El rodillo soviético

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Con la nueva ofensiva sovíética, puesta en marcha a raíz de las conversaciones de Teherán (diciembre de 1943), de nuevo se puso en movimiento todo el frente oriental, y otra vez en dirección oeste. La ofensiva partió ahora desde el sector septentrional del frente, que se había retrasado ante la victoriosa campaña soviética en el centro y el sur que tuvo lugar a consecuencia de la gigantesca batalla de Kurks (julio-agosto de 1943). La ofensiva del Ejército Rojo liberó gran parte del territorio soviético en manos alemanas, llegando a las antiguas fronteras de antes de la guerra en algunos puntos, desbordadas por el ímpetu ruso y el constante retroceso alemán, incapaz ya de aguantar con eficacia la que se les venía encima. Con el desplazamiento hacia occidente de las unidades rusas en avalancha, se ponía en peligro el entramado de alianzas del Tercer Reich en la Europa nororiental. Desde el comienzo de esta ofensiva, en enero de 1944, los soviéticos fueron triturando «tacita a tacita» la poderosa estructura militar alemana.

A partir del 14 de enero de 1944, Leningrado fue liberada del asedio alemán, se alcanzó el norte del sistema montañoso de los Cárpatos, y por el sur se liberó Odesa, alcanzando territorio rumano y eliminando la base alemana de Crimea. En junio de este año, los soviéticos volvieron a embestir a Finlandia en el sector centro-septentrional del gigantesco frente, que pidió y obtuvo el armisticio en septiembre del mismo año. Los nazis se habían quedado sin aliados en aquellas regiones.

En el frente central se liberó Lituania y la Rusia Blanca, y el 22 de julio, los soviéticos, en su incontenible avance superaron las viejas fronteras de la extinta Polonia. En agosto, la invasión de Rumanía ocasionó la rebelión del pueblo rumano contra el dictador pronazi Antonescu. El nuevo gobierno rumano negoció el armisticio con la URSS el 12 de septiembre, y abandonó la lucha. Pocos días también Bulgaria firmaba la paz con los soviéticos y declaraba la guerra a Alemania, de la que hasta el momento había sido aliada. En la península balcánica, los partisanos griegos y yugoslavos habían obligado a los alemanes a mantener auténticas batallas en su retaguardia, y abandonaban sus posiciones más extremas para no quedar cortados con el resto de ejércitos alemanes, a los que debían adherirse para la eventual defensa del corazón de la Alemania nazi. El 3 de octubre fue liberada Atenas, y el 20 del mismo mes, los partisanos yugoslavos entraban en Belgrado, apoyados por el Ejército Rojo.

El único aliado de los nazis en el Este que todavía resistía era Hungría, donde todavía no habían entrado los soviéticos, y que en ese momento estaba ocupado por los alemanes. Con la excusa de defender a su gobierno títere del terror bolchevique, el 22 de marzo de 1944, Hitler nombró un nuevo gobierno presidido por un hombre de su plena confianza, el embajador húngaro en Berlín, Sztojay, que tuvo que contar con el forzoso beneplácito del regente magiar Horthy. Budapest capituló el 13 de febrero de 1945, con lo que Hungría tuvo que firmar el armisticio.

La conjura antinazi

Los aliados de la coalición antinazi se habían juramentado para mantener su alianza hasta la destrucción de la Alemania nazi, lo que quería decir que la condición para la desaparición del régimen nacionalsocialista era la completa derrota militar del país. Así, tuvo lugar la Conferencia de Moscú (octubre de 1943) en la que los ministros de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, EEUU y la URSS se comprometieron solemnemente a castigar con ejemplaridad a los responsables de las atrocidades nazis, poniendo en marcha una línea de actuación común que se terminó de concretar en la siguiente reunión, la Conferencia de Teherán, tan solo unos meses después, en diciembre del mismo año. La declaración conjunta de Teherán afirmaba lo siguiente: “Ninguna potencia sobre la tierra podrá impedirnos destruir los ejércitos terrestres alemanes, sus submarinos y su industria bélica aérea. Nuestros ataques serán despiadados y cada vez más fuertes”. Toda una declaración de intenciones para que a nadie le pillase de improviso, porque en efecto esa era la actitud que iban a mostrar los aliados. Con esta base de actuación se fijó la fecha aproximada del inicio del desembarco en el norte de Francia (la apertura del segundo frente, tan ansiado por Stalin hacía unos años y que ahora era absolutamente necesario por parte de las potencias occidentales para evitar que el oso ruso se comiese todo el pastel). La puesta en marcha de esta ofensiva debía ser acompañada por la reanudación de los ataques en el este, a fin de obligar a los alemanes a luchar simultáneamente en dos frentes, algo que a la larga iba a hundir las líneas de defensa nazi.

La batalla de Kurks, quizás la batalla más grande de la Historia

mapa kursk

El Ejército Rojo, había derrotado a las tropas alemanas en Stalingrado, gracias a un formidable esfuerzo que dejó exhaustos a ambos contendientes. Pero Stalin jugaba en casa y le fue relativamente más fácil recuperar el resuello, algo que ahora les faltaba a los alemanes. Los soviéticos establecieron contacto con el norte del país, donde Leningrado continuaba asediada, y comenzó a avanzar en todos los sectores, contando con la inestimable ayuda de un gigantesco Ejército regular y de los partisanos que hacían la vida imposible a las tropas alemanas en el territorio soviético ocupado por el Tercer Reich. Tras Stalingrado, donde la capitulación alemana se produjo en pleno invierno ruso, en febrero de 1943, los soviéticos desencadenaron una ofensiva invernal que abrió en canal a los alemanes en el frente central, en torno a Kurks. Tras el avance invernal, a finales de marzo se pactó una tregua, para recuperar aliento. En ese momento, el Alto Mando alemán, que tenía que contraatacar para no perder comba, decidió aislar la zona de Kurks, donde se estaban concentrando fuertes contingentes del Ejército Rojo, del resto de fuerzas soviéticas. Fue el último gran esfuerzo de la Wehrmacht en el frente oriental, una operación bélica gigantesca donde los alemanes tenían que jugarse el todo por el todo si no querían perder más terreno. Era la Operación Zitadelle (Ciudadela), iniciada el 5 de julio de 1943. Como no era posible recuperar los territorios perdidos, el objetivo de los estrategas alemanes era causar el mayor número de bajas a los envalentonados soviéticos, y evitar el cerco de las tropas del Reich en la línea que va desde Orel a Jarkov. Además la ofensiva nazi debía garantizar la defensa de la cuenca del río Don, necesaria para continuar el conflicto con éxito.

Los alemanes intentaron efectuar una operación rápida que sorprendiese a los soviéticos antes de que pudiesen reconstruir sus defensas y recabar nuevas tropas ofensivas. Los alemanes necesitaban una operación de este tipo, un triunfo rápido, pues si se empantanaban en una batalla de desgaste como la que tuvo lugar en Stalingrado meses antes, su acción estaba destinada al fracaso. No olvidemos que todo un cuerpo de Ejército, el VI, había desaparecido en Stalingrado. Más de 250000 hombres, muertos, heridos o prisioneros. Pero se volvía a repetir la jugada, pues el IV y el IX Ejército blindado alemán se estrellaron contra las líneas soviéticas, habiendo avanzado entre 6 y 8 km al norte del frente y de 30 a 35 km en el sur. Habían fracasado en su intento de volver a tomar la iniciativa en el frente oriental y el 12 de julio tuvieron que suspender el ataque. Un nuevo y gigantesco revés para los alemanes, pues los soviéticos contraatacaron el mismo día 12. El 23 de agosto los soviéticos recuperaban Jarkov, el 24 de septiembre, Smolensko y el 6 de noviembre, Kiev. La cuenca del Don estaba de nuevo en manos del Ejército Rojo. Como consecuencia del retroceso nazi, cuyas tropas eran empujadas con fuerza por los soviéticos, a finales de verano de 1943 el frente centro-meridional del este se había desplazado hacia occidente entre 500 y 1300 km en algunos puntos. El Ejército Rojo cruzó el río Dnieper y a comienzos de noviembre, superaban la península de Crimea.

En la batalla de Kurks participaron unos tres millones de soldados, más de 6300 tanques y alrededor de 4400 aviones. Los alemanes sufrieron pérdidas irreparables, tanto en hombres como en material. Los soviéticos también, pero ya era evidente que los recursos de Stalin eran muy superiores a los alemanes. A partir de Kurks, los soviéticos ya no pararon hasta conquistar Berlín. El frente oriental se había desmoronado, aunque los alemanes todavía mantuvieron una resistencia casi numantina en muchos puntos.

La idea de un segundo frente europeo

Stalin, el dictador soviético, había solicitado encarecidamente a Churchill, el Premier británico, la apertura de un segundo frentre en Europa occidental, una vez los alemanes invadieron la URSS. La apertura de un frente occidental obligaría a los alemanes a combatir en dos frente a la vez, retirando un buen contingente de las fuerzas del Tercer Reich que luchaba en el este y aliviando la presión alemana. Churchiil tuvo que dar largas al asunto, pues Gran Bretaña no estaba preparada para ello en solitario. Era necesaria la entrada de EEUU y su formidable maquinaria bélica para acometer tan formidable empresa, algo que sucedió en diciembre de 1941, tras el ataque japonés de Pearl Harbor.

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Imagen del desembarco de Normandía

Aún así, todavía el segundo frente pedido por Stalin tardaría años en poder abordarse, por motivos políticos unos, y estrictamente militares, otros, como estudiar a conciencia el lugar exacto de la operación anfibia. Entre tanto, los soviéticos, tras detener la ofensiva alemana definitivamente en Stalingrado en enero de 1943, pasaron casi sin solución de continuidad a un contraataque devastador que obligó a retroceder a los alemanes continuamente. Los soviéticos recuperaban terreno con gran rapidez. Sus aliados occidentales se dieron cuenta de que si no actuaban, pronto llegarían los soviéticos solos al corazón de Alemania. Así que actuaron por fin, pues no podían permitir la influencia soviética, del comunismo, en suma, en toda Europa. Un motivo político, obviamente que no beneficiaba en nada a los occidentales en el posterior reparto del mundo tras la derrota nazi, que tardaría más o menos tiempo en producirse, pero que ya era inevitable. Se pusieron manos a la obra y prepararon concienzudamente desde comienzos de 1944 toda la colosal maquinaria que pondría en funcionamiento la operación Overlord. El desembarco de Normandía estaba en marcha. Había que derrotar a la Alemania nazi, sí, pero también frenar las ansias expansionistas de Stalin.

La «Rosa Blanca», los estudiantes que plantaron cara a los nazis

Dentro de la Alemania nazi, además de los grupos de auténtica ideología antifascista y miembros de la resistencia antinazi más o menos violenta, había personas que observando lo que ocurría a su alrededor, sentían la necesidad imperiosa de actuar, de hacer algo aunque no fuesen acciones violentas para las que no estaban preparadas psicológicamente. Entre estas personas se encuentra un grupo de jóvenes estudiantes de Munich integrados en un círculo intelectual inspirado por el profesor Kurt Huber, catedrático de Filosofía en la Universidad de Munich. Este grupo era conocido como la «Rosa Blanca». La inspiración del movimiento, de carácter ético-religioso, se basaba en el odio visceral que despertaba en sus miembros la barbarie nazi contra el  pueblo alemán y otros pueblos. Estos jóvenes difundieron sus ideales en hojas de propaganda, algunas de las cuales incitaban a la rebelión contra el Estado nazi. Comenzaron en la resistencia pasiva para pasar después a llamar al sabotaje contra la guerra en curso y contra los nazis:

«Sabotaje en las industrias de armamentos y de importancia bélica; sabotaje a todas las asambleas, manifestaciones, celebraciones y organizaciones promovidas por el partido nacionalsocialista…Sabotaje en todos los campos científicos y espirituales que abogan por la continuación de la guerra actual…Sabotaje a todas las manifestaciones culturales que pueden elevar la «consideración» de los fascistas en el pueblo…Sabotaje a toda empresa periodística, a todo periódico pagado por el «gobierno» que luche por la difusión de la mentira parda…».

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la guillotina de la prisión de Stadelheim (Munich), que cortó más de 1000 cabezas.

Los nazis no podía permitirse ni siquiera una chinita en el zapato, como eran los valerosos jóvenes de la Rosa Blanca y ordenaron a su principal brazo represor, su policía política, la Gestapo, a que actuase. Así el 22 de febrero de 1943, los hermanos Hans y Sophie Scholl y su compañero Christoph Probst fueron ejecutados en la guillotina en la prisión de Stadelheim (Munich), después de un proceso sumarísimo instruido por el Tribunal del Pueblo, en el que fueron sentenciados a muerte por alta traición. Poco tiempo después, fueron condenados a muerte el inspirador intelectual del movimiento, el profesor Huber y dos estudiantes más. Los hermanos Scholl eran miembros de las Juventudes Católicas alemanas.Sophie estudiaba Filosofía y su hermano, Medicina.

La guillotina fue uno de los métodos de ejecución empleados por los nazis para ajusticiar a los resistentes de su propio pueblo e imponer su reinado de terror. Se calcula que con ella fueron ejecutadas unas 16.000 personas. Sólo el verdugo Reichhardt ejecutó a más de 3.000 personas mediante este procedimiento. Reichhardt tuvo que modificar su instrumento de trabajo para cumplir con más eficacia su triste misión, pues la tarea se le acumulaba. Para ello quitó el tablero basculante en el que se ajustaban los reos sujetos con correas, y en adelante ató por los brazos al condenado, con lo que ganaba un tiempo precioso en cada ejecución.

Herbert Baum, un activista judío en la fábrica de Siemens

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Herbert Baum y su mujer Marianne, señalados con un círculo blanco

Herbert Baum fue un joven judío de ideología comunista enviado por los nazis como trabajador forzoso a la fábrica de Siemens, donde realizaba el montaje de motores eléctricos. Aquí organizó un grupo de resistencia antinazi que aglutinó a un buen número de jóvenes obreros judíos de la compañía. Además de las tareas propagandísticas de reparto de panfletos en la calle, realizaron acciones terroristas, lo que puso sobre su rastro a la temible Gestapo. La más sonada de sus acciones fue el incendio del pabellón donde se organizaba una exposición propagandística antisoviética y probélica en Berlín, promovida por Joseph Goebbels. Baum fue uno de los participantes directos en el atentado, pero además puso sobre su pista a la Gestapo, que en los días subsiguientes detuvo a varios miembros del grupo. El propio Baum falleció el 11 de julio de 1942 a consecuencia de las torturas causadas por la policía política nazi. Otros 22 miembros del grupo fueron ajusticiados. La mujer de Baum, Marianne, que también fue detenida en el curso de las investigaciones, fue ejecutada dos meses después que su marido, en la prisión Plötzensee de Berlín.

La «Capilla Roja» o «Rote Kapelle»

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Harro Schulze-Boysen

La «Capilla roja» («Rote Kapelle» en alemán) fue un grupo de resistencia antinazi de influencia comunista que actuó en el interior de Alemania. La denominación de «Capilla roja» (en algunas fuentes aparece como «Orquesta roja») fue cosa de la policía nazi, ya que en realidad era el grupo Schulze-Boysen-Harnack, resultante de la fusión de dos núcleos. El primero en actuar, pues lo hacía desde 1936, era el de Harro Schulze-Boysen, oficial de aviación y funcionario del Ministerio de Aeronáutica, que había organizado un conjunto de personas de diferentes ideologías políticas, incluidos algunos comunistas sobrevivientes de las luchas contra el NSDAP. El otro grupo se aglutinó en torno a Arvid Harnack, funcionario del Ministerio de Economía. Ambos se fusionaron en 1939. La Capilla Roja se infiltró en diversos ambientes berlineses, y a ella se vincularon intelectuales, artistas, pacifistas, altos funcionarios de la Administración alemana y obreros. Establecieron una amplia red de contactos y propaganda que desde Berlín se extendió a otras partes de Alemania. Difundieron una publicación clandestina publicada en diferentes lenguas para que llegase también a los trabajadores extranjeros, deportados o no, que laboraban en Alemania. La publicación se llamaba Die innere Front, y aunque se solía editar por quincenas, en ocasiones salía semanalmente.

La organización del grupo se puede considerar como de frente popular de ideología antifascista y su actividad se concretaba en la propaganda (mediante la publicación de su órgano de prensa arriba señalado), y en la solidaridad con las personas que por sus ideas políticas y por su raza eran perseguidas por el régimen policial del Estado nacionalsocialista. Dieron incluso una vuelta de tuerca más en sus objetivos, pues llegaron a apoyar de manera activa los movimientos de resistencia en los países invadidos por los nazis, incluida la URSS. Contactaron por radio con agentes soviéticos entre 1940-1941, anticipándoles la más que probable agresión alemana.

El 30 de agosto de 1942 Harro Schulze-Boysen fue detenido por la Gestapo. Finalizaba la peripecia con la desarticulaciòn de este valeroso grupo antinazi, que se saldó con más de 60 penas de muerte.

Fritz Sauckel y los esclavos

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Mujeres trabajando en una fábrica de Volkswagen (1943)

El 21 de marzo de 1942, Hitler nombró a Fritz Sauckel Comisario general para el empleo de mano de obra, que es tanto como decir responsable de la organización de la esclavitud en todo el territorio controlado por el Reich. Debía asegurar al Estado nazi el suministro de mano de obra, cuanto más barata mejor. Alemania era un Estado inmerso en un tremendo conflicto en el que se abrían cada vez más frentes, y que necesitaba desarrollar una compleja economía de guerra.

En enero de 1943, el plenipotenciario Sauckel introdujo el trabajo obligatorio para todos los alemanes. Entre 16 y 65 años para los hombres, y de 17 a 45 para las mujeres. Todo el mundo debía arrimar el hombro para ayudar a que Alemania ganase una guerra que cada día se iba haciendo más cuesta arriba. Pero además organizó la mano de obra esclava, la de los territorios invadidos, dado que gran parte de los recursos humanos válidos nativos estaban incorporados en el Ejército alemán. Numerosos prisioneros de guerra (Enzo Collotti habla de hasta dos millones de personas en febrero de 1944) se habían incorporado al trabajo forzoso en las fábricas y minas del Reich. Por esta razón, muchos prisioneros de guerra salvaron la vida (al menos por el momento), sobre todo soviéticos, a los que Hitler, en una de sus paranoias, deseaba exterminar de forma masiva. El 3 de febrero de 1943, en el congreso celebrado en Poznan de Gauleiterlíderes de Zona», es decir, los Jefes Políticos del Partido nazi en cada estado o región alemana), Sauckel informó que «La inaudita dureza de la guerra me ha obligado a movilizar, en nombre del Führer, a muchos millones de extranjeros para emplearlos en toda la economía de guerra alemana y sacarlos el máximo de rendimiento». Toda una declaración de intenciones de corte esclavista, desde luego. A finales de 1942, el número de trabajadores extranjeros empleados como mano de obra barata en la economía alemana era de unos 7 millones. Como Hitler pidiese a comienzos de 1944 otros cuatro millones más, Sauckel se afanó en obtener con gran eficacia la mercancía humana que le exigía su Führer, logrando hasta medio millón de las propias y maltrechas reservas humanas alemanas, pero el resto eran foráneos, deportados a Alemania: millón y medio de italianos, un millón de franceses, 250000 belgas, 250000 holandeses, 600000 procedentes de los territorios soviéticos y orientales y 100000 del resto de territorios. Sauckel se demostró un auténtico maestro en aquello de procurar al régimen mano de obra barata, y hasta el mismo mariscal Göring elogió su trabajo.

Uno de los rasgos fundamentales del Tercer Reich fue la brutal explotación a la que se sometió a los trabajadores. Sauckel realizó levas forzosas amenazando con el hambre y represiones familiares si no se cumplían sus órdenes. Con sus drásticas medidas, logró deportar a Alemania a tantos millones de trabajadores extranjeros. Los más afectados por la dureza de las condiciones que impusieron los nazis fueron los procedentes de la Europa oriental, a quienes se obligaba a efectuar los trabajos más duros. Las raciones alimentarias de los trabajadores extranjeros era de inferior calidad y cantidad a las de los alemanes y se alojaban en miserables barracones que no tenían nada que envidiar a los de los campos de concentración. Dentro de los extranjeros, como ya hemos comentado más arriba, se llevaron la peor parte los eslavos, que los nazis consideraban pertenecientes a una raza inferior, y a los que se quería eliminar físicamente con la dureza de los trabajos encomendados. Salieron mejor parados los trabajadores de la Europa occidental que los nazis consideraban más cercanos a su ideal de pureza aria: franceses, belgas u holandeses. Pero todos ellos formaron parte de la mano de obra barata que los imperialistas nazis utilizaron de forma más o menos despiadada para mantener el descomunal esfuerzo de su loca aventura bélica.

Sauckel fue condenado a muerte en los Juicios de Nuremberg y ahorcado el 16 de octubre de 1946.

Germania, la capital del Tercer Reich

Hitler había vendido la piel del oso sin haberlo cazado todavía, y veía ya en su magalómana mente, la imagen del Reich milenario, con una capital acorde a sus pretensiones imperialistas mundiales:

«Inculcaremos la idea germánica en todos los pueblos germánicos de la Europa continental. Acaso con el fin de fundamentar esta acción convendría cambiar el nombre de Berlín y llamar Germania a la capital del Reich. Porque el nombre de Germania, en su nueva acepción, permitiría a la capital del Reich ser el lugar geométrico de la comunidad germánica, independientemente de la distancia que separa a los diversos miembros».

Adolf Hitler

Incluso soñaba con los monumentos que representarían la gloria inmortal del Tercer Reich:

«Suprimiremos todo cuanto de feo haya en Berlín. Nada será demasiado hermoso para adornar Berlín. Todo el que entre en la cancillería del Reich deberá tener la sensación de penetrar en la morada del dueño del mundo…Nuestras construcciones tendrán tales dimensiones que en su comparación la basílica de San Pedro (de Roma) y su plaza parecerán niñerías. Como material utilizaremos el granito…Berlín será un día la capital del mundo».

Adolf Hitler

Gran auditorio
Maqueta de Germania. Detalle del Gran Auditorio (Grossehalle), que podría haber albergado dentro a la gran pirámide de Keops, tales eran sus dimensiones.

Germania debía ser una megaciudad cuyos edificios gigantescos superarían en tamaño a la gran pirámide egipcia de Keops. Hitler se pasaba horas mirando la maqueta gigante que el arquitecto Speer había construido para él, y que representaba a escala reducida el colosal proyecto del dictador nazi. En ella se contemplaban, entre otros elementos arquitectónicos y urbanísticos, la estación Sur, la Avenida de la Victoria, el Arco del Triunfo, el Palacio del Führer o el Grossehalle. Hitler quería que su capital estuviese terminada en 1950. Pero todo quedó en agua de borrajas dada la monumental derrota sufrida por Alemania. No obstante, no hubiese sido posible llevarlo a cabo, porque el terreno de Berlín no hubiese podido aguantar el peso del gigantesco Arco de Triunfo (por poner un ejemplo), que debería haber tenido varias veces el tamaño del Arco de Triunfo parisino, que en comparación al hitleriano, sería algo así como un pitufillo. Otra de las obsesiones de Hitler era comparar sus gigantescos proyectos urbanísticos y arquitectónicos con los franceses, el enemigo mortal, y al que había que superar con creces en todos los aspectos de la vida.

Juramento de los generales de la Wehrmacht al Führer

Con la muerte del mariscal Hindenburg, hasta entonces presidente del Reich, el 2 de agosto de 1934, Hitler unificó en su persona los cargos de canciller y presidente del Reich, con lo que asumió el poder supremo de las fuerzas armadas alemanas. La jerarquía de la Wehrmacht (Ejército de tierra alemán) prestó ante el Führer este solemne juramento:

«Formulo ante Dios el santo juramento de prestar obediencia incondicional al Führer del Reich y del pueblo alemán, Adolf Hitler, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y estaré dispuesto, como un bravo soldado, a entregar en todo instante mi vida por este juramento».

Era la definitiva alianza entre el NSDAP y el Ejército alemán. La hora de la conquista del mundo se aproximaba.