Italia invade la Francia de Vichy… como buenamente puede

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Mussolini no quiso quedarse fuera de juego ante los triunfos de sus aliados de la Alemania nazi y se lanza a la aventura sin contar con Hitler, que se quedó de piedra cuando se enteró de que los italianos habían entrado en los Alpes Marítimos franceses, el 19 de junio de 1940, cuando el destino de Francia ya lo habían decidido los alemanes en una fulgurante campaña de guerra relámpago. El Duce se quedó atónito y patidifuso cuando los franceses de Vichy defendieron tenazmente su territorio, de forma que los italianos apenas progresaron unos kilómetros en tierras francesas. En dos días, la ofensiva italiana se había detenido. Tan sólo lograron ocupar la pequeña ciudad de Mentón, pero el objetivo de invadir Niza fracasó estrepitosamente. Los italianos sufrieron cuantiosas pérdidas, superiores a las francesas. Hitler tuvo que mandar sus tropas en ayuda de sus aliados del sur, que lograron la rendición de los franceses. A pesar del ridículo que hicieron los italianos, Hitler tuvo que admitir la presencia de negociadores del Duce en la firma del armisticio con los franceses, el 24 de junio de 1940, cerca de Roma. Han sido 14 dias de combates, en los que el Duce obtiene de la derrotada Francia el reconocimiento a sus ganancias territoriales. Hitler tiene ahora un lastre en el recién abierto frente sur. Y la desastrosa campaña del Duce en la costa mediterránea francesa es sólo el principio de los desaguisados que piensa en perpetrar el envalentonado Duce, a pesar del escepticismo de su propio pueblo e, incluso de su Estado Mayor. Aunque el general Rommel elogiará posteriormente la valentía del soldado italiano, falto del material y de la preparación adecuadas para la guerra moderna. Ya no estamos en el 14 y tampoco se enfrentan a tropas indígenas mal equipadas, como en Abisinia. Sus próximos rivales van a ser británicos, que acuden en ayuda de Grecia y defienden Egipto a capa y espada. Y los súbditos de Su Graciosa Majestad sí que son un enemigo formidable.

Aún así, Mussolini, que sabe que los ingleses lo están pasando realmente mal, ordena atacar las posesiones británicas de Sudán, Kenia y Somalia (agosto de 1940), el protectorado británico de Egipto (septiembre de 1940) y por fin, Grecia (octubre de 1940). Hitler ya no sabía que hacer ni donde meterse. Su amigo y aliado es demasiado incómodo, y ya tiene bastantes problemas que se ha creado y más que se va a crear cuando invada por sorpresa la URSS.

El último esfuerzo alemán en las Ardenas

American soldiers of the 289th Infantry Regiment march along the snow-covered road on their way to cut off the St. Vith-Houffalize road in Belgium.  January 24, 1945.  Richard A. Massenge.  (Army) NARA FILE #:  111-SC-199406 WAR & CONFLICT BOOK #:  1079
Soldados norteamericanos en la región de Saint-Vith, enero de 1945.

El avance de los aliados en el frente occidental obligó a Hitler a intentar un plan desesperado, ejecutando una contraofensiva que echase al mar a los invasores. El plan concebido por la mente fanatizada aún más de Hitler era prácticamente imposible de llevar a cabo con éxito pues necesitaba de ingentes recursos materiales y humanos que Alemania ya no estaba en condiciones de ofrecer. Aún así, el Führer ordenó al mariscal von Rundstedt, que dirigía el Alto Mando alemán en el frente occidental, cargo al que había accedido sustituyendo a Rommel, caído en desgracia y posteriormente suicidado, alcanzado por rescoldos del incendio que supuso el fallido atentado del 20 de julio de 1944. El plan alemán se basaba en superar el río Mosa, entre las ciudades de Lieja y Namur, a fin de alcanzar la costa a la altura de Amberes, donde se concentraban numerosas tropas angloamericanas, entre el frente alemán y el mar del Norte. El objetivo, que se antojaba muy ambicioso, consistía en liquidar estos contingentes aliados. Es la conocida batalla de las Ardenas, el último gran esfuerzo alemán no por vencer la guerra, que ya se veía como una quimera (excepto Hitler, que vivía en su propio mundo), sino en retrasar lo inevitable.

El 16 de diciembre de 1944, 27 divisiones de infantería y motorizadas y 8 divisiones blindadas, que incluían algunas de las más aguerridas unidades de las SS, comenzaron un ataque sorpresa que descolocó de momento a los aliados, pero no consiguió los objetivos previsto, aunque retrasó durante algunas semanas la ofensiva aliada. Además de suponer importantes pérdidas humanas y materiales. Peor les fue a los alemanes, pues con esta ofensiva perdieron numerosas fuerzas que ya no era posible reemplazar, pues ya no había más cera que la que ardía. Al contrario que en el bando aliado, cuyos recursos, con la puesta en marcha sobre todo de la descomunal economía de guerra norteamericana, eran prácticamente inagotables. El 3 de enero, una vez repuestos de la sorpresa y reorganizadas las tropas anglonorteamericanas, los aliados lanzaron una mortal contraofensiva que les había de llevar a sobrepasar las fronteras alemanas y a combatir en el territorio del Tercer Reich. El intento alemán de recuperar la iniciativa en las Ardenas quedó así en agua de borrajas. La suerte de la Alemania nazi, por si quedaba alguna duda, estaba completamente echada.

Por mucho que todavía el 12 de abril de 1945, Hitler dijese cosas como éstas: “Es una lucha que hay que plantear, por una y otra parte, hasta el agotamiento, y por lo que a nosotros respecta sabemos que lucharemos hasta la victoria o hasta la última gota de sangre”. Debía estar ciego.

El rodillo soviético

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Con la nueva ofensiva sovíética, puesta en marcha a raíz de las conversaciones de Teherán (diciembre de 1943), de nuevo se puso en movimiento todo el frente oriental, y otra vez en dirección oeste. La ofensiva partió ahora desde el sector septentrional del frente, que se había retrasado ante la victoriosa campaña soviética en el centro y el sur que tuvo lugar a consecuencia de la gigantesca batalla de Kurks (julio-agosto de 1943). La ofensiva del Ejército Rojo liberó gran parte del territorio soviético en manos alemanas, llegando a las antiguas fronteras de antes de la guerra en algunos puntos, desbordadas por el ímpetu ruso y el constante retroceso alemán, incapaz ya de aguantar con eficacia la que se les venía encima. Con el desplazamiento hacia occidente de las unidades rusas en avalancha, se ponía en peligro el entramado de alianzas del Tercer Reich en la Europa nororiental. Desde el comienzo de esta ofensiva, en enero de 1944, los soviéticos fueron triturando «tacita a tacita» la poderosa estructura militar alemana.

A partir del 14 de enero de 1944, Leningrado fue liberada del asedio alemán, se alcanzó el norte del sistema montañoso de los Cárpatos, y por el sur se liberó Odesa, alcanzando territorio rumano y eliminando la base alemana de Crimea. En junio de este año, los soviéticos volvieron a embestir a Finlandia en el sector centro-septentrional del gigantesco frente, que pidió y obtuvo el armisticio en septiembre del mismo año. Los nazis se habían quedado sin aliados en aquellas regiones.

En el frente central se liberó Lituania y la Rusia Blanca, y el 22 de julio, los soviéticos, en su incontenible avance superaron las viejas fronteras de la extinta Polonia. En agosto, la invasión de Rumanía ocasionó la rebelión del pueblo rumano contra el dictador pronazi Antonescu. El nuevo gobierno rumano negoció el armisticio con la URSS el 12 de septiembre, y abandonó la lucha. Pocos días también Bulgaria firmaba la paz con los soviéticos y declaraba la guerra a Alemania, de la que hasta el momento había sido aliada. En la península balcánica, los partisanos griegos y yugoslavos habían obligado a los alemanes a mantener auténticas batallas en su retaguardia, y abandonaban sus posiciones más extremas para no quedar cortados con el resto de ejércitos alemanes, a los que debían adherirse para la eventual defensa del corazón de la Alemania nazi. El 3 de octubre fue liberada Atenas, y el 20 del mismo mes, los partisanos yugoslavos entraban en Belgrado, apoyados por el Ejército Rojo.

El único aliado de los nazis en el Este que todavía resistía era Hungría, donde todavía no habían entrado los soviéticos, y que en ese momento estaba ocupado por los alemanes. Con la excusa de defender a su gobierno títere del terror bolchevique, el 22 de marzo de 1944, Hitler nombró un nuevo gobierno presidido por un hombre de su plena confianza, el embajador húngaro en Berlín, Sztojay, que tuvo que contar con el forzoso beneplácito del regente magiar Horthy. Budapest capituló el 13 de febrero de 1945, con lo que Hungría tuvo que firmar el armisticio.

La batalla de Kurks, quizás la batalla más grande de la Historia

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El Ejército Rojo, había derrotado a las tropas alemanas en Stalingrado, gracias a un formidable esfuerzo que dejó exhaustos a ambos contendientes. Pero Stalin jugaba en casa y le fue relativamente más fácil recuperar el resuello, algo que ahora les faltaba a los alemanes. Los soviéticos establecieron contacto con el norte del país, donde Leningrado continuaba asediada, y comenzó a avanzar en todos los sectores, contando con la inestimable ayuda de un gigantesco Ejército regular y de los partisanos que hacían la vida imposible a las tropas alemanas en el territorio soviético ocupado por el Tercer Reich. Tras Stalingrado, donde la capitulación alemana se produjo en pleno invierno ruso, en febrero de 1943, los soviéticos desencadenaron una ofensiva invernal que abrió en canal a los alemanes en el frente central, en torno a Kurks. Tras el avance invernal, a finales de marzo se pactó una tregua, para recuperar aliento. En ese momento, el Alto Mando alemán, que tenía que contraatacar para no perder comba, decidió aislar la zona de Kurks, donde se estaban concentrando fuertes contingentes del Ejército Rojo, del resto de fuerzas soviéticas. Fue el último gran esfuerzo de la Wehrmacht en el frente oriental, una operación bélica gigantesca donde los alemanes tenían que jugarse el todo por el todo si no querían perder más terreno. Era la Operación Zitadelle (Ciudadela), iniciada el 5 de julio de 1943. Como no era posible recuperar los territorios perdidos, el objetivo de los estrategas alemanes era causar el mayor número de bajas a los envalentonados soviéticos, y evitar el cerco de las tropas del Reich en la línea que va desde Orel a Jarkov. Además la ofensiva nazi debía garantizar la defensa de la cuenca del río Don, necesaria para continuar el conflicto con éxito.

Los alemanes intentaron efectuar una operación rápida que sorprendiese a los soviéticos antes de que pudiesen reconstruir sus defensas y recabar nuevas tropas ofensivas. Los alemanes necesitaban una operación de este tipo, un triunfo rápido, pues si se empantanaban en una batalla de desgaste como la que tuvo lugar en Stalingrado meses antes, su acción estaba destinada al fracaso. No olvidemos que todo un cuerpo de Ejército, el VI, había desaparecido en Stalingrado. Más de 250000 hombres, muertos, heridos o prisioneros. Pero se volvía a repetir la jugada, pues el IV y el IX Ejército blindado alemán se estrellaron contra las líneas soviéticas, habiendo avanzado entre 6 y 8 km al norte del frente y de 30 a 35 km en el sur. Habían fracasado en su intento de volver a tomar la iniciativa en el frente oriental y el 12 de julio tuvieron que suspender el ataque. Un nuevo y gigantesco revés para los alemanes, pues los soviéticos contraatacaron el mismo día 12. El 23 de agosto los soviéticos recuperaban Jarkov, el 24 de septiembre, Smolensko y el 6 de noviembre, Kiev. La cuenca del Don estaba de nuevo en manos del Ejército Rojo. Como consecuencia del retroceso nazi, cuyas tropas eran empujadas con fuerza por los soviéticos, a finales de verano de 1943 el frente centro-meridional del este se había desplazado hacia occidente entre 500 y 1300 km en algunos puntos. El Ejército Rojo cruzó el río Dnieper y a comienzos de noviembre, superaban la península de Crimea.

En la batalla de Kurks participaron unos tres millones de soldados, más de 6300 tanques y alrededor de 4400 aviones. Los alemanes sufrieron pérdidas irreparables, tanto en hombres como en material. Los soviéticos también, pero ya era evidente que los recursos de Stalin eran muy superiores a los alemanes. A partir de Kurks, los soviéticos ya no pararon hasta conquistar Berlín. El frente oriental se había desmoronado, aunque los alemanes todavía mantuvieron una resistencia casi numantina en muchos puntos.

La idea de un segundo frente europeo

Stalin, el dictador soviético, había solicitado encarecidamente a Churchill, el Premier británico, la apertura de un segundo frentre en Europa occidental, una vez los alemanes invadieron la URSS. La apertura de un frente occidental obligaría a los alemanes a combatir en dos frente a la vez, retirando un buen contingente de las fuerzas del Tercer Reich que luchaba en el este y aliviando la presión alemana. Churchiil tuvo que dar largas al asunto, pues Gran Bretaña no estaba preparada para ello en solitario. Era necesaria la entrada de EEUU y su formidable maquinaria bélica para acometer tan formidable empresa, algo que sucedió en diciembre de 1941, tras el ataque japonés de Pearl Harbor.

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Imagen del desembarco de Normandía

Aún así, todavía el segundo frente pedido por Stalin tardaría años en poder abordarse, por motivos políticos unos, y estrictamente militares, otros, como estudiar a conciencia el lugar exacto de la operación anfibia. Entre tanto, los soviéticos, tras detener la ofensiva alemana definitivamente en Stalingrado en enero de 1943, pasaron casi sin solución de continuidad a un contraataque devastador que obligó a retroceder a los alemanes continuamente. Los soviéticos recuperaban terreno con gran rapidez. Sus aliados occidentales se dieron cuenta de que si no actuaban, pronto llegarían los soviéticos solos al corazón de Alemania. Así que actuaron por fin, pues no podían permitir la influencia soviética, del comunismo, en suma, en toda Europa. Un motivo político, obviamente que no beneficiaba en nada a los occidentales en el posterior reparto del mundo tras la derrota nazi, que tardaría más o menos tiempo en producirse, pero que ya era inevitable. Se pusieron manos a la obra y prepararon concienzudamente desde comienzos de 1944 toda la colosal maquinaria que pondría en funcionamiento la operación Overlord. El desembarco de Normandía estaba en marcha. Había que derrotar a la Alemania nazi, sí, pero también frenar las ansias expansionistas de Stalin.

La Operación Catapult

Armada francesaCuando se firmó el armisticio de Francia el 22 de junio de 1940, Inglaterra se plantea el problema de la Armada Francesa. Tienen que anularla o anexionarla a la Royal Navy.

Al Almirante británico Somerville le dan la responsabilidad de la operación Catapult. Sus buques  rodean el puerto de Mers-el-Kebir donde estaba atracada el grueso de la armada francesa. Y le ofrece al Almirante Frances Gensoul, la alternativa de unirse a la flota británica o llevarlos a las Antillas bajo la custodia de EEUU. De negarse les ofrece la posibilidad de hundir sus propios buques o les atacarían hundiéndolos.

A las 6 de la tarde y en vista de que no tomaban ninguna decisión. La escuadra británica abre fuego y a excepción del Strasboug que logran huir, hunde toda la flota francesa. 1300 muertos.

La Misma situación se produce en Alejandría, donde de una manera las racional, se consigue la rendición de la flota amarrada sin derramamiento de sangre.

El Ejercito Polaco

Ejercito polaco2En contra a la creencia generalizada, cuando los Alemanes invadieron Polonia. No era una lucha desigual, de un poderoso ejército contra unos pobres campesinos.

Los polacos eran un ejército con un número muy superior de soldados que el alemán. Lo que sí es cierto es que eran técnicamente inferiores. Los generales alemanes eran más profesionales y las columnas blindadas germanas  eran arrolladoras. El Blitzkrieg fue aplastante.

Pero el principal problema es que los generales polacos estaban tan convencidos de su éxito, que fueron descuidados y poco precavidos.

Sin embargo, hay que resaltar las  heroicas y ridículas cargas de la caballería polaca contra los panzers blindados alemanes.

Operación Dinamo

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Es el nombre en clave que los Aliados dieron a la evacuación de las tropas francesas y británicas bloqueadas en Flandes, operación para la que hubo que movilizar a todas las naves disponibles en las zonas controladas por los Aliados en la región.

Los Aliados se encontraban cercados por las divisiones Panzer alemanas, pero cuando éstas estaban a punto de aniquilar a tan nutrido contingente, recibieron la orden de detener su imparable avance, algo del todo incomprensible. Hitler quería reservar sus tropas para el ataque a París y el 24 de mayo dio orden de detenerse a sus divisiones acorazadas, en contra de la opinión del comandante en jefe del Ejército, el coronel general Walther von Brauchitsch. O quizá Hitler no quería someter a tan excesivo castigo a los británicos por si necesitaba emprender alguna negociación de paz. En cualquier caso, los sorprendidos aliados reagruparon sus fuerzas y se retiraron hacia la ciudad portuaria flamenca de Dunkerque. El 27 de mayo se inició la Operación Dinamo para evacuar a las tropas aliadas de Flandes hacia Gran Bretaña. La operación se saldó con gran éxito, pues fueron rescatados hasta 338000 soldados, trasladados al otro lado del Canal de la Mancha en todo aquello pudiese flotar sobre el mar: destructores, remolcadores, barcos de pesca y yates. Los soldados ingleses y franceses esperaron pacientemente en las playas de Dunkerque ser embarcados, por lo que se formaron grandes colas. Para aliviar la carga, dejaron abandonado parte de su equipo, como los cascos militares.

Cuando los alemanes fueron conscientes por fin de la gigantesca evacuación, Hitler anuló de inmediato la orden de detenerse a sus divisiones, y dio comienzo la batalla de Dunkerque. Los soldados aliados que todavía quedaban en la zona sufrieron el fuego de los aviones alemanes, quienes causaron un gran número de bajas. Unos 40000 aliados, en su mayoría franceses, cayeron prisioneros. Con la conquista de Dunkerque finalizó la primera parte de la ofensiva alemana en el frente occidental. En menos de un mes, la Wehrmacht había alcanzado sus objetivos iniciales, sin graves pérdidas gracias a una minuciosa planificación táctica y estratégica.

La invasión de Bélgica

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Leopoldo III, rey de los belgas

En la madrugada del primer día de la Operación Sichelschnitt, los alemanes desembarcaron tropas aerotransportadas en el interior de la fortaleza de Eben-Emael en el norte de Lieja, considerada hasta entonces inexpugnable en un ataque terrestre. El 18 de mayo de 1940, en Bruselas, Amberes y Lieja ondeaba ya la bandera nazi. Los Aliados habían pensado que el grueso de la ofensiva alemana se efectuaría contra el norte de Bélgica, y hacia allí desplazaron sus unidades, pero a costa de dejar desguarnecido el flanco derecho, la región de Las Ardenas. Habían caído en la trampa que los alemanes les habían tendido.

El Grupo de Ejércitos A alemán cruzó las Ardenas desde el sur de Bélgica y Luxemburgo, y el 14 de mayo cruzaba el río Mosa. La retaguardia del norte de Francia estaba desprotegida. Al oeste del Mosa, los blindados alemanes siguieron el plan preestablecido, y avanzaron hacia el Canal de la Mancha. La escasa oposición con la que se encontraron en su irresistible avance carecía de armamento y conocimientos para enfrentarse a los carros de combate. Por esta razón, el ataque alemán fue tan rápido y sorpresivo, y empujó a la infantería aliada hacia el mar. El 20 de mayo, la 2ª División Panzer llegó hasta la desembocadura del río Somme, en el Canal de la Mancha. La Operaciòn Sichelschnitt había culminado con éxito. Al norte de esta línea, las tropas aliadas quedaron bloqueadas en Flandes, dentro de una gigantesca bolsa que iba desde el río Escalda hasta el Somme.

El 28 de mayo, el Ejército belga capituló por orden del rey Leopoldo III, quien se entregó a los alemanes como prisionero de guerra, en contra de la voluntad de su gobierno. El 31 de mayo, el Parlamento belga, exiliado en Limoges, lo depuso.

El golpe a Holanda

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El general holandés Henri Gerard Winkelman

El Grupo de Ejércitos A alemán atacó Luxemburgo y el sur de Bélgica, y el Grupo de Ejércitos B, invadió el norte de Bélgica y Holanda. En Holanda, el Ejército holandés mantenía una línea de defensa, la Festung Holland, que protegía las ciudades de Amsterdam, Utrecht y Rotterdam. Los paracaidistas alemanes saltaron detrás de esta línea defensiva para apoderarse de objetivos estratégicos. Los holandeses, sin embargo organizaron una enconada resistencia que ocasionó numerosas bajas a los alemanes, que no pudieron conquistar los aeropuertos de La Haya. Las tropas aerotransportadas germanas lograron apoderarse de los puentes sobre los ríos Mosa, Waal y Lek, por donde se lanzaron los blindados alemanes, que se internaron en Holanda cortando la comunicación terrestre entre las fuerzas holandesas y los aliados del sur. En Rotterdam, las tropas de élite de la marina holandesa, se defendieron con gran tenacidad, pero los refuerzos franceses e ingleses enviados por mar no lograron salvar la ciudad. Para obligar a los neerlandeses a rendirse, el comandante en jefe de la Luftwaffe, Hermann Göering, ordenó el bombardeo de Rotterdam. Cuando los bombarderos nazis iban de camino a cumplir su siniestro cometido, la guarnición de Rotterdam capituló, pero la orden de regresar a sus bases sólo llegó a una mínima parte de los aviones alemanes. El resto arrasó el centro de Rotterdam. Para evitar más bombardeos, el comandante en jefe holandés, el general Henri Winkelman firmó la capitulación de Holanda, después de que la reina Guillermina y el Gobierno se exiliasen en Inglaterra.

Holanda fue ocupada y gobernada por una administración civil. Arthur Seyss-Inquart fue nombrado comisario del Reich en los Países Bajos.