Nazismo y Cristianismo según Martin Bormann

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La primera acción de Martin Bormann al ser nombrado por Hitler jefe de la cancillería del partido nacionalsocialista, fue una comunicación dirigida a los Gauleiters (cargo creado en 1922 por Hitler y referido a los Jefes Políticos del NSDAP en cada estado o región alemana) el 6 de junio de 1941, en la que describía las relaciones entre los nazis y la Cristiandad. La comunicación reza así:

«Las concepciones Nacional-Socialista y cristiana son incompatibles. Las iglesias cristianas se levantan sobre la ignorancia de los hombres. Como contraste, el Nacional-Socialismo descansa sobre fundamentos científicos. Cuando nosotros hablamos de una creencia en Dios no nos referimos, como los ingenuos cristianos y sus espirituales explotadores, a una figura similar a la del hombre plantada en algún lugar del universo. Nosotros vemos la omnipotencia, Dios, en la fuerza gobernada por leyes naturales que permite los movimientos de incontables planetas, Para creer que esta fuerza universal se preocupa del destino de cada ser, del más pequeño bacilo, para creer que puede ser influida por las llamadas plegarias u otras sorprendentes cosas, se requiere una gran dosis de ingenuidad o de desvergüenza y egoísmo…Hay que procurar que la gente se aleje más y más de las Iglesias y de sus instrumentos y sus instrumentos, los sacerdotes». (Extraído de «La Hermandad Bormann», de William Stevenson)

Bormann proclamó su intención de acabar con las Iglesias. Y es que el nazismo en sí mismo no dejaba de ser una religión, y las iglesias cristianas implantadas en Alemania, la protestante y la católica, sus rivales. No obstante, Hitler fue católico hasta el final. Y muchos evadidos nazis tras el suicidio del Führer y la derrota final encontraron refugio en monasterios católicos que les ayudaron a escapar al extranjero.

El Alto Cuartel del Führer y sus ocupantes

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El «Alto Cuartel del Führer» era el búnker de Hitler en Berlín. Contenía la «suite» privada del dictador, su cuarto de baño, el alojamiento de sus perros, el dormitorio y las habitaciones que compartía con Eva Braun; los alojamientos de los criados; una clínica con quirófano; el estudio de Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda; una centralita telefónica y un largo corredor central.

Bormann, tan meticuloso siempre, confeccionó una lista de los ocupantes del búnker al comienzo de la Batalla de Berlín. Esta lista fue utilizada después en la caza de nazis posterior a la caída de la capital alemana y sirvió como pretexto de acusaciones mutuas entre soviéticos y occidentales de ocultarse información sensible respecto al asunto de los nazis escapados. En la lista de Bormann figuraban los siguientes personajes: Eva Braun; Blondi, la perra alsaciana de Hitler; el doctor Stumpfegger, médico personal de Hitler; el dr. Goebbels y familia (esposa y seis hijos); Fräulein Manzialy, cocinera vegetariana (Hitler era vegetariano asímismo); Heinz Lorenz, del Ministerio de Propaganda; el Delegado de Martin Bormann, Zander; el cuñado de Eva Braun, Hermann Fegelein; el coronel Nicolaus von Below, oficial de enlace de Hitler; el almirante Voss, oficial de enlace de Ribbentrop, ministro de Exteriores; el comandante Willi Johannmeier, ayuda de campo de Hitler; dos pilotos, Hans Bauer y George Beetz; Werner Naumann, de Ministerio de Propaganda; el general Burgdorf y su ayudante, el teniente coronel Weiss; el general Hans Krebs, jefe de Estado Mayor; el comandante Bernd von Freytag-Loringhoven, ayudante de Krebs; y por último un oficial ordenanza que posteriormente describió el ambiente de aquellos últimos días del régimen nacionalsocialista, el capitán Gerhard Boldt.

¿Qué fue de ellos? Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels se suicidaron (a los hijos más bien, «los suicidaron» con cápsulas de cianuro). Stumpfegger resultó muerto al intentar fugarse en el último instante. Nauman, dado por muerto por entonces, años más tarde volvió a dar señales de vida, y fue acusado de promover un movimiento neo-nazi. El piloto Beetz falleció. Hans Bauer fue capturado por los rusos. De hecho, de los que no se suicidaron, pocos escaparon de caer en manos soviéticas. Por ejemplo, Zander, que fue liberado tras el suicidio de Hitler. Lorenz y Johannmeier lograron abrirse paso entre los cientos de miles de soldados soviéticos que ocupaban la zona de Berlín. Zander se convirtió en jardinero bávaro, y logró llegar hasta los escondites de Baviera, llevando consigo copias del último testamento de Hitler.

Por cierto, de Bormann nada más se supo. Su enigma disparó la imaginación de muchos y la invención de las historias más disparatadas sobre su paradero. Hasta 1972, año en el que se descubrieron dos cadáveres enterrados en las inmediaciones de una estación de metro berlinesa. El análisis forense de uno de los cráneos hizo sospechar a los investigadores que se trataba de Bormann. En 1998, a través de técnicas avanzadas de identificación por ADN, fue confiirmado que uno de los cuerpos pertenecía a Bormann. Así que, asunto zanjado: Bormann había muerto poco después de escapar del búnker de Hitler.

Falsificación de dinero aliado por los nazis

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Billetes falsos de la Operación Bernhard

Los nazis montaron todo un sistema de falsificación de billetes de banco aliados. Fueron realizados por prisioneros condenados a muerte cuya ejecución quedó en suspenso mientras durase «el trabajito», que se extendió hasta el final de la guerra. Durante mucho tiempo se pensó que el propósito inconfesable de la falsificación de grandes cantidades de dinero británico era «cargarse» la economía inglesa. La duda sobre la validez del dinero británico entre los aliados y los países neutrales desencadenaría una catástrofe, a juicio de las autoridades nacionalsocialistas. Posteriormente se conoció que el dinero falsificado fue canjeado por dinero válido, algo de lo que se encargaron los agentes de Martin Bormann, a través de bancos ubicados en países como España, Suiza o Suecia.

Los billetes falsos de libras esterlinas fueron utilizados por los nazis para financiar parte de sus operaciones de espionaje, uno de cuyos casos más célebres fue el del espía de la embajada británica de Ankara (Turquía), el famoso «Cicerón», que ganó dinero a espuertas vendiendo documentos «top secret» británicos a los alemanes. Mucho dinero, sí, pero más falso que Judas Iscariote…

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Bernhard Krüeger

Bernhard Krüger, director de un departamento de la Oficina de Seguridad Central de las SS fue quien comenzó la organización de la fabricación de las falsas libras esterlinas. De hecho esta exitosa operación de falsificación se denominó Operación Bernhard. Para ello se reunió a un grupo de técnicos cualificados de gran relieve profesional en un campo del que era imposible escapar, en Sachsenhausen, en las cercanías de Berlín. Allí trabajaron con un cuidado exquisito para lograr el propósito inicial. El papel utilizado para fabricar los billetes falsos procedían de lino puro. Tenían que resistir la minuciosa inspección de un experto. Los trabajos de impresión y grabado se hicieron en unas instalaciones aisladas de las que ninguno de los técnicos pudiese escapar.

Según Walter Schellenberg, jefe de información y contraespionaje alemán, condenado a varios años de prisión en los Procesos de Nuremberg (de los que cumplió finalmente muy pocos), y uno de los implicados en las tareas de falsificación, «Fueron precisos dos años para imitar el papel necesario para los billetes de banco ingleses. Disponíamos de dos grandes fábricas de papel dedicadas exclusivamente a ello. La grabación se complicó por el hecho de que había que descubrir en cada billete 160 marcas de identificación, siendo copiadas luego por los grabadores más diestros». Schellenberg recibió instrucciones concisas, quizás del mismo Martin Bormann para comprar moneda válida con parte de los billetes falsificados. El contable jefe de la operación de falsificación fue un prisionero checo, Oskar Skala, quien tras la guerra aseguró que su equipo producía unos 400.000 billetes al mes.

Fuera como fuere, como consecuencia de la falsificación, el Banco de Inglaterra se vio obligado a retirar de la circulación sus billetes en la mayor parte de las denominaciones, sustituyéndolos por nuevos diseños de 5 libras, que tenían como característica especial un fino nervio metálico que dificultaba al máximo nuevas falsificaciones. Fue una medida a la desesperada que tomó el Gobierno para tratar de terminar con el dinero falso que ya se encontraba en circulación.

Pero el destino real del dinero falso nazi no ha sido jamás revelado en documentos públicos. Se piensa que unos 300 millones de dólares falsos fueron convertidos en moneda de circulación corriente para financiar grupos nazis de postguerra en Oriente Medio y Sudamérica.