La operación Greif

Operación Greif. Otto Skorzeny
Otto Skorzeny

La Operación Greif fue una acción organizada por el SS Otto Skorzeny (famoso por ser el que consiguió rescatar a Mussolini) a fin de apoyar la ofensiva desesperada de von Rundstedt en las Ardenas en diciembre de 1944. La operación Greif puso en acción a más de 3000 miembros de las SS disfrazados con uniformes estadounidenses dotados de carros «Sherman», de camiones y de jeeps del mismo origen. Encargados de sembrar la confusión en las líneas aliadas, en las que lograron penetrar profundamente y efectuar los más audaces actos de sabotaje.

La maquinaria de guerra de Estados Unidos

La maquinaria de guerra de Estados Unidos

Si en 1939 la industria militar norteamericana era ínfima, en 1945 era superlativa. La situación de 1939 era hasta cierto punto lógica, ya que EEUU vivía en una situación de aislacionismo. Nadie pensaba en guerrear ni existían planes gubernamentales de rearme. «Lo que pasa en Europa, se queda en Europa», debieron pensar los norteamericanos. No fue hasta finales de 1941, cuando el ataque (¿inesperado?) de los japoneses a Pearl Harbour, despertó al gigante dormido, que pasó de una economía de paz a una de guerra. «¡En qué momento!», debieron pensar los japoneses poco después de hundir parte de la flota de EEUU en el Pacífico. La maquinaria de guerra de Estados Unidos se puso en marcha, a velocidad de crucero, para desgracia de las potencias del Eje. Y alegría de los británicos, ahogados hasta ese momento. Y quizás también de los soviéticos…

El cambio en la industria armamentística de EEUU fue espectacular, tanto, que después de la guerra, no frenó y continuó su marcha imparable en un ambiente de «guerra fría» compartida con sus viejos aliados de la URSS. Las fábricas de automóviles pasaron a producir tanques y demás carros de combate en lugar de utilitarios; los astilleros, acorazados y portaaviones en detrimento de los buques mercantes; las fábricas de aviones, cazas y bombarderos en vez de pacíficos aviones de pasajeros. El ritmo de fabricación se incrementó, dando lugar a un aumento espectacular de las unidades fabricadas. Evidentemente, el esfuerzo bélico americano necesitó ingente mano de obra, y vemos aquí como la Gran Depresión, por efecto de la guerra, se fue diluyendo paulatinamente. El paro disminuyó considerablemente entre la población, gracias a los que se alistaban en el ejército y a los que comenzaron a trabajar a destajo en las fábricas de armas, mujeres incluidas. «Nada como una buena guerra para acabar con la crisis y llenar nuestros bolsillos», debieron pensar muchos magnates americanos, agradecidos a la suerte con que el Cielo los había bendecido. Los resultados del esfuerzo norteamericano fueron espectaculares. Sirvan como botón de muestra estos ejemplos: en 1943, las fábricas de EEUU producían un tanque cada cinco minutos, un avión cada media hora y un portaaviones cada semana, según el historiador británico Norman Davies.

Fue una expansión industrial jamás conocida por la Humanidad, perpleja ante la inusitada violencia del conflicto, pero que tuvo consecuencias en el resto del mundo. Además de la producción, se incrementaron los efectivos humanos en el ejército, marina y aviación de manera espectacular. Se había acabado el aislamiento. Gracias al excedente material militar, los EEUU estuvieron en disposición de compartirlo (digamos, a precio módico) con sus aliados, incluidos los soviéticos. Pero gracias también al despertar del gigante norteamericano, EEUU pasó a detentar una posición dominante, sobre todo respecto a Gran Bretaña. Además el aumento de la producción de la industria armamentística norteamericana supuso un incremento de los ingresos en las arcas del Tesoro, un excedente que se utilizaría en la posguerra para la reconstrucción de Europa (plan Marshall, por ejemplo). Alemania no estuvo en condiciones de competir con la vasta maquinaria de guerra de Estados Unidos, puesto que su enorme esfuerzo en el frente oriental contra los soviéticos, estaba dejando exhausta a la industria germana (y a sus recursos humanos, más limitados que los norteamericanos y soviéticos), por mucho que algunos jerarcas nazis no quisiesen verlo. Aunque otros sí, como Himmler.

La maquinaria de guerra de Estados Unidos
Transporte de material bélico a través de Irán

El suministro bélico salvó de la quema a los británicos, pero también a los soviéticos, por mucho que los historiadores de la URSS tardasen décadas en reconocerlo, pues la propaganda es la propaganda y quedaba feo eso de decir que la gran potencia capitalista había ayudado a la gran potencia comunista. Pero lo cierto es que fue así, aunque no podemos saber el grado de contribución de la ayuda norteamericana a la victoria final soviética sobre la Alemania nazi. Es ciero que el Ejército Rojo se había recuperado de las devastadoras derrotas iniciales y en el invierno de 1942-1943, a partir de la batalla de Stalingrado, comenzó a darle la vuelta a la tortilla, antes de que la ayuda material americana fuese efectiva. Ya hubo intentos en 1941 de llevar convoyes a través del Ártico desde Gran Bretaña a Murmansk (ciudad portuaria del noroeste de Rusia), pero la travesía era peligrosa y muchos barcos fueron hundidos por los submarinos U-boot alemanes. La ruta que verdaderamente comenzó a funcionar a finales de 1943 era la que atravesaba Irán. Por aquí pasaron camiones militares, depósitos de gasolina, jeeps, aviones, munición, raciones, botas y uniformes procedentes de EEUU hacia sus aliados de la URSS. ¿Qué pensarían los soldados soviéticos cuando viesen en gran parte del material que utilizaban la famosa etiqueta del «Made in USA»?. Seguro que ni a los comisarios del PCUS ni a Stalin les hizo mucha gracia, pero les vino de perlas. Sin embargo, vuelvo a insistir que el esfuerzo de guerra soviético fue descomunal, tanto que hicieron retroceder a los alemanes hasta Berlín, antes de que llegasen los angloamericanos por el oeste. Pero ésa es otra historia.

La enorme producción industrial norteamericana y la subsiguiente recuperación económica del país incidieron en el campo de la ciencia y la tecnología. Quizás la contribución más importante fue soportar el coste astronómico que supuso el desarrollo de la bomba atómica (Proyecto Manhattan). Cuando los bombardeos y los sabotajes acabaron con el programa nuclear alemán, los americanos supieron que disponer de un arma tan terrible en sus manos era sólo cuestión de tiempo. No obstante, para cuando la bomba atómica estuvo lista para utilizarse, sin haber sido probada suficientemente, la guerra en Europa había acabado. Así que le tocó la china a Japón, que fue el país que la sufrió en sus propias carnes. Y de qué manera..

La batalla del Atlántico

Batalla del Atlántico

La fase principal de la denominada Batalla del Atlántico tuvo lugar entre 1939 y mediados de 1943. Tras esta prolongada fase aguda de combate marítimo, la lucha continuó pero con menor intensidad, pues uno de los contendientes, la Alemania nazi, comenzaba a dar muestras de estar exhausta. Fue la batalla más larga de la guerra, con diferencia.

El objetivo de la Batalla del Atlántico fue el control de los suministros que desde EEUU y Canadá llegaban a Gran Bretaña, suministros que los submarinos alemanes trataron de evitar por todos los medios, pues esta logística permitía al Reino Unido su supervivencia, sobre todo mientras quedó solo frente a Hitler tras la caída de Francia y otros países europeos en manos de los alemanes.

Alemania tenía todavía en funcionamiento unos doscientos submarinos a comienzos de 1943. La estrategia de «manada de lobos» del Almitrante Dönitz estaba haciendo mucho daño al transporte marítimo que unía la isla con los EEUU. Pero la pertinaz resistencia británica, alentada sobre todo por el primer ministro Sir Winston Churchill, combinada con los avances tecnológicos que permitieron localizar a los U-Booten (el descubrimiento de las claves de Enigma por Alan Turing y su equipo, por ejemplo), permitió la subsistencia hasta la entrada en guerra de los EEUU. Los norteamericanos incrementaron su producción industrial militar de tal manera, que sus astilleros pasaron de construir 1,18 millones de toneladas en 1941 a 13,7 en 1943. Gracias a este extraordinario incremento del número de barcos puestos a disposición de los gobiernos aliados, se formaron convoyes lo suficientemente poderosos como para resistir los ataques submarinos alemanes. Aritmética pura y dura: EEUU producía más barcos nuevos de los que los alemanes eran capaces de hundir. En estas condiciones, Dönitz ordenó a su flota de submarinos el 18 de mayo de 1943 una retirada táctica en el Atlántico. Los alemanes ya no volverían a recuperar la iniciativa en el mar.

Que la Kriegsmarine alemana no recuperase la iniciativa, no significa que la larguísima batalla del Atlántico se detuviese, pues los alemanes, aun en inferioridad de condiciones continuaron hundiendo barcos (en menor número, eso sí) en la ruta entre el norte de América y Gran Bretaña. Gran Bretaña se había convertido en un auténtico y gigantesco portaaviones para los aliados, el lugar ideal para impulsar el asalto al continente europeo. Es más, a pesar del indudable retroceso alemán en el Atlántico, todavía fueron capaces en una fecha tan tardía como abril de 1945, muy cercana al final del Tercer Reich, de hundir 74000 toneladas de buques aliados. A los aliados anglonorteamericanos se les unió en su empeño de liquidar la Marina alemana la flota soviética en cuanto pudieron maniobrar en el Báltico, gracias a que las naves alemanas que dejaban de operar, no eran reemplazadas. De hecho los soviéticos ocasionaron el mayor desastre naval de la guerra, al hundir un gran buque alemán de pasajeros, el Wilhem Gustloff, con diez mil refugiados a bordo, que huían del devastador avance del Ejército Rojo por el este.

Batalla del Atlántico

Los aliados vencieron la batalla del Atlántico, y sus consecuencias son difíciles de medir, pero es seguro que sirvió para decantar la guerra del lado de los aliados. Si Alemania no hubiese perdido la iniciativa en el mar, hubiese reafirmado sus intereses comerciales en el mundo y evitado el bloqueo aliado. Gran Bretaña hubiese quedado totalmente asediada e incomunicada de sus socios norteamericanos y posiblemente, a causa del hambre y la falta de suministros, hubiera tenido que rendirse. Sin el que he denominado más arriba portaaviones británico, los norteamericanos no hubieran podido desembarcar todos sus recursos materiales y humanos para utilizar la isla como plataforma para asaltar la fortaleza europea, y seguramente no hubieran podido llevarse a cabo los desembarcos de Sicilia y Normandía. Los Bombardeos Estratégicos Aliados, esas brutales razzias que devastaron las ciudades alemanas con sus decenas de miles de civiles muertos bajo las bombas incendiarias, tampoco hubiesen tenido lugar, pues despegaban de los aeródromos británicos. En fin, la Wehrmacht podría haberse centrado en exclusiva en el gran frente oriental, que consumía la inmensa cantidad de sus recursos.

No obstante esto es política-ficción y las cosas sucedieron como sucedieron, por lo que no es posible una vuelta atrás. Lo único incuestionable es que la batalla del Atlántico la ganaron los aliados y la perdieron los alemanes, porque quizás EEUU puso en marcha la más gigantesca maquinaria industrial de guerra que jamás vieron los tiempos. Y es cierto también que esos recursos, que en ocasiones parecían ilimitados, terminaron por superar a los alemanes. Sin olvidar la producción soviética, que una vez repuesta de la sorpresa y la devastadora derrota inicial frente al empuje nazi, fabricó a velocidad de crucero artillería pesada, blindados y aviones que hiceron frente primero, y superaron después, a los ejércitos alemanes. A costa de perder millones y millones de vidas humanas, eso sí.

La posguerra europea.

La historia que define lo que es Europa ahora mismo, nuestra situación económica, social, política y, por supuesto, cultural, es la posguerra europea de la II Guerra Mundial. Los 10, 20 años posteriores a la victoria aliada son un periodo clave para comprender nuestra vida y, sin embargo, permanece para mucha gente en un limbo de desconocimiento.

Una vez conseguida la ansiada paz, el mundo se para. La destrucción y la muerte dan lugar a la valoración de daños y la consciencia del agotamiento mental, económico, físico y político. La guerra ha terminado y ¿ahora qué?

Este ¿ahora qué? fue especialmente grave después de la II Guerra Mundial y se prolongó durante muchos años. La unión de los aliados se deshizo en el aire tras la derrota de los alemanes y el nazismo. El enemigo era ahora el comunismo que, a su vez, se oponía al capitalismo occidental intentando que los países en la órbita soviética no cayeran bajo su influencia. La política, la economía, las fronteras, todo debía alinearse con un bando u otro. Nadie era nazi nunca más, pero había que decidir: o se era capitalista o se era comunista. Sin medias tintas.

La cultura y la ciencia también tomaron partido. Científicos e intelectuales se organizaron para promover las bondades culturales de uno u otro sistema de acuerdo con sus intereses o ideales.

Terminada la II Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió (aún más) en el motor del mundo occidental. Los préstamos y ayudas del llamado Plan Marshall sirvieron para reconstruir, reorganizar y volver a poner en marcha las economías europeas.

Este sentimiento de sospecha hacia los “angloamericanos” fue aprovechado por Stalin, en 1948, para crear el llamado Movimiento por la Paz en una reunión en Breslavia, Polonia, en un Congreso Mundial.

En el Movimiento por la Paz estuvieron involucrados intelectuales y artistas como Picasso, Louis Aragon, Neruda, Sartre y muchos más y su primer presidente fue Fréderic Joliot-Curie, Premio Nobel de Química en 1935 y esposo de Irene Curie. Los comunistas controlaban todos los movimientos, las publicaciones y las actividades del Movimiento y consideraban con desdén a las élites occidentales involucradas. Eran utilizados como “tontos útiles” que servían de vehículo para la propaganda de la política soviética.

El Movimiento por la Paz consiguió un cierto éxito en sus propósitos entre las élites europeas.

Se creó entonces el otro bando formado por intelectuales europeos que no querían que Stalin ganara la guerra de la propaganda y estaban dispuestos a encabezar una campaña “vendiendo” las bondades de la cultura occidental y del sistema capitalista.

En Berlín, en 1950, se fundó el Congreso para la Libertad Cultural. Se eligió la ciudad alemana para demostrar que su lucha era contra los soviéticos y que Berlín se consideraba territorio del bloque capitalista a pesar de su división.

Bertrand Russell, Benedetto Crocce, Steibenck o Julian Huxley, biólogo y primer presidente de la Unesco formaron parte de este movimiento. Muchos excomunistas, como Koestler o Margarete Buber-Nueman se fueron sumando poco a poco.

Si el Movimiento por la Paz tenía detrás al omnipotente partido comunista soviético, el Congreso para la Libertad Cultural contaba con el respaldo político y económico de la CIA.

Las batallas culturales se dieron en todos los ámbitos: la proyección de películas, los programas de radio, las obras de teatro, las revistas. Una de las más importantes fue la llamada “Batalla del Libro”. Intelectuales comunistas recorrieron ciudades de provincias de Francia, Bélgica e Italia vendiendo y firmando libros y dando conferencias. La idea era vender el concepto de que el comunismo representaba la cultura europea frente a la cultura americana que venía impuesta por un “invasor”.

Los Estados Unidos contraatacaron estableciendo más de 65 Casas de América por toda Europa en las que se podían consultar libros, revistas y periódicos americanos. Fue en este momento cuando el inglés sustituyó al francés como segunda lengua en países como Austria.

La cultura americana era un imán muy potente. Ni los intentos desesperados de los comunistas por acabar con ella, ni los torpes y obvios movimientos propagandísticos de los propios americanos consiguieron acabar con su atractivo.

Ni la cultura, ni el arte ni la ciencia pueden ser apolíticos ni neutros porque las personas no lo somos.

De cómo Herschel Grynszpan provocó la Noche de los Cristales Rotos

Herschel Grynszpan
Herschel Grynszpan

Herschel Grynszpan era un joven judío polaco de 17 años cuando el 7 de noviembre de 1938 le dio por entrar en la embajada alemana en París, pistola en ristre y mató al tercer secretario de la legación, Ernst vom Rath. La actuación de Herschel Grynszpan desencadenó toda una serie de acontecimientos, que confluyeron en lo que se conoció como Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, en castellano. La Noche de los Cristales Rotos fueron una serie de pogroms (o ataques masivos) dirigidos contra los judíos en Alemania y Austria, y tuvieron lugar el 9 de Noviembre. Fueron el germen de la Solución Final de la cuestión judía.

Las causas que motivaron el asesinato de Vom Rath nunca han sido aclarados del todo. Posiblemente fue un acto de venganza ejecutado por Grynszpan, para desquitarse por la expulsión de territorio alemán de unos 17.000 judíos polacos, entre los cuales se encontraba la familia del propio Grynszpan, una expulsión que tuvo lugar a finales de octubre de 1938.

Parece demostrado que Herschel Grynszpan tenia una personalidad rayana en la psicopatía, que fue incapaz de terminar los estudios secundarios, y que recibió diferentes órdenes de expulsión, por lo que deambuló entre París y Bruselas. El abogado que le defendió ante el tribunal de París explicó una confusa historia de relaciones homosexuales. Los alemanes lograron su extradición, pero jamás le sometieron a juicio, porque los abogados argumentaron que, no siendo ciudadano alemán, no podía ser juzgado en Alemania por un asesinato cometido en el extranjero. Corren rumores de que Grynszpan sobrevivió a la guerra, que de ser cierto constituiría un ejemplo más de la «paradoja de Auschwitz«, es decir, que los judíos culpables de actos criminales no eran exterminados.

Herschel Grynszpan. Ernst vom Rath
Ernst vom Rath

Vom Rath fue asesinado en el momento oportuno, algo que le vino muy bien a la Gestapo, que habia investigado al joven diplomático, debido a sus creencias antinazis y a su simpatía hacia los judíos. Seguramente la historia de homosexualidad tejida en torno a él fue fabricada por la misma policía política del régimen nazi. En resumen, a los nazis les vino de perilla que alguien, por las razones que fuesen, matase a Vom Rath. Puede que Grynszpan actuase de involuntario instrumento de los agentes de la Gestapo, que no está demostrado que manipulasen al joven polaco. Pero lo cierto es que la Gestapo mató dos pájaros de un tiro, pues eliminaron a un molesto elemento antinazi y justificaron a su vez los actos violentos contra los judíos desencadenados en la Noche de los Cristales Rotos.

La extraña monarquía húngara del almirante Horthy

El título de este post, la extraña monarquía húngara del almirante Horthy, se debe a un cúmulo de contradicciones que encerraba el Estado húngaro durante el período de la Segunda Guerra Mundial. Hungría era desde un punto de vista constitucional un reino sin rey. Hungría no tiene acceso al mar ni marina de guerra ni mercante y sin embargo estaba regentado en nombre de un rey inexistente por un hombre que ostentaba un cargo relacionado con una marina de guerra: el regente o Reichsverwesser Miklós Horthy. Horthy desempeñó el cargo de Regente de Hungría desde el 1 de marzo de 1920 hasta el 15 de octubre de 1944.

La extraña monarquía húngara del almirante Horthy
Hitler y Horthy en septiembre de 1941

Los Habsburgo fueron hasta 1918, emperadores de Austria y reyes de Hungría, en esa monarquía dual que se dio en llamar el Imperio Austro-húngaro, una de las potencias centrales de la Primera Guerra Mundial, y cuya derrota supuso su desmembramiento en varios Estados. Austria fue uno de ellos, adquirió la forma republicana y un gran ansia por unirse a Alemania. Otto de Habsburgo, el que hubiera debido reinar si Austria hubiese sido un reino, estaba exiliado. Por otro lado, los orgullosos magiares jamás hubiesen le aceptado como rey. Una monarquía auténticamente húngara no existía y por ello, el almirante Horthy se había proclamado regente. Hungría era un país que todavía vivía sometido a estructuras feudales, donde el campesinado estaba sumido en la miseria, en tanto que unas pocas familias aristocráticas poseían un nivel de vida muy superior a las castas similares de los países de alrededor. En este ambiente extremadamente maniqueo, apareció a comienzos de los años treinta en Hungría el Movimiento de la Cruz y las Flechas, de marcado carácter fascista, muy influido por su homónimo italiano. En 1938 se promulgaron las primeras medidas legislativas antisemitas, siguiendo el ejemplo de la Italia de Mussolini. A pesar de todo, Hungría fue el único país aliado del Eje que envió tropas judías al frente del Este, en forma de servicios auxiliares, pero con uniforme húngaro. Otro carácter extraño de la «monarquía sin monarca» de Horthy. Una razón de esta aparente contradicción es que los húngaros distinguían con claridad meridiana a los judíos «magiarizados» de Hungría de los judíos de los territorios que habían caído bajo las garras del Tercer Reich, Los nazis respetaron la soberanía húngara hasta marzo de 1944. Por ello, hasta entonces, el país magiar fue para los judíos un remanso de paz frente a la orgía de muerte y destrucción en la que se veían inmersos los demás judíos europeos. Esta situación sólo cambió cuando el Ejército Rojo se aproximó a las fronteras húngaras a través de los Cárpatos. Ante la avalancha soviética, el gobierno de Horthy trató desesperadamente de firmar la paz por separado con la URSS. Pero no les dio tiempo, pues en esas curcunstancias, Hitler decidió ocupar el país y oponerse militarmente a la ocupación soviética.

Así se acabó la tranquilidad para los judíos de Hungría, ya que se consideró indispensable la «liquidación» de 800.000 judíos húngaros más otros 150.000 convertidos al cristianismo en años recientes. Una vez que los nazis establecieron la correspondiente maquinaria de deportación y exterminio, muchos judíos fueron enviados a Auschwitz. No obstante, a mediados de octubre de 1944, los rusos estaban a unos 150 km de Budapest, con lo que los nazis derribaron definitivamente al gobierno de Horthy (Horthy trató de detener las deportaciones de judíos magiares cuando Budapest fue bombardeado el 2 de julio por los aliados), nombrando jefe del Estado al jefe del partido fascista de la Cruz y las Flechas, Ferenc Szalasi. Por entonces las instalaciones de exterminio de Auschwitz estaban a punto de ser desmanteladas, al mismo tiempo que Alemania necesitaba encarecidamente mano de obra para sus fábricas de armamento. Por ello, el plenipotenciario del Reich, Veesenmayer, negoció con el Ministerio del Interior húngaro el permiso para embarcar a 50.000 judíos hacia el Reich, para paliar el antes citado problema de la disminución de trabajadores. Como los trenes no funcionaban por aquel entonces, estas personas fueron obligadas a recorrer a pie la distancia entre Hungría y los lugares del Reich donde eran necesarios como mano de obra esclava. Hasta que Himmler dio la orden en noviembre de 1944 de interrumpir las deportaciones. Los judíos que tomaron parte en estas infames marchas fueron escoltados por los fascistas de la Cruz y las Flechas, quienes en muchas ocasiones les apalearon y las más de las veces, les robaron.

El 13 de febrero de 1945, Hungría se rindió a los soviéticos. De la población judía existente antes de la ocupaciòn nazi, unos 800.000, quedaron 160.000 en el ghetto de Budapest, de los cuales varias decenas de miles fueron víctimas de pogroms espontáneos. Los responsables húngaros de la matanza fueron juzgados, condenados a muerte y ejecutados.

El Fin de Himmler

himler-muerto«A principios de mayo, Himmler se vino abajo. Ya no existía esperanza ninguna. Se había entrevistado con el Almirante Doenitz, sucesor testamentario de Hitler y encargado de negociar con los aliados los términos de la rendición, ofreciéndose como segundo al frente de la Nueva Alemania. La respuesta fue tan rotunda como negativa. A partir de ahí, comenzó una carrera contrarreloj para huir de Alemania. Cambio la apariencia física afeitándose su característico bigote, se rasuró la cabeza, se puso un parche negro en un ojo e intentó pasarse por un gendarme de la policía militar. Se movió rápidamente.

Una unidad británica estacionada en Bradenburgo, realizaba el habitual control rutinario a los ciudadanos alemanes que se desplazaban de un lugar a otro. Himmler no temió en ningún momento a los soldados ingleses. Era el momento de activar lo que había preparado dos semanas antes de la muerte del Führer. Saco sus papeles, bien ordenados y cumplimentados, haciéndose pasar por Heinrich Hitzinger, un sargento de la policía militar ejecutado tiempo atrás por derrotismo. Todo estaba en regla, todo estaba bien. Pero a ese destacamento inglés le llamó precisamente la atención eso, el orden, la limpieza y la perfección de la documentación mostrada. Sin que los soldados supieran aún quién era, lo detuvieron para ser interrogado. Y Himmler, a quien hacía solo unos meses le hubiera bastado pestañear para matar a esos militares que revoloteaban ahora a su alrededor, pudo mantener el engaño hasta el último minuto, hasta que su vanidad no aguantó más, hasta que el Reichfuhrer de las SS reivindicó su orgullo. Ahí acabó todo para él. Habían estado a punto de terminar con éxito su huida pero todo se desbarató.

Desnudo, humillado, maltratado, interrogado, palpado todo su cuerpo en busca de veneno, soportando insultos, empujones, golpes. El jerarca nazi comprendió que había llegado el final. Con una fuerza llena de rabia y de odio, Himmler mordió la mano del doctor que le exploraba. Él movió su lengua hacia la izquierda, hasta que dio con el molar adecuado. Oyó un pequeño clik retumbando en su cabeza y, con posterioridad, notó como el líquido atravesaba su garganta hasta el estómago. Era el sabor de la muerte. A ella se había abrazado antes de verse vejado ni un minuto más por el enemigo…»

Excelente relato extraido del libro «Proyecto Thule» de Javier Más.