Caos en Italia

Caos en Italia. El mariscal Pietro Badoglio
El mariscal Pietro Badoglio

Los aliados siempre pensaron que Italia era la parte débil del Eje. Y tenían razón, por lo que Churchill siempre insistió en que el desembarco aliado previsto para julio de 1943 debía ser allí, en concreto, en la isla de Sicilia. Cuando se produjo el desembarco, los italianos no tardaron ni quince días en librarse del líder fascista Mussolini, y de un régimen dictatorial que ya duraba demasiado tiempo. Aunque lo peor estaba por llegar. El caos en Italia se desató en realidad a partir de la reunión del 24 de julio de 1943, en la que el Consejo General Fascista apartó al Duce del poder, un acuerdo que se tomó en connivencia con el propio rey Víctor Manuel. Mussolini fue arrestado tras una audiencia con el monarca y confinado en las montañas del Gran Sasso. Fue sustituido como jefe del gobierno italiano por el mariscal Pietro Badoglio.

Parece que los nuevos dirigentes querían tener relaciones amistosas con los aliados. Al fin y al cabo, no era la primera vez que Italia cambiaba de bando en medio de un conflicto generalizado, pues ya lo hizo durante la Gran Guerra. Pero en esta ocasión no pudo ser. Los aliados occidentales habían incorporado la rendición incondicional a su decálogo durante la conferencia de Casablanca. A su vez, los alemanes no querían dejar escapar la presa. Y en medio, Badoglio y su gobierno, que no apenas contaban ni para unos ni para otros. No, esta vez no habría cambio de bando, una circunstancia que hizo que se desatara el caos en Italia.

Para empezar, a los alemanes no les gustó nada la caída de Mussolini. Al fin y a cabo, el Duce había sido durante mucho tiempo el modelo político en el que se inspiró Hitler, quien llegó a admirar durante mucho tiempo a su homónimo transalpino, que había terminado por convertirse en un aliado incómodo. Los alemanes aumentaron de 7 a 18 las divisiones de la Wehrmacht en Italia y comenzaron a considerar la mitad del país que ocupaban como territorio conquistado. En septiembre de 1943 ocuparon Roma, de la que salió el gobierno Badoglio buscando la protección de los aliados, refugiándose en Brindisi. Badoglio firmó el 3 de septiembre el llamado «armisticio breve» y en Malta el «armisticio largo» el 29 del mismo mes. Con ello las zonas de ocupación del país transalpino se clarificaron; los alemanes en la mitad norte y los aliados occidentales al sur.

El Führer no quiso abandonar a Mussolini a su suerte y ordenó una operación arriesgada para rescatarle. Un cuerpo de elite alemán se trasladó al Gran Sasso y liberó al ex-dictador fascista, instalándole como jefe de gobierno títere en la ozna ocupada por los nazis. Fue la denominada República Social Italiana, con sede en la ciudad de Salò, que dependía completamente del Ejército alemán, por lo que fue bombardeada por los aliados, y donde surgió un poderoso movimiento de resistencia.

El caos en Italia estaba servido. La caída del régimen fascista fue especialmente traumática, originando una espiral de violencia sin contemplaciones, que acabaría llevándose por delante al propio Duce menos de un par de años después de su deposición. Cuando el mariscal Badoglio huyó al sur, a ponerse en manos de los aliados, quedaron un millón de soldados italianos en la parte ocupada por los alemanes. Algunas trataron de resisitir al invasor, como la División Granatieri de Roma o la División Acqui de Cephalonia, que pagaron con la muerte de caso todos sus miembros su osadía. Del resto de las tropas italianas, muchos depusieron las armas, otros se unieron a los partisanos, y otros en fin, se largaron a casa. Unos 650000 soldados italianos fueron enviados al territorio del Reich para realizar trabajos forzados, en calidad de prisioneros. Los que combatían en el frente oriental, fueron considerados como prisioneros de guerra por sus antiguos aliados.

En el invierno de 1943 a 1944 surgió en Italia un movimiento de resistencia, formado por personas de todas las clases sociales, unidas por su amor a la patria. En las montañas operaron grupos de partisanos más politizados que en otra partes. En Liguria, Emilia y el Piamonte surgieron una suerte de «repúblicas partisanas» más o menos independientes, las mayores de las cuales eran las de Langhe, Cunese y Ossola, en el noroeste, Ottrepó y Bobbio, al norte de los Apeninos, en Bolzano y Bellluno, al norte, y en los alrededores de Trieste, en el noreste. Hasta que el general Cardona logró establecer un mando unificado que metiese en vereda a todas estas facciones, ya en junio de 1944.

Los aliados también tuvieron su parte de culpa en el caos en Italia. Su insistencia en la rendición incondicional desencadenó en parte esta serie de funestos acontecimientos. Los alemanes acabaron por desencadenar una segunda oleada de violencia en su zona de ocupación. Veamos el porqué. Desde agosto de 1944 el frente se estabilizó en una línea que iba desde Florencia a Ancona. La Línea Gótica, la línea defensiva alemana al norte de Florencia aguantó bien que mal durante todo el invierno las ofensivas aliadas. Finalmente, el general británico Alexander recibió órdenes de mantener a los alemanes clavados en sus posiciones, aunque sin avanzar las fuerzas aliadas hacia Francia, como muchos deseaban. Churchill quería llegar hasta Viena a través de Liubliana, pero las profundas divergencias surgidas entre los estrategas británicos y norteamericanos impidió una ofensiva que estuviese en condiciones de superar al potente ejército alemán. Debido a estas reticencias aliadas, los alemanes cargaron con fuerza contra los partisanos del norte de Italia. La represión alcanzó niveles dantescos, con destrucción de pueblos enteros y masacre de civiles. El caos en Italia imperaba. Más bien la confusión y el desconcierto, y la violencia, empero, campaban a sus anchas en el norte de la península itálica.

Jefes de Estado Mayor Combinado

Jefes de Estado Mayor Combinado. Almirante William D. Leahy
Almirante William D. Leahy

El comité de Jefes de Estado  Mayor Combinado, más conocido como CCS (Combined Chief of Staff, en sus siglas en inglés), fue el resultado de una serie de reuniones mantenidas entre Churchill y Roosevelt tras el golpe japonés a Pearl Harbor, en diciembre de 1941. El CCS tuvo su sede en Washington, y preparó una serie de reuniones periódicas bajo la presidencia del representante personal del presidente norteamericano, por si acaso les quedaba duda a los ingleses de quien mandaba de verdad en Occidente. El comité de Jefes de Estado  Mayor Combinado enlazó la Junta de Jefes de Estado Mayor estadounidense y la Misión Conjunta de Jefes de Estado Mayor británica. Con el comité colaboraron una serie de comités que organizaron los servicios de espionaje, el transporte, la logística en general, las comunicaciones, los asuntos civiles y la meteorología. El almirante William D. Leahy fue presidente desde abril de 1942. Por parte británica destacó el mariscal sir John Dill. El comité de Jefes de Estado  Mayor Combinado se reunió unas doscientas veces entre enero de 1942 y el final de la contienda, en las que se tomaron decisiones trascendentales no sin cierto acaloramiento entre los representantes de uno y otro país occidental. El británico Dill falleció en noviembre de 1944, y tuvo el honor (dudoso, digo yo) de ser el único extranjero inhumado en el Cementerio Nacional de Arlington.

Jefes de Estado Mayor Combinado. Mariscal Sir John Dill
Mariscal Sir John Dill

Como siempre, en casa del herrero cuchillo de palo. El CCS tuvo sus defectillos, uno de los cuales, y no baladí, era que tenía la sede en territorio norteamericano, algo que hacía que a los británicos se les llevasen los demonios. Al fin y al cabo, la potencia imperial (al menos hasta entonces) era la vieja Britania, y lo llevaban muy a gala. El mismo Churchill, miembro de la más rancia aristocracia británica era un imperialista de tomo y lomo. El caso es que la influencia estadounidense era casi absoluta en la toma de las principales decisiones. El CCS no incluyó a la URSS dentro de su organigrama. Durante los momentos más duros de la batalla de Moscú, Stalin rechazó reunirse con los otros dos grandes, por lo que los occidentales siguieron su particular línea de actuación, de la que se excluyó deliberadamente a los soviéticos. Aunque hay que reconocer que Stalin tampoco mostró demasiado interés en formar parte de una organización interaliada permanente. Esta actitud de ambas partes, condenadas a entenderse en su lucha contra el Eje y sus aliados, signiificaba que en principio, las operaciones contra el Reich se dirigían desde dos frentes separados, el oriental y el occidental. Ambos centros neurálgicos, que a pesar de todo tenían un objetivo común, la lucha contra el nazismo, desataron bastantes tensiones entre ellos. Por eso, la llamada «Gran Coalición» nunca estuvo coordinada, y Stalin lamentaba una y otra vez la tardanza en la apertura de un «segundo frente» que aliviase la presión sobre la URSS en el frente oriental, que había sido muy fuerte, aunque llegó un momento en que comenzó a aflojar, gracias en parte a la recuperación del Ejército Rojo. El segundo frente tardó lo suyo en abrirse, o bien porque los aliados anglonorteamericanos realmente no estaban preparados para ello, o bien, es que Churchill, sobre todo, deseaba debilitar lo más posible a Stalin, como viejo antibolchevique que era.

Es cierto que en todas las capitales aliadas (Londres, Washington, Moscú) los restantes paises de la Coalición estaban muy bien representados, ya fuese por diplomáticos, militares, ya fuese, por supuesto, por los sempiternos espías, que podían pertenecer a uno u otro estamento o ser espías profesionales y de postín, en algunos casos. Los aliados occidentales y los soviéticos lucharon contra los nazis, pero no como fuerza unificada, sino que actuaron en paralelo. Stalin, llegado el momento oportuno apostó por ocupar la mayor parte de Europa oriental que pudo para luego presentarse antes sus aliados desde una posiición de fuerza, como efectivamente ocurrió después.

Churchill y Roosevelt se reunieron en total en nueve ocasiones (Terranova, Washington, Casablanca, Washington otra vez, Quebec, El Cairo, Teherán, Quebec, otra vez, Yalta). Stalin acudió a dos de estas «cumbres» interaliadas: Teherán y Yalta. Y una vez más, Postdam reunió a los «Tres Grandes» tras el final de la guerra en Europa, pero ya sin Roosevelt, que había fallecido en abril de 1945. Su lugar fue ocupado por el nuevo presidente USA, Harry Truman.

¿Como lo consiguió?

La oratoria de Hitler¿Cómo fue posible que Hitler engatusara a una nación entera y llevará a millones de personas a la muerte?.

Porque, es cierto, que siempre hay fanáticos que siguen a cualquier mesías que dice lo que uno quiere oír. Pero este caso es distinto. Para explicar mejor lo que quiero decir, voy a transcribir lo que escribe Albert Speer, arquitecto del Reich y uno de sus pocos amigos de verdad. Esto lo escribió en sus memorias antes de conocer a Hitler. «… Pero aquel día se presentó con un traje azul de buen corte, demostrando una llamativa corrección burguesa; todo esto subrayaba la impresión de que era un hombre capaz de adaptarse a cualquier ambiente que le rodeara.

Con aire de rechazo, intentó acabar con aquellas ovaciones, que duraron largos minutos. Después cuando comenzó a hablar en voz baja, vacilante y con cierta timidez, no precisamente pronunciando un discurso sino exponiendo una especie de conferencia histórica, este hombre despertó en mí algo que me gano para él; tanto más cuanto que todo era completamente contrario a lo que yo había esperado en razón de la propaganda hecha por el enemigo: un demagogo frenético, un fanático vociferador y gesticulante vestido de uniforme. Tampoco los estruendosos aplausos hicieron abandonar su tono doctoral.

Su ironía estaba atenuada por un humor del que tenía conciencia. La timidez inicial de Hitler no tardo en desaparecer alzaba veces el tono de su voz y hablaba con energía y sugestiva fuerza de convicción. Esta impresión era mucho más profunda que el discurso en sí, del cual no me quedo gran cosa grabada en la memoria.

Además, me encontré arrastrado también por el entusiasmo que, de frase en frase, llevaba en volandas al orador, podría decirse que de una manera física.

Al final de su exposición, Hitler no parecía hablar ya para convencernos; más bien parecía estar convencido de expresar lo que esperaba yo de él.

«… Lo que de él esperaba el público convertido en masa. Y, como si se tratara de la cosa más lógica del mundo, llevar por donde se quisiera a los estudiantes y una parte del profesorado de las universidades más grandes de Alemania. Y eso que en esta ocasión no era todavía el soberano absoluto, acorazado contra toda crítica, sino que se encontraba expuesto a ataques procedentes de todos lados.»

Una oratoria brillante entra en sintonía con los cerebros del auditorio y puede producir la magia de la obnubilación.

¿Es esta la razón que hizo que Hitler se hiciera con el poder?. No. Como siempre, fueron muchos los factores que entraron en juego. Pero indudablemente tuvo una importancia vital para arrastrar al pueblo alemán.

¿Ha ocurrido esto con los grandes dictadores de la humanidad? No.

Si analizamos algunos. Stalin consiguió hacerse con el poder medrando dentro del partido y eliminado a sus competidores.

Napoleón lo logró ganando batallas. César y Augusto de la misma manera. De la misma forma Alejandro Magno, Ghengis Kahn, etc…Hitler fue distinto.

Las proposiciones de Röhm

Las proposiciones de Röhm. Ernst Röhm, jefe de las SA
Ernst Röhm, jefe de las SA

Uno de los momentos de mayor importancia en todo el proceso de formación del Estado nacionalsocialista fue la «noche de los cuchillos largos». ¿Qué motivó esta terrible depuración?. Pues el pensamiento y las proposiciones de Röhm, inaceptables para Hitler y el resto de su camarilla.

Estamos acostumbrados a oír hablar de las purgas de Stalin y de Mao. Los nazis no se caracterizaron por este tipo de actuaciones, excepto en esta ocasión. En los inicios del partido Ernest Röhm era compañero de Hitler, con quien luchó codo a codo para ganar adeptos. Röhm se encargó de grupo paramilitar de las camisas pardas, las SA (Sección de Asalto), con la intención de que sustituyeran al ejército alemán. Pero Röhm también era el ala izquierda del partido, y quien introdujo en sus filas a numerosos parados y marginados de aquel momento.

Himmler y Goering observaron que el poder de Röhm era muy grande ya que manejaba un colectivo de casi un millón de hombres armados que le eran fieles. Hitler vio peligrar su supremacía y aconsejado por el resto decidió acabar matando a los cabecillas de las camisas pardas.

El 30 de junio de 1934 las SS entraron en las habitaciones donde dormían muchos de los oficiales de este ejército pardo, matándoles sin piedad. A Röhm fue el propio Hitler el que fue a detenerle. Después algunos oficiales de las SS le entregaron una pistola para que se suicidase, cosa que no hizo. Entonces ellos dispararon contra él. También en esa purga se mató a Schleicher, el anterior canciller alemán. Y a Gregor Strasser, fundador del partido nazi.

¿Qué es lo que Röhm le echaba en cara a Hitler?

1.- haber traicionado el espíritu revolucionario que llevó el partido al poder.

2.- haber hecho promesas de seguridad a los grandes capitales. (Nada de subidas de sueldo, nada de huelgas)

3.- haberse asociado con el estado Mayor Alemán, permitiendo un ejército de clase.

¿Qué propuso Röhm?

1.- Una segunda revolución, apoyada por millones de SA.

2.- Socialización de la economía y de los medios de producción.

3.- Eliminación del gran capital.

4.- Desaparición de los latifundios.

5.- Disolución del estado Mayor.

6.- Creación, tomando como base las SA, de un ejército popular, semejante en casi todo al ejército rojo de Trosky.

Hitler no podía aceptar estas premisas claramente bolcheviques.

Código de los Rehenes

Código de los rehenes. Un gendarme francés saluda a un oficial alemán en ParísLos alemanes en la conquista de los países ocupados tenían un sistema cruel, pero infalible, para evitar atentados contra miembros del ejército de ocupación. Era el llamado “código de los rehenes”, por el cual se consideraba rehenes a todas aquellas personas detenidas por cualquier causa: pertenencia a grupos anarquistas, comunistas, etc…

Los rehenes podían ser fusilados si se producía un atentado contra los miembros del ejército alemán, despreciando el artículo 50 del Convenio de la Haya que prohíbe la toma de rehenes.

Esta brutal medida se endureció todavía más en 1942 con la publicación del siguiente aviso:

“Los familiares varones más próximos, hermanos políticos y primos de los agitadores, que hayan cumplido los dieciocho años serán fusilados”

“Todas las mujeres unidas a los culpables por los mismos grados de parentesco, serán condenadas a trabajos forzados”

“Los hijos de todas las personas arriba mencionadas, menores de dieciocho años, serán ingresados en una casa de corrección”

Esta medida fue sobre todo ejercida en la Francia ocupada. Eliminó de una manera eficaz cualquier conato de atentado.

El atentado de Bürgerbräukeller

Atentado de BürgerbräukellerEl atentado de Bürgerbräukeller tuvo lugar en Munich, pero fue fallido. Cerca de la frontera suiza, la Gestapo detuvo a un ebanista de Múnich, que tenía una postal de la famosa cervecería muniquesa con una X en el sitio donde fue puesta una bomba para matar a Hitler, mientras daba un mitin. Pero la explosión se produjo minutos después de que el Führer se fuera. Elser reconoció ser el autor del artefacto, y se jactó de haber inventado una espoleta retardada con una programación de 10 días. Fue internado en Dachau, aunque fue muy bien tratado. La espoleta tenía un cable para ser detonada a voluntad desde lejos. Esto hace sospechar de que esta operación fue un montaje de la Gestapo, como propaganda. Se explotó cuando ya habían salido. Himmler mandó matar a Elser en 1945 cuando quedaba poco para acabar la guerra. No había que dejar cabos sueltos.

Los Estados bálticos en junio de 1940

Los Estados bálticos en junio de 1940. Miembros de la guerrilla estonia
Miembros de la guerrilla estonia

Los Estados bálticos en 1940 eran independientes. Pero Stalin era un digno sucesor de sus predecesores zaristas, y nunca olvidaba cuando le hacían alguna picia. Trotski, su antiguo camarada, fue testigo de ello. Él y muchos más. Era un imperialista declarado, por mucho que hablase de cosas como la doctrina del «socialismo de un solo país«, nacida al mismo tiempo que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1924. Los rusos habían perdido territorios del viejo imperio de los zares a consecuencia del Tratado de Versalles. Por entonces, el presidente norteamericano Wilson había lanzado su propia doctrina de «autodeterminación nacional«, que no gustó nada a los nuevos dirigentes bolcheviques. Pues es a este ideario wilsoniano al que se habían aferrado como a un clavo ardiendo numerosos líderes del centro y este de Europa después de 1918 para mantener u obtener autonomía e independencia respecto a las potencias que habían salido peor paradas de la Gran Guerra de 1914-1918: los imperios ruso, alemán y austro-húngaro. Cuando los bolcheviques ganaron la guerra civil rusa a los partidarios del Zar, Stalin había sido nombrado en su día por Lenin comisario para las nacionalidades. Una vez liquidado el conflicto interior, el Ejército Rojo trató de reconquistar las antiguas provincias zaristas desgajadas del gigantesco imperio de los Romanov. El imperialismo ruso, a pesar del cambio de régimen, no había perdido un ápice de su fuerza de siglos pasados. Los comunistas eran tan imperialistas como los zaristas. Así que los rusos volvieron a ocupar Ucrania, Bielorrusia, y los territorios del Cáucaso, Asia Central, Siberia y Mongolia Exterior, que se habían independizado aprovechándose de las circunstancias y del mal momento que atravesaba el poderío ruso.

Pero hubo algunos territorios que no fueron reconquistados en los años 20. Y Stalin se guardó la venganza para más tarde. Los dirigentes soviéticos, con Stalin a la cabeza, consideraban Polonia, Finlandia, Estonia, Lituania y Letonia como parte del sagrado suelo ruso (y eso que Stalin era de origen georgiano, un territorio caucásico). En la primavera de 1940, Polonia y Finlandia ya habían sido objeto del ataque y victoria del Ejército Rojo, pero con serias dificultades, sobre todo en el caso finés. Polonia, repartida con los alemanes. Finlandia, a pesar de su resistencia  y haber ocasionado grandes bajas al ejército soviético, perdió parte de su territorio.

Quedaban indemnes aún los Estados Bálticos en 1940, que todavía permanecían independientes, como miembros soberanos de una maltrecha Sociedad de Naciones, a la que ni alemanes ni soviéticos respetaban demasiado, la verdad sea dicha. Los Estados bálticos no eran de cultura rusa. Incluso religión e idioma nada tenían que ver con los rusos. Los zares los habían engullido en viejas y olvidadas guerras de Rusia contra Suecia y Polonia, y como consecuencia de tratados que nadie recordaba. Ni los ocupantes, ni la población nativa. Estonia y Letonia formaron parte durante siglos de la corona sueca y eran de religión mayoritariamente protestante. Lituania era predominantemente católica y durante muchos años formó una potente asociación política con Polonia. Pero los tres Estados contaban con importantes minorías judía y alemana. Ninguno de ellos quería saber nada de la Unión Soviética. Lo malo es que los soviéticos sí que querían saber de ellos. Aún más, querían recuperar lo que consideraban suyo. Imperialismo obliga…

Durante la campaña de Polonia de septiembre de 1939, la que abrió la Segunda Guerra Mundial, ya sabemos que soviéticos y alemanes atacaron al alimón y se repartieron la desgraciada república polaca. El Ejército Rojo había arrebatado la ciudad de Wilmo (Vilna) a Polonia y Stalin se la había regalado a Lituania. Los lituanos no se dieron cuenta en aquel momento, pero el regalito estaba envenenado, pues les hizo bajar la guardia ante un hipotético ataque soviético. Tras las dificultades del Ejército Rojo en la guerra de Invierno contra Finlandia, Stalin prefirió utilizar la astucia más que la fuerza, situando en principio un numeroso contingente militar en las fronteras de los tres pequeños países bálticos. Y como hizo con Finlandia anteriormente exigió concesiones, en forma de territorios y bases militares. Por último ordenó a los comunistas de los tres países que solicitaran «protección a Moscú frente a la agresión extranjera«. Los gobiernos bálticos dudaron y los soviéticos aprovecharon para entrar y restaurar el orden, tras lo cual el NKVD realizó sus famosas purgas, que acabó con la cuarta parte de la población de estos países. Tal fue el precio de la «protección» soviética. Pero es que después llegaron los nazis, dentro de su plan de invasión de la Unión Soviética, la Operación Barbarroja. Posteriormente los soviéticos volvieron a ocupar los Estados bálticos, que no recuperaron la independencia hasta después de la desintegración de la Unión Soviética, ya en 1991.

La operación Greif

Operación Greif. Otto Skorzeny
Otto Skorzeny

La Operación Greif fue una acción organizada por el SS Otto Skorzeny (famoso por ser el que consiguió rescatar a Mussolini) a fin de apoyar la ofensiva desesperada de von Rundstedt en las Ardenas en diciembre de 1944. La operación Greif puso en acción a más de 3000 miembros de las SS disfrazados con uniformes estadounidenses dotados de carros «Sherman», de camiones y de jeeps del mismo origen. Encargados de sembrar la confusión en las líneas aliadas, en las que lograron penetrar profundamente y efectuar los más audaces actos de sabotaje.

La maquinaria de guerra de Estados Unidos

La maquinaria de guerra de Estados Unidos

Si en 1939 la industria militar norteamericana era ínfima, en 1945 era superlativa. La situación de 1939 era hasta cierto punto lógica, ya que EEUU vivía en una situación de aislacionismo. Nadie pensaba en guerrear ni existían planes gubernamentales de rearme. «Lo que pasa en Europa, se queda en Europa», debieron pensar los norteamericanos. No fue hasta finales de 1941, cuando el ataque (¿inesperado?) de los japoneses a Pearl Harbour, despertó al gigante dormido, que pasó de una economía de paz a una de guerra. «¡En qué momento!», debieron pensar los japoneses poco después de hundir parte de la flota de EEUU en el Pacífico. La maquinaria de guerra de Estados Unidos se puso en marcha, a velocidad de crucero, para desgracia de las potencias del Eje. Y alegría de los británicos, ahogados hasta ese momento. Y quizás también de los soviéticos…

El cambio en la industria armamentística de EEUU fue espectacular, tanto, que después de la guerra, no frenó y continuó su marcha imparable en un ambiente de «guerra fría» compartida con sus viejos aliados de la URSS. Las fábricas de automóviles pasaron a producir tanques y demás carros de combate en lugar de utilitarios; los astilleros, acorazados y portaaviones en detrimento de los buques mercantes; las fábricas de aviones, cazas y bombarderos en vez de pacíficos aviones de pasajeros. El ritmo de fabricación se incrementó, dando lugar a un aumento espectacular de las unidades fabricadas. Evidentemente, el esfuerzo bélico americano necesitó ingente mano de obra, y vemos aquí como la Gran Depresión, por efecto de la guerra, se fue diluyendo paulatinamente. El paro disminuyó considerablemente entre la población, gracias a los que se alistaban en el ejército y a los que comenzaron a trabajar a destajo en las fábricas de armas, mujeres incluidas. «Nada como una buena guerra para acabar con la crisis y llenar nuestros bolsillos», debieron pensar muchos magnates americanos, agradecidos a la suerte con que el Cielo los había bendecido. Los resultados del esfuerzo norteamericano fueron espectaculares. Sirvan como botón de muestra estos ejemplos: en 1943, las fábricas de EEUU producían un tanque cada cinco minutos, un avión cada media hora y un portaaviones cada semana, según el historiador británico Norman Davies.

Fue una expansión industrial jamás conocida por la Humanidad, perpleja ante la inusitada violencia del conflicto, pero que tuvo consecuencias en el resto del mundo. Además de la producción, se incrementaron los efectivos humanos en el ejército, marina y aviación de manera espectacular. Se había acabado el aislamiento. Gracias al excedente material militar, los EEUU estuvieron en disposición de compartirlo (digamos, a precio módico) con sus aliados, incluidos los soviéticos. Pero gracias también al despertar del gigante norteamericano, EEUU pasó a detentar una posición dominante, sobre todo respecto a Gran Bretaña. Además el aumento de la producción de la industria armamentística norteamericana supuso un incremento de los ingresos en las arcas del Tesoro, un excedente que se utilizaría en la posguerra para la reconstrucción de Europa (plan Marshall, por ejemplo). Alemania no estuvo en condiciones de competir con la vasta maquinaria de guerra de Estados Unidos, puesto que su enorme esfuerzo en el frente oriental contra los soviéticos, estaba dejando exhausta a la industria germana (y a sus recursos humanos, más limitados que los norteamericanos y soviéticos), por mucho que algunos jerarcas nazis no quisiesen verlo. Aunque otros sí, como Himmler.

La maquinaria de guerra de Estados Unidos
Transporte de material bélico a través de Irán

El suministro bélico salvó de la quema a los británicos, pero también a los soviéticos, por mucho que los historiadores de la URSS tardasen décadas en reconocerlo, pues la propaganda es la propaganda y quedaba feo eso de decir que la gran potencia capitalista había ayudado a la gran potencia comunista. Pero lo cierto es que fue así, aunque no podemos saber el grado de contribución de la ayuda norteamericana a la victoria final soviética sobre la Alemania nazi. Es ciero que el Ejército Rojo se había recuperado de las devastadoras derrotas iniciales y en el invierno de 1942-1943, a partir de la batalla de Stalingrado, comenzó a darle la vuelta a la tortilla, antes de que la ayuda material americana fuese efectiva. Ya hubo intentos en 1941 de llevar convoyes a través del Ártico desde Gran Bretaña a Murmansk (ciudad portuaria del noroeste de Rusia), pero la travesía era peligrosa y muchos barcos fueron hundidos por los submarinos U-boot alemanes. La ruta que verdaderamente comenzó a funcionar a finales de 1943 era la que atravesaba Irán. Por aquí pasaron camiones militares, depósitos de gasolina, jeeps, aviones, munición, raciones, botas y uniformes procedentes de EEUU hacia sus aliados de la URSS. ¿Qué pensarían los soldados soviéticos cuando viesen en gran parte del material que utilizaban la famosa etiqueta del «Made in USA»?. Seguro que ni a los comisarios del PCUS ni a Stalin les hizo mucha gracia, pero les vino de perlas. Sin embargo, vuelvo a insistir que el esfuerzo de guerra soviético fue descomunal, tanto que hicieron retroceder a los alemanes hasta Berlín, antes de que llegasen los angloamericanos por el oeste. Pero ésa es otra historia.

La enorme producción industrial norteamericana y la subsiguiente recuperación económica del país incidieron en el campo de la ciencia y la tecnología. Quizás la contribución más importante fue soportar el coste astronómico que supuso el desarrollo de la bomba atómica (Proyecto Manhattan). Cuando los bombardeos y los sabotajes acabaron con el programa nuclear alemán, los americanos supieron que disponer de un arma tan terrible en sus manos era sólo cuestión de tiempo. No obstante, para cuando la bomba atómica estuvo lista para utilizarse, sin haber sido probada suficientemente, la guerra en Europa había acabado. Así que le tocó la china a Japón, que fue el país que la sufrió en sus propias carnes. Y de qué manera..

La posguerra europea.

La historia que define lo que es Europa ahora mismo, nuestra situación económica, social, política y, por supuesto, cultural, es la posguerra europea de la II Guerra Mundial. Los 10, 20 años posteriores a la victoria aliada son un periodo clave para comprender nuestra vida y, sin embargo, permanece para mucha gente en un limbo de desconocimiento.

Una vez conseguida la ansiada paz, el mundo se para. La destrucción y la muerte dan lugar a la valoración de daños y la consciencia del agotamiento mental, económico, físico y político. La guerra ha terminado y ¿ahora qué?

Este ¿ahora qué? fue especialmente grave después de la II Guerra Mundial y se prolongó durante muchos años. La unión de los aliados se deshizo en el aire tras la derrota de los alemanes y el nazismo. El enemigo era ahora el comunismo que, a su vez, se oponía al capitalismo occidental intentando que los países en la órbita soviética no cayeran bajo su influencia. La política, la economía, las fronteras, todo debía alinearse con un bando u otro. Nadie era nazi nunca más, pero había que decidir: o se era capitalista o se era comunista. Sin medias tintas.

La cultura y la ciencia también tomaron partido. Científicos e intelectuales se organizaron para promover las bondades culturales de uno u otro sistema de acuerdo con sus intereses o ideales.

Terminada la II Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió (aún más) en el motor del mundo occidental. Los préstamos y ayudas del llamado Plan Marshall sirvieron para reconstruir, reorganizar y volver a poner en marcha las economías europeas.

Este sentimiento de sospecha hacia los “angloamericanos” fue aprovechado por Stalin, en 1948, para crear el llamado Movimiento por la Paz en una reunión en Breslavia, Polonia, en un Congreso Mundial.

En el Movimiento por la Paz estuvieron involucrados intelectuales y artistas como Picasso, Louis Aragon, Neruda, Sartre y muchos más y su primer presidente fue Fréderic Joliot-Curie, Premio Nobel de Química en 1935 y esposo de Irene Curie. Los comunistas controlaban todos los movimientos, las publicaciones y las actividades del Movimiento y consideraban con desdén a las élites occidentales involucradas. Eran utilizados como “tontos útiles” que servían de vehículo para la propaganda de la política soviética.

El Movimiento por la Paz consiguió un cierto éxito en sus propósitos entre las élites europeas.

Se creó entonces el otro bando formado por intelectuales europeos que no querían que Stalin ganara la guerra de la propaganda y estaban dispuestos a encabezar una campaña “vendiendo” las bondades de la cultura occidental y del sistema capitalista.

En Berlín, en 1950, se fundó el Congreso para la Libertad Cultural. Se eligió la ciudad alemana para demostrar que su lucha era contra los soviéticos y que Berlín se consideraba territorio del bloque capitalista a pesar de su división.

Bertrand Russell, Benedetto Crocce, Steibenck o Julian Huxley, biólogo y primer presidente de la Unesco formaron parte de este movimiento. Muchos excomunistas, como Koestler o Margarete Buber-Nueman se fueron sumando poco a poco.

Si el Movimiento por la Paz tenía detrás al omnipotente partido comunista soviético, el Congreso para la Libertad Cultural contaba con el respaldo político y económico de la CIA.

Las batallas culturales se dieron en todos los ámbitos: la proyección de películas, los programas de radio, las obras de teatro, las revistas. Una de las más importantes fue la llamada “Batalla del Libro”. Intelectuales comunistas recorrieron ciudades de provincias de Francia, Bélgica e Italia vendiendo y firmando libros y dando conferencias. La idea era vender el concepto de que el comunismo representaba la cultura europea frente a la cultura americana que venía impuesta por un “invasor”.

Los Estados Unidos contraatacaron estableciendo más de 65 Casas de América por toda Europa en las que se podían consultar libros, revistas y periódicos americanos. Fue en este momento cuando el inglés sustituyó al francés como segunda lengua en países como Austria.

La cultura americana era un imán muy potente. Ni los intentos desesperados de los comunistas por acabar con ella, ni los torpes y obvios movimientos propagandísticos de los propios americanos consiguieron acabar con su atractivo.

Ni la cultura, ni el arte ni la ciencia pueden ser apolíticos ni neutros porque las personas no lo somos.