El primer amor de Hitler

Adolf Hitler tuvo un amor, posiblemente el más pasional y torturado de su vida. Su sobrina Geli Raubal hija de su hermanastra. Mujer joven, de un atractivo pelo negro. De comportamiento alocado y sobre la que no se tiene certeza de que hayan existido relaciones sexuales. Sin embargo ambas partes reconocían su amor. Aunque Hitler siempre argumentó su exclusividad a la política lo que le limitaba su posibilidad de tener una vida amorosa normal.
Tío Alf, como le llamaba Geli. Le proporcionó una vivienda con todo tipo de comodidades, una jaula de oro. Pero vigilaba celosamente cualquier relación de Geli con el exterior, sobre todo con hombres. En esta inestable situación la pareja vivía junta y salían frecuentemente a cualquier evento en el que Tío Alf exhibía orgulloso la exuberante belleza de su sobrina.
Sin embargo, su relación estaba salpicada de frecuentes peleas. Esta joven de 23 años después de una acalorada discusión se suicidó con la propia pistola de Hitler. Este lloró su muerte pero esto no entorpeció la escalada del político que estaba en un momento álgido. Más adelante el partido escondió esta relación. Esto dio pie a múltiples interpretaciones de este tortuoso amor. Pero no existe certeza de casi nada.

El Síndrome de Asperger

El médico Asperger fue mundialmente conocido por el síndrome que lleva su nombre. Sus estudios sobre el autismo infantil fueron importantes para esclarecer los misterios de esta compleja enfermedad. Lo que no se sabe es que Hans Asperger era un convencido nazi. Cerca de 800 niños murieron en su programa de eutanasia infantil. Este médico fue un activo promotor de la esterilización obligatoria y eutanasia. Como dice Javier Jiménez «Asperger no será, seguramente, el último caso que nos sitúen ante el espinoso problema de que los encontronazos entre la ciencia y la ética, estos han sido una constante en la investigación biomédica.»

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar
El general Vlasov

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar. Vlasovistas proviene de Vlasov, y ésta es su espeluznante historia. Andrei Andreievich Vlasov no pudo terminar sus estudios como seminarista en Nijni Novgorod. ¿La causa de su, digamoslo así, fracaso? Pues la Revolución de Octubre, ni más ni menos. Ingresó en el Ejército bolchevique como soldado raso en 1919. Ascendió pronto a jefe de pelotón y posteriormente a jefe de compañía. En 1930 ingresó en el PCUS, y en 1936 fue asesor militar de Chang Kai-shek en China. En principio, Vlasov no tenía buenos contactos en las altas jerarquías políticas y militares purgadas entre 1937 y 1938, por lo que tuvo la oportunidad de ascender al mando de una división en 1938. En 1940 recibió el grado de mayor general. Tras la citada purga del Ejército Rojo, Vlasov estaba considerado entre los más capacitados de los nuevos mandos. Preparó a conciencia desde el verano de 1940 a la 99 División de Tiradores. Cuando la Wehrmacht invadió la URSS, en el verano de 1941, el retroceso de las tropas soviéticas hacia el este no afectó a la recia división de Vlasov, que tuvo los bemoles de avanzar al contrario, hacia occidente, recuperando Peremyshl, donde se mantuvo 6 días aguantando la embestida alemana. Ascendido a teniente general, comandaba el 37º Ejército en Kiev, de donde pudo salir del asedio alemán. En diciembre de 1941, durante la defensa de Moscú, estaba al frente del 20º Ejército. Y en la contraofensiva por proteger la capital formaba parte de una pléyade de generales soviéticos entre los que ya destacaban Zhukov, Kuznetsov, Rokossovski, Leliushenko y Govorov. En aquellos meses trepidantes se ascendía con rapidez y celeridad.

Vlasov se convirtió en subjefe del Frente del Volga y posteriormente fue nombrado comandante en jefe del 2º Ejército, con el que inició el 7 de enero de 1942 un intento de ruptura del asedio de Leningrado (hoy San Petersburgo), con la ofensiva del río Voljov, en la cual participaron también los Ejércitos 4, 52 y 54. Pero estos tres últimos no avanzaron a tiempo para llevar a cabo la liberación del sitio de Leningrado. La gigantesca purga estalinista de 1937-38 había hecho mucho daño en la cúpula miltar, pues se había llevado al otro barrio a los militares soviéticos más experimentados y competentes, y sus sustitutos todavía no estaban preparados. A pesar de todo, el Ejército de Choque de Vlasov siguió erre que erre y en febrero de 1942 había avanzado 75 km entre las líneas alemanas. Pero al no recibir ni refuerzos ni munición, quedaron bloqueados a la espera del fin. Bloqueados, como Leningrado. El ejército de Vlasov, rodeado en zona pantanosa, que se desheló en abril de 1942, no recibió suministros ni por tierra ni aire. Aún así, Stalin le negó a Vlasov permiso para reitrarse. Así que Vlasov comenzó a jugar con la idea de pasarse al enemigo. Traidor  su pesar. Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar.

Durante dos meses, el Ejército de Vlasov agonizó, pasando una hambruna tremenda. A Solzhenitsyn (el célebre disidente soviético autor del demoledor documento «Archipiélago Gulag«) le contaron durante su cautiverio, en el que coincidió con algunos soldados de Vlasov, cómo raspaban los cascos de los caballos muertos, cadáveres en descomposición, cocían las raspaduras y se las comían. El 14 de mayo, los alemanes atacaron con violencia al ejército rodeado. Aún así, Vlasov y los suyos todavía intentaron romper el cerco, hasta inicios de julio. Sólo entonces recibieron la orden de retroceder a la otra orilla del río Voljov, algo que ahora ya se antojaba imposible. Vlasov y sus hombres fueron declarados traidores a la patria soviética. Pero Vlasov, tras perder la mayor parte de su ejército, no se suicidó, como le hubiese gustado al Padrecito Rojo, sino que deambuló por bosques y pantanos y se rindió el 6 de julio a los alemanes en la zona de Siverskaya. Los alemanes no daban crédito (todo un general del prestigio de Vlasov entregándose…) y le trasladaron a su cuartel general en Lötzen, en la Prusia Oriental, donde ya había algunos generales soviéticos prisioneros e incluso un comisario de brigada, todos figuras de segunda fila que habían abjurado de su lealtad al criminal régimen estaliniano (¡para ofrecérsela a otro régimen no menos criminal!). Pero ahora tenían a Vlasov, un primer espada soviético y que también expresó su disconformidad absoluta con Stalin. ¡Como para no hacerlo, después de las jugarretas de Stalin! Y se pasó al enemigo al enemigo con todas las consecuencias. ¡Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar!

Vlasov fue un ejemplo de que contra rusos lucharon otros rusos, y, según Solzhenitsyn, lo hicieron  «con más coraje que cualquier SS». Un ejemplo de este encarnizamiento lo cuenta el propio autor, que fue capitán del Ejército Rojo y encarcelado por hacer alguna apreciación no demasiado halagüeña sobre Stalin. Y no es guasa. El caso es que en julio de 1943, un grupo de rusos con uniforme alemán defendía la aldea de Sobakinskie Vyselki, donde peleaban con enorme determinación y desesperación. A uno de estos soldados «renegados» lo acorralaron en un sótano, al que atiborraron de granadas de mano. Se hacía el silencio, pero cuando algún asaltante intentaba penetrar, era recibido con una ráfaga de metralleta. El vlasovista se escondía en un foso más profundo, debajo del sótano, aturdido, desesperado, pero con el ánimo intacto para seguir combatiendo contra sus antiguos camaradas. El régimen estalinista había hecho un daño enorme en todos los estratos de la sociedad soviética.

Los vlasovistas prisioneros no podían esperar ningún tipo de misericordia de sus compatriotas. Si la rendición «pura y dura» ya se consideraba a ojos de Stalin una traición imperdonable a la patria, imagínense lo que se pensaba de aquéllos que por uno u otro motivo, se pasaban al odiado enemigo nazi, y tomaban las armas contra sus compatriotas. Otro ejemplo. En Prusia oriental, los rusos soviéticos llevaban por un arcén de carretera a tres vlasovistas presos. Por la carretera apareció un tanque T-34. En el momento en que el carro blindado pasaba junto a ellos, uno de los prisioneros se escapó y se tiró bajo el tanque. Aunque el tanquista trató de evitarlo, el borde de la oruga del tanque lo aplastó. El pobre prisionero continuaba revolviéndose, la sangre le salía a espumarajos por la comisura de los labios. Había preferido una muerte de soldado a la ignominiosa ejecución por horca o disparo en la nuca que le esperaba en alguna oscura mazmorra por traidor. Como no podían esperar ninguna indulgencia, combatían con tanta desesperación. Otra vez sigo a Solzhenitsyn en sus memorias: «en nuestro cautiverio, igual que en el alemán, nadie lo pasaba peor que los rusos. Esa guerra nos descubrió que en la tierra no hay nada peor que ser ruso».

Aún así, la primera y la última acción autónoma del ejército de Vlasov fue contra los alemanes. Ahí les pudo su corazón ruso aunque supieran que estaban perdidos, ocurriese lo que ocurriese, por lo cual en sus momentos de ocio, le daban, pero bien dado, al vodka, para calmar su ansiedad. Desde las ofensivas de 1944, el Ejército Rojo había alcanzado los ríos Vístula y Danubio, en medio del desastre general alemán. El general Vlasov, a fines de abril de 1945 reunió cerca de Praga sus divisiones de rusos «traidores a la patria». El general de las SS Steiner se disponía a destruir la hermosa capital checa, antes que entregarla al Ejército Rojo. Vlasov se puso al lado de los checos sublevados ¡en contra de los alemanes! Toda la rabia contenida, acumulada contra los alemanes durante los tres años de servidumbre por los vlasovistas, fue descargada con tal violencia que expulsaron a los alemanes de Praga (el Tercer Reich ya hacía días que se había rendido). ¡Sea como sea, Rusia es Rusia! Sí, Praga fue liberada por los rusos del yugo alemán…pero…¿qué rusos? No fueron los del Ejército Rojo, fueron los vlasovistas, que supongo que querían ganar puntos ante los americanos, a quienes pensaban rendirse.

Muy poco después de esta acción, el ejército de Vlasov trató de rendirse a los americanos, pero éstos le recibieron con enorme hostilidad y forzaron la rendición a los soviéticos. No tenían opción, ni unos ni otros, pues esto había sido previsto en la Conferencia de Yalta. Fue una entrega de rusos al mando soviético, como la que propició Churchill de 90000 cosacos, también considerados traidores a la madre patria, en mayo de 1944. Otra consecuencia de los tratados secretos entre los aliados occidentales y los soviéticos.

Durante décadas, la palabra «vlasovista» sonó en la URSS como «basura», razón por la que nadie se atrevió a pronunciar ninguna frase con tan deleznable adjetivo. Solzhenitsyn recuerda en su obra las aventuras y desventuras de los vlasovistas y grupos similares (prevlasovistas, cosacos, musulmanes, bálticos…): centenares de miles de jóvenes entre los 20 y 30 años que pelearon desesperadamente contra sus compatriotas aliados con su peor enemigo, el nazismo. El mismo Solzhenitsyn se permite una profunda reflexión: «Quizás debamos recapacitar: ¿quién es más culpable, estos jóvenes o la vetusta patria?».

Vlasov acabó malamente, como era de esperar. Fue juzgado y sentenciado a muerte en Moscú. Fue ahorcado el 2 de agosto de 1946. Muchos soldados de Vlasov, enviados a la URSS, fueron ejecutados con ametralladoras al bajar de los trenes que los transportaban. Otros, enviados al Gulag (los campos de concentración soviéticos), condenados a trabajos forzados de por vida. En 1955 (ya había muerto Stalin), se perdonó la vida a varias decenas de miles que todavía sobrevivían. Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar

Sigmund Rascher

Sigmund Rascher fue uno de los tristemente conocidos médicos de la época nazi. Fue un hombre culto de tradición médica familiar e incluso fue el descubridor de un antihemorrágico. Pero Rascher no dudó en realizar experimentos con seres humanos, y llegó a amenazar a aquellos médicos que no aprobaban este tipo de métodos en pro de la ciencia.

Fue un protegido de Himmler, hasta que un escándalo salpicó su vida. Su mujer, que se casó con Rascher en segundas nupcias, tenía dos hijos. Se fingió encinta y pasado algún tiempo se presentó en casa con un bebé como si fuera suyo propio. No tardó en descubrirse que aquella preñez había sido solamente un simulacro y que el supuesto hijo era un niño robado. Para un asesino, aquella historia era una banalidad. Pero para la hipócrita moral nazi esto no era así. Todo lo que tocaba a la raza, a la natalidad, era sagrado, y aquella tentativa de introducir fraudulentamente un niño, tal vez de sangre impura, se considera una falta que se pagaba con la horca.

La pareja Rascher huyó para ser detenida. Ambos ingresaron en la cárcel. Cuando los aliados se acercaban, Himmler dio orden de ejecutarlos, sobre todo por la conocida locuacidad de la mujer. La señora fue ahorcada y él fue asesinado una mañana mientras le llevaban el desayuno.

El mayor Liedtke y el teniente Battel

El mayor Liedtke y el teniente Battel

El mayor Liedtke y el teniente Battel
El teniente Battel

La Wehrmacht y las SS no se llevaban demasiado bien. De hecho, en ocasiones los oficiales del Ejército Alemán se «atrevieron» a desafiar a la temida guardia pretoriana de Hitler. Las cadenas de mando de ambos colectivos estaban separadas y no siempre existía una buena coordinación entre ellas. El mayor Liedtke y el teniente Battel fueron un ejemplo de descoordinaciòn entre ambas.

Julio de 1942. En plena Solución Final, las SS querían deportar al campo de exterminio de Belzec a unos 18000 judíos de la ciudad polaca de Przemysl. Si bien las SS habían informado de sus intenciones a la policía de seguridad (Sipo), no lo hicieron al comandante militar de la plaza, el mayor Max Liedtke, oficial de la Wehrmacht. Este hombre había organizado en la ciudad una brigada de trabajo judía de 4500 personas con pases militares especiales (Ausweis), brigada que el mayor consideraba fundamental para el abastecimiento del ejército alemán. No le hicieron ninguna gracia las intenciones de las SS, y menos aún cuando su ayudante, el teniente Albert Battel mantenía buenas relaciones con los judíos. Para colmo, Battel era miembro del Partido Nazi y de la inteligencia militar alemana, el Abwehr, con lo que las SS se encontraron con un muro de hormigón. Battel había sido arrestado en un destino anterior por oponerse a la deportación de judíos. Tanto el mayor como su ayudante decidieron obstaculizar lo más posible la orden de deportación de los judíos de su demarcación. Y, ni cortos ni perezosos enviaron una compañía de ametralladoras para defender el puente sobre el río San ante la posible entrada de los SS. Prohibieron a la policía realizar ningún movimiento en cuanto a la orden de deportación y luego informaron a las SS de sus intenciones. Además protegieron directamente a 100 familias judías en la Orts-kommandantur (la comandancia del puesto militar). Claro, ante tamaña actitud, enseguida se presentó el comandante SS Martin Fellenz, que les amenazó de muerte. Liedtke y Battel ni se inmutaron. La disputa fue resuelta cuando se reunieron el oficial de mayor graduación del Gobierno General polaco, demarcación administrativa a la que pertenecía Przemysl, el general Curt von Gienath y el jefe de policía, el SS Obergruppenführer Wilhem Kruger, quienes ordenaron que el puente sobre el río San debía ser reabierto y los judíos deportados, con una excepción importante: aquellos trabajadores judíos de la Wehrmacht mayores de 35 años o los que tenían un pase especial, condición que cumplían casi todos los judíos de Przemysl, por lo que casi todos los miembros de esta comunidad que vivían en la localidad sobrevivieron, gracias a la tremenda decisión con que actuaron Liedtke y Battel.

Pero no se fueron del todo de rositas. En concreto al mayor Liedtke le abrieron expediente disciplinario y fue destinado al Cáucaso, donde murió. Battel regresó a su ciudad natal, Breslau, donde ejercía de abogado antes de la guerra, y dejó el Ejército por motivos de salud, pero fue de nuevo movilizado para el Volkssturm. Fue capturado por el Ejército Rojo. Después de su liberación, se asentó en Alemania Occidental pero se le prohibió ejercer su profesión de abogado por un tribunal de desnazificación, pues había pertenecido al Partido Nazi. Falleció en 1952.

Más tarde, en 1981, tanto Liedtke como Battel fueron nombrados póstumamente «Justos entre las naciones» por el Instituto Yad Vashem de Israel.

Hitler ¿por qué?

Una de las preguntas más frecuentes de la Segunda Guerra Mundial es ¿Que tenía Hitler para conquistar a las masas?
«… la carrera política de Hitler, es uno de los mejores ejemplos que tenemos de la inmensa autoridad que se concedió a la experiencia personal de la gente común en la política del siglo XX.
Hitler no era un oficial de rango: en cuatro años de guerra, no pasó de cabo. No tenía educación formal, ni habilidades personales, ni experiencia política. No era un empresario exitoso, ni un activista sindical, no tenía amigos ni parientes en puestos importantes, ni tampoco dinero. Al principio ni si quiera la ciudadanía alemana. Era un inmigrante pobre.
Cuando Hitler apelaba a los votantes alemanes y les pedía su confianza, solo podía esgrimir un argumento a su favor: su experiencia en las trincheras le habían enseñado lo que nunca se puede aprender en la universidad, en los cuarteles o en un ministerio.
La gente le seguía y le votaba porque se identificaba con él y porque también creía que el mundo era una jungla…»(la evolución humanista, Harari)
Hitler era el «pueblo oprimido» por eso. su mensaje caló bien hondo.

Sin embargo, también se tiene que considerar como una de las decepciones mas grandes de un pueblo sobre sus «héroes».

Aristides de Sousa Mendes

En la primavera de 1940 cuando los nazis invadieron Francia desde el norte. Gran parte de la población judía intentó huir del país por el sur. Para poder cruzar la frontera necesitaban visados de España y Portugal. Decenas de miles de judíos junto con otros muchos refugiados cercaron el consulado portugués de Burdeos, en un intento desesperado de conseguir el pedazo de papel que le salvara la vida. El gobierno portugués prohibió a sus cónsules en Francia que emitieran visados sin aprobación previa del ministerio de Asuntos Exteriores, pero el cónsul Arístides, decidió no hacer caso de la orden, con lo que lanzó por la borda una carrera diplomática de 30 años.

Durante 10 días y 10 noches apenas durmió, emitiendo visados y sellando pedazos de papel, Sousa Mendes expidió miles de visados antes de caer rendido por el agotamiento. El gobierno portugués, que no tenía deseo alguno de aceptar ni uno solo de estos refugiados, envió agentes para que escoltaran al desobediente cónsul de regreso a casa, que fue expulsado del ministerio.

Pero los funcionarios, a quienes les importaba poco los aprietos de los seres humanos, tenían sin embargo un profundo respeto por los documentos, y los visados fueron respetados por los burócratas franceses, españoles y portugueses. Así 30.000 personas pudieron escapar.

Arístides armado con poco más que un sello de goma, fue responsable de la mayor operación de rescate efectuada por un solo individuo durante este periodo. (Frc.Homo Deus)

De cómo Herschel Grynszpan provocó la Noche de los Cristales Rotos

Herschel Grynszpan
Herschel Grynszpan

Herschel Grynszpan era un joven judío polaco de 17 años cuando el 7 de noviembre de 1938 le dio por entrar en la embajada alemana en París, pistola en ristre y mató al tercer secretario de la legación, Ernst vom Rath. La actuación de Herschel Grynszpan desencadenó toda una serie de acontecimientos, que confluyeron en lo que se conoció como Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, en castellano. La Noche de los Cristales Rotos fueron una serie de pogroms (o ataques masivos) dirigidos contra los judíos en Alemania y Austria, y tuvieron lugar el 9 de Noviembre. Fueron el germen de la Solución Final de la cuestión judía.

Las causas que motivaron el asesinato de Vom Rath nunca han sido aclarados del todo. Posiblemente fue un acto de venganza ejecutado por Grynszpan, para desquitarse por la expulsión de territorio alemán de unos 17.000 judíos polacos, entre los cuales se encontraba la familia del propio Grynszpan, una expulsión que tuvo lugar a finales de octubre de 1938.

Parece demostrado que Herschel Grynszpan tenia una personalidad rayana en la psicopatía, que fue incapaz de terminar los estudios secundarios, y que recibió diferentes órdenes de expulsión, por lo que deambuló entre París y Bruselas. El abogado que le defendió ante el tribunal de París explicó una confusa historia de relaciones homosexuales. Los alemanes lograron su extradición, pero jamás le sometieron a juicio, porque los abogados argumentaron que, no siendo ciudadano alemán, no podía ser juzgado en Alemania por un asesinato cometido en el extranjero. Corren rumores de que Grynszpan sobrevivió a la guerra, que de ser cierto constituiría un ejemplo más de la «paradoja de Auschwitz«, es decir, que los judíos culpables de actos criminales no eran exterminados.

Herschel Grynszpan. Ernst vom Rath
Ernst vom Rath

Vom Rath fue asesinado en el momento oportuno, algo que le vino muy bien a la Gestapo, que habia investigado al joven diplomático, debido a sus creencias antinazis y a su simpatía hacia los judíos. Seguramente la historia de homosexualidad tejida en torno a él fue fabricada por la misma policía política del régimen nazi. En resumen, a los nazis les vino de perilla que alguien, por las razones que fuesen, matase a Vom Rath. Puede que Grynszpan actuase de involuntario instrumento de los agentes de la Gestapo, que no está demostrado que manipulasen al joven polaco. Pero lo cierto es que la Gestapo mató dos pájaros de un tiro, pues eliminaron a un molesto elemento antinazi y justificaron a su vez los actos violentos contra los judíos desencadenados en la Noche de los Cristales Rotos.

Un beso de ¿pasión? (y de alivio) en Times Square

Un beso de ¿pasión? (y de alivio) en Times Square

El fotógrafo

El beso de Times Square. Alfred Eisenstaedt
El fotógrafo. Alfred Eisenstaedt

Alfred Eisenstaedt fue un fotógrafo nacido en Alemania, en el oeste de Prusia (actualmente Polonia) en 1898 que salió por patas de su país en 1935 espoleado por las malas praxis del régimen nacionalsocialista, pues Eisenstaedt procedía de familia judía.  Fue autor de la fotografía del beso en Times Square (Nueva York) entre un apasionado y emocionado marinero y una más recatada enfermera, a la que, sea dicho de paso, parece que le pilló de sorpresa la fogosa actuación del marino. Eisenstaedt se había nacionalizado americano y vivía en la ciudad de los rascacielos. Solía salir a la calle con su cámara Leica M3, como buen fotorreportero de vocación que era. El día 14 de agosto de 1945 (el V-J Day, Día de la Victoria sobre Japón), cuando el Japón se rindió después de sufrir en sus propias carnes la explosión de sendas bombas atómicas que se llevaron por delante varias decenas de miles de vidas de forma instantánea (más las que fallecieron en los meses y años subsiguientes a consecuencia de espantosas quemaduras y de la radiación subyacente), la gente se echó a la calle en las ciudades americanas para celebrar el fin de la guerra. El fotógrafo captó varias imágenes del acontecimiento y de la felicidad reflejada en el rostro y en la actitud de la gente, que por fin se había liberado de una pesadilla que ya duraba largos años.

Los protagonistas del beso de Times Square

Los protagonistas del beso de Times Square

Una de las fotografías de Eisenstaedt fue la que representa a una pareja que no se conocía entre sí y que se besaba apasionadamente. O mejor, él besaba con arrebato a ella. Él, marinero. Ella, enfermera. Ninguno de los tres protagonistas (fotógrafo incluido) no lo sabían en ese preciso instante, pero la imagen se convirtió en un icono de la Segunda Guerra Mundial, el que representa más que ningún otro la alegría y el alivio por la conclusión del conflicto más cruel y destructivo que vieron jamás  los tiempos.

El marinero

Los protagonistas más probables del hecho fueron el marinero del destructor USS The Sullivans, George Mendonça, que salía del Radio City Music Hall acompañado de su novia Rita. No sabían nada del revuelo que se habia organizado en la calle hasta que algún alborozado viandante les comunicó que la guerra había terminado. George ya no tendría que volver al frente del Pacífico, donde había combatido. Entusiasmado por la sensacional noticia, decidió celebrarlo a su manera, y lo que le salió del corazón fue darle un sonoro beso, de pasión (y de alivio también) a la primera enfermera a la que echase el ojo. Sin importarle lo que pensase Rita. Lo hizo para agradecer el sacrificio de las enfermeras en la guerra. Parece que Rita no se lo tomó demasiado a mal (debía conocer lo impulsivo que era su George), pues posteriormente se casaron, fueron felices y comieron perdices, como aseguran los finales de los buenos cuentos infantiles y no tan infantiles.

La enfermera

Los protagonistas del beso de Times Square en los años 40

La enfermera receptora del beso (nunca sabremos a ciencia cierta el porcentaje de reciprocidad, si es que la hubo) de pasión, agradecimiento y alivio del marinero Mendonça fue Greta Friedman, que a la sazón tenía 21 añitos. Ella misma relata el fugaz encuentro con el joven marino:

«era ayudante de un dentista, por eso vestía de enfermera. Aquella mañana, salí a desayunar y decidí acercarme a Times Square; de repente, un marinero me agarró de la cintura y, sin decirme nada, me besó. El tipo simplemente se acercó y me agarró; no fue mi elección que me besaran y, por supuesto, el beso no fue nada apasionado, ni romántico«.

(Versión recogida del libro La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos, de Juan Eslava Galán)

Las imágenes parecen desmentir a la enfermera Greta, pero si ella lo dice…Otra cosa: Greta era ciudadana norteamericana, judía de origen austriaco. Sus padres murieron en el Holocausto.

Después del beso

Tras el beso no se volvieron a ver, hasta que la revista Life los reunió, ya ancianos, en 2012. Pero la magia del momento ya no existía, pues las circunstancias habían cambiado por completo. Ni los protagonistas eran los jóvenes llenos de vida de antaño, ni acababa de terminar la guerra de las guerras. Eran, siempre lo fueron, dos desconocidos que coincidieron durante unos pocos segundos en un día muy especial. En el mismo lugar y a la misma hora había un fotógrafo. Todo este cúmulo de factores alumbró uno de los iconos del siglo XX. ¡Y sin haberlo preparado, nos ha salido un pareado! ¿O es que Eisenstadt les pidió que posaran de esta guisa, sabiendo que la foto sería tan trascendental? Pues mire usted que lo dudo mucho, pero torres más altas han caído…

Hubo más candidatos a protagonistas del hecho, como Glenn McDuffie y la enfermera Edith Shain, pero son Mendonça y Friedman quienes se llevaron el gato al agua en esto del beso de Times Square.

El encuentro entre Eisenstadt y Goebbels

Alfred Eisenstadt también fotografió a otros personajes (la maravillosa Marilyn Monroe incluida), como fotógrafo de la revista americana Life. En 1933, durante una reunión de la  Sociedad de Naciones en Génova, captó dos imágenes de Joseph Goebbels, en las que el ministro de Propaganda nazi aparece con un semblante tan diferente como la noche y el día. En una se le ve sonriente y agradable (dentro de un orden, eso sí), y en la otra con una expresión de odio reconcentrado y ganas de matar a alguien. Las dos instantáneas fueron tomadas con pocos minutos de diferencia. ¿Qué había pasado entre una y otra? Algo muy simple. Goebbels no sabía en la primera que el fotógrafo que le inmortalizaba era judío, y por eso mostraba su sonrisa más seductora. En la segunda, alguien de su séquito se lo había soplado. La mirada de rencor del nazi lo dice todo. No hay más que verle…

El beso de Times Square. Goebbels antes y después de saber que el fotógrafo Eisenstadt era judío
Goebbels antes y después de saber que el fotógrafo Eisenstadt era judío

Vasili Zaitsev, el francotirador de Stalingrado

Vasili Zaitsev, el francotirador de Stalingrado

Vasili Zaitsev (1915-1991) es un célebre francotirador, aquel que nos mostró el director de cine Jean-Jacques Annaud en la película Enemigo a las puertas (2001), que narra un épico duelo entre francotiradores, uno soviético, el propio Zaitsev (encarnado por Jude Law) y otro alemán, el mayor Koenig (interpretado por Ed Harris). Aunque esta peli posiblemente tuvo más de ficción que de realidad, pues parece que el aristocrático francotirador alemán no existió en realidad, es una muestra muy visual del trabajo de este tipo de soldado especializado en cazar al enemigo como si fuese caza mayor. De hecho, los mejores en la especialidad solían ser en la vida civil excelentes cazadores, como Simo Häyhä, apodado por los aterrados rusos como la muerte blanca, el finlandés que se cargó a tropecientos enemigos en la guerra de Invierno ruso-finlandesa de 1939.

Lo que sí es verdad es que Vasili Zaitsev fue francotirador en la batalla de Stalingrado y que mató a numerosos alemanes durante la lucha, 242 según su propia cuenta (incluidos 11 francotiradores germanos, que también los había y muy buenos). Zaitsev plasmó sus vivencias en Stalingrado en unas interesantes memorias que describen el combate según su particular óptica, Esta autobiografía, en la que obviamente, los alemanes son malísimos, y los rusos, buenísimos (es difícil ser objetivo en aquellas circunstancias tan extremas) son un excelente relato de la salvaje y brutal lucha que tuvo lugar en Stalingrado a finales de 1942 y comienzos de 1943. El propio Vasili cuenta como mataba cada día «cuatro o cinco alemanes«, una cifra que bien pudiese ser cierta, aunque uno siempre tienda hacia la autoalabanza. Su especialidad era abatir oficiales, pero no cualquier oficial, sino aquellos con graduación superior a la de teniente. Zaitsev decía que «Si malgastamos balas con la pescadilla los peces gordos nunca asomarán la cabeza”.

Siguiendo las memorias del protagonista, nos cuenta como su abuelo era cazador en los Montes Urales y fue quien regaló al pequeño Vasili su primera escopeta. Como de casta le viene al galgo, Vasili también se especializó en la caza, principalmente de lobos, a los que acechaba y rastreaba sigilosamente embadurnado con aceite de tejón para disimular su propio olor humano. Esta experiencia le sirvió durante sus tiempos de francotirador. Vasili estudió en una escuela técnica de construcción, aunque finalizó sus estudios tras acabar la guerra. Llamado a filas, en primer lugar sirvió como marinero en la flota soviética del Pacífico, pero como allí no había movimiento, solicitó y obtuvo un puesto en una compañía de fusileros, con la que llegó a Stalingrado en septiembre de 1942 con el grado de suboficial. En su diario llegó a anotar que «en el aire flotaba el hedor a carne abrasada». Pero todavía no era francotirador, pero su habilidad en el disparo no pasó despercibida a sus superiores.

 Vasili Zaitsev, Héroe de la Unión Soviética

Volviendo a la película de Annaud, vemos como Stalingrado es una especie de queso de gruyere, una auténtica ruina, donde es difícil sobrevivir entre los escombros y las oquedades que quedan entre los restos de los edificios. Es la Ratenkrieg o guerra de ratas en castellano, que es la que tiene lugar entre alemanes y soviéticos en los sótanos y las alcantarillas de la ciudad devastada. Como la que tuvo lugar en la fábrica Octubre Rojo, unos atacando y otros defendiendo. En esas circunstancias, Zaitsev liquidó con su rifle reglamentario de fusilero a los soldados alemanes que estaban a cargo de una ametralladora, algo que no le pasó inadvertido a su coronel que ordenó le diesen un Moisin Nagant 91/30, un fusil de francotirador. Este fue el inicio de una fructífera carrera que le convirtió en Héroe de la Unión Soviética, un trabajo que le acabó por gustar en demasía. Lo decia él mismo en sus memorias: “Me agradaba ser francotirador y gozar de la licencia para elegir a mi presa, a cada disparo es como si pudiera oír la bala atravesando el cráneo del enemigo”.

El duelo a muerte con el aristocrático francotirador alemán, el mayor Koenig aparece en un capítulo del libro de Zaitsev, y que era según el protagonista, director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht en las afueras de Berlín. A este le habrían enviado exprofeso desde Berlín para liquidar al «gran conejo ruso«, es decir, a Vasili Zaitsev, cuyo apellido significa precisamente «conejo» en ruso. Ya sabemos cómo acabo todo, pues el alemán cayó fulminado por el francotirador soviético. Aunque esta historia puede que no sea tan verídica como aseguraba Zaitsev, que pudo incluirla en sus memorias para darse más autobombo, si es que lo necesitaba,..

El historiador Anthony Beevor estudió la batalla de Stalingrado a fondo, y plasmó el resultado de sus investigaciones en una obra superlativa, Stalingrado. No encontró nada relativo al episodio ni en las fuentes alemanas ni en las soviéticas. Considera que «el duelo» pudiese ser propaganda inventada por Moscú después de la batalla, para aumentar la moral de las tropas. No cabe duda de que la historia del pastor de los Urales venciendo al aristócrata alemán se vendía muy bien entre las abigarradas tropas de Stalin. Además considera que hubo mejores francotiradores soviéticos en Stalingrado, como el sargento Anatoli Chejov. Pero ni Zaitsev ni Chejov fueron los mejores francotiradores de la URSS, pues el triste récord de muertes a sus espaldas lo posee Iván Sidorenko, con 500 muertos. Otros cinco profesionales de la especialidad pasan de las 400 víctimas. La comandante Lyudmila Pavlichenko mató a 309 enemigos en esta modalidad de combate.

Vasili Zaitsev perdió temporalmente la vista a causa de una herida causada por un proyectil alemán, y cuando se recuperó no se le dejó volver al frente, por ser demasiado valioso como héroe soviético. Ascendido a capitán, se dedicó a formar a otros francotiradores. Cuando acabó la guerra, Zaitsev encontró trabajo como ingeniero y posteriormente dirigió una fábrica de textiles en Kiev. Falleció diez días antes de la ruptura de la URSS.