Nazismo y Cristianismo según Martin Bormann

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La primera acción de Martin Bormann al ser nombrado por Hitler jefe de la cancillería del partido nacionalsocialista, fue una comunicación dirigida a los Gauleiters (cargo creado en 1922 por Hitler y referido a los Jefes Políticos del NSDAP en cada estado o región alemana) el 6 de junio de 1941, en la que describía las relaciones entre los nazis y la Cristiandad. La comunicación reza así:

«Las concepciones Nacional-Socialista y cristiana son incompatibles. Las iglesias cristianas se levantan sobre la ignorancia de los hombres. Como contraste, el Nacional-Socialismo descansa sobre fundamentos científicos. Cuando nosotros hablamos de una creencia en Dios no nos referimos, como los ingenuos cristianos y sus espirituales explotadores, a una figura similar a la del hombre plantada en algún lugar del universo. Nosotros vemos la omnipotencia, Dios, en la fuerza gobernada por leyes naturales que permite los movimientos de incontables planetas, Para creer que esta fuerza universal se preocupa del destino de cada ser, del más pequeño bacilo, para creer que puede ser influida por las llamadas plegarias u otras sorprendentes cosas, se requiere una gran dosis de ingenuidad o de desvergüenza y egoísmo…Hay que procurar que la gente se aleje más y más de las Iglesias y de sus instrumentos y sus instrumentos, los sacerdotes». (Extraído de «La Hermandad Bormann», de William Stevenson)

Bormann proclamó su intención de acabar con las Iglesias. Y es que el nazismo en sí mismo no dejaba de ser una religión, y las iglesias cristianas implantadas en Alemania, la protestante y la católica, sus rivales. No obstante, Hitler fue católico hasta el final. Y muchos evadidos nazis tras el suicidio del Führer y la derrota final encontraron refugio en monasterios católicos que les ayudaron a escapar al extranjero.

El Alto Cuartel del Führer y sus ocupantes

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El «Alto Cuartel del Führer» era el búnker de Hitler en Berlín. Contenía la «suite» privada del dictador, su cuarto de baño, el alojamiento de sus perros, el dormitorio y las habitaciones que compartía con Eva Braun; los alojamientos de los criados; una clínica con quirófano; el estudio de Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda; una centralita telefónica y un largo corredor central.

Bormann, tan meticuloso siempre, confeccionó una lista de los ocupantes del búnker al comienzo de la Batalla de Berlín. Esta lista fue utilizada después en la caza de nazis posterior a la caída de la capital alemana y sirvió como pretexto de acusaciones mutuas entre soviéticos y occidentales de ocultarse información sensible respecto al asunto de los nazis escapados. En la lista de Bormann figuraban los siguientes personajes: Eva Braun; Blondi, la perra alsaciana de Hitler; el doctor Stumpfegger, médico personal de Hitler; el dr. Goebbels y familia (esposa y seis hijos); Fräulein Manzialy, cocinera vegetariana (Hitler era vegetariano asímismo); Heinz Lorenz, del Ministerio de Propaganda; el Delegado de Martin Bormann, Zander; el cuñado de Eva Braun, Hermann Fegelein; el coronel Nicolaus von Below, oficial de enlace de Hitler; el almirante Voss, oficial de enlace de Ribbentrop, ministro de Exteriores; el comandante Willi Johannmeier, ayuda de campo de Hitler; dos pilotos, Hans Bauer y George Beetz; Werner Naumann, de Ministerio de Propaganda; el general Burgdorf y su ayudante, el teniente coronel Weiss; el general Hans Krebs, jefe de Estado Mayor; el comandante Bernd von Freytag-Loringhoven, ayudante de Krebs; y por último un oficial ordenanza que posteriormente describió el ambiente de aquellos últimos días del régimen nacionalsocialista, el capitán Gerhard Boldt.

¿Qué fue de ellos? Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels se suicidaron (a los hijos más bien, «los suicidaron» con cápsulas de cianuro). Stumpfegger resultó muerto al intentar fugarse en el último instante. Nauman, dado por muerto por entonces, años más tarde volvió a dar señales de vida, y fue acusado de promover un movimiento neo-nazi. El piloto Beetz falleció. Hans Bauer fue capturado por los rusos. De hecho, de los que no se suicidaron, pocos escaparon de caer en manos soviéticas. Por ejemplo, Zander, que fue liberado tras el suicidio de Hitler. Lorenz y Johannmeier lograron abrirse paso entre los cientos de miles de soldados soviéticos que ocupaban la zona de Berlín. Zander se convirtió en jardinero bávaro, y logró llegar hasta los escondites de Baviera, llevando consigo copias del último testamento de Hitler.

Por cierto, de Bormann nada más se supo. Su enigma disparó la imaginación de muchos y la invención de las historias más disparatadas sobre su paradero. Hasta 1972, año en el que se descubrieron dos cadáveres enterrados en las inmediaciones de una estación de metro berlinesa. El análisis forense de uno de los cráneos hizo sospechar a los investigadores que se trataba de Bormann. En 1998, a través de técnicas avanzadas de identificación por ADN, fue confiirmado que uno de los cuerpos pertenecía a Bormann. Así que, asunto zanjado: Bormann había muerto poco después de escapar del búnker de Hitler.

La influencia de Martin Bormann sobre Hitler

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Martin Bormann, el mayordomo del Führer

Según muchos investigadores, Martin Bormann gobernó secretamente el Tercer Reich. Y posiblemente eso fue así porque conocía cosas sobre Hitler que éste no deseaba que saliesen a la luz, y que hacía que el Führer fuese condescendiente con Bormann. A Bormann le traían sin cuidado los aspectos externos del poder. Él aspiraba a conseguir la realidad intrínseca del mismo, y según muchos, lo consiguió. Eso sí, a costa de ser contemplado con desdén por numerosos jerarcas de la Corte hitleriana, como Ribbentrop, sediento de títulos y honores (y considerado como un completo estúpido en muchos círculos); como Albert Speer, el arquitecto de Hitler, un intelectual snob; o Alfred Rosenberg, ese alocado idealista apóstol de la religión nazi, quien trataba al campesino Bormann como un vulgar iletrado.

Según Walter Schellenberg, antiguo jefe del servicio de espionaje alemán en el extranjero, Bormann controlaba a Hitler, haciéndose imprescindible al Führer, algo que ya sucedía mucho antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial. Schellenberg aseguraba de Bormann que tenía la memoria de un elefante y la constitución de un buey, fornido, de poderosos hombros y cuello corto y grueso. Sabía exactamente qué decir y cuándo decirlo, al menos respecto a Hitler. Parecía tener el papel de una inteligente esposa que liberaba al Führer de las responsabilidades derivadas de las preocupaciones cotidianas, permitiendo que se centrara en los aspectos más importantes de su liderazgo.

Es posible que el poder y la influencia ejercida por Bormann sobre Hitler comenzase con el asesinato de la sobrina del Führer, Angela («Geli») Raubal, víctima de las perversiones sexuales de su tío. Según Ernst Haustaengl (periodista y jefe de prensa del partido nazi, que tuvo una gran cercanía e influencia en la ascensión hacia el poder de Hitler en la República de Weimar), unos dibujos realizados por Hitler mostraban a Geli en «posiciones y con detalles que una modelo profesional no habría permitido». Estos dibujos fueron a parar a manos de un comerciante muniqués, que se los vendió a Bormann, que siempre parecía estar al acecho respecto a los temas que afectasen a su jefe. El 18 de septiembre de 1931, Geli fue asesinada en su apartamento de lujo de la Prinzregentplatz de Munich. Por entonces Bormann ya era una especie de mayordomo, el hombre de confianza de Hitler, pero posiblemente fue en este momento cuando comenzó su completo control sobre el Führer, tejiendo una espesa tela de araña en torno a él que ni siquiera los más allegados podían traspasar sin permiso del siniestro Bormann. Sigamos con el asunto Geli Raubal. Al lado de la pobre mujer se encontró el revólver de Hitler y su cuerpo desnudo presentaba variadas y contumaces contusiones. Estaba embarazada, pero no de Hitler, sino de un amante judío que se había agenciado, algo que su tío no le perdonó. Según Otto Strasser, antiguo gerifalte radical nazi rival de Hitler en el control del NSDAP, Hitler «no era capaz de desenvolverse normalmente en el terreno sexual». No sabemos si Strasser decía estas cosas en venganza por perder el poder dentro del partido tras forcejear con su rival austriaco. Otto Strasser, al contrario que su hermano Gregor (que fue asesinado), logró escapar a Canadá (en su exilio canadiense se le conocía como el «prisionero de Ottawa»), donde permaneció hasta el final de la guerra. El caso es que, a pesar de las apariencias, Bormann se deshizo del cadáver de la chica y posiblemente fue él quien hizo circular el rumor de que Geli se había suicidado, para proteger a su jefe.

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Geli Raubal y su tío Adolf

Bormann siempre fue lo suficientemente inteligente para hacer un juego sucio al tiempo que ejercía de perro fiel de Hitler. Aunque de Hitler nunca se ha demostrado una abierta homosexualidad, miraba a su bovino y fiel servidor como el símbolo de masculinidad y su disgusto ante las relaciones sexuales normales suscitaron en el antiguo cabo austriaco admiración por el viril Bormann, hombre de primitivos instintos y casado con una recia alemanota con la que engendró diez hijos. Parece que fue el mismo Bormann quien facilitó el encuentro de Hitler con la mujer que, según su «sirviente», convenía al Führer: una joven y asexual entusiata mujer llamada, claro, Eva Braun, que fue la amante oficial de Hitler hasta el final. Bormann debió de asignar a esta mujer el papel sustitutivo de una madre, un rol que la obligaba a escuchar (y aguantar) las inacabables diatribas que Hitler parloteaba sobre sí mismo. Sí, Eva Braun debió ser una mujer muy paciente.

Goering, el Mariscal de Campo, jefe de la Luftwaffe entre otros cargos en el régimen nazi (era el número dos del Tercer Reich), en una declaración efectuada poco antes de suicidarse (y privar así a los aliados de la satisfacción de ejecutarle tras ser declarado culpable de tropecientos delitos de lesa humanidad en los Juicios de Nuremberg), declaró textualmente que «Bormann estaba día y noche junto a Hitler, sometiéndolo gradualmente a su voluntad, de suerte que gobernaba su entera existencia». ¿Envidia?¿Odio?¿Todo a la vez? Bormann controlaba al hombre que controlaba el Tercer Reich, lo que no hacía ninguna gracia al resto de los señores de la guerra de la camarilla nazi.

Lida Baarova la amante de Goebbels

lida-baarovaLida Baarova fue la amante más importante de Goebbels.  Lida era una artista de cine Checa, que tenía gran éxito en el cine alemán, vivía con un famoso actor, cerca de la casa del ministro. En un congreso en Nuremberg, Hitler le pregunto si estaba casada con el actor alemán, ella y Goebbels respondieron a la vez que no. Luego se volvieron a ver en la ópera y mientras el cantante decía «Ich liebe dich» te quiero, Goebbels le susurró al oído «Ich dich auch» y yo también.

Goebbels tenía la reputación de ser un hombre que trabajaba día y noche, esto le sería útil en lo que respecta a las mujeres porque sabía cómo dedicarles el halago definitivo por parte de un hombre ocupado y dedicarles tiempo sin que pareciera importarle el que tuviera un compromiso en otro lugar.

Lida asistió a otro recepción en el congreso donde Goebbels  se acercó a ella media hora antes del discurso que debía dar ante un público enorme. Le invito a salir de la sala de la recepción y acompañarle a otras habitaciones donde según dijo podrían hablar en privado, allí la beso y le declaró su amor. Acto seguido dio un discurso en el que la miro y se limpió el carmín, sin que nadie sospechara su gesto.

Estaban profundamente enamorados. Sus altos pómulos, característicos de la belleza eslava, fascinaban a Goebbels. Estuvieron dos años juntos sin una sola riña.

Pero Magda la mujer del ministro la invito a tomar el té. Lida se puso muy nerviosa pero Magda dijo que comprendía que su marido estuviera enamorado de ella. Esto lo admitía, pero le advirtió que nunca tuvieran un hijo. Que fuera su amante, pero nunca la generadora de hijos.

Todo Berlin conocía las andanzas de la pareja, y esto no lo llevaba bien la que era considerada la madre perfecta del régimen nazi.

El matrimonio Goebbels decidió divorciarse, pero Hitler se escandalizó y quiso mediar con Magda, ella, despechada, dijo que no quería hablar con él. El Fuhrer tomó cartas en el asunto y habló con Goebbels, aunque este estaba dispuesto a renunciar a su puesto, por el amor de Baarova. Hitler enfurecido le prohibió volver a ver a su amante. No estaba dispuesto a que Alemania perdiera un hombre tan necesario en el partido. Las órdenes eran inexcusables, Goebbels cabizbajo obedeció a su jefe.

Helldorf Jefe de policía, fue el encargado de comunicárselo a Baarova, que al enterarse se desmayo.  El policía cuando despertó le explicó que si no obedecía no sólo podía perjudicar su carrera sino su vida. Ella se puso histérica y dijo que prefería perder la vida antes que el amor de Goebbels, (por lo visto estaban totalmente enamorados). Hitler tuvo que volver a intervenir, con gran malestar. Y obligar a cumplir su orden, sin embargo dejó que Goebbels se despidiera de ella. Le retiraron sus películas y la desterraron a Praga.

Un día que ella estaba en Berlín sus coches quedaron paralelos en un semáforo y pudieron mirarse fijamente hasta que él dio orden a su chofer de continuar y ya todo acabo.

Cuitas de Franco y Hitler sobre Gibraltar

Von Ribbentrop y Serrano Súñer
Von Ribbentrop y Serrano Súñer

Hubo un momento en que Franco deseó entrar en la guerra mundial al lado de Alemania, cuando pensaba que Gran Bretaña estaba vencida, con ánimo de reclamar parte del pastel. Hitler, por el mismo motivo se negó, obviamente. Pero la batalla de Inglaterra de verano de 1940 se alargó tanto que ya no estaba tan claro que los ingleses fuesen a ser vencidos. Por eso Hitler tuvo que pensar en otra forma de doblegar a los británicos. Gran Bretaña conectaba con la India y sus colonias de oriente a través del canal de Suez, y además tenía en Malta y Gibraltar bases intermedias mediterráneas. El Führer debió pensar que si cerraba una de las dos llaves del mar Mediterráneo, Suez o Gibraltar, Churchill no tendría más remedio que rendirse. Así que ahora sí que necesitaba a Franco para sus planes, porque debían atacar por tierra Gibraltar, ya que la Armada de su Majestad eran dueña del mar.

Los alemanes maniobraron en Madrid para lograr la entrada de España en la guerra, para que así los alemanes pudiesen entrar «como Pedro por su casa» en la península y ocupar vía terrestre la colonia gibraltareña. Pero Franco era un hombre cauto. Los ingleses estaban resistiendo y podía llegar un momento en que pudiesen dar la vuelta a la tortilla, con lo que España se vería en muy mala situación. Por eso en agosto de 1940 ya no tenía el entusiasmo de meses antes por entrar en la guerra. En esos momentos, los que presionaron para que España declarase la guerra a los británicos eran los alemanes. El ministro alemán de Exteriores, Ribbentrop se entrevistó con Serrano Suñer, su homónimo español, en Berlín el 16 de septiembre de 1940. Ribbentrop exigió de malas maneras la entrada de España en el conflicto, además de una base en las islas Canarias y un alto porcentaje de explotación de las minas españolas, algo que no le gustó nada al “cuñadísimo”, es decir, a Serrano Súñer. En la siguiente entrevista de Serrano en Berlín, esta vez con el mismísimo Führer, éste volvió a insistir en que España cediese una base en Canarias y otras pretensiones que Suñer y Franco estimaban inaceptables. Así, que de entrar en guerra, ahora sí que no. Y eso de que los alemanes conquisten Gibraltar a través de España, nada de nada. España no era una colonia de los alemanes, aunque éstos lo pretendiesen en algún instante. El orgullo patrio no podía permitir que una potencia extranjera ocupase el Peñón.

Meses después, en octubre, Himmler visitaría Madrid para preparar la entrevista del Führer con Franco en Hendaya, con el ánimo de presionar una vez más al mismísimo Caudillo, pero ni por esas logró Hitler convencer a Franco, que a su vez reiteró una serie de exigencias que Hitler no deseaba satisfacer, entre ellas, que Alemania abasteciese de trigo y petróleo a la depauperada España, así como artillería para defender las costas por si a los ingleses les diese por aparecer por allí en son de guerra. Y por si fuera poco, España aspiraba a administrar las colonias norteafricanas de la vencida Francia. Fue un diálogo de sordos, cada uno a lo suyo. Hitler le llegó a decir a Ribbentrop algo así como “con estos tipos no hay nada que hacer”. En 1943, Franco retiró de su mesa de trabajo la fotografía dedicada del Führer, cuando ya la vuelta a la tortilla de la que hablaba más arriba se había consumado.

Germania, la capital del Tercer Reich

Hitler había vendido la piel del oso sin haberlo cazado todavía, y veía ya en su magalómana mente, la imagen del Reich milenario, con una capital acorde a sus pretensiones imperialistas mundiales:

«Inculcaremos la idea germánica en todos los pueblos germánicos de la Europa continental. Acaso con el fin de fundamentar esta acción convendría cambiar el nombre de Berlín y llamar Germania a la capital del Reich. Porque el nombre de Germania, en su nueva acepción, permitiría a la capital del Reich ser el lugar geométrico de la comunidad germánica, independientemente de la distancia que separa a los diversos miembros».

Adolf Hitler

Incluso soñaba con los monumentos que representarían la gloria inmortal del Tercer Reich:

«Suprimiremos todo cuanto de feo haya en Berlín. Nada será demasiado hermoso para adornar Berlín. Todo el que entre en la cancillería del Reich deberá tener la sensación de penetrar en la morada del dueño del mundo…Nuestras construcciones tendrán tales dimensiones que en su comparación la basílica de San Pedro (de Roma) y su plaza parecerán niñerías. Como material utilizaremos el granito…Berlín será un día la capital del mundo».

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Maqueta de Germania. Detalle del Gran Auditorio (Grossehalle), que podría haber albergado dentro a la gran pirámide de Keops, tales eran sus dimensiones.

Germania debía ser una megaciudad cuyos edificios gigantescos superarían en tamaño a la gran pirámide egipcia de Keops. Hitler se pasaba horas mirando la maqueta gigante que el arquitecto Speer había construido para él, y que representaba a escala reducida el colosal proyecto del dictador nazi. En ella se contemplaban, entre otros elementos arquitectónicos y urbanísticos, la estación Sur, la Avenida de la Victoria, el Arco del Triunfo, el Palacio del Führer o el Grossehalle. Hitler quería que su capital estuviese terminada en 1950. Pero todo quedó en agua de borrajas dada la monumental derrota sufrida por Alemania. No obstante, no hubiese sido posible llevarlo a cabo, porque el terreno de Berlín no hubiese podido aguantar el peso del gigantesco Arco de Triunfo (por poner un ejemplo), que debería haber tenido varias veces el tamaño del Arco de Triunfo parisino, que en comparación al hitleriano, sería algo así como un pitufillo. Otra de las obsesiones de Hitler era comparar sus gigantescos proyectos urbanísticos y arquitectónicos con los franceses, el enemigo mortal, y al que había que superar con creces en todos los aspectos de la vida.

Juramento de los generales de la Wehrmacht al Führer

Con la muerte del mariscal Hindenburg, hasta entonces presidente del Reich, el 2 de agosto de 1934, Hitler unificó en su persona los cargos de canciller y presidente del Reich, con lo que asumió el poder supremo de las fuerzas armadas alemanas. La jerarquía de la Wehrmacht (Ejército de tierra alemán) prestó ante el Führer este solemne juramento:

«Formulo ante Dios el santo juramento de prestar obediencia incondicional al Führer del Reich y del pueblo alemán, Adolf Hitler, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y estaré dispuesto, como un bravo soldado, a entregar en todo instante mi vida por este juramento».

Era la definitiva alianza entre el NSDAP y el Ejército alemán. La hora de la conquista del mundo se aproximaba.

Ataque al corazón del presidente checoslovaco

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Reunión de Emil Hácha con Adolf Hitler

Tras la anexión de Austria y los Sudetes checoslovacos, ante la ya preocupante impasibilidad de Gran Bretaña y Francia, Hitler decide dar una vuelta de tuerca más en su agresiva política expansionista. Durante varios meses, los agentes nazis se dedicaron a remover las viejas rencillas entre checos y eslovacos, las dos nacionalidades que convivían en el país surgido tras la Gran Guerra. Y por fin, el Führer anunció que las regiones de Bohemia-Moravia y Eslovaquia quedaban dentro de los límites del célebre «espacio vital» alemán.

Por supuesto, todos estos indicios de lo que vendría poco después alarmaron al anciano presidente checoslovaco, el juez Emil Hácha, que decidió «pedir audiencia» a Hitler, quien no tuvo inconveniente en recibirle en su nueva cancillería, muy acorde al gusto megalómano del Führer.

Hácha fue acompañado por su hija y su ministro de Asuntos Exteriores, Frantisek Chvalkovsky. Cuando llegaron a Berlín, fueron recibidos por oficiales de menor rango al que se esperaba para el jefe de Estado de una nación soberana. Además la banda de música que hacía los honores, obvió deliberadamente la interpretación del himno nacional checoslovaco. La cosas no empezaban bien en la guarida del lobo, evidentemente. Fueron alojados en el hotel Adlon, lugar habitual en la capital alemana para los mandatarios extranjeros. Casi sin tiempo para respirar, recibieron la visita del descortés Joachim von Ribbentrop, el ministro de Exteriores nazi, que entregó a Hácha en mano un pliego con las duras, leoninas, en fin, inaceptables. condiciones del Führer: Checoslovaquia pasaba a ser protectorado alemán, por las buenas o por las malas.

Hitler, sin duda, con el ánimo de demostrar quien era el amo y de paso humillar al presidente de la pequeña nación, convocó de madrugada a la pequeña comitiva checa en su impresionante despacho de la colosal nueva cancillería del Reich. La escenografía era perfecta para intimidar a Hácha y a su ministro. Entre la verja del edificio y el despacho de Hitler había unos 300 m de distancia. Hácha y su ministro, acompañados de sus «anfitriones» nazis recorrieron una inacabable sucesión de patios y salones, diseñados para abrumar al visitante más avezado y más templado. El edificio y la escenografía inherente eran fruto de la imaginativa y exacerbada megalomanía del Führer. Tras el desasosegante paseo, Hácha y Chvalkovsky se personaron ante una monumental puerta custodiada por dos orgullosos e impolutos miembros de las SS. Era el despacho del Führer, según anunció Von Ribbentrop. Una estancia de unos 400 m2, decorada con maderas nobles y un techo artesonado. Al fondo del despacho estaba la gran mesa escritorio de Hitler, y tras ella, el propio dictador nazi, esperando a los checos como las arañas a las moscas en su tela. Era toda una exhibición de poder, y fue en ese escenario en el que Hitler, bien escoltado por parte de su plana mayor, Göring, Ribbentrop y el general Keitel (a éste le llamaban el «lacayo» de Hitler, por su absoluto servilismo), saludó con frialdad a los visitantes, aunque eso sí, tuvo a bien levantarse para ir a recibirlos. Sin más preámbulos, les dice que si no entregan por las buenas su país, lo invadirán esa misma madrugada y bombardearán Praga, su capital. De hecho, los tanques nazis ya van de camino hacia allá, y los aviones sólo esperan una orden del Führer para despegar con su carga de muerte y destrucción. Hácha y sus acompañantes se habían cruzado durante su viaje a Alemania con convoyes militares alemanes transportados en ferrocarril, razón de su retraso a su llegada a Berlín.

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Hitler informa a Hácha de la inminente invasión de Checoslovaquia

 No había tiempo de reacción, pues fuese cual fuese la respuesta del jurista checo, la ocupación de su país por los nazis sería un hecho. Y dependía de él que fuese cruenta o incruenta. Ante la feroz disyuntiva, su corazón le traiciona y el anciano Hácha se desmaya delante de la cúpula nazi. Como éstos no desean que se les muera el mandatario de una nación soberana (al menos hasta ese mismo instante) ante sus narices (¡qué dirán por ahí!), y menos en el despacho de su Führer, recaban la presencia inmediata del médico, y curandero, sea dicho de paso, personal de Hitler, el doctor Morell, que logra recuperar al anciano, suponemos que con una inyección de adrenalina o algún fármaco similar. Cuando Hácha se ha espabilado un poco, deciden ponerle a prueba otra vez, pues entre tanto se han puesto en contacto con el gobierno checo en Praga. Los nazis ordenaron entonces al viejo juez comunicar a sus ministros que no se opusieran a la entrada de los tanques nazis en la capital. Hácha de nuevo se cae redondo. Demasiada tensión para su veterano corazón. Vuelve a recuperarse y por fin firma el documento por el que entregaba su país al Tercer Reich.

El 15 de marzo de 1939, tras la madrugada de marras que les hemos narrado, lo que quedaba de la república checa se entrega sin resistencia, convirtiéndose en el Protectorado de Bohemia-Moravia. Eslovaquia fue desgajada de la antigua nación y convertida en estado títere de la Alemania nazi. Hitler había vuelto a extender las fronteras de Alemania casi sin disparar un solo tiro y con una rapidez endiablada.

Francia y Gran Bretaña no reaccionaron, pues se habían quedado de piedra. Bueno, no tanto. Gran Bretaña envió una nota diplomática a los alemanes: «Si el ultimátum a Checoslovaquia fuese cierto, el Gobierno de su Majestad se vería obligado a presentar una protesta en los términos más enérgicos», que es decir lo mismo que el que tiene un tío en Alcalá, que ni es tío ni es «ná».

Por cierto, Emil Hácha fue presidente del Protectorado de Bohemia-Moravia hasta el 13 de mayo de 1945, momento en que fue detenido por el Ejército Rojo. Moriría en una prisión de Praga poco tiempo después.

La simbología del NSDAP

En agosto de 1920, el partido nazi tomó el nombre definitivo de Nationalsozialistche Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP), el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores. Entre esa fecha y 1921, inició su transformación en movimiento paramilitar. En junio de 1921, Hitler se adueña prácticamente del partido, desaparecido de la escena el fundador Karl Harrer y relegado el otro fundador del movimiento, Anton Drexler, a la presidencia honorífica. El NSDAP comienza a forjar su nueva ética agresiva contra los débiles partidos burgueses de la República de Weimar. Con el pretexto de preparar la defensa de sus propios comicios contra las acciones callejeras de sus adversarios políticos, socialdemócratas y comunistas, fundamentalmente, organizaron en agosto de 1921 las primeras «secciones de asalto», las SA (Sturmabteilungen).

Hacia finales de 1920, el NSDAP había progresado adecuadamente a juicio de sus líderes en cuanto a su actividad propagandística. El partido se hace con un órgano de prensa, el Völkischer Beobachter, que posteriormente, y de la mano del ideólogo nacionalsocialista Alfred Rosenberg, se convertirá en el portavoz de la lucha antidemocrática, antibolchevique, nacionalista, pangermanista y antisemita, señales de identidad del NSDAP. El Partido Nazi aparece así estructurado, pero es necesario todavía un símbolo: la bandera roja con la cruz gamada sobre disco blanco.

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La bandera del NSDAP, símbolo de su ideología

El propio Hitler explica la simbología de la bandera que representa en principio al partido, y que, más tarde, con la victoria del NSDAP en las elecciones de noviembre de 1932 y el acceso a la cancillería de su mesiánico líder en los inicios de 1933, será la bandera de todo un país.

«En el color rojo simbolizamos la concepción social del movimiento; en el blanco, la nacionalista; en la cruz gamada, la misión de luchar por la victoria del hombre ario y, al mismo tiempo por la victoria de la idea del trabajo creador, que siempre ha sido y será antisemita»

Adolf Hitler – Mein Kampf

Intentos de armisticio tras el Día D

El día 6 de junio de 1944, el día D («The Day of the Days»), los aliados comenzaron el desembarco de Normandía. El mariscal Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, dirigía la defensa alemana en la región. Para el veterano y mítico militar alemán, no había disyuntiva: o el ataque aliado se detenía en aquellas mismas playas o la suerte estaba echada para la Alemania nazi. Como así sucedió.

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Erwin Rommel

Rommel, una vez desbordadas las defensas germanas, era de la opinión de que lo mejor era retirarse al otro lado del río Sena y atrincherarse allí, lo que obligaría a un descomunal esfuerzo bélico en hombres y armas por parte de los aliados. Pero Hitler no quería oir ni hablar de retroceso de sus fuerzas hasta el Sena e instó a su prestigioso mariscal a mantener su posición hasta el final. Rommel, ante la respuesta del Führer, exclamó delante de sus oficiales que Hitler se había vuelto loco. El ambiente era más que tenso. Rommel no comulgaba con las ideas de su Führer. Fue en este clima cuando sucedieron un par de episodios, prácticamente idénticos, y cuanto menos, extraños.

El 4 de julio de 1944, los soldados norteamericanos hicieron una curiosa proposición a los alemanes. Explicaron que durante la conquista de la ciudad francesa de Cherburgo, habían capturado a un grupo de enfermeras alemanas y querían devolverlas a sus compatriotas, sin exigir contrapartidas. La propuesta llegó al general Hans Speidel, lugarteniente de Rommel y éste, dio permiso para efectuar la operación. A las 15:00 de ese mismo día, se declaró una tregua para la entrega de las prisioneras. Los capitanes norteamericanos Quentin Roosevelt y Fred Gercke, enarbolando bandera blanca, acompañaron a las enfermeras y las entregaron al mayor Hans Heeren, quien les agradeció tan generoso gesto. Si bien el encuentro en sí duró apenas unos minutos, la tregua se extendió durante varias horas, hasta las 19:00, sin razón aparente. Algunos investigadores piensan que Rommel quería entregar una carta redactada en inglés al general británico Montgomery. Y que la liberación de las enfermeras fue aprovechada pra trasladar una propuesta. Por eso existió ese espacio de tiempo en el que las armas callaron, para poder valorar la supuesta proposición del mariscal germano. Rommel quería nada más y nada menos firmar el armisticio en el frente occidental, para retirar sus tropas, no ya al otro lado del Sena, sino hasta la Línea Sigfrido, en la misma frontera franco-alemana. De esta manera, los alemanes podían concentrar las fuerzas que restaban contra la brutal acometida soviética en el frente oriental. En contrapartida, los aliados se obligaban a interrumpir los bombardeos que estaban arrasando numerosas ciudades germanas.

Se desconoce la reacción aliada a la propuesta, si es que hubo tal. Una semana después de este episodio, tuvo lugar uno idéntico. En esta ocasión, de nuevo el capitán Roosevelt fue encargado de liberar a dos enfermeras y 7 secretarias, capturadas también en Cherburgo. Igualmente, se estableció una tregua a la misma hora, las 15:00, y de nuevo, aunque el encuentro duró unos minutos, no hubo intercambio de fuego durante otras cuatro horas. ¿Se aprovechó ese tiempo para transmitir a los alemanes la respuesta? Si fue así, evidentemente fue una negativa.

No era habitual realizar este tipo de entregas unilaterales de prisioneros, pues para ello se solía acudir a la Cruz Roja. Estos hechos sin explicación aparente, apuntan a que Rommel deseaba acordar con los Aliados un armisticio en el oeste. Pero como transcurrieron posteriormente los acontecimientos, no resultó así. Los Aliados nunca reconocieron estos contactos (que posiblemente se produjeran), pues habían pactado con los soviéticos no llegar a ningún acuerdo con la Alermania nazi, excepto la rendición incondicional. Ya vimos que entre Rommel y Hitler había fuertes diferencias en estos momentos cruciales de la guerra. Rommel le había informado de la precaria situación en el oeste, por lo que sugería otra vez la retirada a posiciones más fáciles de defender, a lo que Hitler se negó de nuevo rotundamente. Además, Rommel tuvo que abandonar el frente, pues mientras efectuaba un reconocimiento en su coche oficial, fue alcanzado por un caza británico, lo que le provocó una profunda herida en la mejilla izquierda, herida que requirió su hospitalización en Alemania. Cuando Rommel se marchó, Hitler logró su propósito de hacer resistir a sus soldados y a la población hasta la última gota de sangre.

Si Rommel hubiese continuado al mando de las tropas alemanas del oeste, no sabemos qué hubiese ocurrido. Tal vez hubiese seguido insistiendo en su idea del armisticio. Tal vez nada. De cualquier forma, el final de Rommel fue trágico. Tras el atentado frustrado contra Hitler el 20 de julio de 1944, el nombre del mariscal apareció en la lista de conspiradores, y hay investigadores que afirman que una vez muerto el Führer, el plan incluía elevar a Rommel a la jefatura de un nuevo Estado. Por fin, dos generales de las SS, Wilhem Burgdorf y Ernst Maisel, se presentaron en casa de Rommel para trasladarlo a Berlín. Le ofrecían dos opciones, ambas sin salida, pero una más honrosa que la otra: ser procesado por traidor o suicidarse con cianuro. Para salvar a su familia, Rommel eligió la segunda, y se suicidó. A pesar de todo, algo extraño, Hitler le concedió un solemne funeral de Estado. Quizás el Führer ordenó su eliminación para cortar de raíz cualquier intento de acuerdo del mariscal con los aliados. Esos posibles intentos de armisticio que pudieron concretarse durante las dos pequeñas treguas en las que fueron liberadas un grupo de enfermeras y secretarias capturadas en Cherburgo. Quizás estos posibles armisticios, si hubiesen llegado a buen puerto, podrían haber evitado tanta muerte y destrucción en Alemania en los últimos meses de la contienda. Pero es tarde para saberlo. ¿No querrían los Aliados que sufriesen los alemanes en sus propias carnes como habían sufrido los demás?