Vasili Blokhin, un verdugo con exceso de trabajo

Si hubo un ejecutor con un número de ejecuciones a su espalda a todas luces elevado y excesivo, ese fue sin duda alguna  Vasili Blokhin, un verdugo con exceso de trabajo, sobre todo durante los sucesos del bosque de Katyn. Blokhin pertenecía al NKVD soviético (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y es tristemente conocido por ser la persona que mandó al otro barrio a 7000-8000 (el número exacto no se conoce) oficiales polacos, y que fueron encontrados en las fosas de Katyn. Quizás por esta hazaña (y algunas más del mismo pelaje) fue condecorado como héroe de la Unión Soviética y ascendido a general. Cuando Vasili Blokhin se retiró del servicio activo, había ejecutado en total a unas cuarenta mil personas, lo que suponía todo un récord. Pero como su siniestra actividad la había ejercido bajo el gobierno dictatorial de Stalin, cuando falleció éste y subió  al poder una nueva generación en la Unión Soviética, el periodo estalinista y muchos de sus actos fueron revisados (entre ellos los de Blokhin) y como consecuencia, Stalin dejó de ser visto como el máximo héroe soviético. Muchos de sus más íntimos (y no tan íntimos) colaboradores fueron degradados. Vasili Blokhin entre ellos. Se precipitó en la locura a causa de su exacerbada afición al vodka, falleciendo en 1955 a los 60 años, aunque la versión oficial asegura que se suicidó.

El verdugo Vasili Blokhin. Imagen de la película de 2007 "Katyn"
Imagen de la película polaca de 2007 «Katyn», dirigida por Andrzej Wajda

Como verdugo oficial de la URSS fue el asesino de masas más prolífico de la historia mundial registrada, pues ejerció su ministerio desde la Gran Purga estalinista hasta la Segunda Guerra Mundial. Si bien dirigía todo un equipo de verdugos a sus órdenes, gustaba de dar muerte por su propia mano, como tuvieron ocasión de comprobar en sus propias carnes los desgraciados polacos de Katyn. Durante aquella carnicería cometida sobre los presos capturados tras la ocupación de Polonia por alemanes y soviéticos en septiembre de 1939, BloKhin y su equipo trabajaron sin pausa durante 10 horas cada noche. El propio Vasili Blokhin mataba a un preso cada tres minutos de un solo disparo en la base del cráneo, a un promedio de 300 ejecuciones por noche. Blokhin utilizaba una pistola Walther PPK de 7.65 mm, que solía utilizarse para las ejecuciones en masa, pues al tener un retroceso menor que otras armas, generaba menor dolor de muñeca en el usuario de esta arma, lo que no dejaba de ser un alivio para el verdugo que tenía que matar a tanta gente en tan poco tiempo. Así evitaba en la medida de lo posible molestias musculares y tendinitis, importante dato a tener en cuenta cuando se tiene un trabajo de este tipo. Por cierto, la pistola de marras se fabricó con tecnología alemana. Raramente se encasquillaba, pues poseía (y posee) la fiabilidad de lo teutón. «PPK» son las iniciales en alemán de Polizeipistole Kriminalmodel, que en castellano significa pistola policial modelo detective.

El verdugo Vasili Blokhin
El «verdugo más prolífico» Vasili Blokhin

Cuando acababan la dura jornada de trabajo, el propio Blokhin repartía unos galones de vodka a sus hombres para que se relajasen un poquito tras la tensión acumulada que supone asesinar a sangre fría a tantos y tantos hombres en tan poco tiempo. Gracias a esta actividad a destajo que desarrolló durante 28 días, Blokhin ostenta el dudoso récord Guinness concedido en 2010 al «verdugo más prolífico«.

El 27 de abril de 1940, Blokhin fue premiado con la Orden de la Bandera Roja por Stalin por haber cumplido de forma tan celosa y eficiente la orden dada por el propio dictador soviético. Esta condecoración se concedía a los militares que mostraban “coraje excepcional, abnegación y valor en combate”. Una vez cometido el asesinato en el bosque de Katyn, los soviéticos trataron de echar las culpas del desaguisado a los nazis. «Ya que estamos…» debieron pensar los responsables de la URSS. No obstante, muchos años después se descubrió el pastel y se conoció que fueron los soviéticos los únicos responsables de esta masacre, aunque muchos polacos ya sabían la verdad desde casi el instante en que se cometió el crimen. La verdad prevaleció en una fecha tan tardía como 1990 gracias a que la institución Mikhail Gorbachev desclasificó una serie de documentos secretos que demostraron sin tapujos la responsabilidad de la URSS en el crimen.

La benévola condena de Albert Speer

La benévola condena de Albert Speer

La benévola condena de Albert Speer. Imagen de los Juicios de Nuremberg
Juicios de Nuremberg

A consecuencia del veredicto emitido en los Juicios de Nuremberg fueron condenados a morir en la horca un buen puñado de gerifaltes nazis: Hermann Göring (número dos del régimen hitleriano, y que nadie sabe cómo, pero se suicidó con cianuro en la prisión para no darles el gusto a los orgullosos vencedores aliados de verle bambolearse de una cuerda como un pelele. El Mariscal quería pasar a mejor vida delante de un pelotón de fusilamiento, y no sufrir la pena ignominiosa de la horca, reservada a la plebe, pero se le negó esa prerrogativa), Joachim Ribbentrop (llamado Von, el pomposo ministro de Exteriores de Hitler, al que tildaban directamente de «estúpido» muchos de sus compañeros de fechorías), Alfred Rosenberg (el ideólogo del régimen), los generales Wilhelm Keitel (el «lacayo del Führer», le llamaban en la corte nazi) y Alfred Jodl, Hans Frank (el siniestro y cruel gobernador general de Polonia), Alfred Frick (artífice de las Leyes Raciales de Nuremberg), Ernst Kaltenbrunner (jefe de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppen), Fritz Sauckel (Gauleiter de Turingia y director del progama laboral de esclavos), Arthur Seyss-Inquart (gobernador de Holanda -Países Bajos-), Julius Streicher (director del periódico antisemita Der Stürmer, fundamental en la maquinaria propagandística nazi) y Martin Bormann (el mayordomo del Führer y según algunas fuentes, el verdadero hombre fuerte del régimen nacionalsocialista, condenado in absentia, pues estaba desaparecido, muerto en realidad como se supo unas décadas después). Todos ellos (excepto Göring y Bormann, por razones obvias) fueron ejecutados la madrugada del 16 de octubre de 1946 en la prisión de Nuremberg, donde estaban alojados.

Pero hubo más condenados, en esta ocasión a diferentes penas de prisión. A saber: Rudolf Hess (el antiguo secretario de Hitler que había ido a parar a Escocia de motu propio por oscuras razones), Walther Funk (ministro de Economía) y Erich Raeder (jefe de la Marina), fueron condenados a cadena perpetua. A Hess se le acabó conociendo como el «preso de Spandau«, prisión berlinesa donde con el paso de los años quedó como único inquilino. Baldur von Schirach (jefe de las Juventudes Hitlerianas) fue condenado a veinte años de prisión; Konstantin von Neurath (gobernador-protector de Bohemia y Moravia), a quince años de internamiento; Karl Dönitz (almirante de la Marina alemana, arquitecto de la estrategia de la manada de lobos submarinos en la batalla del Atántico y efímero Führer durante unos días), cumplió diez años y fue liberado el 1 de octubre de 1956.

La benévola condena de Albert Speer. Speer leyendo un libro de arquitectura en su casa
Speer leyendo un libro de arquitectura en su casa en sus últimos años

¿Y Albert Speer, el hombre que da título a este post? ¿Qué fue del poderoso ministro de Armamento, el arquitecto favorito de Hitler, el que diseñó la megalómana capital del Tercer Reich, la que se debía denominar Germania? Speer fue un tipo hábil y escurridizo que logró convencer a los magistrados de Nuremberg de que él era un mero técnico que ignoraba las atrocidades nazis (eso dijeron todos los demás responsables nazis juzgados en ese mismo proceso, pero en algunos casos no coló, como hemos visto antes), que no entendía cómo pudo pasar tamaña barbaridad y que pedía perdón por el daño que él pudiese haber causado. La jugada le salió bien a Speer, pues se salvó de la quema (más o menos) con una condena asumible: 20 años de prisión, que pasó junto al «escocés» Rudolf Hess en Spandau, hasta que el arquitecto salió en 1966 tras cumplir la pena íntegramente. Durante esos años, Speer aprovechó para redactar sus jugosas memorias: Memorias: Hitler y el Tercer Reich vistos desde dentro y Diario de Spandau. Cuando salió de prisión, fueron publicadas y Speer se hizo millonario. Estaba claro que todo lo relacionado con el nazismo seguía vendiendo, y más si procedía de uno de los personajes más implicados en la causa. El público continuaba fascinado (y continúa aún) por el mal absoluto, que los vencedores hicieron encarnar en el nazismo sobre todo. Speer falleció en 1981 rehabilitado, pero estaba claro que Speer sabía todo (o al menos gran parte) de lo que ocurrió durante los oscuros años del nazismo. Estuvo presente en la Conferencia de Posen, celebrada el 6 de octubre de 1943, en la que Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS (entre otros cargos de primera categoría en el Estado nacionalsocialista) informó de que se estaba exterminando al pueblo judío según los planes definidos y previstos en la Solución Final. Relojería de precisión alemana. Pero la asistencia de Albert Speer a la reunión sólo se conoció tras su muerte.

Así que el arquitecto de Hitler se había ido de rositas gracias a su habilidad y encanto personal. Hasta se le conoció como «el nazi bueno«, que le permitió disfrutar de una relativamente benévola condena.

La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci

Las circunstancias de la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci nunca estuvieron muy claras, aunque la versión más aceptada, y que pasa por ser la oficial es la que contó años después Walter Audisio (apodado Coronel Valerio), diputado comunista del Parlamento italiano, aunque solo fuese para echarse flores.

La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci. Colgados boca abajo en Milán

Winston Churchill, el primer ministro británico, y Benito Mussolini, el Duce italiano, no dejaron de intercambiar correspondencia ni siquiera durante la guerra. Según algunas fuentes, el servicio secreto inglés planificó el asesinato de Mussolini y de su amante, que estaría enterada de todo, dadas las confesiones de alcoba que el Duce ofrecía un día sí y otro también a Clara Petacci.

Pero vayamos ya al meollo de este post, que es la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci en sí. Según el relato de Audisio, el mismo partisano despertó a la pareja prisionera en manos de los guerrilleros italianos y les metió en un coche, dicéndolos que cambiaban de destino. El automóvil no avanzó mucho, pues enseguida llegaron a la puerta de una casa de veraneo, Villa Belmonte. El resto es la transcripción de la narración de protagonista, tal y como aparece en la obra de Juan Eslava Galán, «La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos». Dice así:

«Ordené a Mussolini que se colocase contra la pared. Obedeció sin comprender nada. Cuando se volvió, le leí la sentencia […]. Por orden del Alto Mando del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, tengo la misión de hacer justicia al pueblo italiano [,,,].

Éramos un pequeño grupo reunidos en aquel recodo de la carretera. Mussolini, Clara Petacci, Guido, el comisario de los partisanos y yo. Eran las cuatro de la tarde.

– ¡Mussolini no debe morir!¡Mussolini no debe morir!-gritó la Petacci, al borde de la histeria […]

Levanté la metralleta para disparar.

– ¡Apártese de ahí o recibirá también!-le grité a Petacci.

Se apartó trastabillando. Apreté el gatillo. El arma no disparó. Clara Petacci corrió de nuevo hacia Mussolini y lo abrazó. Arrojé la metralleta y empuñé el revólver. Clara Petacci corría de un lado para otro, presa del pánico…

-¡Quítese de en medio!- le dije apuntando con el revólver, pero el arma tampoco funcionó…

Llamé al comisario y le tomé la metralleta. Apunté una vez más y alcanzaron a Mussolini cinco balas. Cayó de bruces, contra el muro. Disparé de nuevo. Una bala alcanzó a la Petacci y la mató en el acto. Tres balas más alcanzaron a Mussolini, pero aún respiraba. Me acerqué y le disparé al corazón. Por fin estaba muerto[…]»

Según este relato «oficial», la muerte de Petacci no fue un acto premeditado y se trató, casi, casi de un mero accidente, pues el que tenía que morir era Mussolini y sólo él. Quizás la narración del diputado ex-partisano sólo tenía la intención de lavar cierta mala conciencia por haber tenido que matar a la mujer, cuyo delito más conocido era tan sólo el haberse enamorado locamente del dictador italiano. Que tuviese otros secretos más inconfesables es algo que cae fuera de mi conocimiento y de este artículo. Secretillos como conocer de primera mano la correspondencia que mantenía el antiguo maestro socialista con el Premier británico. Sea como fuere, el caso es que el cadáver de Claretta acompañó al de Mussolini cuando fueron expuestos al pueblo. Los partisanos se llevaron los cuerpos de los dos ejecutados a Milán, donde los colgaron cabeza bajo de la marquesina de una gasolinera en la plaza de Loreto. Antes de ese último ensañamiento con los cadáveres, muchas de las personas reunidas en la plaza para comprobar que el Duce estaba muerto y bien muerto, patearon, escupieron y hasta se orinaron encima del finado. Mussolini y Petacci fueron acompañados en su última aparición pública por otros líderes fascistas, también fusilados por los partisanos.

La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci. Ensañamiento con los cadáveres

El ensañamiento de la gente con el cadáver de Mussolini dejó marcas bien patentes en él, según refleja la autopsia: «Cabeza deformada por la destrucción del cráneo. Esquirlas de hueso clavadas en las cavidades. Globo ocular machacado y desgarrado, con escape del humor vítreo. Mandíbula superior fracturada, con múltiples laceraciones en el paladar. Cerebelo, protuberancia de Varolio, mesencéfalo y parte de los lóbulos occipitales, aplastados. Gran fractura en la base del cráneo» (Best, 2012, p.184). Literalmente le habían partido la cabeza a patadas y a palos.

Volviendo a la gente…Una gente que en los buenos tiempos de Benito Mussolini, a buen seguro lo habían vitoreado y jaleado como su querido Duce. Como cambian las cosas, antes en la cima del poder omnímodo, ahora un cadáver nada más (como Rascayú), colgando cabeza abajo con la cabeza rota y los sesos casi fuera delante de una muchedumbre que vociferaba alegre y extasiada…Así nos han contado como fue la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci.

Arthur Szyk el caricaturista polaco que desquiciaba a Hitler

Arthur Szyk en su estudio de Nueva York en 1945

Arthur Szyk fue un caricaturista e ilustrador judío de origen polaco. Utilizó su obra como arma para combatir el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Sus dibujos causaron un tremendo daño a Hitler y al fascismo en general en la guerra de propaganda librada fuera de los frentes de batalla, pues la burla siempre ha sido un enemigo temible para los dictadores más sanguinarios, quienes la temen más que a un nublado. Y Arthur Szyk fue un caricaturista y un ilustrador consumado. El caricaturista polaco que desquiciaba a Hitler y sus secuaces.

Arthur Szyk nació en 1894 en el seno de una familia judía de Lodz. ciudad incrustada en una región polaca que por entonces estaba dentro de territorio ruso. Estudió arte en París y pronto se prendó de la belleza de los manuscritos miniaturizados medievales. Durante la Primera Guerra Mundial volvió a casa y se alistó en el ejército ruso. Después de la guerra se afincó de nuevo en París en 1921 y comienza a ser conocido gracias a su destreza en el dibujo y por la acidez e ironía que destilaban sus historietas, basadas muchas de ellas en historias bíblicas. Creó un estilo muy personal en el que mezclaba ilustraciones medievales y elementos contemporáneos. Recibió múltiples encargos para ilustrar numerosas obras literarias.

A comienzos de 1933 comenzó a dibujar caricaturas de Hitler, algo que no le hizo ni pizca de gracia al Führer, y más aún tratándose del trabajo de un judío. En 1940 se trasladó a Nueva York donde ya era conocido por sus mordaces caricaturas en las que los nazis y sus aliados italianos y japoneses no salían nada bien parados, pues eran el destino principal de sus dardos. Su popularidad fue en aumento y su trabajo, una valiosa forma de propaganda para los aliados. Creó la serie Orden Nuevo (The New Order) en 1941. Szyk fue un habilidoso caricaturista y un apasionado defensor de las causas políticas, amigo del matrimonio Roosevelt. Durante la guerra, publicó sin descanso incisivas viñetas en periódicos y revistas estadounidenses (como Collier’s, Esquire, Time, Look, Liberty, New York Post y Chicago Sun), que le valieron el reconocimiento entre la opinión pública aliada de “ejército de un solo hombre”. Fue por entonces el verdadero azote de Hitler, de su corte nacionalsocialista y de sus aliados del Eje. En 1943, Arthur Szyk apremiaba desde su privilegiada tribuna gráfica a lograr de inmediato el rescate de los judíos en la Europa nazi, víctimas de la Solución Final hitleriana.

Arthur Szyk. "Sueño de un loco" (A Madman's dream)

Su obra principal es El Haggadah (‘La revelación’ en hebreo), realizada en forma de manuscrito, cuyas ilustraciones están cargadas de enorme contenido político cuyo máximo damnificado era Hitler.

Falleció en New Canaan, Connecticut, en 1951.

Otto Kretschmer, del U-99 a Jefe del Estado Mayor de la OTAN

Otto Kretschmer fue comandante del submarino alemán U-99. Tiene el récord de hundimientos de barcos, 44. Krestschmer era un habilidoso submarinista, que tenía una rara habilidad para el combate en el mar, pues se acercaba tanto a sus víctimas, que las hundía de un sólo y certero torpedo. Su lema era «un torpedo, un barco», una manera inmejorable de rentabilizar su actuación.

Otto Kratschmer

Entre octubre y diciembre de 1940 perpetró sus mayores «éxitos», que a buen seguro no le hicieron ninguna gracia a Churchill y a Su Graciosa Majestad británica. El 19 de octubre, actuando en colaboración con otros siete submarinos, atacaron un convoy de 34 barcos mercantes escoltados por cuatro buques de guerra. Esta «manada de lobos» se infiltró dentro de la formación enemiga, y consiguieron hundir la mitad del convoy sin sufrir bajas. Durante la noche del 3 al 4 de noviembre echó a pique a dos cruceros británicos, el HMS Laurentic y el HMS Patroclus. Kretschmer. Atrajo a ambos cuando acababa de herir mortalmente al carguero Casanare, también de bandera británica. Los dos cruceros acudieron en ayuda del carguero, que había enviado un SOS por radio, y que terminaría hundiéndose. Cuando aparecieron. fueron despachados sin piedad por el U-99 alemán.Un mes después, el mortífero U-99 capitaneado por Kretschmer hundió otro crucero de gran tonelaje, el HMS Fortar, que incrementó todavía más la leyenda del submarinista germano. La batalla del Atlántico estaba resultando muy costosa al gobierno británico, que veía como su legendaria Armada perdía toneladas y toneladas de navíos sin poder dar un golpe certero al hábil enemigo que acechaba en las profundidades del océano.

Maqueta del submarino U-99, capitaneado por Otto Kretschmer
Maqueta del submarino U-99, capitaneado por Otto Kretschmer

El 17 de marzo de 1941, el U-99 de Kretschmer formaba parte de otra manada de lobos junto a otros legendarios submarinos: el U-110 (comandado por FJ Lemp), el U-100 (del legendario Joachim Schepke, que hundió 37 barcos durante su carrera), el U-37 de Clausen y el U-74 de Kenkrat. La flotilla alemana andaba a la busca y captura del convoy HX 112, cuyos 41 barcos cargueros y su correspondiente escolta formada por 6 buques de guerra se dirigían al puerto de Liverpool a descargar combustible. Los alemanes fueron descubiertos por el destructor HMS Walker, que obligó al U-100 de Schepke a emerger con cargas de profundidad. El destructor embistió al submarino en la superficie y lo mandó malherido a las profundidades. El comandante Schepke falleció aplastado por el periscopio. Los ingleses trataron de hacer lo mismo con el U-99, a pesar de que Kretschmer intentó maniobrar para escapar. Los británicos bombardearon con saña el submarino con cargas de profundidad, lo que dañó la nave de tal manera que se hundió, falleciendo tres tripulantes. La mayoría de la tripulación se salvó, Otto Kretschmer incluido, pero fueron capturados por los británicos. Kretschmer pasó el resto de la guerra en un campo de concentración canadiense.

Esta acción fue un duro golpe para la Kriegsmarine, que perdió en la misma a lo más granado de su oficialidad.Otto Kretschmer fue liberado en diciembre de 1947, regresó a Alemania, ingresando en 1955 en la marina de la República Federal Alemana, la Bundesmarine, donde fue ascendiendo progresivamente en su cursus honorum (escalafón), pues en 1957 pasó a Comandante de la 1. Geleitgeschwader (1st Escort Squadron), y en 1958, fue nombrado Comandante de la Amphibische Streitkräfte (Fuerzas anfibias). En 1965 se convirtió en Jefe del Estado Mayor del Mando de la OTAN. Estuvo cuatro años en el cargo y se jubiló en 1970 con el rango de Almirante.

Otto Kretschmer falleció a consecuencia de un accidente en 1998 en Baviera. Había nacido en 1912.

Ángel Sanz Briz, el Ángel de Budapest, «Justo de la Humanidad»

Cuando en marzo de 1944, Himmler envió a uno de los apóstoles de la Solución Final de la cuestión judía, Adolf Eichmann a Hungría con las unidades SS para eliminar a “elementos subversivos judíos”, un español, Ángel Sanz Briz, secretario de la embajada española en Budapest, decidió tomar cartas en el asunto por cuestiones meramente humanitarias.

Angel Sanz Briz

Con la brutal orden bajo el brazo, Eichmann comenzó a deportar a los judíos hacia un destino incierto a los campos de exterminio. El gobierno húngaro pronazi de Ferenc Szálasi, miró para otro lado descaradamente, pues no pareció importarle la suerte de cientos de miles de sus compatriotas.  Pero a Sanz Briz, a la sazón joven diplomático de 32 años, sí que le importaron las vidas de esas personas que iban directas a la muerte en cámaras de gas. Se jugó la carrera y quizás su propia vida por salvar a los que buenamente pudo. Para ello se valió de una astuta argucia: expedir certificados falsos en los que se concedía la nacionalidad española a los judíos. Para lograrlo se basó en un Real Decreto de 1924 de la época del dictador Primo de Rivera en la que se reconocía dicha nacionalidad española a los judíos sefardíes, descendientes de aquellos que fueron expulsados por los Reyes Católicos, allá por 1492, según dijeron, en aras de la unidad religiosa. Y para dar satisfacción a las altas jerarquías eclesiásticas del recién unificado reino.

El gobierno español había concedido 200 pasaportes a la embajada española en Hungría, pero según contó años después Ángel Sanz, “los convertí en doscientas familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente gracias al simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno con un número superior a doscientos”. Vamos, una falsificación en toda regla, pero con las mejores intenciones. La embajada española no podía albergar entre sus paredes a tanto “nacionalizado español” de nuevo cuño. Así que el sagaz e intrépido secretario se las compuso para alquilar los inmuebles suficientes para albergarlos a todos. En las viviendas alquiladas, se pusieron placas con el escudo de España y un letrero que decía: “Anejo a la legación española”.

Sanz Briz recibió la visita de dos fugitivos de Auschwitz que le relataron lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración, y remitió al gobierno español un informe en el que denunciaba el exterminio de judíos en cámaras de gas. Parece ser que Franco, como tantas otras autoridades de la época, no se dio por enterado, aunque corrió por ahí el bulo de que salvó a muchos judíos. Franco, como amigo y aliado de Hitler, no tuvo problemas en incorporar a su discurso ideológico el antisemitismo nazi (aquéllo de la conspiración judeo-masónica…), aunque en España no había judíos (o había muy pocos) desde 1492. También es posible que el antisemitismo del régimen franquista procediese también de la Alemania nazi, pero a través de las ideas falangistas de Onésimo Redondo, que durante una breve estancia en el Tercer Reich, había quedado fascinado por el modus operandi y toda la parafernalia puesta en marcha por los nacionalsocialistas. Quizás lo que más le impactó fuese la movilización de grandes masas de gente aclamando los encendidos discursos del mesiánico líder.

La actitud de Ángel Sanz y otros diplomáticos españoles que también lograron salvar judíos (por iniciativa propia y no cumpliendo órdenes «de arriba»), ayudaron al régimen de Franco a lograr cierto reconocimiento en los países vencedores tras la guerra. Aunque estudios posteriores demostraron que su política al respecto fue obstruccionista. Ángel Sanz, el Ángel de Budapest, fue nombrado “Justo de la Humanidad” por instituciones judías después de la guerra.

El obispo Alois Hudal

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El Obispo austriaco Alois Hudal (1885-1963) fue una pieza importante en la evasión de muchos nazis tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Cuando Adolf Eichmann (mucho antes de ser secuestrado por los servicios secretos israelíes y ser llevado a Jerusalén para su juicio y ejecución), uno de los responsables de la Solución Final, dijo que pudo escapar a Sudamérica gracias a Hudal, el Obispo pronazi manifestó públicamente: «Mi deber como cristiano es ayudar a quienes están en peligro». Hudal era responsable de una agencia que actuaba a las órdenes de una organización de refugiados del Vaticano y que ayudó a escapar a numerosos nazis, responsables de crímenes de guerra y contra la Humanidad. El Vaticano expidió pasaportes sólo a quienes se declararon católicos. Igual que Eichmann citó a Hudal cómo el hombre que le ayudó a escapar, el nombre de este obispo austriaco, aparece en las declaraciones de otros muchos criminales nazis posteriormente capturados. Por ejemplo, el Doctor Gerhard Bohne, acusado de la muerte por eutanasia de 15000 personas, escapó a la Argentina, siendo detenido en marzo de 1964. En su interrogatorio, Bohne aludió a Hudal y «a la caritativa  ayuda prestada a muchos fugitivos».

Hudal publicó un libro en 1937 titulado Los fundamentos del Nacional-Socialismo, saludado con gran alborozo por la prensa nazi. En él, el obispo proclamaba sus puntos de vista afectos a la doctrina hitleriana en las primeras etapas del movimiento. Estaba de acuerdo con lo que él denominaba «acciones defensivas» nazis. Justificó el movimiento nacional-socialista afirmando que estaba imbuido de cultura cristiana por los cuatro costados, aunque pareciese todo lo contrario. A la vista de los escritos de Hudal, se hallaba completamente obsesionado con el bolchevismo, al que calificaba de Anticristo. Como Hudal lo que más deseaba era la destrucción del Diablo Bolchevique, pensó que lo más eficaz sería la alianza entre la Iglesia y los nazis.

Todas las hojas parroquiales y publicaciones diocesanas católicas, excepto el Berlín See, se hicieron eco de propaganda antisemita, sancionada y aprobada por el Ministro de Propaganda Dr. Goebbels y Johann von Leers, el subalterno que más «entendía» de temas judíos en el ministerio. Respecto al asunto de los judíos, Hitler le comunicó al obispo católico Wilhem Berning el 26 de abril de 1933: «Yo me limito a hacer lo que la Iglesia ha estado haciendo durante mil quinientos años», justificando de alguna forma el odio nazi hacia los judíos y su posterior actuación de exterminio. Los clérigos protestantes también se hallaban informados de la posición nacionalsocialista respecto a los judíos. Su líder era el Capellán Ludwig Müller, confidente de Hitler. Con motivo del 50ª cumpleaños del Führer, en 1939, los obispos católicos y protestantes, excepto los de dos diócesis, propusieron a todos los alemanes una plegaria por su Führer, que rezaba así: «Recuerda, ¡oh, Señor!, a nuestro Führer, cuyos secretos deseos Tú conoces mejor que nadie». Los deseos inconfesables de Hitler los conocían todos pues habían quedado suficientemente expresados en las Leyes de Nuremberg. Las Leyes de Nuremberg eran un conjunto de postulados de carácter racista y antisemita adoptadas por unanimidad el 15 de septiembre de 1935 durante el séptimo congreso anual del NSDAP. Refiriéndose a este corpus legislativo excluyente, el Obispo Hudal lo expresó como «inevitables contramedidas contra elementos extraños». Unos daños colaterales irremediables, como se dice ahora. Era evidente la connivencia entre numerosos miembros de las jerarquías de las dos Iglesias alemanas con el régimen nazi en cuanto a la cuestión judía (y en otras más).

Alois Hudal fue el enlace entre la corte de Hitler y el Vaticano. Con la invasión de la católica Polonia, que marca el inicio de la brutal conflagración que asoló el mundo entre 1939 y 1945, el nuevo Papa Pío XII publicó una encíclica que obviaba la agresión nazi al pueblo polaco. En cambio en ella aludía a «las almas descarriadas, tanto del pueblo judío como de otras procedencias, que se aliaban con miembros de movimientos revolucionarios o los promovían», refiriéndose en este caso, por supuesto al peligro bolchevique. Los nazis vieron en estas palabras del Papa una justificación y pleno apoyo a sus planes para defenderse de una supuesta conspiracion entre judíos y comunistas.

Franz Stangl, el exterminador de Treblinka

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Franz Stangl fue comandante del campo de la muerte de Treblinka, cerca de Varsovia. Allí fueron enviados unas 700000 personas, de las que salieron con vida un centenar escaso. Se le concedió la Cruz del Mérito por «Asuntos Secretos del Reich» que implicaban «esfuerzo psicológico» (el exterminio de seres humanos, sin duda). En algo más de un año de trabajo (abril de 1942 – agosto de 1943), pleno de encomiable eficacia, desde luego, envió a Berlín 2.800.000 dólares norteamericanos, 400.000 libras esterlinas, 12 millones de rublos soviéticos, 145.000 kilos de oro en anillos de boda, 4000 quilates de diamantes, 25 cargas de cabellos femeninos para la industria, unos 1000 camiones de ropa usada y muchos otros objetos, fruto del expolio a las víctimas. Cuando Stangl finalizó su siniestro trabajo, Polonia fue considerada oficialmente «libre de judíos».

Como alto oficial de las SS experto en exterminio y tras el cierre de Treblinka por falta de presos, fue destinado a la lucha contra las rocosas guerrillas yugoslavas, cuyos componentes lograron hacerse con copias de su historial criminal. Fue capturado después de la guerra e internado en un campo de concentración norteamericano cerca de Salzburgo. Posteriormente se escapó y con ayuda del denominado grupo ODESSA, que ayudaba a escapar a antiguos nazis (posiblemente creado por Martin Bormann), se trasladó a Siria hasta que el temor a represalias le hicieron salir de Damasco, donde había dirigido una agencia de importaciones y exportaciones, un sector muy socorrido por el mundo de los espías. Recaló en Brasil con ayuda de ODESSA. En Sao Paulo trabajó en la fábrica de Volkswagen. Gracias a las pesquisas de la oficina del «cazanazis» Simon Wiesenthal, fue descubierto en 1967 en la ciudad brasileña, solicitando inmediatamente los gobiernos de Holanda e Israel su extradición, de acuerdo con la convención internacional contra el genocidio, que Brasil había firmado, al contrario que otros países sudamericanos que también acogían nazis. Pero todavía se tardaron tres años más en juzgarle por crímenes contra la Humanidad. Finalmente fue juzgado en Düsseldorf en 1970, juicio en el que fue hallado culpable de haber colaborado en el asesinato de 700.000 personas y de ser responsable directo de la muerte de otras 400.000 y que le sentenció a cadena perpetua. Cuando le preguntaron cómo se defendería de los cargos presentados en un proceso que investigaba hechos sucedidos hacía 27 años, respondió sin inmutarse: «Tengo la conciencia tranquila. Yo simplemente cumplía con mi deber». Falleció de un ataque cardíaco en prisión el 28 de junio de 1971.

Las revelaciones del general Mohnke

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Wilhem Mohnke era comandante general de las SS y encargado de la guardia personal del Führer. En el último día, cuando Hitler se suicidó, Mohnke había huido con un grupo que pretendía escabullirse de los cientos de miles de rusos que ya campaban a sus anchas entre las ruinas humeantes de la otrora orgullosa capital del Tercer Reich. Berlín, claro. Se escondió en un sótano de la Schönhauser Allee, donde le sorprendió un destacamento del Ejército Rojo. Se le identificó como comandante de batallón SS, de los que defendían Berlín. Fue interrogado a fondo y los rusos supieron que había acompañado al Führer dentro del búnker en sus últimas horas. Junto con sus allegados, se había encargado de vigilar los refugios existentes bajo la antigua y la nueva Cancillería del Reich, que en conjunto eran conocidos como la «Ciudadela».

Mohnke ayudó a los rusos a localizar los restos del búnker de Hitler. Se explayó contando cómo habíian transcurrido los últimos días y citó los nombres de los miembros más destacados del personal que rodeaba al dictador nazi en sus momentos postreros: secretarios, conductores, ordenanzas, servidores y miembros de las SS que custodiaban a Hitler. Mohnke, una vez capturado, habló por los codos, algo que llamó la atención del perspicaz Stalin. Ni Mohnke ni los demás jerarcas de las SS eran héroes, pues nada más ser capturados, «cantaron por peteneras». Los soviéticos contaron a Mohnke que los canadienses le buscaban para juzgarlo por el asesinato de 35 soldados prisioneros de esa nacionalidad. Así que Mohnke reveló todo lo que sabía y lo que no, se lo inventó. Y entre las cosas que soltó a sus captores, dijo algunas que hiceron sospechar más que nunca al líder soviético sobre los contactos de los nazis con los aliados occidentales. El extraño viaje de Hess a Gran Bretaña sería el primer eslabón de esa cadena de contactos que tendrían como objetivo unir a norteamericanos, británicos y alemanes contra el enemigo común bolchevique. O eso pretendían que creyesen los rusos algunos miembros de las SS. Como Mohnke.

Las revelaciones del general de las SS a los soviéticos continuaron. Les refirió planes de evasión de los responsables nazis de crímenes de guerra; describió los escondites de los Alpes bávaros; la transferencia de oro y dinero a países neutrales (como España, Suiza o Suecia); el ocultamiento de tesoros y obras de arte. Habló de una supuesta Hermandad puesta en marcha por Martin Bormann con el objetivo de proteger a los nazis tras la guerra y de esperar el momento adecuado para el resurgimiento de movimientos neonazis en todo el mundo. Lo que cantó Mohnke a los rusos, o al menos gran parte de sus revelaciones llegaron a los aliados occidentales por filtraciones del propio servicio secreto soviético, que no obstante, nunca quisieron admitir que Mohnke estaba en su poder.  Comenzaba un peligroso y nuevo juego de espionaje que llevó a los otrora aliados a la Guerra Fría. Pero esa es otra historia.

Mohnke fue internado en un campo ruso de Strausberg, donde siguió revelando lo que sabía y lo que no. Los rusos no confirmaron su captura a los aliados occidentales pues sabían que los canadienses le buscaban para responder de su responsabilidad en el asesinato de prisioneros canadienses. Su cómplice en esta matanza, Kurt Meyer, ya había sido juzgado y declarado culpable pero se le puso en libertad más adelante, cuando el asunto había sido olvidado por la opinión pública. Contra Mohnke nunca hubo pruebas suficientes del crimen de los soldados canadienses por lo que nunca fue juzgado por crímenes de guerra, siendo liberado.

Mohke trabajó después de la guerra como representante de ventas de una empresa fabricante de camiones en Barsbüttel. Murió en 2001, con 90 años.

Solly Smolianoff, falsificador de profesión

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Algunos falsificadores liberados el 5 de mayo de 1945. Smolianoff es el primero por la izquierda, en primera fila.

Solly Smolianoff trabajó en el gran proceso de falsificación de papel moneda conocido como Operación Reinhard. Smolianoff era un preso ruso confinado en un campo de concentración, condenado a la cámara de gas por el mero hecho de ser gitano (según William Stevenson en su obra «La Hermandad Bormann»), aunque según otras fuentes era judío. De lo que no cabe duda era de las habilidades que le salvaron la vida. Era un experto falsificador que se especializó en billetes americanos. Los responsables de la Operación Reinhard lo encontraron por pura casualidad en uno de los campos de la muerte.

Smolianoff contó a Scontland Yard y a los investigadores norteamericanos tras su liberación en mayo de 1945 una historia que a priori podía parecer un cuento chino, y que luego resultó ser bastante verosímil, puesto que se encontraron pruebas que respaldaron su historia. Se descubrió la denominada Galería 16, cerca del pueblo de Redl Zipf, que formaba parte de la Fortaleza Alpina nazi en Baviera, uno de los últimos reductos de resistencia nazis en caso de que las cosas se torcieran, como había sido el caso. Dicha galería era un laberinto bajo tierra, repleto de corredores para almacén y talleres. En uno de los túneles se hallaban las prensas y la maquinaria para fabricar los billetes falsos, trasladados allí deprisa y corriendo desde su ubicación original en las cercanías de Berlín. Smolianoff contó que el traslado se efectuó mientras Himmler trataba de salvar el pellejo tratando con los aliados a través del Conde Bernadotte, algo que obviamente no consiguió.

La fábrica de billetes falsos fue descubierta poco después de la muerte de Hitler por varios agentes del servicio secreto norteamericano, quienes se tropezaron de forma fortuita con un camión lleno de billetes falsos en cajas de madera. Parece que el vehículo alemán se hallaba perdido en un camino de la Fortaleza bávara.