Archipiélago Gulag

Archipiélago Gulag es uno de los libros-documento más impresionentes e impactantes del siglo XX. Fue calificado en su día como «opinión y conciencia de la Unión Soviética». Su autor, el disidente soviético Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), antiguo capitán del Ejército Rojo, combatiente en la Gran Guerra Patria (el nombre que se le dio en la URSS a la IIGM), concibió el libro como una obra monumental, por la que desfilan infinidad de destinos trágicos, desde los más humildes campesinos, hasta los más poderosos jerarcas de la Nomenklatura soviética. Es uno de los más grandes libros escritos jamás sobre la URSS.

Alexander Solzhenitsyn fue condenado el 7 de julio de 1945 a 8 años en un campo de trabajos forzados correccionales. Así lo llamaban los miembros de la tenebrosa NKVD, la temida policía política de Stalin. ¿El motivo? Por propaganda antisoviética e intento de crear una organización antisoviética, según reza el escrito de condena de Solzhenitsyn.

«Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para con los que aún viven, podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando, pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente».

A. Solzhenitsyn (septiembre de 1973)

Archipiélago Gulag es una obra de imprescindible lectura para comprender, entre otras cosas, muchos aspectos de la estupidez humana, a veces, tan trágicos. Encarnados en esta ocasión en el Estado soviético bajo la égida de Stalin, un tirano que, como buen ídem, veía enemigos amenazantes en todas partes contra su poder omnímodo.

La PURKKA y el NKVD

La PURKKA y el NKVD. Mehlis, director de la PURKKA
Mehlis, director de la PURKKA

La PURKKA y el NKVD fueron temidos organismos de control y represión dentro del Estado soviético. El Ejército Rojo se había convertido, según transcurria la guerra, en la más formidable maquinaria militar del mundo. Y por eso mismo, Stalin necesitaba atarle en corto, a causa de ese mismo poderío, tanto interior como exterior. Para ello existía la Administración Política del Ejército Rojo, la PURKKA, organización que subordinaba el Ejército Rojo al Partido Comunista, para que no se desmandase por su propia y poderosa inercia. La PURKKA respondía ante el Comité Central del PCUS. A partir de 1937, la PURKKA fue dirigida por alguien que se encargó de supervisar personalmente las purgas militares que dejaron a la cúpula del Ejército soviético en cuadro, Lev Mehlis, uno de los más siniestros colaboradores de Stalin. El otro acólito de renombre fue Lavrenti Beria, que dirigió el NKVD, el Comité de Seguridad del Estado, es decir la policía política del régimen estalinista. Beria tenía a su disposición un enorme ejército privado, que aterrorizaba a la población y la mantenía tranquila y reprimida bajo la égida del Estado. El NKVD estaba un peldaño por encima de la PURKKA, a la que controlaba, igual que controlaba el Ejército Rojo.

La PURKKA se hacía cargo de la instrucción política, tan necesaria en un régimen totalitario como era el soviético, y gestionaba a su vez la red de politruki, los comisarios políticos, para entendernos, y que controlaban todos los niveles del Ejército Rojo. Se podía decir que el Ejército no disparaba ni una bala sin el consentimiento de los comisarios políticos. Por eso, eran el objetivo número uno de las SS hitlerianas y de la Wehrmacht. Los comisarios políticos estaban, teóricamente, a las órdenes del comandante de su unidad militar y en la práctica, a las de su superior en el NKVD. Eran consejeros e instructores políticos de los soldados, y hacían las veces de espías por si alguno decía alguna ligera inconveniencia en contra de Stalin o del Estado soviético. Alexander Solzhenitsyn, el disidente soviético más célebre, autor de la obra «Archipiélago Gulag«, sufrió en sus propias carnes la postura opositora, por nimia que fuese, a la legalidad vigente. Y es que tan solo una palabra en contra del camarada Stalin pronunciada en el lugar inadecuado y cerca de oídos también inaceduados, suponía la apertura de un expediente y el traslado a un campo de concentración en Siberia. Eso como mínimo. De nada le sirvió a Solzhenitsyn ser un oficial de artillería experimentado y valioso en el frente, pues una opinión política incorrecta hizo que diese con sus huesos en un Gulag.

La PURKKA y el NKVD. Aleksandr Solzhenitsyn
Aleksandr Solzhenitsyn

Este sistema de terror absoluto había sido mejorado y depurado hasta niveles insospechados en la URSS durante las purgas de los años 30. Muchos jóvenes no habían conocido otra cosa y para ellos la delación a los padres, por ejemplo, algo que les enseñaban en el colegio, funcionaba con naturalidad en este sistema político diabólico.

Pero el control político del Ejército se agudizaba más y más según se ascendía en la escala jerárquica. Generales políticos como Nikita Kruschev o Leonidas Brezhnev, dominaban los estados mayores militares soviéticos en todos los frentes. Así podemos comprender como a la muerte de Stalin, no ascendieron a la cúspide del sistema soviético militares puros, héroes y grandes estrategas, como Zhukov o Rokossovski, sino políticos como Beria, y los propios Kruschev y Brezhnev, quienes se enzarzaron en sus propias disputas, a las que estaban tan acostumbrados. De hecho, para alcanzar su obejtivo final, Kruschev se deshizo físicamente de su rival Beria.

El NKVD, como las SS en Alemania, de las cuales era algo así como el equivalente soviético, aunque con mayores prerrogativas, contaba con su propio (y enorme) ejército particular, que incluía tanques, artillería y aviones. Su principal función era vigilar al Ejército Rojo, pero su rol le permitía además garantizar la seguridad en la retaguardia, es decir, que nadie se desmandase, ni civiles ni militares. Cuando la situación así lo exigía por su extrema gravedad, unidades del NKVD era enviadas al frente. Dentro de sus filas se incluían los denominados «regimientos de bloqueo«, cuyo cometido era avanzar detrás de los rezagados del frente y disparar contra aquéllos que trataban de volverse atrás.