esperaban que a los 25000 soldados que pusieron pie en las proximidades de Casablanca y a otros 35000 que lo hicieron cerca de Orán y Argel, se les uniera un potente contingente de franceses del norte de África. Se hablaba de 150000 combatientes galos. La Operación Antorcha fue la primera iniciativa militar seria occidental desde el comienzo de la guerra, dominada hasta entonces a su antojo por el Tercer Reich.

Operación Antorcha. Tanque alemán en Túnez
Tanque alemán en Túnez

Pero los franceses no cooperaron de inicio como esperaba De Gaulle. En el desembarco de Casablanca, los franceses mataron a más de 1000 norteamericanos. Pasaron muchas semanas antes de que los aliados pudiesen avanzar contra las bases alemanas e italianas de Túnez, donde las fuerzas del Eje estaban bien pertrechadas y apoyadas desde Sicilia por la aviación. Frente a ellas, y una vez que los franceses cambiaron de bando por fin y permitieron el paso de los aliados, el 1º Ejército de EEUU avanzaba desde el oeste, y el 8º Ejército británico desde el este, desde sus bases egipcias. Aún así, al frente de las tropas del Eje estaba Erwin Rommel, el mayor estratega germano, que dio una buena lección a las bisoñas tropas aliadas en el paso de Kasserine. En esta batalla, Rommel conducía un contingente de 22000 soldados alemanes e italianos y 250 blindados. Los norteamericanos, británicos y franceses contaban con 30000 efectivos y el doble de carros blindados. Todo parecía a favor de los aliados, pero no contaban con que al frente del enemigo estaba Rommel. Rommel dio una «buena paliza», sobre todo a los norteamericanos, muy poco fogueados hasta ese momento. Hubo 10000 bajas entre los aliados, sobre todo estadounidenses, que además perdieron 235 blindados (además de artillería y vehículos de transporte). El Afrika Korps sólo sufrió 2000 bajas y 34 blindados.

No obstante, Rommel volvió a Alemania obedeciendo órdenes (se le necesitaba para la defensa del frente occidental, que aún no se había abierto, aunque solo era cuestión de tiempo), y las tropas del Eje, optaron por ceder terreno perdiendo el menor número de efectivos posibles, lo que permitió a los aliados controlar la mayor parte de la costa norteafricana. La Operación Antorcha sorprendió a los estrategas del Eje, pues los aliados habían puesto gran cantidad de carne en el asador (nunca mejor dicho) en un frente secundario. La Operación Antorcha supuso una solución de compromiso entre los norteamericanos, que deseaban entrar en combate de inmediato (pese a su falta de preparación) y los británicos, que no deseaban un desembarco arriesgado en Europa. Al menos todavía. Dunkerque estaba aún muy fresco en la mente del premier Winston Churchill.

La Operación Antorcha proporcionó numerosos prisioneros de guerra en manos de los aliados, sobre todo italianos que no tenían el menor deseo de continuar combatiendo. El éxito de esta iniciativa con un objetivos tan remoto ocasionó la ocupaciòn efectiva de la Francia de Vichy por Hitler, lo que debilitaba considerablemente el potencial de la Wehrmacht alemana. Pero la Operación Antorcha significó todavía más: proporcionó la experiencia necesaria a los aliados para una operación de desembarco a gran escala y un trampolín para el siguiente movimiento en la gigantesca partida que se desarrollaba por Europa. El desembarco en Sicilia se efectuaría desde las bases aliadas en el norte de África.

El Zorro del Desierto

Erwin Rommel 2

Tras la inoportuna irrupción de los italianos en la guerra, Hitler se vio obligado a apoyar a sus incómodos aliados en los frentes que habían abierto, en todos los cuales tenían serios problemas debido a la falta transalpina de preparación y de materiales para la guerra moderna, como la que se estaba librando en aquellos momentos. Pues una derrota italiana significaba un triunfo británico, y eso el dictador germano no estaba dispuesto a consentirlo por lo que pudiese pasar después, por mucho que los ingleses las estuviesen pasando canutas, como así era en realidad. Hasta que no entrase de verdad en la guerra EEUU, los occidentales no estaban en posición de tomar la iniciativa, pero sí de resistir a ultranza en espera de mejores tiempos, como pedía el Premier británico, sir Winston Churchill.

En el norte de África, el ataque frustrado de los italianos había tenido como consecuencia el contraataque británico, cuyas unidades tenían una capacidad de combate muy superior a las desmoralizadas y mal armadas tropas italianas. Así que Hitler envió a uno de sus mejores generales, Erwin Rommel, un hombre también muy respetado en las filas enemigas. El 11 de febrero de 1941, los alemanes desembarcaron en Trípoli, capital de Libia, y los italianos se pusieron a sus órdenes. Esa era la condición que había impuesto Hitler a Mussolini para actuar en ese escenario. La fuerza expedicionaria alemana, el Afrika Korps desembarcó y Rommel, con una argucia sencilla pero eficaz, hizo creer a los británicos que traía más fuerzas que las que en realidad venían con él. El astuto alemán hizo dar varias vueltas a la manzana a sus escasos carros de combate. Tanto es así, que un espía al servicio de los ingleses informó que los alemanes habían desembarcado con más de 1000 blindados. Aún así, el Alto Mando británico estimó que por muy astuto que fuese Rommel, carecía de experiencia en el combate en el desierto.

Pues este señor carecería de experiencia en el desierto, pero pronto se ganaría el apodo de el Zorro del Desierto. Se convirtió en un mito y en un héroe popular. Buscaba su propia proximidad al frente, arrimaba el hombro como el último de sus soldados y aparecía en documentales y fotografías. En marzo del 41 reconquistó Mersa el-Brega y la peninsula Cirenaica, en Libia, obligando a los ingleses a retroceder 800 km, que perdieron efectivos en el norte de África para ser trasladados al frente griego. 7000 británicos parecían suficientes para detener el avance de Rommel, pero vemos que no fue así. Fue la primera derrota militar británica en el norte de África.

Pero Rommel tenía sus propios problemas. Por supuesto el principal eran las acuciantes necesidades de avituallamiento, pues estaban muy alejados de sus bases, ya que Hitler consideraba el norte de África un escenario muy secundario de la guerra, enfrascado como estaba en la próxima embestida contra la URSS, que iba a absorber la inmensa mayoría de los recursos humanos y materiales de la Alemania nazi. Los británicos, a pesar de su retroceso momentáneo, mantenían su base en Malta, el portaaviones del Mediterráneo, desde donde atacaban los suministros enviados por mar al Africa Korps. Malta no fue conquistada por los alemanes, y finalmente la falta de suministros ocasionó que las fuerzas expedicionarias de Rommel se detuviesen en la ciudad de Sollum, en la frontera con Egipto y al este de Tobruk. Fortaleza bien defendida por los británicos. Rommel se estrelló contra las defensas de Tobruk, que ocasionaron graves pérdidas al Afrika Korps. Este sería el inicio de la contraofensiva británica en el norte de África. Los ingleses reunieron un gran ejército de más de 100000 hombres, 800 carros de combate y 1000 aviones, al mando de Claude Auchinleck. Su gran superioridad permitió liberar Tobruk del cerco alemán.

Acto de rebelión contra Hitler

Ludwig Beck
El general Ludwig Beck

A mediados del año 1944, la situación del Tercer Reich no tenía otra salida que la derrota, aunque se desconocía la fecha. No había alternativa a los rápidos avances soviéticos en el frente oriental y a los algo más lentos en el frente occidental, a cargo de británicos y norteamericanos. Por mucho que Hitler se empeñase en cambiar a los mandos militares, no había otra alternativa que la derrota, por mucho que el Führer no quisiese admitirla. La situación interna en la Alemania nazi se caldeaba, y fruto de este calentamiento fue el atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler, realizado en el propio cuartel general del dictador de Rastemburgo, a cargo del coronel Von Stauffenberg, único gesto de fuerza real de la oposición interior, agrupada en torno al general Beck y al político y economista monárquico Carl Friedrich Goerdeler, quienes, procedentes del estamento militar, eran los únicos en disposición de derribar el régimen. Los conspiradores deseaban hacer desaparecer al Führer, porque suponían que si éste quedaba fuera de juego, teniendo en cuenta que cada vez perdía más fácilmente los estribos, podrían negociar la paz con los aliados occidentales, y distraer fuerzas para trasladarlas al frente ruso, a fin de impedir que el bolchevismo alcanzase Alemania. Ignoraban, o querían ignorar, que los soviéticos, los norteamericanos y los británicos se habían conjurado para derribar el régimen nazi y no pararían hasta conseguirlo, unos avanzando por el este y los otros por el oeste, constituyendo una mortal tenaza para los fanáticos nazis, y al tiempo, para el pueblo alemán, que ya sufría desde hacía meses las consecuencias del terrible conflicto.

Goerdeler

El complot de Stauffenberg fracasó y como consecuencia, el régimen endureció su política terrorista, pues dentro del Estado nazi, el poder se desplazó todavía más hacia los elementos más represores del mismo, las SS y la Gestapo. El Partido nazi intensificó la represión de los sospechosos, que cada vez eran más numerosos, una vez estaba claro que el final estaba cada vez más cercano. Las víctimas de la represión fueron miles, y entre ellos se contaron altos mandos de la Wehrmacht, pero también altos cargos de la Administración y diplomáticos. Nadie parecía a salvo de la locura desatada a partir del fallido atentado del 20 de julio. Por supuesto que Beck, Stauffenberg y Goerdeler fueron ejecutados, pero también los generales Fellgiebel, Hoepner, Olbricht, Oster, Stieff o Thiele, entre otros. Tampoco se salvaron de la represión el almirante Canaris, los diplomáticos von Bernstorff, von Hassel, von der Schulenburg, el conde von Moltke y los líderes socialdemócratas T. Haubach, A. Reichwein, J. Leber y W. Leuschner. Ni siquiera el prestigioso mariscal Rommel se salvó de la quema, aunque a éste se le dio la opción del suicidio para salvar a su familia y su sepelio se realizó con honores. Hitler ya no confiaba en los generales de la Wehrmacht y sólo comenzó a fiarse de su círculo más cercano, todos hombres del NSDAP, de probada devoción hacia el Führer, como Himmler y Guderian, que acumularon más poder.

Intentos de armisticio tras el Día D

El día 6 de junio de 1944, el día D («The Day of the Days»), los aliados comenzaron el desembarco de Normandía. El mariscal Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, dirigía la defensa alemana en la región. Para el veterano y mítico militar alemán, no había disyuntiva: o el ataque aliado se detenía en aquellas mismas playas o la suerte estaba echada para la Alemania nazi. Como así sucedió.

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Erwin Rommel

Rommel, una vez desbordadas las defensas germanas, era de la opinión de que lo mejor era retirarse al otro lado del río Sena y atrincherarse allí, lo que obligaría a un descomunal esfuerzo bélico en hombres y armas por parte de los aliados. Pero Hitler no quería oir ni hablar de retroceso de sus fuerzas hasta el Sena e instó a su prestigioso mariscal a mantener su posición hasta el final. Rommel, ante la respuesta del Führer, exclamó delante de sus oficiales que Hitler se había vuelto loco. El ambiente era más que tenso. Rommel no comulgaba con las ideas de su Führer. Fue en este clima cuando sucedieron un par de episodios, prácticamente idénticos, y cuanto menos, extraños.

El 4 de julio de 1944, los soldados norteamericanos hicieron una curiosa proposición a los alemanes. Explicaron que durante la conquista de la ciudad francesa de Cherburgo, habían capturado a un grupo de enfermeras alemanas y querían devolverlas a sus compatriotas, sin exigir contrapartidas. La propuesta llegó al general Hans Speidel, lugarteniente de Rommel y éste, dio permiso para efectuar la operación. A las 15:00 de ese mismo día, se declaró una tregua para la entrega de las prisioneras. Los capitanes norteamericanos Quentin Roosevelt y Fred Gercke, enarbolando bandera blanca, acompañaron a las enfermeras y las entregaron al mayor Hans Heeren, quien les agradeció tan generoso gesto. Si bien el encuentro en sí duró apenas unos minutos, la tregua se extendió durante varias horas, hasta las 19:00, sin razón aparente. Algunos investigadores piensan que Rommel quería entregar una carta redactada en inglés al general británico Montgomery. Y que la liberación de las enfermeras fue aprovechada pra trasladar una propuesta. Por eso existió ese espacio de tiempo en el que las armas callaron, para poder valorar la supuesta proposición del mariscal germano. Rommel quería nada más y nada menos firmar el armisticio en el frente occidental, para retirar sus tropas, no ya al otro lado del Sena, sino hasta la Línea Sigfrido, en la misma frontera franco-alemana. De esta manera, los alemanes podían concentrar las fuerzas que restaban contra la brutal acometida soviética en el frente oriental. En contrapartida, los aliados se obligaban a interrumpir los bombardeos que estaban arrasando numerosas ciudades germanas.

Se desconoce la reacción aliada a la propuesta, si es que hubo tal. Una semana después de este episodio, tuvo lugar uno idéntico. En esta ocasión, de nuevo el capitán Roosevelt fue encargado de liberar a dos enfermeras y 7 secretarias, capturadas también en Cherburgo. Igualmente, se estableció una tregua a la misma hora, las 15:00, y de nuevo, aunque el encuentro duró unos minutos, no hubo intercambio de fuego durante otras cuatro horas. ¿Se aprovechó ese tiempo para transmitir a los alemanes la respuesta? Si fue así, evidentemente fue una negativa.

No era habitual realizar este tipo de entregas unilaterales de prisioneros, pues para ello se solía acudir a la Cruz Roja. Estos hechos sin explicación aparente, apuntan a que Rommel deseaba acordar con los Aliados un armisticio en el oeste. Pero como transcurrieron posteriormente los acontecimientos, no resultó así. Los Aliados nunca reconocieron estos contactos (que posiblemente se produjeran), pues habían pactado con los soviéticos no llegar a ningún acuerdo con la Alermania nazi, excepto la rendición incondicional. Ya vimos que entre Rommel y Hitler había fuertes diferencias en estos momentos cruciales de la guerra. Rommel le había informado de la precaria situación en el oeste, por lo que sugería otra vez la retirada a posiciones más fáciles de defender, a lo que Hitler se negó de nuevo rotundamente. Además, Rommel tuvo que abandonar el frente, pues mientras efectuaba un reconocimiento en su coche oficial, fue alcanzado por un caza británico, lo que le provocó una profunda herida en la mejilla izquierda, herida que requirió su hospitalización en Alemania. Cuando Rommel se marchó, Hitler logró su propósito de hacer resistir a sus soldados y a la población hasta la última gota de sangre.

Si Rommel hubiese continuado al mando de las tropas alemanas del oeste, no sabemos qué hubiese ocurrido. Tal vez hubiese seguido insistiendo en su idea del armisticio. Tal vez nada. De cualquier forma, el final de Rommel fue trágico. Tras el atentado frustrado contra Hitler el 20 de julio de 1944, el nombre del mariscal apareció en la lista de conspiradores, y hay investigadores que afirman que una vez muerto el Führer, el plan incluía elevar a Rommel a la jefatura de un nuevo Estado. Por fin, dos generales de las SS, Wilhem Burgdorf y Ernst Maisel, se presentaron en casa de Rommel para trasladarlo a Berlín. Le ofrecían dos opciones, ambas sin salida, pero una más honrosa que la otra: ser procesado por traidor o suicidarse con cianuro. Para salvar a su familia, Rommel eligió la segunda, y se suicidó. A pesar de todo, algo extraño, Hitler le concedió un solemne funeral de Estado. Quizás el Führer ordenó su eliminación para cortar de raíz cualquier intento de acuerdo del mariscal con los aliados. Esos posibles intentos de armisticio que pudieron concretarse durante las dos pequeñas treguas en las que fueron liberadas un grupo de enfermeras y secretarias capturadas en Cherburgo. Quizás estos posibles armisticios, si hubiesen llegado a buen puerto, podrían haber evitado tanta muerte y destrucción en Alemania en los últimos meses de la contienda. Pero es tarde para saberlo. ¿No querrían los Aliados que sufriesen los alemanes en sus propias carnes como habían sufrido los demás?