El Messerschmitt Me 163 Komet

Cuando la aviación aliada estaba arrasando las ciudades alemanas y se barruntaba el final de la guerra, todavía Hitler y Goebbels pronunciaban encendidos discursos en los que describían una serie de armas maravillosas (Wunderwaffen) y desesperadas, cuya puesta en funcionamiento cambiaría el curso de la guerra. Una de esas armas secretas era el Messerschmitt Me 163 Komet, un pequeño, rechoncho y barrigudo caza, más peligroso si cabe para el piloto que para el enemigo.

Messerschmitt me 163 komet

He aquí como funcionaba este invento. El cohete que le propulsaba estaba alimentado por la mezcla explosiva de peróxido de hidrógeno concentrado y una solución de permanganato de calcio en agua. La mezcla era explosiva, y cada uno de los componentes tan volátiles que había que lavar a conciencia el depósito antes de repostar. A pesar de las precauciones tomadas, ocurrían accidentes, por ejemplo si a algún mecánico despistado se le olvidaba cambiar de guantes cuando se procedía a llenar de nuevo el depósito. El avión de marras aterrizaba sobre un patín retráctil, puesto que perdía las ruedas en el despegue. El aparato no tenía amortiguadores, por lo que el aterrizaje, si no se daba bien, podía cargarse como poco la columna vertebral del piloto o provocar grietas en el mecanismo de explosión que haría estallar el aparato si se ponían en contacto los dos fluidos, de probada peligrosidad. Además de ser muy volátil, la mezcla de los dos fluidos era corrosiva. Lo que faltaba. Aún así, hubo pilotos que tuvieron las narices de ponerse a sus mandos. Uno de ellos se evaporó en alguna mala práctica. De Joschi Pöhs sólo quedaron las gafas y el traje de amianto. Parece que la desesperación y la presión inducida de los mandamases nazis sobre los ingenieros alemanes les indujo a diseñar proyectos bastante descabellados. Cierto que unos tuvieron más éxito que otros. En el caso de este modelo, tan sólo se construyeron 300 aparatos que derribaron 9 aviones aliados. Poca cosa para tan elevada inversión. La verdad es que el Messerschmitt Me 163 Komet salió poco rentable, pues era un prototipo carísimo. Al alto coste de su producción, debemos unir el gasto en combustible, pues el avión solo podía permanecer en vuelo unos seis minutos. Fue un proyecto ambicioso a la par que ruinoso, en todos los sentidos.

La liberación de París y la «Nueve»

En el verano de 1944, y después del desembarco de Normandía, los aliados contemplaron la posibilidad de la inmediata liberación de París del yugo alemán. Sería sin duda un magnífico golpe de efecto y propagandístico en la guerra. Hitler también consideró esa posibilidad. Pero el Führer mantenía una especie de relación amor-odio con la capital francesa. Cuando entre él y su arquitecto Speer diseñaron Germania, la que habría de ser la capital del Reich de los Mil años, siempre lo hicieron comparándola con la Ciudad de la Luz. Además en algún momento, los jerarcas nazis pensaron que la caída de París en manos aliadas sí que supondría, y esta vez de verdad, el principio del fin de la guerra y la derrota alemana. Así que Hitler decidió la destrucción de París, ordenando al comandante de la guarnición alemana en la capital francesa, el general Dietrich von Choltitz que hiciese los preparativos para ello. Se pensó en volar los puentes que cruzaban el río Sena y los principales monumentos, como la Torre Eiffel o la catedral de Nôtre Dame. Liberar un montón de ruinas no ayudaría precisamente a incrementar la moral del enemigo.

General Dietrich von Choltitz

Pero Hitler no contaba con la iniciativa propia y que las personas pudiesen pensar por sí mismas. Choltitz, por ejemplo, que tras haber combatido en le frente ruso, había tenido tiempo en los pocos meses que llevaba en París, de amar la capital gala. Como no pensaba demoler ni un solo edificio, desobedeció la orden de Hitler, quien no le inspiraba ya ninguna confianza, si es que alguna vez lo hizo. Antes de retirarse de París, sólo pensaba en “amagar un combate de honor”, para salvar la cara ante su Führer. Aunque le salió el tiro por la culata, como luego veremos.

Por otro lado, el general francés Philippe Leclerc, inspirado por el general Charles de Gaulle, decidió por su cuenta liberar París, contraviniendo las órdenes del comandante en jefe aliado en el frente occidental, el general norteamericano Dwight Eisenhower. Eisenhower deseaba llegar al corazón de Alemania directamente y sin entretenerse, a pesar de las presiones de De Gaulle para liberar París cuanto antes. Al fin y al cabo, es la capital de los franceses y oculta una gran simbología para una nación que fue derrotada en la guerra relámpago del verano de 1940, Y que quería revancha contra el tradicional enemigo alemán. Sería un golpe de efecto formidable para ambas partes: negativo para el Tercer Reich, y positivo para los franceses, y por ende, para el resto de aliados.

Eisenhower decidió por fin ceder y apoyar la marcha sobre París. Dentro de la ciudad, la Resistencia se había levantado en armas y acosaba sin cesar a la guarnición alemana. Eisenhower ordenó reforzar las tropas de Leclerc con una división de infantería. Como esperando a sus libertadores, se convocó en París una huelga general, convocada por el proscrito Partido Comunista. Los alemanes, ante la que se les venía encima, destruyeron sus documentos para no dar ninguna pista sobre sus actividades en la ciudad durante los largos años de ocupación.

Liberación de París. Camión oruga de la Compañia Nueve

Los primeros soldados aliados que entraron en París por la Puerta de Italia, pertenecían a la Compañía Nueve, compuesta por 154 españoles, antiguos combatientes del Ejército Republicano en la Guerra Civil española. Sus camiones-oruga tenían nombres tan evocadores como Madrid, Guadalajara, Guernica, Ebro, Teruel o Belchite, es decir, el nombre de batallas de nuestra guerra fratricida. La Marsellesa, el himno nacional francés estalló alegre y feroz por todas partes. Los alemanes aguantaron en algunos edificios, pero en general se fueron rindiendo paulatinamente. El propio general Choltitz no pudo poner en práctica su primitivo plan de evacuar París y también se rindió. Y lo hizo entregando su arma reglamentaria a tres españoles de la Nueve: el extremeño Antonio Gutiérrez, el sevillano Francisco Sánchez y el aragonés Antonio Navarro.

Hubo venganzas. No tanto contra los soldados alemanes como contra los franceses que colaboraron durante la ocupación germana con el enemigo. A muchas mujeres que se hicieron amantes de los soldados enemigos, se las cortó el pelo al cero y se las paseó semidesnudas por las calles, expuestas al escarnio público. Fueron denominadas por el pueblo, femmes tondues («mujeres rapadas», en castellano). La propia esposa del general De Gaulle, Yvonne de Gaulle, se puso al frente de una cruzada cuya furia puritana alcanzó numerosos prostíbulos utilizados preferentemente por los alemanes, pero también a los demás.

Ángel Sanz Briz, el Ángel de Budapest, «Justo de la Humanidad»

Cuando en marzo de 1944, Himmler envió a uno de los apóstoles de la Solución Final de la cuestión judía, Adolf Eichmann a Hungría con las unidades SS para eliminar a “elementos subversivos judíos”, un español, Ángel Sanz Briz, secretario de la embajada española en Budapest, decidió tomar cartas en el asunto por cuestiones meramente humanitarias.

Angel Sanz Briz

Con la brutal orden bajo el brazo, Eichmann comenzó a deportar a los judíos hacia un destino incierto a los campos de exterminio. El gobierno húngaro pronazi de Ferenc Szálasi, miró para otro lado descaradamente, pues no pareció importarle la suerte de cientos de miles de sus compatriotas.  Pero a Sanz Briz, a la sazón joven diplomático de 32 años, sí que le importaron las vidas de esas personas que iban directas a la muerte en cámaras de gas. Se jugó la carrera y quizás su propia vida por salvar a los que buenamente pudo. Para ello se valió de una astuta argucia: expedir certificados falsos en los que se concedía la nacionalidad española a los judíos. Para lograrlo se basó en un Real Decreto de 1924 de la época del dictador Primo de Rivera en la que se reconocía dicha nacionalidad española a los judíos sefardíes, descendientes de aquellos que fueron expulsados por los Reyes Católicos, allá por 1492, según dijeron, en aras de la unidad religiosa. Y para dar satisfacción a las altas jerarquías eclesiásticas del recién unificado reino.

El gobierno español había concedido 200 pasaportes a la embajada española en Hungría, pero según contó años después Ángel Sanz, “los convertí en doscientas familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente gracias al simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno con un número superior a doscientos”. Vamos, una falsificación en toda regla, pero con las mejores intenciones. La embajada española no podía albergar entre sus paredes a tanto “nacionalizado español” de nuevo cuño. Así que el sagaz e intrépido secretario se las compuso para alquilar los inmuebles suficientes para albergarlos a todos. En las viviendas alquiladas, se pusieron placas con el escudo de España y un letrero que decía: “Anejo a la legación española”.

Sanz Briz recibió la visita de dos fugitivos de Auschwitz que le relataron lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración, y remitió al gobierno español un informe en el que denunciaba el exterminio de judíos en cámaras de gas. Parece ser que Franco, como tantas otras autoridades de la época, no se dio por enterado, aunque corrió por ahí el bulo de que salvó a muchos judíos. Franco, como amigo y aliado de Hitler, no tuvo problemas en incorporar a su discurso ideológico el antisemitismo nazi (aquéllo de la conspiración judeo-masónica…), aunque en España no había judíos (o había muy pocos) desde 1492. También es posible que el antisemitismo del régimen franquista procediese también de la Alemania nazi, pero a través de las ideas falangistas de Onésimo Redondo, que durante una breve estancia en el Tercer Reich, había quedado fascinado por el modus operandi y toda la parafernalia puesta en marcha por los nacionalsocialistas. Quizás lo que más le impactó fuese la movilización de grandes masas de gente aclamando los encendidos discursos del mesiánico líder.

La actitud de Ángel Sanz y otros diplomáticos españoles que también lograron salvar judíos (por iniciativa propia y no cumpliendo órdenes «de arriba»), ayudaron al régimen de Franco a lograr cierto reconocimiento en los países vencedores tras la guerra. Aunque estudios posteriores demostraron que su política al respecto fue obstruccionista. Ángel Sanz, el Ángel de Budapest, fue nombrado “Justo de la Humanidad” por instituciones judías después de la guerra.