La extraña monarquía húngara del almirante Horthy

El título de este post, la extraña monarquía húngara del almirante Horthy, se debe a un cúmulo de contradicciones que encerraba el Estado húngaro durante el período de la Segunda Guerra Mundial. Hungría era desde un punto de vista constitucional un reino sin rey. Hungría no tiene acceso al mar ni marina de guerra ni mercante y sin embargo estaba regentado en nombre de un rey inexistente por un hombre que ostentaba un cargo relacionado con una marina de guerra: el regente o Reichsverwesser Miklós Horthy. Horthy desempeñó el cargo de Regente de Hungría desde el 1 de marzo de 1920 hasta el 15 de octubre de 1944.

La extraña monarquía húngara del almirante Horthy
Hitler y Horthy en septiembre de 1941

Los Habsburgo fueron hasta 1918, emperadores de Austria y reyes de Hungría, en esa monarquía dual que se dio en llamar el Imperio Austro-húngaro, una de las potencias centrales de la Primera Guerra Mundial, y cuya derrota supuso su desmembramiento en varios Estados. Austria fue uno de ellos, adquirió la forma republicana y un gran ansia por unirse a Alemania. Otto de Habsburgo, el que hubiera debido reinar si Austria hubiese sido un reino, estaba exiliado. Por otro lado, los orgullosos magiares jamás hubiesen le aceptado como rey. Una monarquía auténticamente húngara no existía y por ello, el almirante Horthy se había proclamado regente. Hungría era un país que todavía vivía sometido a estructuras feudales, donde el campesinado estaba sumido en la miseria, en tanto que unas pocas familias aristocráticas poseían un nivel de vida muy superior a las castas similares de los países de alrededor. En este ambiente extremadamente maniqueo, apareció a comienzos de los años treinta en Hungría el Movimiento de la Cruz y las Flechas, de marcado carácter fascista, muy influido por su homónimo italiano. En 1938 se promulgaron las primeras medidas legislativas antisemitas, siguiendo el ejemplo de la Italia de Mussolini. A pesar de todo, Hungría fue el único país aliado del Eje que envió tropas judías al frente del Este, en forma de servicios auxiliares, pero con uniforme húngaro. Otro carácter extraño de la «monarquía sin monarca» de Horthy. Una razón de esta aparente contradicción es que los húngaros distinguían con claridad meridiana a los judíos «magiarizados» de Hungría de los judíos de los territorios que habían caído bajo las garras del Tercer Reich, Los nazis respetaron la soberanía húngara hasta marzo de 1944. Por ello, hasta entonces, el país magiar fue para los judíos un remanso de paz frente a la orgía de muerte y destrucción en la que se veían inmersos los demás judíos europeos. Esta situación sólo cambió cuando el Ejército Rojo se aproximó a las fronteras húngaras a través de los Cárpatos. Ante la avalancha soviética, el gobierno de Horthy trató desesperadamente de firmar la paz por separado con la URSS. Pero no les dio tiempo, pues en esas curcunstancias, Hitler decidió ocupar el país y oponerse militarmente a la ocupación soviética.

Así se acabó la tranquilidad para los judíos de Hungría, ya que se consideró indispensable la «liquidación» de 800.000 judíos húngaros más otros 150.000 convertidos al cristianismo en años recientes. Una vez que los nazis establecieron la correspondiente maquinaria de deportación y exterminio, muchos judíos fueron enviados a Auschwitz. No obstante, a mediados de octubre de 1944, los rusos estaban a unos 150 km de Budapest, con lo que los nazis derribaron definitivamente al gobierno de Horthy (Horthy trató de detener las deportaciones de judíos magiares cuando Budapest fue bombardeado el 2 de julio por los aliados), nombrando jefe del Estado al jefe del partido fascista de la Cruz y las Flechas, Ferenc Szalasi. Por entonces las instalaciones de exterminio de Auschwitz estaban a punto de ser desmanteladas, al mismo tiempo que Alemania necesitaba encarecidamente mano de obra para sus fábricas de armamento. Por ello, el plenipotenciario del Reich, Veesenmayer, negoció con el Ministerio del Interior húngaro el permiso para embarcar a 50.000 judíos hacia el Reich, para paliar el antes citado problema de la disminución de trabajadores. Como los trenes no funcionaban por aquel entonces, estas personas fueron obligadas a recorrer a pie la distancia entre Hungría y los lugares del Reich donde eran necesarios como mano de obra esclava. Hasta que Himmler dio la orden en noviembre de 1944 de interrumpir las deportaciones. Los judíos que tomaron parte en estas infames marchas fueron escoltados por los fascistas de la Cruz y las Flechas, quienes en muchas ocasiones les apalearon y las más de las veces, les robaron.

El 13 de febrero de 1945, Hungría se rindió a los soviéticos. De la población judía existente antes de la ocupaciòn nazi, unos 800.000, quedaron 160.000 en el ghetto de Budapest, de los cuales varias decenas de miles fueron víctimas de pogroms espontáneos. Los responsables húngaros de la matanza fueron juzgados, condenados a muerte y ejecutados.

El antisemitismo en Rumanía

El antisemitismo en Rumanía

El antisemitismo en Rumanía venía de lejos. No tenía nada que ver con el odio suplementario que los nazis aportaron al viejo asunto del antisemitismo europeo. Rumanía era el país europeo más antisemita de entreguerras. Y no sólo de este período, sino que el antisemitismo rumano ya estaba instituido e institucionalizado en el siglo XIX. Fijémonos en este dato. En 1878, las grandes potencias europeas firmaron el Tratado de Berlín, que reconocía, a grandes rasgos, la plena independencia de Serbia, Montenegro y Rumanía, y la autonomía de Bulgaria. En alguna de sus disposiciones, los grandes de Europa presionaron lo que nadie sabe para que el gobierno rumano concediese a los habitantes judíos del país la condición de ciudadanos. Pero ni por ésas. Los judíos rumanos continuaron siendo segregados y excluidos por las autoridades del país. Cuando concluyó la Primera Guerra Mundial, la inmensa mayoría de los judíos de Rumanía (excepto unas cuantas familias sefardíes y otras de origen alemán) continuaban teniendo el estatus de extranjeros residentes en Rumanía. Durante las negociaciones de paz los aliados volvieron a intentar persuadir al antisemita gobierno rumano de la conveniencia de conceder a los judíos la ciudadanía rumana, algo que se consiguió a regañadientes, como vemos. Esta concesión fue revocada en cuanto hubo oportunidad. Entre 1937 y 1938, y envalentonados por la actitud antijudía de los nacionalsocialistas en Alemania, Rumanía retiró la ciudadanía rumana a la cuarta parte de los judios que vivía dentro de sus fronteras, aduciendo que la medida había sido impuesta gracias a la presión internacional. Pero la cosa no quedó aquí, ya que en agosto de 1940, el nuevo dictador rumano, el mariscal Ion Antonescu, líder de la Guardia de Hierro, organización de un pelaje similar al NSDAP, declaró apátridas al resto de judíos rumanos. Eran los meses anteriores a la entrada en la Segunda Guerra Mundial de Rumanía junto a las potencias del Eje. Los únicos judìos rumanos que conservaron la ciudadanía fueron las mismas familias sefardíes y de origen alemán que ya la poseían antes del final de la Primera Guerra Mundial. Estos no eran más que un uno por ciento de la población judía rumana. El propio Hitler se subía por las paredes cuando conoció las radicales medidas antisemitas puestas en práctica por los rumanos, y se quejó amargamente a su ministro de Propaganda Goebbles en agosto de 1941 dicéndole cosas como ésta: «en estos asuntos, Antonescu se comporta de un modo mucho más radical de lo que nosotros nos hemos comportado hasta el presente».

Antisemitismo en Rumanía.
Soldados rumanos detienen a judios en Iasi

la Legión Rumana demostró estar a la altura de los elementos más siniestros y brutales de las SS. Rumanía entró en guerra en febrero de 1941 y participó activamente en la invasión de la URSS. Una muestra del celo rumano: solamente en Odesa, los soldados rumanos mataron a 60000 personas, llevando a cabo un atroz programa de matanzas y deportaciones. El estilo rumano consistía en meter a cinco mil personas en varios vagones de carga, donde iban muriendo de asfixia, mientras el tren recorría sin destino fijo los campos de Rumanía. Remataban estas masacres con una perversa guinda: la exposición de los cadáveres de los judíos así exterminados en carnicerías propiedad de judíos. En los campos de concentración rumanos, se dieron episodios de un refinamiento y una crueldad que superaban incluso al peor de los campos de exterminio alemanes, lo que ya era mucho decir. Los mismos nazis se horrorizaban ante las atrocidades que cometían los rumanos contra su población judía. Adolf Eichmann, el funcionario involucrado hastra las trancas en la Solución Final, imploró al propio Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en abril de 1942 que se detuviesen los esfuerzos rumanos por exterminar a los judíos, ya que la prioridad era «la evacuación de los judíos alemanes, que estaba ya en período de ejecución». A mediados de agosto de 1942, el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán acordó con Antonescu «un orden de evacuación de los judíos de Rumanía, que será llevado a cabo por unidades alemanas». Para entonces, los celosos y eficaces rumanos ya habían matado ellos solitos a casi 300000 judíos sin ayuda alemana, algo que molestó enormemente a los nazis. ¡Tan extraordinaria eficacia exterminadora, así a lo bruto, sin que ellos hubieran intervenido apenas! «El alumno superando al maestro», debió pensar el Führer, algo que no le hizo tampoco nada de gracia.

Antisemitismo en Rumanía
El mariscal Ion Antonescu

Para entonces los alemanes no habían contado con que en Rumanía había un alto porcentaje de asesinos corrientes y molientes (además de los encuadrados en la Guardia de Hierro, a quienes el carácter de criminal se les daba por supuesto) y era además el pais más corrupto de los Balcanes. Por estas razones, se había desarrollado en Rumanía un próspero negocio de de venta de exenciones, en el que intervenían una inmensa caterva de funcionarios estatales y locales. Algo en Antonescu había cambiado, y ahora opinaba que la venta de judíos era un negocio mucho más lucrativo que el mero exterminio. Se convirtió en ferviente defensor de la emigración judía, al precio de 1300 dólares por cabeza. Los rumanos «moderaron» su celo matarife, convirtiéndose así Rumanía en uno de los pocos focos de emigración judía hacia Palestina durante la guerra.

Antonescu no es que fuera más radical que los nazis (como creía Hitler) sino que siempre iba un paso por delante de los alemanes. En Rumanía ya se mataba judíos en grandes cantidades y a la vista de todo el mundo (pogromos), mientras que Alemania hacía sus pinitos, y en secreto. Antonescu fue el primero que tuvo la idea de vender judíos, un año antes que Himmler hiciese su oferta de «sangre a cambio de camiones» (cuando las cosas se habían puesto ya muy feas para los nazis, a mediados de 1944, Himmler consideró la posibilidad de hacer servir a los judíos que aún quedaban vivos como moneda de cambio, como rehenes, con tal de congraciarse con los aliados, con quienes trataba ingenuamente de negociar). En agosto de 1944, el Ejército Rojo ocupó Rumanía. La mitad de los 850.000 judíos rumanos sobrevivieron, y de ellos, la mayoría fue a vivir a Israel. Todos los asesinos rumanos (o al menos las cabezas más visibles, como Antonescu) fueron juzgados y ejecutados.

El papel de los dirigentes judíos en el Holocausto

El papel de los dirigentes judíos en el Holocausto. Leo Baeck
Doctor Leo Baeck, ex-rabino mayor de Berlín

El papel de los dirigentes judíos en el Holocausto, es decir la participación de las elites judías en la destrucción de su propio pueblo es un capítulo que, aunque poco o menos conocido que otros, no deja de tener un carácter siniestro y tenebroso. Esta historia y sus detalles fueron estudiados por Raul Hilberg en su obra The Destruction of the European Jews. Esta colaboración con los verdugos se desarrolló tanto en la Europa central y occidental como entre las masas de judíos de habla yiddish del Este de Europa. En La lista de Schindler, la célebre película de Steven Spielberg, podemos contemplar escenas en las que la denominada policía judía colabora con los nazis. Los representantes de las comunidades judías redactaban listas de los miembros de esas comunidades con datos relevantes como las posesiones que las víctimas tenían hasta ese momento. En Amsterdam, en Varsovia, en Berlín, Budapest, en Praga…Las elites judías y los verdugos obtenían dinero de las personas que iban a ser deportadas rumbo a los campos de exterminio para pagar precisamente estos gastos: transporte, manutención de los condenados hasta su liquidación física, mantenimiento de los campos de la muerte…Llevaban un exhaustivo registro de las viviendas de judíos que se iban quedando vacías a medida que la represión se acentuaba más y más. Alistaban fuerzas de policía judías cuyo cometido era colaborar en la detención de sus correligionarios y convecinos, embarcándoles en trenes de ganado hacia una muerte cierta. Además facilitaban a los nazis los activos muebles e inmuebles para su inmediata confiscación. Distribuyeron la dichosa enseña amarilla con la estrella de David que señalaba a su portador como miembro del «pueblo maldito».

El papel de los dirigentes judíos en el Holocausto. El doctor Kastner
El doctor Kastner

Los Consejos de notables judíos tuvieron poder sobre la vida y la muerte de los miembros de sus comunidades, un poder concedido por los nazis, como podemos comprobar echando un vistazo a la primera proclama del Consejo de Budapest, que decía así: «Al consejo judío central le ha sido concedido el total derecho de disposición sobre los bienes espirituales y materiales de todos los judíos de su jurisdicción». Más claro, agua. Satisfechos y orgullosos de su poder adquirido. Estos dirigentes pensaban que sin su actuación, la situación de su pueblo podría haber sido peor. ¿Peor aún? Un ejemplo. En Hungría, el doctor Kastner salvó a 1684 judíos, sí, ¿pero a costa de qué? De enviar a las cámaras de gas a otros 476000 judíos. ¿Quién decidía la selección de aquellos afortunados que se salvaban? ¿Quién decidía quién moría y quién vivía? ¿Qué principios utilizaron estos dirigentes? En un informe, el propio Dr. Kastner escribió que se salvaron aquellos que «habían trabajado toda la vida en pro del zibur» (la comunidad judía) – es decir, los funcionarios– y «los judíos más prominentes» – es decir, los miembros de los Consejos de notables, entre otros. Siempre ha habido clases, incluso en los componentes de un pueblo condenado al exterminio por el solo hecho de pertenecer a ese pueblo, a esa religión diferente. Rudolf Israel Kastner fue un periodista y abogado húngaro de confesión judía. Su fama es debida a que ayudó a escapar a algunos judíos de Hungría durante la ocupación de este país por Alemania en 1944. Pero fue asesinado posiblemente por instigación de los servicios secretos israelíes en Tel Aviv en 1957 después de que un tribunal israelí le acusara de colaboración con los nazis. Zeev Eckstein fue la mano ejecutora y quien disparó contra el abogado.

Conocemos las características personales de numerosos dirigentes judíos durante el período nazi. La periodista Hannah Arendt describió a algunos de ellos. Por ejemplo, Chaim Rumkowski era decano de los judíos de Lódz, y no se le ocurrió otra cosa que emitir papel moneda con su imagen o trasladarse en un carruaje en mal estado tirado por caballos. Un poco estrafalario el personaje, que se hacía llamar Chaim I. No obstante su actitud colaborativa no le salvó de la cámara de gas, siendo ejecutado junto a su familia en agosto de 1944 en Auschwitz, ya que ante la cercanía del Ejército Rojo, los nazis decidieron clausurar el guetto de Lódz, liquidando a los moradores que aún quedaban allí. De comportamiento algo más moderado fue el ex-rabino mayor de Berlín, el doctor Leo Baeck, hombre educado en la universidad, de modales suaves, quien opinaba que la creación de la policía judía proporcionaría un trato «más amable» y contribuiría a que «la tortura de los judíos no fuera tan atroz». Arendt apunta lo siguiente a este respecto: «En realidad, la policía judía era, naturalmente, más brutal y menos corrupta, ya que los castigos a que se exponían eran más graves». Y hubo en fin, unos pocos dirigentes judíos que se suicidaron, como Adam Czerniakow, presidente del consejo judío de Varsovia. No pudieron con la presión insoportable que suponía colaborar, de una forma u otra, en el extermino de tantos cientos de miles de correligionarios.

El papel de los dirigentes judíos en el Holocausto. Chaim Rumkowski
Chaim Rumkowski, decano de los judíos de Lódz.

Donde había judíos, había dirigentes, es algo inherente al género humano. Una jerarquía ¿natural? de la que es imposible deshacerse, excepto en casos muy contados de rolling stones. La elite judía colaboró casi sin excepción, con los nazis. Según Arendt, el holocausto se hubiese producido igualmente si los judíos hubiesen carecido de organización y jefaturas, pero es casi seguro que el número de víctimas hubiese sido considerablemente menor, pues posiblemente muchos se habrían salvado si hubiesen hecho caso omiso de las instrucciones de los Consejos judíos. Un ejemplo que nos proporciona esta misma autora basándose en documentos del Instituto Holandés de Documentos de Guerra. En Holanda, el Consejo Judío (Joodsche Raad), al igual que el resto de autoridades holandesas, colaboró con los nazis. Gracias a la actuación de este Consejo judío holandés, 103.000 judíos fueron deportados a campos de exterminio. Sólo se salvaron 519. Sin embargo, 25.000 huyeron de los nazis, y desobedecieron las consignas del Joodsche Raad, ocultándose como pudieron (como Ana Frank, judía alemana refugiada en Holanda, aunque ella finalmente fue descubierta). De éstos sobrevivieron unos 10.000. Un 50% de supervivencia. Nada que ver con los que hicieron caso a sus dirigentes como borregos camino del matadero. De estos datos se podrían extraer muchas conclusiones, pero no lo voy a  hacer, pues se escapa del asunto de este post.

Los errores de Hitler

Los errores de Hitler. Imagen de Adolf Hitler
Adolf Hitler

Hitler consiguió, al principio de la guerra unos éxitos militares sorprendentes. Amplió el espacio vital alemán sin pegar un solo tiro. Supo utilizar las técnicas del fanfarrón asustando a países y gobiernos débiles, y a naciones poderosas que no tenían ganas de líos. De esta manera anexionó Austria y Checoslovaquia. Todo ello le proporcionó un prestigio en la guerra como gran estratega. Sin embargo, cometió errores garrafales que llevaron a Alemania a perderla.

El principal fue la Operación Barbarroja, con la invasión de la URSS y la creación de dos frentes. El rápido avance alemán por Rusia, creó inmensos problemas de logística, pues había que abastecer a esas columnas de alimentos, ropa de abrigo, municiones, combustible. Y no fue efectivo, ni mucho menos.

Pero entre errores importantes, menos conocidos, está la manía que le tenía al Me262, el primer caza a reacción de la historia. Todos le decían que este avión debía de ser usado para interceptar las fortalezas volantes que bombardeaban las ciudades e industrias, pero él se empecinó en transformarlos en cazabombarderos y soltar su carga sobre Inglaterra. El resultado fue ridículo.

Lo mismo ocurrió con las V2. En la base experimental de Peenemunde bajo la dirección de Werner von Braun, se había conseguido la fabricación del cohete de largo alcance V1 y posteriormente el mejorado V2, de 14m de altura y un peso de 13 Tm. También se planeó un cohete de corto alcance, para interceptar bombarderos  de 8m y 300kg de explosivos que podían haber parado el incesante castigo al que era sometido Alemania. Se siguió emperrando en usar las V2 y esto dio el mismo resultado que un ataque de 7 fortalezas volantes en un día. ¡Un churro!. No, no era tan buen estratega como él mismo pensaba. Cometió numerosos errores. Los errores de Hitler.

El infortunio del USS Indianapolis

El USS Indianapolis

El USS Indianapolis fue un crucero pesado (de gran autonomía y tonelaje) de la marina norteamericana, el orgullo del presidente Roosevelt. Cuando fue botado el 7 de noviembre de 1931 nada hacía presagiar la tragedia y el infortunio que acabaría con él y con gran parte de su tripulación. Pero en su tiempo representaba la más alta tecnología en el sector naval. Desplazaba 9950 toneladas y medía 610 pies de eslora (largo) y 66 de manga (ancho). La tripulación estaba constituida por 1269 personas que incluían oficialidad y marinería. Podía alcanzar una velocidad de 32,7 nudos (unos 60 km/hora).

El presidente Roosevelt eligió al USS Indianapolis como su nave de Estado y viajó en él en algunos viajes oficiales. A comienzos de diciembre de 1941, el navío estaba fondeado en Pearl Harbour, pero antes del ataque japonés del día 7 de este mes, salió de puerto para realizar unas maniobras rutinarias. En este post no vamos a entrar en la polémica de si los EEUU sabían que iban a ser atacados por el imperio nipón por lo que ya tenían la excusa perfecta para involucrarse de lleno en el conflicto contra las potencias del Eje. Pero lo cierto es que el USS Indianapolis salió de najas y en tiempo récord del puerto hawaiano. A partir de la declaración de guerra contra los japoneses, el crucero realizó numerosas misiones, participando en el bombardeo masivo de la isla de Okinawa en marzo de 1945 junto a otros muchos buques de la Armada norteamericana, que dejaron la isla japonesa hecho un queso de gruyere. Además logró derribar 6 aviones japoneses con sus potentes defensas antiaéreas. Pero en la misma batalla de Okinawa sufrió el ataque de un kamikaze japonés que se llevó por delante a 9 marineros e hirió a otros 26. Además el bombazo suicida ocasionó un grave deterioro estructural en el navío, por lo que fue remolcado hasta la isla Mare, en Nueva Caledonia, donde se le practicaron las pertinentes reparaciones. A finales del mes de abril, ya estaba dispuesto para volver a las andadas. Pero esta vez las andadas se salieron de madre, pues el USS Indianapolis dejó de combatir. Se le asignó en cambio una misión que le hizo participar en una catástrofe inédita hasta el momento en la prodigiosa historia de la Humanidad: transportar las piezas de mayor tamaño de las bombas atómicas (o de sólo de una de ellas, información que depende de la fuente consultada) desde San Francisco, en la costa oeste de los EEUU hasta la isla de Tiniam, en el archipiélago de las Marianas. Ya conocemos la brutal tragedia que desencadenaron estas bombas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, pero no nos vamos a ocupar de ello ahora, sino del destino final del USS Indianapolis. Las piezas de las bombas nucleares se descargaron en Tiniam el 26 de junio sin incidentes dignos de destacar. Poco después, el crucero recibió la orden de dirigirse a Leyte (en las islas Filipinas) para realizar un ejercicio rutinario junto con otro buque de guerra, el USS Idaho.

Pero por razones que nadie alcanza a comprender, o quizás por exceso de confianza, el crucero avanzaba a medianoche del día 29 de julio sin escolta. Las autoridades de la Armada consideraron que el mar en esa zona estaba limpio de japoneses. Y he aquí que fue alcanzado por los torpedos de un submarino japonés, el I-58, cuyo capitán no podía creer lo que veían sus ojos a través de su periscopio: ¡el USS Indianapolis a tiro! El crucero había sido cazado y hundido, gracias al despiste americano y a la pericia del comandante japonés, Mochitsura Hashimoto. Y eso a pocas semanas del final definitivo de la guerra en el Pacífico, pero antes del estallido de las bombas nucleares.

Superviventes del USS Indianapolis a su llegada a la isla de Guam

Aquí viene lo peor del asunto, pues con el hundimiento del USS Indianapolis fallecieron casi en el acto 350 marineros, que podemos decir que tuvieron la fortuna de morir en ese instante, pues la suerte de los supervivientes no fue para dar envidia. Los 800 tripulantes que habían sobrevivido al ataque japonés se encontraron flotando en medio del océano rodeados de tiburones. Los hambrientos animalitos, ante la perspectiva de tan pantagruéiico festín, fueron incrementando su número a medida que pasaban las horas. La sangre de los marineros que sirvieron de almuerzo a los escualos que andaban por allí a primera hora, hizo de efecto llamada para más y más tiburones. Algunos marineros habían logrado fletar botes de goma y otros llevaban simplemente chalecos salvavidas. Ante el infierno desatado en el mar y la presencia de tanto tiburón suelto, muchos intentaron subirse a los botes, que volcaron, para regocijo de los hambrientos escualos. Además, por si esta molesta presencia no bastase, el hambre y la sed castigaron también sin descanso a los infortunados marineros. El rescate de los posibles supervivientes se demoró cinco días, tiempo más que suficiente para que los tiburones dieran buena cuenta de unos 500 tripulantes. Lo extraño es que hubiese supervivientes del ataque de los tiburones, que por cierto, no eran blancos, como el de la célebre peli de Spielberg, sino algo más pequeños, pero igual de mortíferos. Por cierto, uno de los que sobrevivieron al hundimiento y posterior ataque de los tiburones fue el marinero Quint, el protagonista de la novela que inspiró el film del director de Indiana Jones. Tras varios días de agonía, desesperación y locura, el 2 de agosto fueron localizados por un avión cuyos pilotos, sin poder crédito a sus ojos por el desastre que contemplaban en el mar, no pudieron hacer otra cosa que lanzar víveres y una lancha de goma a los náufragos, y tan pronto como les fue posible, informar de lo sucedido. Para entonces suponemos que los tiburones andaban haciendo enormes esfuerzos por digerir todos los cuerpos que habían engullido en tan insólito golpe de suerte. Golpe de suerte para ellos, sin duda. Desgracia para los marineros, obviamente.

Mochitsura Hashimoto, el comandante japonés que hundió el USS Indianapolis
Mochitsura Hashimoto
El capitán del USS Indianapolis, Charles McVay
Charles McVay

En el rescate final participaron hasta cinco navíos, que sólo pudieron recoger vivos a unos 315 marineros (los números varían ligeramente según las fuentes), entre ellos al capitán del barco, Charles Butler McVay. El pobre hombre, que había sobrevivido al ataque de los tiburones, no pudo con otros similares de dos patas, pues fue juzgado por negligencia, por cometer errores que costaron la vida de sus hombres y del USS Indianapolis, material sensible propiedad del Estado. El comandante nipón del I-58, Mochitsura Hashimoto, participó como testigo de cargo en el juicio del capitán McVay. Finalmente, McVay fue rehabilitado y ascendido a contraalmirante, retirándose en 1949. Se suicidó en 1968, víctima de una enfermedad depresiva causada por tan traumática experiencia. El causante de todo este desaguisado, Mochitsura Hashimoto ingresó en un santuario sintoísta tras la guerra y el juicio de McVay (diciembre de 1945), lugar de paz donde quiso saber ya poco del mundo. Falleció en Kyoto el 25 de octubre de 2000 con 91 años.

 

 

 

 

Las últimas voluntades de Hitler

suicidio-hitlerLas últimas voluntades de Hitler, según él mismo dejó escritas, nombrando como albacea a Martin Bormann.

«Mi último deseo

Como consideré que no debía aceptar la responsabilidad, durante los años de conflicto, de contraer matrimonio, ahora he decidido, antes de concluir mi carrera en la Tierra, tomar en matrimonio a la mujer, quien después de muchos años de fiel amistad, entró a la sitiada ciudad por su propia voluntad, con el propósito de compartir su destino conmigo.

Por su propio deseo, ella irá a la muerte como mi esposa.

Eso nos compensará, por lo que ambos perdimos por mi trabajo al servicio del pueblo.

Lo que poseo, pertenece en su debido grado al Partido. Si este ya no existe, al Estado; si el Estado también es destruido, no hace falta una última decisión mía.

Mis pinturas, en las colecciones que he comprado durante el curso de los años, nunca fueron coleccionadas con propósitos privados, sino como una extensión de la galería de mi casa en Linz a.d. Donau.

Es mi más sincero deseo que este legado sea debidamente ejecutado.

Designo como mi albacea, a mi más fiel camarada del Partido, Martin Bormann.

A él le doy mi máxima autoridad legal, para que tome todo lo que tenga un valor sentimental o que les se necesario para mantener una vida modesta y simple a mis hermanos y hermanas, sobre todo también para la madre de mi esposa y mis colaboradores que son bien conocidos por él, principalmente, mis secretarias sin igual, Frau Winter, etc. Quienes por muchos años me ayudaron en mi trabajo.

Yo, personalmente, y mi esposa, para escapar a la deshonra de la deposición o capitulación, hemos escogido la muerte.

Es nuestro deseo que seamos incinerados inmediatamente, en el lugar donde he llevado a cabo la mayor parte de mi trabajo diario, en el curso de doce años al servicio de mi pueblo.

Dado en Berlín, el 29 de abril de 1945 a las 4:00 AM»

El proyecto Madagascar

Proyecto Madagascar. Adolf Eichmann durante su proceso en Jerusalén
Proyecto Madagascar. Adolf Eichmann durante su proceso en Jerusalén

El Proyecto Madagascar fue un intento que se encargó a Adolf Eichmann, experto en «asuntos judíos» para «poner tierra firme bajo los pies de los judíos», como dice Hannah Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal. El plan de Eichmann, anterior a la Solución Final, consistía en trasladar a cuatro millones de personas, todos judíos europeos, a la isla francesa de Madagascar, en el océano Índico, frente a las costas surorientales africanas. Se trataba de concentrar a los judíos en una misma tierra. En este caso, la isla malgache ya poseía sus propios habitantes, unos 4.300.000 personas, que se distribuían sobre una superficie de 587.041 km², más grande que España. La mayoría de estas tierras eran pobres. Esta idea tuvo su origen en el ministerio de Asuntos Exteriores nazi, pero finalmente pasó a la RSHA, la Oficina Central de Seguridad del Reich, para la que trabajaba Eichmann. El proyecto tenía como objetivo la creación de una especie de «Estado judío» gobernado por los nazis, ya que su cabeza visible y máxima autoridad debería haber sido un gobernador policíaco a las órdenes directas de Heinrich Himmler. Esta tentativa ya había sido pensada años antes, en 1937, por el gobierno polaco, que estudió el proyecto de enviar a un hipotético Estado judío a tres millones de personas, los judíos polacos, Aunque enseguida se dieron cuenta que era inviable. También el ministro francés de Exteriores, Georges Bonnet tuvo la misma brillante idea, aunque en su caso, fue un plan más modesto, pues éste sólo pretendía mandar a Madagascar a los judíos extranjeros que habitaban en Francia, unos 200.000. Bonnet llegó incluso a hablar del asunto en 1938 con Ribbentrop, su homónimo alemán, a ver si le parecía bien el asunto. Posiblemente Ribbentrop recogió la propuesta para ponerla en marcha en cuanto fuese posible. Parece que en las mentes de varios políticos europeos ya rondaba la idea de concentrar a la mayor cantidad posible de judíos en un espacio concreto alejado de Europa, ya fuese Madagascar o Uganda (de hecho Eichmann confundía ambos países, que por entonces no eran independientes, pues como dije antes, Madagascar era colonia francesa y Uganda, protectorado británico). Estos proyectos tenían toda la pinta de ser ensayos previos antes de llevar a cabo una solución definitiva de la cuestión judía, aunque no se referían al exterminio físico de toda una población, sino al alejamiento. Como si fuesen apestados.

Eichmann anduvo enfrascado en el proyecto Madagascar desde el verano de 1940 hasta la invasión de la Unión Soviética un año después. Sus responsables le hablaron del desplazamiento de cuatro millones de personas (para hacer de Europa un espacio judenrein, es decir, libre de judíos en la terminología nazi), pues evidentemente no contaban con los tres millones de judíos polacos que ya estaban siendo eliminados físicamente en aquella época, antes de la Solución Final, que comenzó a funcionar a partir de enero de 1942. Evidentemente alguien tuvo que darse cuenta que el traslado de tan ingente número de presonas requería una enorme infraestructura que las condiciones del conflicto mundial no parecían estar dispuestas a permitir. La operación requería capacidad de embarque para todas esas personas y el traslado en un momento en que la Marina británica dominaba el Atlántico. No sabemos si la evacuación hacia Madagascar de los judíos de la Europa occidental hubiese supuesto un primer paso para su eliminación física, aunque parece un poco absurdo pues para el exterminio de los judíos polacos los nazis no necesitaron de ningún pretexto: los fueron exterminando en campos del este europeo, cuando no en las mismas poblaciones de las que eran oriundos. Cuando se llegó a la conclusión de que el Proyecto Madagascar era inasumible e inabordable, pues no existía ningún territorio preparado para recibir la evacuación de tantas personas, los gerifaltes nazis concluyeron que la única solución era el exterminio, siguiendo la orden de Hitler. Y a ello se pusieron con gran dedicación.

El ingeniero naval que sobrevivió a dos bombas atómicas

Tsutomu Yamaguchi, el ingeniero naval que sobrevivió a dos bombas atómicas

Parece una quimera o algo imposible, pero sin embargo el ingeniero naval que sobrevivió a dos bombas atómicas existió de verdad. Digo existió porque ese hombre ya falleció por ley de vida, pero varias décadas después de su sombría experiencia. El 6 de agosto de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay lanzó la primera bomba atómica (de uranio) que alguien había denominado Little Boy. Y lo hizo sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, con el resultado de la muerte, no ya inmediata, sino instantánea (que es diferente matiz) de unas setenta mil personas, muchos de los cuales se volatilizaron por efecto del intensísimo calor. Otros perecieron incinerados y otros en fin, murieron durante los meses siguientes debido a la radiación. Otros sufrieron los efectos de dicha radiación durante toda su vida, soportando intensos dolores y molestias. Muchos otros quedaron desfigurados por efecto de las altas pero no mortales temperaturas que sufrieron las personas que estaban en la periferia del epicentro del desastre.

El ingeniero naval japonés Tsutomu Yamaguchi sobrevivió al infierno desatado sobre la tierra, gracias a encontrarse a tres kilómetros del estallido. No obstante, sufrió graves quemaduras en la parte izquierda de su cuerpo. Pero este señor no era oriundo de la ciudad devastada y borrada del mapa, pues andaba por allí por temas de trabajo. Se le practicaron las pertinentes curas de urgencia y en cuanto pudo, se marchó a su ciudad natal, Nagasaki, donde residía habitualmente. Los norteamericanos habían esperado que con este durísimo golpe Japón se rindiese de una vez por todas. Y sin embargo los japoneses declinaron contestar a la propuesta de rendición incondicional lanzada por los aliados. El gobierno nipón esperaba condiciones de rendición más benévolas, aunque sabía que todo estaba perdido. Así que Truman, el presidente norteamericano, envió un nuevo ángel de la muerte en forma de arma de destrucción masiva: otra bomba nuclear, esta vez de plutonio, bautizada como Fat Man. Esta última era la única que quedaba disponible en los arsenales americanos, pues hasta mediados de agosto no habría más en disposición de sembrar la muerte de decenas de millares de personas. Y lo que no son personas, claro, pues este tipo de armas arrasa con toda la vida que se encuentra en su fatídico camino. El 9 de agosto los americanos cargaron a Fat Man en un B-29, el Bockscar, que despegó con destino a la ciudad japonesa de Kokura, que se salvó de la quema, y nunca mejor dicho, debido a las malas condiciones meteorológicas en sus cielos. El comandante del bombardero, Charles Sweeney pidió instrucciones. Kokura estaba salvada pero en detrimento de otra desgraciada ciudad nipona, Nagasaki, la patria chica del ingeniero Yamaguchi. Esta segunda bomba atómica segó la vida de unas sesenta mil personas en el acto, mientras que en los meses subsiguientes fallecieron treinta mil más.

¿Y qué pasó con nuestro esforzado protagonista? Pues que de nuevo tuvo la fortuna de sobrevivir. Eso sí, el señor Yamaguchi padeció los efectos de la radiación de por vida, de una vida que el azar o quien sea quiso que fuese muy prolongada, pues falleció en 2010, con 93 años de edad.

Rendición del Japón

Los brutales efectos de la segunda bomba atómica que los americanos lanzaban en tres días sobre objetivos civiles japoneses provocaron, esta vez sí, que el Imperio del Sol Naciente capitulase. La ceremonia de rendición del imperio nipón se celebró en la bahía de Tokio en la cubierta del acorazado USS Missouri el dos de septiembre de 1945. Delante del general MacArthur, aquel que un día dijo que se iba, pero que volvería. ¡Y vaya si volvió! Esta vez la guerra mundial había acabado definitivamente.

Tsutomu Yamaguchi tuvo que ver a avanzada edad como moría de cáncer un hijo suyo a los 59 años, en 2005.

Se cree que hubo algunos supervivientes más a quienes ni siquiera dos bombas atómicas fueron capaces de mandarles a la otra vida. Fueron llamados nijyuu hibakusha, que significa algo así como «dos veces bombardeado».

Abusos contra las mujeres alemanas

Cuando los rusos entraron en Berlín a finales de abril de 1945, muchos de sus soldados asaltaron los sótanos donde se escondían numerosos berlineses y les robaron sus objetos de valor. Después comenzaron los abusos contra las mujeres alemanas. Escogieron primero a las mujeres más atractivas y se las llevaron para abusar sexualmente de ellas. Después se llevaron a las menos atractivas y por fin, en muchos casos, los soldados que estaban en un estado ebrio (o no) violaron incluso a ancianas y niñas. Si algún hombre intentó impedirlo, fue muerto a tiros o a palos. Era la misma actuación que habían seguido muchos soldados soviéticos desde que habían entrado en Alemania,

Abusos contra mujeres alemanas. Soldados rusos acosan a una mujer tras la caída de Berlín
Abusos contra mujeres alemanas

Durante muchas semanas, numerosas mujeres alemanas fueron violadas hasta varias veces al día, y cuando los soldados se cansaron de ellas, algunas fueron asesinadas. La violación se convirtió en algo cotidiano duante un tiempo, en un verdadero acto de guerra por parte de los aliados, hasta que se consiguió restablecer el orden entre la soldadesca. Pero no sólo fue lujuria lo que movió a los soldados a perpetrar este excrable crimen contra las mujeres, sino también, en el caso de los soviéticos, por venganza después de las masacres que habían sufrido a manos de los nazis durante la invasión de la Unión Soviética. Recordemos que los alemanes llegaron a capturar hasta seis millones de soldados soviéticos de los que solamente sobrevivió al final de la guerra un millón escaso. El resto murió de hambre, frío, enfermedades y todo tipo de penalidades en campos de concentración a la intemperie. A este hay que sumarle que parte de las tropas soviéticas eran reclusos traidos de los gulags siberianos, muchos de los cuales eran asesinos de los cuales no se podía esperar ninguna piedad.

Abusos contra las mujeres alemanas. Mujeres violadas por el Ejército Rojo

Estudios recientes han concluido que fueron violadas por las tropas rusas dos millones de mujeres alemanas. A causa de las reiteradas violaciones, quedaron embarazadas unas cien mil. Casi todas las mujeres que se hallaron en esta situación abortaron de forma controlada, pero hubo algunas que trajeron al mundo a los que se llamaron Rusenbabies. Según la historiadora Miriam Gebhart, los ocupantes angloamericanos tampoco se quedaron atrás en cuanto a abusos contra el género femenino, y da la aterradora cifra de 860000 alemanas violadas, un asunto mucho menos conocido que los abusos cometidos por el Ejército Rojo. Elfriede Seltenheim, que tenía 14 años en febrero de 1945, contó como fue arrancada de su familia en el pueblo alemán de Ostbrandenburg y como en un barracón aislado los soldados estadounidenses la violaron repetidamente durante varias semanas.

Marta Hillers, periodista alemana atrapada en Berlín, escribió un diario de su propia experiencia entre los días 20 de Abril y 22 de junio de 1945. Hillers describió como fue violada repetidamente por soldados del Ejército Rojo. Sus memorias fueron publicadas en forma de libro autobiográfico en 1954 con el título Eine Frau un Berlín (Una mujer en Berlín). En sus memorias, Hillers llegó a contar como tres hermanas ancianas decían que: «Mejor un Russky (ruso) encima, que en un Yank (yanqui) en la cabeza». Preferían ser violadas por los soviéticos a ser bombardeadas por los estadounidenses. Hoy día existe cierta controversia sobre la verdadera autoría de esta obra autobiográfica.

Pero no todo fueron violaciones, pues también hay testimonios de mujeres que establecieron relaciones consentidas con la tropa aliada (rusos y los que no eran rusos) a cambio de comida o regalos, pues eran muchas las penalidades que la población debía soportar tras la finalización de la guerra.

Las Juventudes Hitlerianas

Las Juventudes Hitlerianas (JH) fueron el principal instrumento del que se valió el NSDAP (Partido Nacional Socialista del Trabajo Alemán) para adoctrinar a las futuras generaciones que debían sostener el Reich de los Mil años, El nombre de la organización juvenil nazi data de 1926, y se estructuró a partir de otras formaciones vinculadas a las fuerzas de asalto del partido nazi, las SA.

Entusiastas miembros de la Juventudes Hitlerianas saludan al Führer en 1932

Entre 1933 y 1945 los jóvenes alemanes, por las buenas o por las malas (ya que no cabía negarse a formar parte de la gloria del Tercer Reich), fueron integrados en esta organización de masas que ejercía el papel de adoctrinamiento de las ideas nacionalsocialistas y militares que conllevaban aparejadas. De esta manera se inculcaron en la mente de millones de jóvenes alemanes. Los jóvenes del «nuevo2 Estado, muchos de los cuales estaban fascinados por la personalidad mesiánica del Führer, fueron coaccionados e intimidados, en muchas ocasiones sin ser siquiera conscientes de ello, y abandonaron su infancia y adolescencia en aras de la grandeza del régimen hitleriano. Fueron, en suma, sujetos a la vez activos y pasivos del formidable experimento social diseñado por los nazis. Unos, bastantes, se convirtieron en siniestros verdugos. Lo más, en víctimas de la ideología totalitaria emanada del nazismo. Víctimas de un régimen y de una guerra que les despojó de las más elementales actividades de su edad, y les lanzó a vivir una vida que no les hubiese correspondido en cualquier otro periodo de la Historia.

Las Juventudes Hitlerianas masculinas fueron una organización paramillitar, cuyos miembros vestían uniforme de color negro y mostaza que les hacía parecerse a sus homónimos adultos. ¿Qué niño o adolescente no quiere alcanzar cuanto antes la edad adulta para hacer su voluntad sin que sus mayores decidan por ellos qué está bien y qué está mal? Los uniformes ayudaban a ello. En las Juventudes Hitlerianas estaban los varones de entre 14 y 18 años. Los chavales de 10 a 14 años se encuadraban en la rama infantil, el Deutsches Jungvolk (DJ), Al cumplir la edad pertinente promocionaban al siguiente escalafón. Las chicas se incorporaban a la Liga de las Muchachas Alemanas, que poseía su propia rama para las más pequeñas. Todas ellas vestían su propio uniforme, diferente del de los varones, pues constaba de falda azul marino y camisa blanca. Se peinaban con largas trenzas o moños. De todas estas organizaciones juveniles e infantiles surgieron monstruosos responsables de crímenes contra la Humanidad. Como Irma Grese, apodada la Bella Bestia, que ejerció su cruel ministerio como guardiana en los campos de concentración de Auschwitz y Ravensbrück, entre otros.

En 1936 se prohibió toda organización juvenil que no fuesen las Juventudes Hitlerianas y sus diferentes ramas. Y en 1939 fue obligatorio pertenecer a ellas para todos los jóvenes entre los 10 y los 18 años. Cuando Hitler se hizo con el poder a comienzos de 1933, las JH estaban integradas solamente por unos 100000 muchachos y muchachas. A finales de ese mismo año habían ascendido a dos millones de miembros y a casi cinco millones y medio en diciembre de 1936. En los inicios de 1939, el 98% de los jóvenes alemanes estaban afiliados a las Juventudes Hitlerianas, Pero ni siquiera al cumplir los 18 años se libraban de las garras del Estado nazi. Tenían varias opciones: ingresar en el propio partido nazi (NSDAP), en el Frente Alemán del Trabajo, en las tropas de asalto, en las SS, en las Waffen-SS (cuerpo de combate de las SS) o en el propio Ejército.

Juventudes Hitlerianas femeninas: la Liga de las Muchachas Alemanas

Si alguno se escabullía de cumplir con este servicio obligatorio durante su minoría de edad, el Estado recurría incluso a las SS y a la Gestapo para buscarlos y meterlos en vereda. Es cierto que muchos jóvenes estaban fascinados por la violencia (cosas de una edad en la que es muy fácil fomentar ese tipo de malsano interés) y la personalidad de los jerarcas nazis, sobre todo, de Hitler. Es aterrador ver las imágenes de miles de jóvenes en formación militar, desfilando o vociferando entusiasmados las consignas dictadas por sus líderes, extasiados escuchando los incendiarios discursos del Führer o Goebbels. Así adoctrinados y encandilados, muchos se incorporaron en las divisiones mecanizadas de elite que invadieron el Este. Otros, más fanáticos aún, se encuadraron en los grupos de la muerte (Einsatzgruppen) que «limpiaban» de judíos y comunistas la retaguardia de los territorios conquistados en la URSS y Polonia sobre todo. Fue una juventud fanatizada hasta extremos insospechados que quemaban los libros de los grandes intelectuales alemanes de la época, muchos de los cuales eran judíos, Acosaron, maltrataron y asesinaron a sus propios compatriotas adultos, unos por motivos raciales y otros por tener un comportamiento demasiado tibio (a sus ojos) para con su adorado régimen nazi. Más de uno denunció a sus propios padres por la misma razón, por no involucrarse los sufiiente con la causa nacionalsocialista. Como en la China de la Revolución Cultural.

Pero también eran unos niños en muchos aspectos. Y así podemos encontrar fotografias en los que se les ve llorando cuando han tomado contacto con la cruda realidad de una guerra que dejó de ser ya un juego para convertirse en una amarga realidad: prisioneros de los aliados, reprendidos por veteranos por haberse orinado en los pantalones en la trinchera, o siendo condecorados con la Cruz de Hierro, como aquellos chavalines de 12 años recibidos por un ya demacrado Führer en la primavera de 1945 en el búnker de la Cancillería bajo las bombas aliadas.

En palabras del historiador germanocanadiense Michael H. Kater, «a medida que los patrones democráticos (de la República de Weimar) se derrumbaban, una estructura con un Führer pasó a ser aceptable entre la juventud alemana, y eso facilitó que todos los grupos juveniles se incorporasen a las Juventudes Hitlerianas». Kater ha publicado en 2016 su libro «Las Juventudes Hitlerianas», una obra donde estudia exhaustivamente la organización juvenil nazi.

Los miembros de las JH, además de las experiencias en combate o en campos de concentración como guardianes tras el período de formación en las citadas Juventudes Hitlerianas, se enfrentaron a la más cruda realidad en su propia casa, una experiencia para la que tampoco nadie está preparado, y menos todavía chiquillos de 12, 13 ó 14 años. Me refiero a los bombardeos de las ciudades alemanas por los aliados. Estos jóvenes tuvieron que ayudar a retirar los escombros de los edificios derribados y extraer lo que quedaba de los cuerpos calcinados o sin calcinar de familias enteras. También fueron reclutados como auxiliares de artillería.

Las Juventudes Hitlerianas. Un veterano abronca a un muchacho por haberse orinado en los pantalones

La formación ideológica recibida en las Juventudes Hitlerianas hizo que muchos de ellos pensasen que Alemania era la nación que por derecho natural debía dominar el mundo, que los arios (es decir, ellos mismos) eran la cúspide del ser humano y los judíos, infrahumanos sin derecho a vivir. Esta disciplina moral e ideológica hizo que muchos de ellos, tras pasar por esta fase, se convirtieran en cómplices y culpables directos en otros casos de execrables crímenes masivos contra la Humanidad. Algunos se convirtieron al pasar a formar parte de las SS en fanáticos (más aún si cabe) que cometieron crímenes de guerra. Al final de la guerra formaron parte del Volkssturm, un «ejército del pueblo» formado en gran parte por los más jóvenes y los más viejos, pues el resto o estaba combatiendo o ya había perdido la vida en el frente. Fueron ellos quienes, provistos de las famosas bazucas Panzerfaust, trataron de frenar lo irrefrenable, el irresistible avance de los rusos y angloamericanos en su apuesta por ver quién conseguía llegar primero a Berlín. Niños-soldado movilizados fruto de la desesperaciòn de los fanáticos líderes nazis, que veían cómo se les venía abajo todo el tinglado.

Kater realiza en su libro la siguiente observación sobre el legado para la posteridad de las Juventudes Hitlerianas: «Después de la guerra, prácticamente todo el mundo había formado parte de ellos y podían sentirse avergonzados o culpables, así que no se hablaba del tema».

En la Alemania de la posguerra, muy pocos alemanes podían dejar de sentirse culpables, en mayor o menor medida, del desastre al que les había llevado el experimento sociorracial nacionalsocialista. Había que afrontar la cuota de responsabilidad de cada cual, tanto en el ascenso y mantenimiento en el poder de los nazis, y en la posterior guerra de expansión desatada por Hitler, hasta su inevitable derrota. Lo de inevitable lo digo porque Alemania se enfrentó a unos recursos humanos y materiales superiores en número que acabaron superando la propia fortaleza militar germana, ya de por sí muy potente. Nunca sabremos qué hubiese ocurrido si Hitler hubiese dispuesto de armas de destrucción masiva antes que los aliados. Pero, ésta es otra historia.