Las matemáticas y la guerra

Los ingleses en la 2GM idearon una curiosa fórmula matemática para saber el número de aviones que tenía el enemigo. Los alemanes se caracterizan por ser profesionales muy organizados. Por esta causa las ruedas de los aviones tenían un número de serie correlativo que además estaba unido a la fecha de fabricación. Los ingleses obtuvieron un número “n” de ruedas de aviones derribados y atrapados. Con esta cantidad aplicaron la fórmula y les dio un número aproximado de aviones que se podían haber fabricado. A mayor cantidad de muestra mayor era la exactitud de este número y conociendo la fabricación de varios meses podrían saber la de los meses desconocidos. Y por tanto restando los aviones derribados se conocería los aviones de los que disponía el enemigo.

Bella Chiao

La interesante serie de tv «La casa de papel» nos recuerda una canción que fue recogida como himno de los Partisanos italianos en la resistencia que se produjo cuando Italia entró en la Segunda Guerra Mundial. La famosa Bella Chiao. Esta canción relata cómo un joven se levanta por la mañana y se encuentra al «invasor». En este caso como es un partisano antifascista, el invasor eran los alemanes, sobre todo de las SS. Se usó mucho en la época de la primera caída de Mussolini. Cuando se creó la República de Saló.
Lo curioso es que la canción es mucho más antigua. Está viene de un canto popular entre las trabajadoras de los campos de arroz del valle del río Po. También fue usada en el mayo del 68, como himno revolucionario. Parece ser que en realidad es una balada judía. Lo cierto es que es muy pegadiza y eso ayuda a ser escogido por cualquier grupo.

Richard Strauss, Metamorphosen.

Richard Strauss, compositor alemán y autor de celebérrimas obras como Also sprach Zarathustra (Así habló Zaratrusta), Der Rosenkavalier (El Caballero de la Rosa), Elektra o Salomé fue presidente de la Reichsmusikkammer a petición del Ministro de Propaganda Joseph Goebbels.

El final de la Segunda Guerra Mundial supuso para Richard Strauss una auténtica tragedia personal. Alemania estaba desolada y su ciudad natal, Munich, no era más que un montón de escombros. A ello hay que añadir que todos los escenarios y orquesta alemanas y austriacas fueron arrasados por los bombardeos de los aliados : los teatros de ópera de Munich, Viena, Dresde o Berlín ya no existían, y todavía pasarían muchos años hasta que esos edificios y sis orquestas pudiesen renacer.

Como tributo a todo ello, Strauss compuso las Metamorfosis, una partitura profunda, bella y trágica, con la que pretendía reflejar la angustia y desolación que tanta ruina y desolación le provocaron. Pocos meses más tarde, Strauss moriría en su residencia de Garmisch – Partenkirchen.

¡Quemadme!, por Oskar Maria Graf

Retrato de Oskar Maria Graf, por Georg Schrimpf ((1889-1939)

No he podido resistir la tentación de publicar íntegro este pequeño artículo de Oskar Maria Graf que apareció por primera vez el 12 de mayo de 1933 en el Wiener Arbeiterzeitung. El texto habla y se comenta por sí solo y no tiene desperdicio.

«Como casi todos los intelectuales de izquierdas y socialistas convencidos de Alemania, también yo he sufrido en carne propia las bendiciones del nuevo régimen: durante una ausencia casual, la policía apareció en mi piso de Munich con la intención de detenerme. Confiscó gran parte de mis manuscritos, que será imposible recuperar, material para investigaciones que me costó muchísimo reunir, la documentación comercial al completo y buena parte de mis libros. El destino más probable de todo esto es la hoguera. He tenido por tanto que abandonar mi hogar, mi trabajo y-lo que es quizás más triste-la madre patria para evitar el campo de concentración.

Pero la sorpresa más agradable me la acabo de llevar ahora mismo: según el Berliner Börsenkurier, mi nombre figura en la ‘lista blanca de autores’ de la nueva Alemania y, a excepción de Somos prisioneros (obra del propio Graf, N. del E.), se recomienda la lectura de mis libros; esto es, ¡me acaban de proclamar uno de los exponentes del ‘nuevo’ espíritu alemán!

En vano me pregunto: ¿qué he hecho para merecer esta afrenta? El Tercer Reich ha renegado de la verdadera literatura alemana, ha repudiado a casi todos los escritores de rango, los ha condenado al exilio y ha impedido que sus obras se publiquen en Alemania. la inopia de unos pocos presuntuosos escribidores coyunturales y el desenfrenado vandalismo de los actuales detentadores del poder se unen para exterminar aquella parte de nuestra literatura y nuestro arte que tiene validez universal, y para suplantar la idea de lo ‘alemán’ por el más cerril nacionalismo. Un nacionalismo capaz de aplastar sin pestañear la más mínima aspiración de libertad, un nacionalsocialismo que puede dictar una orden para que mis amigos, soclalistas íntegros, sean perseguidos, encarcelados, torturados, asesinados o incitados al suicidio por pura deseperación.

Y los representantes de este bárbaro nacionalismo, que no tiene nada, absolutamente nada de alemán, ¡tienen la osadía de reivindicarme como uno de sus ‘intelectuales’, de incluirme en su llamada ‘lista blanca’, que ante la conciencia universal sólo puede ser una lista negra!

¡No merezco esa deshonra!

Por todo lo que he vivido y escrito, tengo el derecho a exigir que mis libros sean condenados a las llamas purificadoras de la hoguera y no acaben en las manos sangrientas ni en los cerebros podridos de la banda criminal de las camisas pardas.

¡Quemad las obras del espíritu alemán! ¡Será tan inextinguible como vuestra afrenta!»

Oskar Maria Graf

12 de mayo de 1933

Wiener Arbeiterzeitung

Oskar Maria Graf (1894-1967)

Bertold Bretch y Oskar Maria Graf en Nueva York en 1944

Oskar Maria Graf era el noveno hijo de una modesta familia de panaderos en el pueblecito bávaro de Berg. Cuando Oskar acabó los estudios primarios se puso a trabajar en la panadería familiar, que ahora regentaba su hermano mayor tras la muerte del padre. Como no soportaba la actitud de su hermano, Oskar se fue a Munich con 17 años, con la idea de convertirse en escritor, que era su afición secreta. En la capital bávara trabajó en diversos oficios, pero logró introducirse en la vida bohemia muniquesa, contactando con intelectuales anarquistas y círculos literarios expresionistas. En 1914 publicó sus primeros poemas en la revista Die Aktion.Durante la Gran Guerra combatió en el frente del Este. Poco después fue declarado incapacitado para el servicio militar por razones psíquicas. Tras la guerra participó en la fallida Revolución bávara de 1919, y casi dio con los huesos en la cárcel, de la que se libró gracias a la intervención de Rainer Maria Rilke. Entre 1919 y 1926 fue dramaturgo en el teatro obrero Die Neue Bühne. En 1927 publicó su novela autobiográfica Somos prisioneros y en 1928 El Decamerón bávaro, colección  de cuentos satíricos y eróticos. Con la llegada de los nazis al poder, Oskar Maria Graf emigró a Praga y posteriormente a Nueva York, donde finalizó en 1940 su obra más conocida, La vida de mi madre, donde recuerda Baviera con una mezcla de nostalgia y denuncia. Durante la Segunda Guerra Mundial fue presidente de la German-American Writers Association, y publicó en la revista judeoalemana Aufbau. Regresó esporádicamente a Europa para dar conferencias, pero su residencia la había establecido definitivamente en EEUU, país que le concedió la ciudadanía en 1957. Escribió artículos en publicaciones norteamericanas y alemanas, poemas, relatos y novelas y fue un reconocido pacifista. Murió en Nueva York en 1967.

Oskar Maria Graf fue, según el New York Times, «uno de los primeros y más radicales opositores al régimen nazi». Era un típico bávaro que se paseaba por Nueva York con los típicos pantalones de cuero de su tierra, y supo enseguida que el experimento nazi no traería más que dolor y destrucción. Tras un legendario artículo publicado el 11 de mayo de 1933 en el Wiener Arbeiterzeitung, en el que Graf reprochaba a los nazis que sus libros no fueran quemados junto al de otros muchos intelectuales alemanes y austriacos (muchos de ellos judíos), las autoridades nacionalsocialistas atendieron diligentemente su petición y organizaron una hoguera sólo para sus libros en el patio de la Universidad de Munich. Por cierto, el artículo era toda una declaración de intenciones explícitas, pues se tituló nada más y nada menos que ¡Quemadme!. No deseaba de ninguna manera ser uno de los «exponentes del nuevo espítiru alemán». Claro, Graf era el típico muchachote bávaro. En Baviera había surgido el movimiento nazi, y a éstos les hubiese gustado tener entre sus filas a un intelectual representante de la raza aria como él…, pero no pudo ser.

Franz Hessel (1880-1941)

Franz Hessel

Franz Hessel era hijo de un banquero judío. Cuando su padre murió, Franz y sus hermanos, junto con su madre, se instalaron en Berlín, donde el futuro escritor pasó el resto de infancia. Con 18 años comenzó la carrera de Derecho y después de Estudios Orientales en la Universidad de Munich, pero no acabó ninguna de las dos. En Munich vivió muy bien gracias a la herencia familiar. Consiguió publicar relatos sueltos y un tomo de poesía, Compañeros de juego perdidos (1905). En 1906 se trasladó a la bohemia París donde contactó con Picasso, Apollinaire y Max Jacob. En 1913 vio la luz una novela autobiográfica que tituló El tenderete de la felicidad. En ese mismo año contrajo matrimonio con la pintora y periodista del mundo de la moda Helen Grund. El hijo que tuvieron en común, Stéphane Hessel fue diplomático y político francés, fallecido en 2013, precursor del movimiento global de los indignados. Franz Hessel combatió en la Primera Guerra Mundial en el frente de Estrasburgo, donde fue herido. Una vez recuperado, fue destinado a tareas administrativas y de vigilancia. Cuando la herencia de que disfrutaba se fue acabando, tuvo que buscar trabajo y tras la guerra se incorporó a la editorial berlinesa Ernst Rowohlt, donde ejerció tareas de lector y traductor. Su producción periodística y literaria durante estos años fue verdaderamente impresionante, pues escribió numerosos artículos y reseñas para Die literarische Welt y Das Tagebuch, editó la revista literaria Vers und Prosa, y tradujo obras de Balzac, Casanova, Stendhal y Marcel Proust. Publicó las novelas Romance parisino (1920) y Berlín secreto (1927). También vio la luz un «manual del arte de pasear» y uno de los libros más importantes de la moderna literatura urbana, Paseos por Berlín (1929). Pero en 1933 se acabó lo que se daba cuando los nazis accedieron al poder en Alemania, pues como judío que era, a Franz Hessel se le prohibió publicar y ejercer cualquier profesión. Jugándose el pellejo, el editor Rowohlt le ayudó encargándole secretamente traducciones para que pudiese sobrevivir. Pero durante la década de los 30, las cosas fueron a peor para los judíos en la Alemania nazi, y en 1938, Hessel y su familia huyeron a París, y posteriormente al pueblo de Sanary-sur-Mer, donde estaban exiliados numerosos alemanes, que huían de la barbarie nazi. En 1940 fue internado en un campo de concentración, donde murió pocas semanas después.

Franz Hessel fue el paseante discreto que deambula por la gran ciudad descubriendo rincones y matices agradables y/o misteriosos ocultos al gran público, una experiencia que trasladó a su obra Paseos por Berlín, la que le dio fama mundial. Fue autor también de Marlene Dietrich uno de los primeros retratos de la actriz alemana,

La filial del infierno en la Tierra

El Tercer Reich, la filial del infierno en la Tierra es el título de un descarnado artículo publicado por uno de los máximos exponentes de la intelectualidad austroalemana en el exilio. Joseph Roth escribió este artículo en el Pariser Tageblatt, el 6 de julio de 1934. Roth era un escritor judío austríaco proscrito por los nazis y en su exilio parisino se despachó a gusto contra sus enemigos del régimen hitleriano. Desesperado, durante años se sumergió en el alcoholismo, que provocó finalmente su muerte en 1939. Este artículo que a continuación transcribo íntegro (traducción de Berta Vias Mahou) es un ejemplo de la amarga producción antinazi de Roth. En él, el objeto principal de sus dardos es el ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels, a quien tacha de mentiroso compulsivo, un adjetivo extensivo al propio régimen nacionalsocialista, y narra como los periodistas alemanes y extranjeros se vieron plegados a darle voz a las mentiras lanzadas por el siniestro régimen de Hitler.

Joseph Roth. La filial del infierno en la Tierra

“Desde hace diecisiete meses nos hemos acostumbrado a que en Alemania se vierta más sangre que tinta emplean los periódicos para informar sobre esa sangre. Es probable que el amo de la tinta de imprenta alemana, el ministro Goebbels, tenga más cadáveres sobre su conciencia, si es que la tiene, que periodistas a su disposición para echar tierra sobre la mayor parte de los muertos. Pues se sabe que la misión de la prensa alemana consiste no tanto en publicar hechos, sino en ocultarlos; no sólo en confundir al mundo –el resto de este mundo raquítico que aún posee una opinión pública-, sino también en obligarle a aceptar las noticias falsas con una ingenuidad desconcertante. Nunca hasta ahora, desde que se derrama sangre en este planeta, ha habido un asesino que se haya lavado las manos ensangrentadas con tanta tinta de imprenta. Nunca hasta ahora, desde que en este mundo se miente, ha tenido un mentiroso tantos y tan potentes altavoces a su servicio. Nunca hasta ahora, desde que se cometen traiciones en este mundo, un traidor fue traicionado por otro aún mayor, nunca se vio semejante concurso de traidores. Pero tampoco jamás esa parte del mundo que hasta ahora nunca se había hundido en la noche de la dictadura, quedó cegada hasta tal punto por el rojizo brillo infernal de la mentira, aturdida hasta tal punto por el estrépito de la mentira, ni tan sorda como ahora. Porque desde hace siglos se ha acostumbrado uno a que la mentira se cuele de puntillas, sin hacer ruido. Sin embargo, el más sensacional invento de las modernas dictaduras consiste en haber creado la mentira estridente basándose en la hipótesis, acertada desde el punto de vista psicológico, de que al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz. Desde la irrupción del Tercer Reich, a la mentira, contradiciendo el refrán, le han crecido las piernas. Ya no sigue a la verdad pisándole los talones, sino que corre por delante de ella. Si hay que reconocer a Goebbels alguna obra genial, sería la de haber sido capaz de hacer que la verdad oficial cojeara tanto como él. Ha prestado su propio pie equinovaro a la verdad oficial alemana. El hecho de que el primer ministro de la Propaganda alemán cojee, no es una casualidad, sino una broma consciente de la historia…

Sin embargo, hasta ahora esta ingeniosa ocurrencia de la historia universal tan sólo ha sido advertida por los corresponsales extranjeros en raras ocasiones. Pues es un error creer que los periodistas de Inglaterra, de América, Francia, etc, no caen en manos de los altavoces y de los transmisores de mentiras alemanes. También los periodistas son hijos de su tiempo. Es una equivocación creer que el mundo tiene una idea exacta del Tercer Reich. El corresponsal, que tiene que dar fe de los hechos, se inclina devoto ante el hecho consumado, como ante un ídolo, ese hecho consumado que incluso reconocen los políticos, monarcas y sabios, los filósofos, profesores y artistas que detentan el poder y gobiernan el mundo. Aún hace diez años un asesinato, de igual dónde y contra quién se cometiera, habría estremecido al mundo entero. Desde los tiempos de Caín la sangre inocente que clamaba al cielo se escuchaba también en la tierra. Aún el asesinato de Matteotti -¡y no ha pasado tanto!- causó horror entre los vivos. Pero desde que Alemania acalla el grito de la sangre con sus altavoces, éste ya no se escucha en el cielo, sino que se difunde en la tierra como noticia periodística habitual. Se ha asesinado a Schleicher y a su joven esposa. Se ha asesinado a Ernst Röhm y a muchos otros. Muchos de ellos eran asesinos. Pero el castigo que han recibido no es justo, sino injusto. Unos asesinos más astutos y más rápidos han matado a los menos astutos y más lentos. En el Tercer Reich no sólo Caín mata a Abel a golpes. También un super-Caín mata al simple Caín. Es el único país del mundo en el que no hay asesinos a secas, sino asesinos elevados a la enésima potencia.

Y como queda dicho, la sangre derramada clama a ese cielo en el que no se reúnen los corresponsales –criaturas terrenales-. Ellos se reúnen en las conferencias de prensa de Goebbels. No son más que seres humanos. Aturdidos por los altavoces, desconcertados por la velocidad con la que de pronto, y contra todas las leyes de la naturaleza, una verdad renqueante se pone a correr y con la que las cortas piernas de la mentira se alargan de tal modo que a paso de carga se adelanta a la verdad, estos periodistas comunican al mundo sólo aquello que les notifican en Alemania, y no tanto lo que ocurre en Alemania.

Ningún corresponsal puede hacer frente a un país en el que, por primera vez desde la creación del mundo, no sólo producen anomalías físicas, sino también metafísicas: ¡monstruosas creaciones del infierno! Tullidos que corren; incendiarios que se prenden fuego a sí mismos; fratricidas que son hermanos de asesinos; demonios que se muerden su propio rabo. Es el séptimo círculo del infierno, cuya filial en la tierra lleva por nombre “Tercer Reich””.

Joseph Roth

Pariser Tageblatt

6 de julio de 1934

Else Feldmann (1884-1942)

Else Feldmann

Else Feldmann nació en el seno de una humilde familia judía de Viena, donde creció junto a sus seis hermanos. Su padre se quedó sin trabajo y Else abandonó sus estudios de maestra para aportar a la raquítica economía familiar con el mísero sueldo que cobraba como operaria en una fábrica. Desde 1911 publicó en la prensa vienesa relatos naturalistas y artículos y reportajes colmados de crítica social. En 1916 estrenó un drama ambientado en un gueto judío, llamado premonitoriamente El grito que nadie oye, con escaso éxito. Después de la Gran Guerra trabajó como responsable de programas de resocialización en un reformatorio juvenil. En 1921 salió a la luz su novela Löwenzahn, basada en su vida en un barrio proletario. Poco después, junto al filósofo Otto Neurath y el psicoterapeuta Alfred Adler, fundó la asociación pacifista Clarté. Estuvo muy involucrada en los círculos literarios vieneses y continuó publicando artículos de temática social en prensa. Entre los temas abordados por Else destacan la pobreza y discriminación del proletariado judío, la delincuencia juvenil o las precarias condiciones de vida en orfanatos y prostíbulos. En 1924 se incorporó a la redacción del órgano de prensa del Partido Socialdemócrata de Austria, el Arbeiter Zeitung. En esta revista publicó en capítulos su obra más célebre, El vientre materno (1924), una novela expresionista ambientada en los bajos fondos vieneses, que tan bien conocía. El triunfo del austrofascismo sobre la socialdemocracia en 1934 hizo que se cerrasen las publicaciones para las que Else escribía y las instituciones en las que participaba, como la Asociación de Escritores Socialistas. Pero las cosas fueron a peor cuando Alemania se anexionó Austria en 1938, pues la escritora tuvo que abandonar la vivienda que compartía con su familia en deplorables condiciones, pues su madre y hermana se encontraban ambas enfermas. Los nazis incluyeron su obra en el índice de «escritos perniciosos e indeseables». Else Feldmann lo tenía todo para ser represaliada por el régimen nazi: intelectual, mujer y judía. Así, en 1942 fue detenida por la Gestapo e internada en el campo de extermino de Sobibor, entre Polonia y Ucrania, donde fue asesinada ese mismo año. Ningún miembro de su familia sobrevivió a la guerra y gran parte de su obra literaria continúa hoy día desaparecida. Una víctima más del Holocausto nazi.

A pesar del olvido que cayó sobre ella, Else Feldmann fue una de las grandes personalidades intelectuales de la «Viena roja» de entreguerras.

Ernst Bloch (1885-1977)

Ernst BlochErnst Bloch era hijo de una familia burguesa judía. Estudió Filosofía, Música, Física y Filología alemana en Munich, doctorándose en la Universidad de Würzburgo. Entre 1908 y 1914 fue profesor particular y publicó artículos en periódicos de Berlín, Heidelberg y Munich. Pacifista reconocido y convencido, al estallar la Primera Guerra Mundial se exilió en Suiza junto con su mujer, la escultora Else von Stritzky. En 1918 salió a la luz un ensayo en el que Bloch discutía la teoría marxista de la utopía, una obra denominada precisamente El espíritu de la utopía. Al finalizar la contienda, volvió a Alemania y a sus quehaceres como escritor y periodista. Se instaló primero en Munich, pero se trasladó finalmente a Berlín, donde contactó con Walter Benjamin, Bertold Brecht, Kurt Weill y Theodor W. Adorno, con quienes hizo gran amistad. En los años siguientes su actividad en el campo  periodístico fue intensa, además de abordar numerosos ensayos filosóficos, relatos y aforismos. En 1933 el gobierno de Hitler le privó de la nacionalidad alemana, por ser judío. Bloch tuvo que volver a emigrar, de nuevo a Suiza, y posteriormente a París y Praga. Cuando las tropas alemanas entraron en Praga, Ernst Bloch tuvo que volver a marcharse, esta vez a EEUU, acompañado de su segunda esposa, la arquitecta polaca Karola Piotrkowska (Else había fallecido en 1921). Fundó en Nueva York la editorial Aurora, junto con otros exiliados alemanes como Alfred Döblin, Bertold Brecht, Lion Feuchtwanger y Heinrich Mann. Padeció problemas económicos, pero logró dedicarse en cuerpo y alma a su obra maestra, El principio esperanza, que vio la luz entre 1954 y 1958. En 1948 había ocupado la cátedra de Filosofía en la Universidad de Leipzig (República Democrática Alemana), pero fue represaliado por sus críticas a la invasión soviética de Hungría en 1956 y al régimen marxista de la Alemania del Este. En 1961, aprovechando una gira de conferencias en la Alemania occidental, no volvió a pisar la RDA. La Universidad de Tubinga (sur de Alemania) le ofreció una cátedra de Filosofía, en la que Bloch ocupó el resto de su vida dedicado a lo que más le gustaba: el estudio y la docencia. Falleció en 1977 en Tubinga.

Ernst Bloch fue un filósofo que intentó conciliar marxismo y humanismo, pero además fue un excelente y reconocido periodista. Escribió cientos de artículos, para cuya redacción se basaba en la contemplación de las cosas más intrascendentes para elaborar a partir de ellas fábulas.

Robert Musil (1880-1942)

Robert Musil

Robert Musil nació en el seno de una familia de la baja nobleza de Carintia, en la ciudad de Klagenfurt. Durante su infancia estudió en un internado, pasando después a una academia militar. A los 17 años abandonó la academia para matricularse en la Escuela Técnica Superior de Brno, donde su padre trabajaba como catedrático de Ingeniería. Se licenció en 1901 y comenzó su andadura profesional como asistente técnico en la Universidad de Stuttgart. En 1902 se trasladó a Berlín, asistiendo en la universidad de la capital alemana a cursos de Filosofía, Psicología, Matemáticas y Física, con el ánimo de mejorar su educación. En 1906 relató sus experiencias en el internado en su libro Las tribulaciones del estudiante Törless. En 1908 se doctoró en Filosofía y emprendió el siempre difícil y tortuoso camino de la literatura. Publicó sus primeras críticas y ensayos en la prensa, pero sus escasos ingresos le hicieron compaginar tales actividades con la profesión de bibliotecario. En 1911 se casó con la pintora Martha Marcovaldi, de ascendencia judía. Durante la Gran Guerra se alistó como voluntario, siendo destinado a los frentes de Italia y Serbia, donde colaboró activamente con la prensa militar. Tras la guerra, encontró trabajo en Viena como funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores austríaco, pero lo abandonó enseguida para retomar de nuevo su carrera como literato. En 1924 publicó un ciclo de novelas cortas Tres mujeres, y en 1930, las dos primeras partes de su monumental obra El hombre sin atributos. Se instaló en Berlín junto a su mujer. En 1932 salió a la luz la tercera parte de esta novela. Un año más tarde, cuando los nazis ascendieron al poder, el matrimonio abandonó Berlín camino de Viena, por temor a represalias contra Martha. Continuó trabajando en su obra magna, El hombre sin atributos, aunque también abordó ensayos y prosa breve, que publicó como antología en 1936 con el sugerente título de Obra póstuma en vida. Sus libros habían sido prohibidos por los nazis, y tras la anexión de Austria por Alemania en 1938, Musil y su esposa emigraron a Suiza, primero a Zurich y luego a Ginebra, donde falleció el escritor en 1942 sin haber podido acabar la novela en la que trabajó durante gran parte de su vida, el ya citado El hombre sin atributos. En 1952, Martha publicó la última parte de esta novela de su marido.

Musil siempre estuvo hundido en la precariedad económica, y despreció a los escritores que colaboraban con la prensa, a pesar de que él mismo lo hacía.