Matanzas difíciles de entender

Incluso en un conflicto de amplitud y crueldad extrema como fue la Segunda Guerra Mundial, se dieron casos de matanzas difíciles de entender, a pesar de que el hombre es un animal capaz de lo peor (y de lo mejor) sobre todo en un entorno de brutalidad como fue la mayor guerra que los hombres han conocido. Dentro del ambiente del combate existen soldados o civiles armados que, ya sea por embriaguez, desesperación o por pura depravación cometen barbaridades que ni siquiera las leyes de la guerra pueden admitir. El historiador Norman Davies se hace eco de varios casos, que vamos a detallar brevemente a continuación, y a los que yo voy a añadir otro más cometido por las tropas aliadas occidentales. Hay atrocidades que sobrepasan los límites de la comprensión humana.

Matanzas difíciles de entender. Oradour-sur-Glane
Matanzas difíciles de entender. Oradour-sur-Glane

Estamos en el día 10 de junio de 1944. Por tanto las tropas aliadas ya han desembarcado en Normandía y se desparraman por la región en busca de la liberación de Francia. Pues he aquí que la división panzer «Das Reich», compuesta por miembros de las SS, trata de alcanzar Normandía desde el suroeste de Francia. En estas estamos cuando una compañía del regimiento «Der Führer» se dejó caer en el pueblo de Oradour-sur-Glane e hicieron una escabechina terrible, pues quemaron vivos a sus habitantes, entre ellos algunos refugiados republicanos españoles. Murieron 642 personas y el pueblo quedó calcinado. ¿Por qué este horror? ¿Qué tipo de locura se adueñó de los soldados? El responsable último de la matanza, el capitán de la compañía, falleció poco después en Normandía y no pudo ser interrogado. La división estaba enormemente frustrada pues avanzaba con gran lentitud por Francia a consecuencia de las emboscadas y sabotajes a los que les sometía la Resistencia. Un oficial de la división, muy popular entre la tropa había sido secuestrado el día anterior, y se suponía que había sido ejecutado por el maquis, que extendía de esta forma el terror de la guerra de guerrillas. Existían discusiones entre los soldados sobre el reparto del botín adquirido por medio del saqueo. Muchos debieron sentir que se les estaba yendo la cabeza y que algún día tendrían que pagar ante un tribunal disciplinario. Y la tomaron con la gente del pueblo de Oraudour, que acabó pagando todas juntas las frustraciones de los soldados alemanes. ¿Fue así realmente? ¿Los soldados alemanes perdieron la cabeza por estos hechos? Nunca los sabremos.

En agosto de 1944 también se produjeron barbaridades en el contexto del Levantamiento de Varsovia. Especialmente sucedieron en los barrios de Wola y Ochota, donde menudeaban las fábricas, los edificios públicos, hospitales y viviendas de bajo coste. El problema era que se encontraban en mal lugar y en mal momento. Por allí pasó el Grupo de Asalto de las SS cuando se dirigían desde las líneas alemanas en los suburbios de Varsovia hacia el centro urbano, controlado por los rebeldes. No sabemos por qué razón, en lugar de enfrentarse al Ejército del Interior polaco, que era el que les disparaba y el que en realidad se oponía a su avance, el Grupo sufrió una especie de ira colectiva que le llevó a descargar toda su saña y rabia acumuladas contra la población civil, perpetrando contra ella todo tipo de atrocidades durante varios días. Algunos ejemplos de la locura alemana: reunieron  a una multitud de hombres y mujeres en el patio de una iglesia y los ejecutaron con ametralladoras; descuartizaron a otros muchos con sables y bayonetas, incluidas mujeres embarazadas; invadieron a sangre y fuego los hospitales de la zona, acabando con los pacientes y mutilando al personal sanitario; cortaron en trozos a numerosos niños y por último, y para rematar la faena, incendiaron las calles convertidas en ríos de sangre. Entre cuarenta y cincuenta mil polacos fueron víctimas de un grupo enloquecido de convictos alemanes y desertores rusos especialmente crueles que se dieron el gustazo de matar a la gente con los métodos más crueles que se les ocurrieron. De nuevo pregunto, ¿cómo explicar esta orgía de sangre, ferocidad y sadismo?

Matanzas difíciles de entender. Familia asesinada en Nemmersdorf
Matanzas difíciles de entender. Familia asesinada en Nemmersdorf

Otro ejemplo más de la sinrazón del ser humano. En octubre de 1944, se produjo en la frontera de Prusia Oriental otra de esas matanzas difíciles de entender. Hasta aquí llegó el arrollador avance del Ejército Rojo. El 21 de este mes, un grupo de soldados soviéticos se acercó al pueblo alemán más cercano, Nemmersdorf, lo arrasó, masacrando a sus habitantes y retirándose por donde habían venido. Los alemanes llegaron allí dos días después y fotografiaron los despojos del exterminio. Al ministro de Propaganda nazi J. Goebbels no se le ocurrió otra cosa que dar publicidad a las bestiales imágenes para mostrar a su pueblo de lo que eran capaces las hordas soviéticas con el ánimo de que los habitantes de los lugares por donde pasaban el Ejército Rojo se defendiesen hasta la extenuación. Pero Goebbels se equivocó en esta ocasión. Cuando la gente vio en la prensa nazi las fotos de mujeres alemanas desnudas y crucificadas a las puertas de los establos, dijeron «pies para que os quiero» y abandonaron sus hogares. Para más inri, corrió el rumor de que la masacre había sido obra de los propios nazis, como un acto de propaganda más ante el propio pueblo alemán. Pero nunca se sabrá.

Matanzas difíciles de entender. Masacre de Dachau
Matanzas difíciles de entender. Masacre de Dachau

Nadie está libre de tirar la primera piedra en esto de las matanzas difíciles de entender. También los soldados aliados occidentales cometieron sus propias matanzas, menos difundidas por ser los vencedores y los representantes de las democracias liberales que se enfrentaron en la Guerra Fría al antiguo aliado soviético. Por ejemplo, la denominada Masacre de Dachau, en la que un grupo de soldados norteamericanos de la 45ª División de Infantería mataron en el campo de concentración de la ciudad a entre 50 y 100 soldados alemanes que se habían rendido. El hecho tuvo lugar el 29 de abril de 1945, cuando la guerra en Europa estaba a punto de terminar. Nada así es justificable, pero en este caso, la masacre se produjo una vez que los soldados estadounidenses se encontraron fuera del campo de concentración con vagones de carga repletos de cadáveres en estado de descomposición. Otros muchos muertos fueron encontrados dentro del campo, ejecutados horas antes de la captura de Dachau por los aliados. Ante la vista de tal perversidad e ignonimia, algunos soldados debieron perder la cabeza y se liaron a tiros con los prisioneros alemanes, presuntos responsables a su vez de la barbarie cometida sobre los internos del campo de concentración. Casos como estos debieron darse por centenares. Una locura colectiva en la que es difícil mantener la cabeza fría. En los actuales conflictos que los analistas denominan «de baja intensidad», estos casos deben producirse un día sí y al otro también, generando millones de refugiados.

Héroes de guerra

Las guerras sacan lo mejor y lo peor del ser humano. En el fragor del combate o durante la tensión de la situación bélica cada cual reacciona como puede, y nunca se sabe cómo va a ser. Alguno trata tan solo de conservar la vida, otros se derrumban ante la inminencia de la muerte, otros incluso se suicidan al no poder soportar la tensión del momento… Pero existen unos cuantos más, una minoría que hace más de lo que sus superiores, sus compañeros o sus conciudadanos, y por qué no, sus enemigos, esperan de ellos. Esta minoría se descuelga con una acción temeraria, valiente, o simple y absurdamente audaz y arriesgada, pero que logra un objetivo que no estaba dentro de la mente de aquel que lo ejecuta, Simplemente, inmerso en la tensión del combate o de una situación extrema, ha reaccionado así. Una reacción que esta misma persona ni siquiera esperaba. Pues bien, estos son los héroes, los héroes de guerra, aquellas personas que demuestran un valor y un arrojo fuera de lo común y de lo esperado por todos. Como en todos los conflictos. y en éste de la Segunda Guerra Mundial, el mayor de todos, no podía ser menos, hay héroes que lo dieron todo por su patria, por sus camaradas de combate o, simplemente, por salvar su vida, en aras de un instinto de supervivencia más desarrollado que en otros miembros de la especie humana. Algunos sobrevivieron al momento cumbre de su acción, pero otros no. Veamos algunos ejemplos de estos héroes de guerra.

Audie Murphy

El teniente Audie Murphy (1924-1971) fue el soldado estadounidense más condecorado de la guerra: 33 medallas por obtener él solo su posición en el pueblo alsaciano de Holzwihr, donde aguantó carros y carretas con su ametralladora dentro de un vehículo en llamas, disparando a diestro y siniestro contra todo un regimiento alemán que trataba en vano de acabar con su resistencia suicida. Aunque a consecuencia de sus acciones heroicas, fue presa de una enfermedad psíquica conocida como estrés postraumático, fue capaz de recuperarse y protagonizar una cincuentena de películas, muchas de ellas del género western, además de dos muy especiales: «La roja insignia del valor«, dirigida en 1951 por John Huston, y «Al infierno de ida y vuelta«, basada en la propia experiencia autobiográfica de Murphy. Falleció prematuramente, ironías de la vida, en un accidente aéreo en 1971.

El conde alemán Hyacinth von Strachwitz (1893-1968) sobrevivió a dos guerras mundiales, realizando actos heroicos en ambas. En septiembre de 1914 su unidad de caballería en la batalla del Marne rompió las líneas francesas y se presentó ante París. No contento con esta acción, en 1942 el grupo panzer en el que servía fue el primero en divisar y alcanzar Stalingrado. Recibió la cruz de caballero con hoja de robles y espadas.

Alexander Matrosov (1924-1943) no sobrevivió a su heroica acción de guerra. Era un joven soldado soviético que encontró la muerte al interponerse entre una ametralladora alemana y sus propios compañeros.

Héroes de guerra. Douglas Bader
Douglas Bader

Pero fue entre los pilotos de caza donde se dio el mayor número de héroes, habida cuenta del trabajo individual y arriesgado que acometían en los cielos. A Douglas Bader (1910-1982) se le atribuyen 23 derribos, pero lo más impresionante de su caso es que fue un as de la aviación que carecía de piernas, tras perderlas en un accidente de aviación antes de la guerra. Combatió en la batalla de Inglaterra. En agosto de 1941 colisionó contra otro aparato en los cielos de Francia, pero aún siendo inválido, fue capaz de saltar en paracaídas y salvar la vida. Apresado por los alemanes, pasó el resto de la guerra en la prisión militar de Colditz. Su azarosa vida fue llevada al cine en 1956: la producción británica «Proa al cielo«, protagonizada por Kenneth More.

Hans-Ulrich Rudel (1916-1982) fue un aviador alemán que también sobrevivió a la II Guerra Mundial y que pasa por ser el mayor de los héroes de guerra germanos. Pilotaba un Junkers JU-87 Panzerjäger («Cazatanques»), con 2530 misiones de combate a sus espaldas en territorio soviético. Destruyó tal cantidad de tanques, camiones, baterías y aviones enemigos, que los soviéticos ofrecieron una jugosa recompensa por su cabeza. La verdad es que debió ser un hombre fuera de lo común. Una de sus mayores proezas, si no la mayor, es que en una ocasión en que se vio forzado a aterrizar en territorio enemigo, logró escapar cruzando a nado las heladas aguas del río Dniéster, y no contento con tal hazaña, caminó descalzo más de 50 km para regresar a las líneas alemanas. Después de la proeza, sufrió la amputación parcial de su pierna derecha, pero como su colega británico Bader, eso no fue impedimento para su espectacular carrera, pues también utilizó prótesis. En 1945 las autoridades alemanas tuvieron que inventar una nueva condecoración para un aviador tan extraordinario: la cruz de caballero con hojas de roble en oro, espadas y diamantes. Tras la guerra, trabajó como instructor de esquí, pero antes alcanzó como alpinista discapacitado la cumbre del pico Aconcagua, la montaña más alta de América.

Héroes de guerra. Hans-Ulrich Rudel
Hans-Ulrich Rudel

Los soviéticos tiene también entre sus héroes de guerra un aviador del mismo pelaje que Rudel, pero peor tratado por sus compatriotas. Se trata del piloto de caza Mijaíl Petrovich Devyataev (1917-2002), que también sobrevivió largamente a sus hazañas bélicas. A consecuencia del duelo aéreo con dos aparatos alemanes en junio de 1944, tuvo que saltar in extremis en paracaídas, pero con tan mala suerte que al aterrizar se fracturó una pierna. Los alemanes lo apresaron y enviaron a un campo de prisioneros hasta acabar como trabajador esclavo en el centro de pruebas de cohetes de la isla de Peenemünde, donde trabajó desactivando bombas. La situación vivida allí debió ser tan extrema que Devyataev llegó a la fatal conclusión de que o escapaba y moría en el intento o fallecería irremediablemente si permanecía en la fatídica isla. Así que, ni corto ni perezoso, en febrero de 1945, junto con varios compañeros tan desesperados como él, se hicieron con los mandos de un Hinkel bimotor, atravesaron el mar Báltico y aterrizaron con gran riesgo al otro lado de las líneas soviéticas, desde donde se le trató inútilmente de derribar, pues desde abajo lo único que se veía era un aparato enemigo que trataba imprudentemente de internarse en territorio soviético. Pero en la URSS no era tan fácil entrar en la nómina de los héroes de guerra cuando se había estado en poder del enemigo. El NKVD encarceló a Devyataev y sus compañeros, sometiéndolos interminables interrogatorios, pues estaba muy mal visto en la cúpula estaliniana aquello de caer prisionero en manos del enemigo, y encima, sobrevivir. Puesto en libertad en 1947, al ser un ex-prisionero, se le consideraba un paria de la sociedad soviética, a pesar de sus hazañas. Solo tras la muerte de Stalin fue reconocido como héroe de guerra.

Héroes de guerra. Mijail Devyataev
Mijaíl Devyataev

Archipiélago Gulag

Archipiélago Gulag es uno de los libros-documento más impresionentes e impactantes del siglo XX. Fue calificado en su día como «opinión y conciencia de la Unión Soviética». Su autor, el disidente soviético Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), antiguo capitán del Ejército Rojo, combatiente en la Gran Guerra Patria (el nombre que se le dio en la URSS a la IIGM), concibió el libro como una obra monumental, por la que desfilan infinidad de destinos trágicos, desde los más humildes campesinos, hasta los más poderosos jerarcas de la Nomenklatura soviética. Es uno de los más grandes libros escritos jamás sobre la URSS.

Alexander Solzhenitsyn fue condenado el 7 de julio de 1945 a 8 años en un campo de trabajos forzados correccionales. Así lo llamaban los miembros de la tenebrosa NKVD, la temida policía política de Stalin. ¿El motivo? Por propaganda antisoviética e intento de crear una organización antisoviética, según reza el escrito de condena de Solzhenitsyn.

«Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para con los que aún viven, podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando, pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente».

A. Solzhenitsyn (septiembre de 1973)

Archipiélago Gulag es una obra de imprescindible lectura para comprender, entre otras cosas, muchos aspectos de la estupidez humana, a veces, tan trágicos. Encarnados en esta ocasión en el Estado soviético bajo la égida de Stalin, un tirano que, como buen ídem, veía enemigos amenazantes en todas partes contra su poder omnímodo.

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar
El general Vlasov

Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar. Vlasovistas proviene de Vlasov, y ésta es su espeluznante historia. Andrei Andreievich Vlasov no pudo terminar sus estudios como seminarista en Nijni Novgorod. ¿La causa de su, digamoslo así, fracaso? Pues la Revolución de Octubre, ni más ni menos. Ingresó en el Ejército bolchevique como soldado raso en 1919. Ascendió pronto a jefe de pelotón y posteriormente a jefe de compañía. En 1930 ingresó en el PCUS, y en 1936 fue asesor militar de Chang Kai-shek en China. En principio, Vlasov no tenía buenos contactos en las altas jerarquías políticas y militares purgadas entre 1937 y 1938, por lo que tuvo la oportunidad de ascender al mando de una división en 1938. En 1940 recibió el grado de mayor general. Tras la citada purga del Ejército Rojo, Vlasov estaba considerado entre los más capacitados de los nuevos mandos. Preparó a conciencia desde el verano de 1940 a la 99 División de Tiradores. Cuando la Wehrmacht invadió la URSS, en el verano de 1941, el retroceso de las tropas soviéticas hacia el este no afectó a la recia división de Vlasov, que tuvo los bemoles de avanzar al contrario, hacia occidente, recuperando Peremyshl, donde se mantuvo 6 días aguantando la embestida alemana. Ascendido a teniente general, comandaba el 37º Ejército en Kiev, de donde pudo salir del asedio alemán. En diciembre de 1941, durante la defensa de Moscú, estaba al frente del 20º Ejército. Y en la contraofensiva por proteger la capital formaba parte de una pléyade de generales soviéticos entre los que ya destacaban Zhukov, Kuznetsov, Rokossovski, Leliushenko y Govorov. En aquellos meses trepidantes se ascendía con rapidez y celeridad.

Vlasov se convirtió en subjefe del Frente del Volga y posteriormente fue nombrado comandante en jefe del 2º Ejército, con el que inició el 7 de enero de 1942 un intento de ruptura del asedio de Leningrado (hoy San Petersburgo), con la ofensiva del río Voljov, en la cual participaron también los Ejércitos 4, 52 y 54. Pero estos tres últimos no avanzaron a tiempo para llevar a cabo la liberación del sitio de Leningrado. La gigantesca purga estalinista de 1937-38 había hecho mucho daño en la cúpula miltar, pues se había llevado al otro barrio a los militares soviéticos más experimentados y competentes, y sus sustitutos todavía no estaban preparados. A pesar de todo, el Ejército de Choque de Vlasov siguió erre que erre y en febrero de 1942 había avanzado 75 km entre las líneas alemanas. Pero al no recibir ni refuerzos ni munición, quedaron bloqueados a la espera del fin. Bloqueados, como Leningrado. El ejército de Vlasov, rodeado en zona pantanosa, que se desheló en abril de 1942, no recibió suministros ni por tierra ni aire. Aún así, Stalin le negó a Vlasov permiso para reitrarse. Así que Vlasov comenzó a jugar con la idea de pasarse al enemigo. Traidor  su pesar. Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar.

Durante dos meses, el Ejército de Vlasov agonizó, pasando una hambruna tremenda. A Solzhenitsyn (el célebre disidente soviético autor del demoledor documento «Archipiélago Gulag«) le contaron durante su cautiverio, en el que coincidió con algunos soldados de Vlasov, cómo raspaban los cascos de los caballos muertos, cadáveres en descomposición, cocían las raspaduras y se las comían. El 14 de mayo, los alemanes atacaron con violencia al ejército rodeado. Aún así, Vlasov y los suyos todavía intentaron romper el cerco, hasta inicios de julio. Sólo entonces recibieron la orden de retroceder a la otra orilla del río Voljov, algo que ahora ya se antojaba imposible. Vlasov y sus hombres fueron declarados traidores a la patria soviética. Pero Vlasov, tras perder la mayor parte de su ejército, no se suicidó, como le hubiese gustado al Padrecito Rojo, sino que deambuló por bosques y pantanos y se rindió el 6 de julio a los alemanes en la zona de Siverskaya. Los alemanes no daban crédito (todo un general del prestigio de Vlasov entregándose…) y le trasladaron a su cuartel general en Lötzen, en la Prusia Oriental, donde ya había algunos generales soviéticos prisioneros e incluso un comisario de brigada, todos figuras de segunda fila que habían abjurado de su lealtad al criminal régimen estaliniano (¡para ofrecérsela a otro régimen no menos criminal!). Pero ahora tenían a Vlasov, un primer espada soviético y que también expresó su disconformidad absoluta con Stalin. ¡Como para no hacerlo, después de las jugarretas de Stalin! Y se pasó al enemigo al enemigo con todas las consecuencias. ¡Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar!

Vlasov fue un ejemplo de que contra rusos lucharon otros rusos, y, según Solzhenitsyn, lo hicieron  «con más coraje que cualquier SS». Un ejemplo de este encarnizamiento lo cuenta el propio autor, que fue capitán del Ejército Rojo y encarcelado por hacer alguna apreciación no demasiado halagüeña sobre Stalin. Y no es guasa. El caso es que en julio de 1943, un grupo de rusos con uniforme alemán defendía la aldea de Sobakinskie Vyselki, donde peleaban con enorme determinación y desesperación. A uno de estos soldados «renegados» lo acorralaron en un sótano, al que atiborraron de granadas de mano. Se hacía el silencio, pero cuando algún asaltante intentaba penetrar, era recibido con una ráfaga de metralleta. El vlasovista se escondía en un foso más profundo, debajo del sótano, aturdido, desesperado, pero con el ánimo intacto para seguir combatiendo contra sus antiguos camaradas. El régimen estalinista había hecho un daño enorme en todos los estratos de la sociedad soviética.

Los vlasovistas prisioneros no podían esperar ningún tipo de misericordia de sus compatriotas. Si la rendición «pura y dura» ya se consideraba a ojos de Stalin una traición imperdonable a la patria, imagínense lo que se pensaba de aquéllos que por uno u otro motivo, se pasaban al odiado enemigo nazi, y tomaban las armas contra sus compatriotas. Otro ejemplo. En Prusia oriental, los rusos soviéticos llevaban por un arcén de carretera a tres vlasovistas presos. Por la carretera apareció un tanque T-34. En el momento en que el carro blindado pasaba junto a ellos, uno de los prisioneros se escapó y se tiró bajo el tanque. Aunque el tanquista trató de evitarlo, el borde de la oruga del tanque lo aplastó. El pobre prisionero continuaba revolviéndose, la sangre le salía a espumarajos por la comisura de los labios. Había preferido una muerte de soldado a la ignominiosa ejecución por horca o disparo en la nuca que le esperaba en alguna oscura mazmorra por traidor. Como no podían esperar ninguna indulgencia, combatían con tanta desesperación. Otra vez sigo a Solzhenitsyn en sus memorias: «en nuestro cautiverio, igual que en el alemán, nadie lo pasaba peor que los rusos. Esa guerra nos descubrió que en la tierra no hay nada peor que ser ruso».

Aún así, la primera y la última acción autónoma del ejército de Vlasov fue contra los alemanes. Ahí les pudo su corazón ruso aunque supieran que estaban perdidos, ocurriese lo que ocurriese, por lo cual en sus momentos de ocio, le daban, pero bien dado, al vodka, para calmar su ansiedad. Desde las ofensivas de 1944, el Ejército Rojo había alcanzado los ríos Vístula y Danubio, en medio del desastre general alemán. El general Vlasov, a fines de abril de 1945 reunió cerca de Praga sus divisiones de rusos «traidores a la patria». El general de las SS Steiner se disponía a destruir la hermosa capital checa, antes que entregarla al Ejército Rojo. Vlasov se puso al lado de los checos sublevados ¡en contra de los alemanes! Toda la rabia contenida, acumulada contra los alemanes durante los tres años de servidumbre por los vlasovistas, fue descargada con tal violencia que expulsaron a los alemanes de Praga (el Tercer Reich ya hacía días que se había rendido). ¡Sea como sea, Rusia es Rusia! Sí, Praga fue liberada por los rusos del yugo alemán…pero…¿qué rusos? No fueron los del Ejército Rojo, fueron los vlasovistas, que supongo que querían ganar puntos ante los americanos, a quienes pensaban rendirse.

Muy poco después de esta acción, el ejército de Vlasov trató de rendirse a los americanos, pero éstos le recibieron con enorme hostilidad y forzaron la rendición a los soviéticos. No tenían opción, ni unos ni otros, pues esto había sido previsto en la Conferencia de Yalta. Fue una entrega de rusos al mando soviético, como la que propició Churchill de 90000 cosacos, también considerados traidores a la madre patria, en mayo de 1944. Otra consecuencia de los tratados secretos entre los aliados occidentales y los soviéticos.

Durante décadas, la palabra «vlasovista» sonó en la URSS como «basura», razón por la que nadie se atrevió a pronunciar ninguna frase con tan deleznable adjetivo. Solzhenitsyn recuerda en su obra las aventuras y desventuras de los vlasovistas y grupos similares (prevlasovistas, cosacos, musulmanes, bálticos…): centenares de miles de jóvenes entre los 20 y 30 años que pelearon desesperadamente contra sus compatriotas aliados con su peor enemigo, el nazismo. El mismo Solzhenitsyn se permite una profunda reflexión: «Quizás debamos recapacitar: ¿quién es más culpable, estos jóvenes o la vetusta patria?».

Vlasov acabó malamente, como era de esperar. Fue juzgado y sentenciado a muerte en Moscú. Fue ahorcado el 2 de agosto de 1946. Muchos soldados de Vlasov, enviados a la URSS, fueron ejecutados con ametralladoras al bajar de los trenes que los transportaban. Otros, enviados al Gulag (los campos de concentración soviéticos), condenados a trabajos forzados de por vida. En 1955 (ya había muerto Stalin), se perdonó la vida a varias decenas de miles que todavía sobrevivían. Vlasov y los vlasovistas, traidores a su pesar

Los servicios médicos en la Segunda Guerra Mundial

La Cruz Roja, fundada allá por 1863, se ocupaba del tratamiento de los heridos en combate de todas las nacionalidades intervinientes en el brutal conflicto. Pero también de prevenir enfermedades, sobre todo venéreas. Pues las enfermedades de transmisión sexual (ETS) eran muy frecuentes, demasiado, en todos los frentes. Por ello, los servicios médicos en la Segunda Guerra Mundial y los estados mayores de todos los ejércitos en combate se preocuparon muy mucho de su prevención y cura, y para ello fomentaron buenas prácticas de higiene y control de la prostitución. O al menos, lo intentaron. La tuberculosis y el tifus fueron enfermedades muy extendidas sobre todo entre los prisioneros de guerra.

Los investigadores se afanaban en buscar remedios, y en 1940 fue descubierta la penicilina en el Reino Unido, que se puso a disposición de los soldados tres años después, lo que supuso una disminución drástica de fallecimientos por heridas de guerra, que curaron y cicatrizaron con gran eficacia. Otros avances fundamentales en la medicina militar fueron las transfusiones sanguíneas, la cirugía de campaña, la anestesia, la cura de quemaduras, le medicina aeronáutica y la psiquiatría militar, tan necesaria en situaciones tan extremas.

El Real Cuerpo Médico del Ejército británico (RAMC) se puso a la cabeza de la investigación médica, sobre todo de las enfermedades tropicales. Junto con el Real Cuerpo de Enfermería del Ejército, instauró un sistema de Puestos Sanitarios por Regimientos (RAP), Puestos de Atención Médicos Avanzados (ADS), que favorecieron la evacuación de heridos en vehículos motorizados y una malla de hospitales de campaña.

El tema de la  prostitución fue muy delicado. Se trataba de controlar la tensión sexual de cientos de miles de soldados en una edad donde las hormonas están en plena efervescencia y necesitan satisfacer sus deseos físicos más perentorios. A los soldados británicos del Cuerpo Expedicionario en Francia les privaban las prostitutas francesas. Por ello, el general Montgomery se vio en la necesidad de inspeccionar la higiene de los burdeles para tratar en la medida de lo posible la transmisión de ETS, aunque sus medidas profilácticas, muy actuales, en la época no estaban demasiado bien vistas, y se vio obligado a echarse atrás.

Al Ejército norteamericano en Europa le ocurría igual que a sus correligionarios británicos. Cuando se tienen veinte años y la sangre se altera, pues se altera de verdad y había que procurar aliviar tales ardores juveniles, aunque fuese en medio del mayor conflicto que hayan vivido los hombres a lo largo de su prolongada historia. Por ello, el general Eisenhower intentó aplicar una política de “no confraternización” con las lugareñas. Pero el hombre propone y la naturaleza dispone… El Ejército de los EEUU llevó a cabo un fuerte control, en la medida de lo posible, de la prostitución y de la profilaxis de enfermedades venéreas: vamos, facilitar condones a diestro y siniestro a sus muchachos y todas esas cosas. Dentro de una política segregacionista bien arraigada en el país a pesar de las consecuencias de la Guerra entre Estados de 1861-1865, el Cuerpo Médico del Ejército del Tío Sam y el Cuerpo de Enfermeras habilitaban dependencias diferentes para blancos y negros, no fuesen a contagiarse unos del color de otros.

En el Ejército alemán, que tenía varios frentes abiertos, cada división de la Werhmacht contaba con dos compañías médicas provistas de su propio hospital de campaña. Pero una cosa eran los problemas del peliagudo frente oriental y otra los del occidental. En el frente oriental, los médicos se encontraban en invierno con múltiples casos de miembros congelados que en el peor de los casos, había que amputar. En el invierno de 1942-1943, los aviones alemanes transportaron a los heridos del frente de Stalingrado a retaguardia mientras funcionaron los aeródromos. Desde 1942, los alemanes se aprovecharon de los avances británicos en cuanto a técnicas de transfusión de sangre al hacerse con un suero sanguíneo en un hospital militar británico en Tobruk. Durante los meses del hundimiento final alemán, la tasa de suicidios aumentó entre la soldadesca (y no digamos entre las jerarquías nazis) debido a la neurosis de combate.

Por lo que respecta a los soviéticos, el Ejército Rojo tenía un departamento de sanidad militar muy competente, con cirujanos y enfermeras con excelentes conocimientos sanitarios. Desde 1942, los ejércitos soviéticos contaron con servicios médicos móviles. Pero el resultado de la estrategia militar soviética arrojaba tan abrumador número de bajas, que era materialmente imposible atenderlos a todos con eficacia. En realidad, ni con eficacia ni sin ella. La evacuación de tan elevado número de heridos era poco eficaz, y los cirujanos militares trabajaban en condiciones infernales. En la batalla de Stalingrado, los heridos eran trasladados de una orilla a otra del río Volga, sólo para morir en ella, o irse al otro barrio durante el propio transbordo. Debido a la ineficiencia del sistema sanitario militar soviético, los propios soldados del Ejército Rojo se organizaban entre ellos mismos para que tras el combate, los supervivientes pudiesen ayudar a los camaradas caídos. La crueldad del sistema soviético con sus propios ciudadanos no conocía límites: el siniestro NKVD despejaba las carreteras para facilitar la llegada de nuevos soldados, acción con la que las cunetas se llenaban de heridos que trataban de alejarse del frente como podían. Los que no podían desplazarse, fallecían en poco tiempo. Los camiones soviéticos transportaban miles de cuerpos de combatientes heridos o muertos. Los dejaban amontonados en el suelo para que el servicio sanitario distinguiese quien podía ser atendido y quién no. Esto lo lograban rociando con agua fría a los supuestos cadáveres. Los cirujanos decidían quienes podían sobrevivir y quiénes no. A estos últimos se les dejaba morir en medio de terribles dolores. Los otros, si es que había supervivientes, se les operaba y se les inyectaba una dosis de morfina, si estaba disponible, y si no, un lingotazo de vodka y a otra cosa mariposa. Desde luego, el que sobrevivía a este recio tratamiento era todo un superhombre. Campesinos reclutados a la fuerza cavaban fosas comunes donde echaban a todo aquél que llegaba fallecido del frente y a los que no soportaban la tosca cirugía militar.

Los servicios de inteligencia soviéticos

Los servicios de inteligencia soviéticos, el espía ruso en suma, siempre han tenido una excelente reputación de eficacia de cara al exterior. A las pruebas me remito. Incluso hoy día. Ahí esta Putin. Como muestra un botón. No obstante estamos en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, otra etapa de la Historia, aunque me parece que todavía quedan heridas de entonces por cerrar. O acontecimientos históricos que comenzaron por entonces o incluso antes y que todavía no parecen haber echado el cierre. Pero no nos desvíemos del tema. En este post tratamos de los servicios de inteligencia soviéticos, que es probable que durante el conflicto que ocupa las páginas de este blog fueran más eficaces «contra» sus aliados occidentales que contra el enemigo común alemán.

Los servicios de inteligencia soviéticos. El general Golikov
El general Golikov

En otro post se ha hablado del control del Ejército Rojo por el NKVD. Dentro del Ejército existía su propio servicio de inteligencia, el GRU, dirigido por el general Golikov (1900-1980), todos ellos controlados en última instancia por el escrupuloso aparato de seguridad estalinista, el NKVD. La actuación foránea del GRU se basaba en organizaciones comunistas clnadestinas locales. Incluso en Alemania, aunque la Rote Kapelle fue desmantelada pronto en el propio Reich a finales de agosto de 1942. Aun así, uno de sus grupos siguió actuando en Suiza. Esta sección de la Rote Kapelle controlada por el GRU era conocido como el Círculo de Lucy, que siguió actuando hasta junio de 1944. «Lucy» estaba dirigido por el editor de Lucerna Rudolf Rössler, muy probablemente vigilado a su vez por el espionaje suizo, a pesar de lo cual, siguió manteniendo contactos con la resistencia alemana y altas jerarquías de la Wehrmacht. Según el historiador Norman Davies, uno de los agentes de Lucy pudo ser el mismísimo almirante Canaris, el jefe de la Abwehr, el espionaje alemán. Sea como fuere, gracias a esta red de espionaje, los soviéticos conocían con antelación bastantes de las ofensivas alemanas en el frente del este, logrando desbaratar algunas de ellas.

Los soviéticos eran maestros consumados en el difícil arte del engaño o «maskirovka«. Algunos ejemplos los tenemos en los descomunales movimientos de tropas durante la noche, la construcción de falsos campamentos o el envío por radio de mensajes falsos o cuando menos, engañosos. En diciembre de 1941, cuando en Moscú todos esperaban la caída de la ciudad en manos de los alemanes, apareció de la noche a la mañana un enorme ejército soviético que logró evitar la ocupaciòn germana. Los alemanes ni se lo esperaban. Gracias a los servicios de inteligencia soviéticos, que actuaron rápidamente y bien. En otras ocasiones, ocurría lo contrario: cuando el enemigo esperaba un ataque devastador y masivo del Ejército Rojo, los soviéticos se detenían, como sucedió en el río Vístula en agosto de 1944.

Aunque las sospechas de Stalin (de todo y de todos, como buen dictador) podían paralizar en cualquier momento la eficacia de tan magnífica máquina de espiar. Un ejemplo. El alemán Richard Sorge (de nombre de guerra Ramsay) era un comunista convencido que ingresó en el Partido Nazi. Trabajaba en Tokyo como corresponsal alemán. Aunque avisó correctamente y con tiempo suficiente de la que se les avecinaba a los soviéticos con la Operación Barbarroja, en Moscú no le creyeron. Poco después, los alemanes invadían la URSS.

La PURKKA y el NKVD

La PURKKA y el NKVD. Mehlis, director de la PURKKA
Mehlis, director de la PURKKA

La PURKKA y el NKVD fueron temidos organismos de control y represión dentro del Estado soviético. El Ejército Rojo se había convertido, según transcurria la guerra, en la más formidable maquinaria militar del mundo. Y por eso mismo, Stalin necesitaba atarle en corto, a causa de ese mismo poderío, tanto interior como exterior. Para ello existía la Administración Política del Ejército Rojo, la PURKKA, organización que subordinaba el Ejército Rojo al Partido Comunista, para que no se desmandase por su propia y poderosa inercia. La PURKKA respondía ante el Comité Central del PCUS. A partir de 1937, la PURKKA fue dirigida por alguien que se encargó de supervisar personalmente las purgas militares que dejaron a la cúpula del Ejército soviético en cuadro, Lev Mehlis, uno de los más siniestros colaboradores de Stalin. El otro acólito de renombre fue Lavrenti Beria, que dirigió el NKVD, el Comité de Seguridad del Estado, es decir la policía política del régimen estalinista. Beria tenía a su disposición un enorme ejército privado, que aterrorizaba a la población y la mantenía tranquila y reprimida bajo la égida del Estado. El NKVD estaba un peldaño por encima de la PURKKA, a la que controlaba, igual que controlaba el Ejército Rojo.

La PURKKA se hacía cargo de la instrucción política, tan necesaria en un régimen totalitario como era el soviético, y gestionaba a su vez la red de politruki, los comisarios políticos, para entendernos, y que controlaban todos los niveles del Ejército Rojo. Se podía decir que el Ejército no disparaba ni una bala sin el consentimiento de los comisarios políticos. Por eso, eran el objetivo número uno de las SS hitlerianas y de la Wehrmacht. Los comisarios políticos estaban, teóricamente, a las órdenes del comandante de su unidad militar y en la práctica, a las de su superior en el NKVD. Eran consejeros e instructores políticos de los soldados, y hacían las veces de espías por si alguno decía alguna ligera inconveniencia en contra de Stalin o del Estado soviético. Alexander Solzhenitsyn, el disidente soviético más célebre, autor de la obra «Archipiélago Gulag«, sufrió en sus propias carnes la postura opositora, por nimia que fuese, a la legalidad vigente. Y es que tan solo una palabra en contra del camarada Stalin pronunciada en el lugar inadecuado y cerca de oídos también inaceduados, suponía la apertura de un expediente y el traslado a un campo de concentración en Siberia. Eso como mínimo. De nada le sirvió a Solzhenitsyn ser un oficial de artillería experimentado y valioso en el frente, pues una opinión política incorrecta hizo que diese con sus huesos en un Gulag.

La PURKKA y el NKVD. Aleksandr Solzhenitsyn
Aleksandr Solzhenitsyn

Este sistema de terror absoluto había sido mejorado y depurado hasta niveles insospechados en la URSS durante las purgas de los años 30. Muchos jóvenes no habían conocido otra cosa y para ellos la delación a los padres, por ejemplo, algo que les enseñaban en el colegio, funcionaba con naturalidad en este sistema político diabólico.

Pero el control político del Ejército se agudizaba más y más según se ascendía en la escala jerárquica. Generales políticos como Nikita Kruschev o Leonidas Brezhnev, dominaban los estados mayores militares soviéticos en todos los frentes. Así podemos comprender como a la muerte de Stalin, no ascendieron a la cúspide del sistema soviético militares puros, héroes y grandes estrategas, como Zhukov o Rokossovski, sino políticos como Beria, y los propios Kruschev y Brezhnev, quienes se enzarzaron en sus propias disputas, a las que estaban tan acostumbrados. De hecho, para alcanzar su obejtivo final, Kruschev se deshizo físicamente de su rival Beria.

El NKVD, como las SS en Alemania, de las cuales era algo así como el equivalente soviético, aunque con mayores prerrogativas, contaba con su propio (y enorme) ejército particular, que incluía tanques, artillería y aviones. Su principal función era vigilar al Ejército Rojo, pero su rol le permitía además garantizar la seguridad en la retaguardia, es decir, que nadie se desmandase, ni civiles ni militares. Cuando la situación así lo exigía por su extrema gravedad, unidades del NKVD era enviadas al frente. Dentro de sus filas se incluían los denominados «regimientos de bloqueo«, cuyo cometido era avanzar detrás de los rezagados del frente y disparar contra aquéllos que trataban de volverse atrás.

El mayor Liedtke y el teniente Battel

El mayor Liedtke y el teniente Battel

El mayor Liedtke y el teniente Battel
El teniente Battel

La Wehrmacht y las SS no se llevaban demasiado bien. De hecho, en ocasiones los oficiales del Ejército Alemán se «atrevieron» a desafiar a la temida guardia pretoriana de Hitler. Las cadenas de mando de ambos colectivos estaban separadas y no siempre existía una buena coordinación entre ellas. El mayor Liedtke y el teniente Battel fueron un ejemplo de descoordinaciòn entre ambas.

Julio de 1942. En plena Solución Final, las SS querían deportar al campo de exterminio de Belzec a unos 18000 judíos de la ciudad polaca de Przemysl. Si bien las SS habían informado de sus intenciones a la policía de seguridad (Sipo), no lo hicieron al comandante militar de la plaza, el mayor Max Liedtke, oficial de la Wehrmacht. Este hombre había organizado en la ciudad una brigada de trabajo judía de 4500 personas con pases militares especiales (Ausweis), brigada que el mayor consideraba fundamental para el abastecimiento del ejército alemán. No le hicieron ninguna gracia las intenciones de las SS, y menos aún cuando su ayudante, el teniente Albert Battel mantenía buenas relaciones con los judíos. Para colmo, Battel era miembro del Partido Nazi y de la inteligencia militar alemana, el Abwehr, con lo que las SS se encontraron con un muro de hormigón. Battel había sido arrestado en un destino anterior por oponerse a la deportación de judíos. Tanto el mayor como su ayudante decidieron obstaculizar lo más posible la orden de deportación de los judíos de su demarcación. Y, ni cortos ni perezosos enviaron una compañía de ametralladoras para defender el puente sobre el río San ante la posible entrada de los SS. Prohibieron a la policía realizar ningún movimiento en cuanto a la orden de deportación y luego informaron a las SS de sus intenciones. Además protegieron directamente a 100 familias judías en la Orts-kommandantur (la comandancia del puesto militar). Claro, ante tamaña actitud, enseguida se presentó el comandante SS Martin Fellenz, que les amenazó de muerte. Liedtke y Battel ni se inmutaron. La disputa fue resuelta cuando se reunieron el oficial de mayor graduación del Gobierno General polaco, demarcación administrativa a la que pertenecía Przemysl, el general Curt von Gienath y el jefe de policía, el SS Obergruppenführer Wilhem Kruger, quienes ordenaron que el puente sobre el río San debía ser reabierto y los judíos deportados, con una excepción importante: aquellos trabajadores judíos de la Wehrmacht mayores de 35 años o los que tenían un pase especial, condición que cumplían casi todos los judíos de Przemysl, por lo que casi todos los miembros de esta comunidad que vivían en la localidad sobrevivieron, gracias a la tremenda decisión con que actuaron Liedtke y Battel.

Pero no se fueron del todo de rositas. En concreto al mayor Liedtke le abrieron expediente disciplinario y fue destinado al Cáucaso, donde murió. Battel regresó a su ciudad natal, Breslau, donde ejercía de abogado antes de la guerra, y dejó el Ejército por motivos de salud, pero fue de nuevo movilizado para el Volkssturm. Fue capturado por el Ejército Rojo. Después de su liberación, se asentó en Alemania Occidental pero se le prohibió ejercer su profesión de abogado por un tribunal de desnazificación, pues había pertenecido al Partido Nazi. Falleció en 1952.

Más tarde, en 1981, tanto Liedtke como Battel fueron nombrados póstumamente «Justos entre las naciones» por el Instituto Yad Vashem de Israel.

La tragedia de Slapton Sands

La tragedia de Slapton Sands u Operación Tigre

La denominada tragedia de Slapton Sands u Operación Tigre, es un  episodio muy poco conocido por el gran público que tuvo lugar en el seno de unas maniobras de preparación para el desembarco de Normandía. En abril de 1944, en este paraje de la costa británica de Devon, aproximadamente un millar de soldados norteamericanos murieron cuando en mitad de la operación apareció por sorpresa un grupo de torpederas alemanas, que hundieron varias embarcaciones que participaban en las maniobras. El desastre se silenció y una vez más, como en el desembarco de Dieppe quedaron al descubierto los peligros de una operación anfibia. El desembarco de Slapton Sands tuvo el nombre en clave de Operación Tigre, pero por muy secreto que se quiso mantener, los alemanes estaban con la mosca en la oreja acerca de un próximo desembarco en las costas de Francia bañadas por el Canal de la ;Mancha.

Tragedia de Slapton Sands. E-Boat alemán
E-boat alemán

En la costa francesa, las estaciones de escucha germanas estaban en máxima alerta y lograron captar y descifrar los mensajes relativos a la operación. Los alemanes se prepararon para dar una buena tunda a sus enemigos. En la noche del 27 de abril (madrugada del 28), habían comenzado las labores de desembarco de la logística aliada en Start Bay y Lyme bay, compuesta por camiones, anfibios y equipo pesado. En esas estaban cuando de improviso aparecieron toperderas alemanas E-Boats que atacaron al indefenso convoy acabando con casi un millar de soldados (700-800 según las fuentes), la mayoría ingenieros que no podían ser sustituidos con facilidad precisamente por su alta especialización. Numerosas barcas de desembarco norteamericanas fueron hundidas casi de inmediato y la que quedó a flote logró embarrancar en la playa poco después del ataque, en muy malas condiciones y con muchos muertos y heridos a bordo. Diez de los oficiales ahogados en la tragedia de Slapton Sands conocían detalles de la verdadera operación de desembarco de Normandía, que se llevaría a cabo pocas semanas después. Sus cadáveres fueron recuperados por orden del general Eisenhower para asegurarse que ninguno de ellos hubiese caído en poder de los alemanes y haber revelado los secretos de la Operación Overlord. Los alemanes cogieron varios prisioneros en la rápida operación de ataque por sorpresa.

El fracaso de las maniobras se mantuvo en estricto secreto de sumario, y solo después del desembarco de junio (ya en julio de 1944), el Cuartel General de Eisenhower entregó a los corresponsales de guerra un escueto comunicado de prensa sobre lo sucedido en Slapton Sands a finales del mes de abril. Los hechos fueron conocidos unos años más tarde, pues fueron referenciados en varios libros, uno de ellos de carácter autobiográfico, como el de un ayudante de Eisenhower, el capitán Harry C. Butcher,. Butcher tituló sus memorias como «Mis tres años con Eisenhower» (1946).

Tan sólo muchos años después hubo testimonios de los supervivientes del suceso, muchos de los cuales se quejaron de no haber recibido una correcta instrucción en cuanto al manejo del chaleco salvavidas. Algunos perecieron ahogados con el salvavidas puesto pero con la cabeza bajo el agua y los pies en la superficie de un mar que estaba a muy baja temperatura. Otros por hipotermia. El parte de bajas de la Operación Tigre se publicó en una fecha tan relativamente tardía como agosto de 1944, y quedaron minimizadas por publicarse junto a las bajas del Día D.

Mujeres en los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial

En la Primera Guerra Mundial, las mujeres accedieron a los denominados «empleos de guerra«, como el trabajo industrial en astilleros y empresas de armamento. En la Segunda Guerra Mundial se incorporaron a unidades militares, y en el caso de la URSS, las mujeres combatieron en primera línea. Las mujeres en los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial colaboraron activamente en mayor o menor medida según el país.

Mujeres en los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Mary Churchill con su padre
Mary Churchill con su padre

Por ejemplo, en Gran Bretaña, las solteras de edades comprendidas entre veinte y treinta años fueron declaradas disponibles para el servicio militar a partir de 1941. Los ejércitos de Tierra, Mar y Aire habían organizado servicios auxiliares en los que quedaron encuadrados las mujeres británicas: Wrems (Armada); WRAC (Ejército de Tierra) o WAAF (Ejército del Aire). La propia princesa Isabel (más tarde, reina Isabel II) prestó servicio como conductora de camión militar. Medio millón de mujeres británicas prestaron servicios de enfermería. Las enfermeras eran las profesionales femeninas más comunes en el Ejército británico. Si bien en teoría, las mujeres británicas no podían entrar en combate por ley, en la práctica muchas prestaron servicio en las unidades antiaéreas, incluida la hija del primer ministro, Mary Churchill, que predicó con el ejemplo en el distrito de Londres, cuando los nazis bombardearon la capital británica. Incluso en la RAF hubo mujeres pilotos, que si bien, no entraron en combate, sí que fueron las encargadas de pilotar los nuevos aviones fabricados en los EEUU, integrados en las  fuerzas aéreas británicas.

En EEUU, la escasez de mano de obra era menos acuciante, al menos en los primeros momentos de la guerra. Pero finalmente, la mujer se incorporó al ejército estadounidense. En 1943 se creó el Cuerpo Auxiliar Femenino.

En Alemania, las mujeres debían quedarse en casa con la «pata quebrada», constituían el «reposo del guerrero» y parían a los hijos de los combatientes germanos, además de cuidar de la familia, siguiendo los postulados ideológicos nacionalsocialistas. Pero como las bajas aumentaban alarmantemente entre los varones a medida que se recrudecían los combates, sobre todo en el frente oriental, auténtica sangría de combatientes del Tercer Reich, se necesitaron cada vez más recursos humanos. Mujeres incluidas. Así, medio millón fueron reclutadas en la defensa antiaérea, como en el Reino Unido, y con restricciones similares: las mujeres podían incorporarse a las Fuerzas Armadas, pero no podían disparar un solo tiro.

Las cosas eren muy diferentes en la Unión Soviética, donde las mujeres no sólo disparaban, y muy bien en algunos casos, sino que en otros fueron auténticas heroínas de  guerra, como sus compañeros varones. En la URSS, al igual que sus compañeros varones, las féminas estaban obligadas a prestar servicio en el Ejército Rojo. Unos 8 millones de mujeres recibieron instrucción especializada en conducir camiones, manejar ametralladoras y como francotiradoras. Formaron también cuerpos de guardias de tráfico. Pero quizás las más especializadas combatientes soviéticas fueron aviadoras. En la URSS se crearon unidades de combate exclusivamente femeninas, sobre todo en las fuerzas aéreas. Por ejemplo, la 585ª Ala de Cazas, la 587ª Ala de Bombarderos en Picado y la 588ª Ala de Bombarderos Nocturnos, todos ellos formados solo por mujeres piloto fueron la elite de las mujeres en los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial.

El símbolo de la «guerrera» soviética fue Liudmila Pavlichenko, que combatió como francotiradora voluntaria en la 25ª División de Infantería en la defensa de Odessa y se retiró inválida después de matar a 309 enemigos.

Mujeres en los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Liudmila Pavlichenko
Liudmila Pavlichenko