El Día del Águila

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El Día del Águila fue el día que comenzó la mayor ofensiva aérea de la Segunda Guerra Mundial. Fue el 13 de agosto de 1940. La Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, atacaba con un gran contingente de aviones a la desesperada Gran Bretaña, que se había quedado sola en Europa resistiendo la embestida nazi, tras la caída de la otra potencia occidental europea, Francia. Este día de marras, cientos de aviones nazis (1000 bombarderos escoltados por 700 cazas) despegaron de los aeródromos y aeropuertos de Holanda, Bélgica y la Francia septentrional, ocupadas hacía poco tiempo, para atacar las bases de RAF (Royal Air Force, la fuerza aérea británica) en el sur de Gran Bretaña, instalaciones de radar en la costa y de la Marina real británica. Los británicos lograron capear el inmenso temporal que se les venia encima porque disponían del mejor sistema detección del mundo: el radar (radio detection and ranging, detección y medición de distancias por radio), que localizaba al enemigo según salía de sus bases, por lo que cuando llegaba a su destino, ya le estaban esperando las defensas inglesas. Antes de que los pilotos alemanes alcanzasen la costa inglesa, los cazas británicos estaban en el aire, dispuestos a hacerles frente.

El Alto Mando alemán pensaba que si la mayor parte de la aviación británica estaba defendiendo las costas del sur de Gran Bretaña, sería fácil atacar la zona norte de la isla, por lo que la Quinta Flota aérea alemana atacó allí el 15 de agosto. Un error de cálculo, pues los atacantes fueron recibidos por la potente defensa antiaérea británica, que logró derribar a numerosos bombarderos alemanes, causando pérdidas tan enormes a la Quinta Flota alemana, que no pudieron reponerse antes de finalizar la batalla de Inglaterra. Si este día, los británicos ganaron el encuentro, el 18 de agosto, se produjeron por ambas partes el mayor número de pérdidas de toda la batalla aérea, pues la RAF perdió 136 aviones y 30 pilotos, por 100 aparatos y 62 pilotos de la Luftwaffe. Las pérdidas de pilotos alemanes eran más importantes, pues muchos de ellos, si conseguían salvar la vida, caían prisioneros de los británicos, siendo irreemplazables. Los británicos, caían sobre el suelo de su patria, y eran capaces de volver a combatir de nuevo, si había aparatos disponibles, claro. Otro de los problemas de los bombarderos y cazas alemanes es que cuando atacaban objetivos muy alejados de sus bases, solían tener que volver por quedarse sin combustible sin haber conseguido llevar a cabo su triste misión de muerte y destrucción.

Como los ataques alemanes sobre instalaciones militares no surtieron el efecto deseado, Hitler ordenó atacar objetivos estratégicos en el entorno de Londres. Es posible que algunos pilotos se desorientasen y bombardeasen objetivos civiles, algo que tenían absolutamente prohibido, al menos hasta ese momento. Churchill envió sus aviones a bombardear Berlin en represalia. En concreto destruyeron el aeródromo Temperholf y una fábrica de Siemens. Además, Churchill, astuto él, hizo coincidir el bombardeo con la visita del ministro soviético de Exteriores, Molotov, a Berlín. Hitler se quedó atónito ante la respuesta británica, y ordenó a su vez el bombardeo de las ciudades inglesas. La batalla de Inglaterra había comenzado. Y Molotov debió pensar que Inglaterra no estaba tan acabada como le había dicho su homólogo alemán, Ribbentrop. Todavía había partido.

Italia invade la Francia de Vichy… como buenamente puede

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Mussolini no quiso quedarse fuera de juego ante los triunfos de sus aliados de la Alemania nazi y se lanza a la aventura sin contar con Hitler, que se quedó de piedra cuando se enteró de que los italianos habían entrado en los Alpes Marítimos franceses, el 19 de junio de 1940, cuando el destino de Francia ya lo habían decidido los alemanes en una fulgurante campaña de guerra relámpago. El Duce se quedó atónito y patidifuso cuando los franceses de Vichy defendieron tenazmente su territorio, de forma que los italianos apenas progresaron unos kilómetros en tierras francesas. En dos días, la ofensiva italiana se había detenido. Tan sólo lograron ocupar la pequeña ciudad de Mentón, pero el objetivo de invadir Niza fracasó estrepitosamente. Los italianos sufrieron cuantiosas pérdidas, superiores a las francesas. Hitler tuvo que mandar sus tropas en ayuda de sus aliados del sur, que lograron la rendición de los franceses. A pesar del ridículo que hicieron los italianos, Hitler tuvo que admitir la presencia de negociadores del Duce en la firma del armisticio con los franceses, el 24 de junio de 1940, cerca de Roma. Han sido 14 dias de combates, en los que el Duce obtiene de la derrotada Francia el reconocimiento a sus ganancias territoriales. Hitler tiene ahora un lastre en el recién abierto frente sur. Y la desastrosa campaña del Duce en la costa mediterránea francesa es sólo el principio de los desaguisados que piensa en perpetrar el envalentonado Duce, a pesar del escepticismo de su propio pueblo e, incluso de su Estado Mayor. Aunque el general Rommel elogiará posteriormente la valentía del soldado italiano, falto del material y de la preparación adecuadas para la guerra moderna. Ya no estamos en el 14 y tampoco se enfrentan a tropas indígenas mal equipadas, como en Abisinia. Sus próximos rivales van a ser británicos, que acuden en ayuda de Grecia y defienden Egipto a capa y espada. Y los súbditos de Su Graciosa Majestad sí que son un enemigo formidable.

Aún así, Mussolini, que sabe que los ingleses lo están pasando realmente mal, ordena atacar las posesiones británicas de Sudán, Kenia y Somalia (agosto de 1940), el protectorado británico de Egipto (septiembre de 1940) y por fin, Grecia (octubre de 1940). Hitler ya no sabía que hacer ni donde meterse. Su amigo y aliado es demasiado incómodo, y ya tiene bastantes problemas que se ha creado y más que se va a crear cuando invada por sorpresa la URSS.

Los italianos no andan finos pero irrumpen en escena

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Cañón antiaéreo del ejército italiano

Aunque cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Benito Mussolini, aliado de Hitler por el llamado Pacto de Acero (firmado en mayo de 1939), no intervino, no tardaría mucho en lanzar a su país a la conflagración. Eso sí, cuando quiso, estimó conveniente y sin contar con su poderoso aliado. Los italianos no andaban muy finos después de invadir Abisinia (1935-1936), apoyar a Franco en la guerra civil española con 70000 hombres y ocupar después la vecina Albania en la primavera de 1939. El Duce estaba que no cabía en su corpachón de puro gozo. Pero…

Los italianos estaban en fase de modernización y Mussolini se mordía las uñas mientras los alemanes ocupaban diversos países de Europa como si de fichas de dominó se tratasen. Pensaba que el Führer le iba a dejar sin una miserable tajada que llevarse a la boca, y, aprovechando la tarascada alemana a la poderosa Francia en junio de 1940, el Duce creyó llegada su hora, a pesar de la opinión de los militares italianos, que estaban en contra de la intervención por falta de preparación, y del pacifismo de la población italiana en general (aunque siempre hubo algún exaltado que jaleó la entrada en la guerra). El objetivo del histriónico dictador fascista italiano era que Italia recuperase su posición ancestral en el Mediterráneo, como sucesor del Imperio Romano. Pero, ¡ay!, las cosas habían cambiado mucho desde los tiempos de los césares romanos, por mucho que el Duce se empeñase en proclamarse su heredero. No eran los tiempos de Trajano o Adriano, desde luego.

El ejército italiano disponible en junio de 1940 nada tenía que ver con la potencia casi invencible de las legiones romanas del siglo II d.C. Tenía 73 divisiones, de las cuales sólo 13 estaban disponibles para entrar en combate con eficacia. Otras 34 disponían de armamento pero no de hombres suficientes para manejarlo y en el resto de divisiones el armamento y el material mecanizado  estaban anticuados. En estas condiciones, la irrupción de Italia en la guerra era algo parecido a una aventura, a un «tirarse a la piscina», en donde puede pasar de todo. Además Mussolini no había comunicado a su aliado sus intenciones bélicas. Cuando los italianos atacaron el distrito francés de los Alpes Marítimos, Hitler se quedó de piedra, pues pensó con acierto, que el Ejército italiano, más que un aliado fiable y combativo, era una lacra a la que a su pesar, tendría que echar no sólo una mano, sino las dos para que saliesen adelante. Además se abrieron nuevos frentes para los que los generales de Hitler no tenían diseñadas estrategias plausibles. Al menos de momento. Mussolini quería subirse al carro del vencedor, aportando al menos su granito de arena. Como Franco. Lo que ocurre, es que afortunadamente, el Caudillo de la «España imperial» finalmente se inhibió, como gallego cauto que era.

El Enigma de Alan Turing

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Alan Turing, el hombre que enseñó a pensar a las máquinas

El título de este post, tiene truco. Enigma era una máquina que utilizaban los alemanes para cifrar sus mensajes y evitar que los aliados conociesen el contenido. Alan Turing era un excéntrico matemático profesor de Cambridge, que con el tiempo descubrió cómo cifraban los alemanes sus mensajes, metiéndoles en un buen berenjenal, pues desde entonces sus planes tenian más posibilidades de ser descubiertos por los aliados.

Los británicos, envidiosos de Enigma, fabricaron su propia cifradora, Ultra. Instalaron su propio servicio de descifrado en Blechtney Park, un caserón campestre cercano a Londres, y contrataron para trabajar en él a un grupo de matemáticos y lingüistas de las universidades de Oxford y Cambridge, pero también a expertos ajedrecistas e incluso especialistas en crucigramas. Este servicio se denominó Government Code & Cypher School (GC&CS). Al frente de este cambalache, que se reveló tan importante para el desarrollo de la guerra, estaba Alan Turing, responsable de lograr comprender los mensajes del enemigo. Churchill, consciente de la importancia de este grupo de “cerebritos” y su misión, ordenó que no se escatimase en recursos.

Con el transcurso del conflicto, el GC&CS crece en importancia, y va incorporando paulatinamente más empleados, hasta unos 700 al final de la guerra. Dentro de este grupo de frikis había varios españoles expertos en encriptación, exiliados tras la derrota de la República en la guerra civil de 1936-1939, ésa que dio el pistoletazo de salida al gran conflicto ideológico mundial.

Cada día los alemanes cambiaban la cifra de sus máquinas Enigma. En ese momento, el equipo de Turing se ponía manos a la obra y a contrarreloj para lograr dar con la clave de cifrado y en consecuencia, de descifrado de los mensajes capturados por el habilidoso y eficaz servicio de radioescucha británico. Cuanto antes se conociesen esos datos, antes se podría prever un ataque alemán en tal o cual sitio o el itinerario de sus convoyes de avituallamiento, por poner sólo un ejemplo de la importancia de Turing y sus hombres. Hay que reconocer que Turing y sus muchachos tuvieron un golpe de suerte cuando los marinos británicos del HMS Bulldog, un buque de Su Majestad, lograron capturar el submarino alemán U110, en el que ¡oh, sorpresa!. descubrieron nada más y nada menos que una máquina Enigma (cuyo aspecto semeja al de una máquina de escribir de las antiguas) y el libro de claves. A los alemanes del submarino no les había dado tiempo a deshacerse de ellos antes de que cayesen en manos del enemigo. Se procuró por todos los medios que Berlín no supiese del desastre que eso conllevaba para sus intereses.

Los polacos habían construido algo que denominaban “bomba”, pero no de las que estallan, sino que era una máquina desencriptadora, llamada así por el tictac que emitía cuando funcionaba, similar a una bomba de relojería. Los ingleses se basaron en esta máquina para construir su propia bomba, a la que llamaron Victory, y que empezó su vida efectiva en marzo de 1940, con el problema de que tardaba una semana en descifrar las claves de Enigma. Pero lograron diseñar un nuevo prototipo mejorado que lograba descifrar las claves alemanas en menos de una hora, un tiempo bastante más eficaz para los propósitos que albergaba. Esta nueva máquina de desencriptar la denominaron Agnus Dei. Estos cachivaches se pueden considerar los antecesores de los modernos computadores, y tenían un tamaño considerable.

Churchill estaba tan satisfecho de los resultados del equipo ubicado en Bletchney Park, que los felicitó personalmente. El  británico los llamaba cariñosamente, “mis gansos que ponen huevos de oro y no cacarean”. Mucho tuvieron que ver en el desenlace final de la guerra, pues los militares utilizaban las informaciones transmitidas por los miembros del GC&CS, una información que esperaban como agua de mayo, aunque seguramente al principio no confiasen demasiado en ella. No obstante, Alan Turing es considerado uno de los padres de la computación, si no el principal progenitor de esta nueva tecnología, sin la cual en la actualidad estaríamos más perdidos que Carracuca, en todos los aspectos de nuestra vida de personas del siglo XXI.

Alan Turing acabó de mala manera su brillante carrera. Fue procesado por homosexualidad en 1952 y condenado a castración quimica con estrógenos. Falleció en 1954, posiblemente por envenenamiento por cianuro. Para unos autores fue suicidio y para otros, asesinato. Ahí lo dejo…

Avituallamiento alemán en los puertos españoles

En previsión de una futura guerra en Europa, algo que para Hitler era por supuesto archisabido, pero no para los demás (aunque lo sospechaban), los alemanes habían almacenado 44000 toneladas de gasóleo, 5000 de aceite lubricante y 16000 de alimentos en los mercantes alemanes Bessel, Thalia, Corrientes y Max Albrecht, que en su momento fondearon en los puertos de Vigo, Cádiz, Las Palmas y Ferrol, respectivamente. El objetivo era abastecer a los submarinos alemanes cuando la inevitable guerra se declarase. Así se les evitaba el peligroso regreso a los puertos alemanes. Entre enero de 1940 y febrero de 1944, fueron numerosos los submarinos alemanes que repostaron en los puertos españoles munición, alimentos y combustibles.

Y no sólo esto. El 19 de junio de 1941, los aviones alemanes, despegaron desde el aeródromo de Tablada (Sevilla) y hundieron el carguero británico Empire Warrior, a pocos km de la desembocadura del río Guadiana. Por supuesto, los aviones alemanes estaban allí de “extranjis”. Los británicos sospechaban de la connivencia española, puesto que los aviones alemanes no tenían tanta autonomía como para despegar de bases alemanas y atacar buques en el golfo de Cádiz. Eran tiempos de una germanofilia que con el transcurso de la guerra se iba a ir diluyendo como el azucarillo, en beneficio de la aliadofilia.

Hans Lazar, el «Judío Turco» de Goebbels

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Goebbels, el jefe de Lazar

Hans Lazar fue el encargado de prensa en la embajada alemana en España, es decir los ojos y los oídos de Goebbels en nuestro país, un cargo tanto o más importante que el del propio embajador. A Lazar nadie le tomaría como el ario que preconizan los jerarcas nazis. Goebbels incluido, claro está. Es un hombre moreno de ojos oscuros y de gran apéndice nasal. Más parece judío que otra cosa, y eso es lo que se murmuraba en los ambientes del Madrid de 1940, que es un judío turco natural de Estambul, y que a pesar de que a Hitler no le gustaba su aspecto, no podía prescindir de sus servicios. Estaba casado con una baronesa rumana, Elena Petrino Borkowska. Ambos personajes formaban una pareja ciertamente misteriosa.

Lazar y su mujer daban fastuosas fiestas en Madrid al que acudían altos cargos del régimen de Franco, aristócratas, diplomáticos. Lazar dirigía desde la embajada alemana  el discurso tendencioso de la prensa española, y manipulaba las noticias con enorme habilidad. Lazar era quien dictaba lo que los españoles de entonces debían o no debían leer. Este personaje logró que la prensa española fuese más nacionalsocialista que la de la propia Alemania nazi, que ya era difícil. Los aliadófilos, que existir existían en la España franquista, estaban escondidos hasta debajo de las piedras y no se dejaban ver ni queriendo. No estaban los tiempos para tales desvaríos. Lo que vestía por entonces era la germanofilia, cuyos más orgullosos destellos procedían de la embajada alemana…y de Lazar.

En las fiestas de los Lazar se encuentran las mejores viandas de la Europa ocupada, una Europa saqueada con exquisita eficacia por la maquinaria administrativa nazi, que a su vez se ha aprovechado de la maquinaria militar alemana, intratable en 1940, el año de sus mayores éxitos y cuando nadie podía pensar ni prever una derrota del Tercer Reich. Nadie, excepto algunos visionarios escépticos que veían en la resistencia a ultranza de los ingleses el germen de la derrota nazi. Pero a lo que iba. Lazar recibía los mejores productos europeos, los que se encontraban en el mercado negro a precio de oro, los que estaban en manos de los estraperlistas. Lazar en cambio los recibía a lo grande, mediante valija diplomática.

Lazar actuaba de intermediario de Goebbels, el poderoso ministro de Propaganda nazi. Manejaba como nadie los medios periodísticos españoles, a los que sobornaba para que trabajasen directamente para Goebbels, consiguiendo que la germanofilia estuviese a la orden del día en las calles de la depauperada España, recién salida de una brutal lucha fratricida. Lazar empleaba dos poderosos medios de propaganda que llegaban hasta la mayoría de los españoles, al menos a los que sabían leer, quienes después se lo transmitían a sus convecinos, muchos de los cuales eran analfabetos. El supuesto turco utilizaba el cine y las hojas parroquiales, pues se dio cuenta que los españoles asistían con gran frecuencia a misa y mucho más masivamente al cine. Y eso que el NO-DO no existía todavía, pues comenzó a emitirse en 1943, cuando la germanofilia se había reducido un tanto, mientras la aliadofilia se disparaba. El curso de la guerra tuvo la culpa, evidentemente. Pero volvamos a las cuitas de Lazar. Las distribuidoras españolas de cine proyectaban antes de las películas, por orden de Lazar, los noticiarios alemanes (UFA) e italianos (LUCE).

Para incorporar propaganda nazi en las hojas parroquiales gratuitas, Lazar gestionó la financiación alemana de las mismas. Parte del presupuesto se los quedaban los párrocos y obispos, lo cual ayudaba mucho más a su divulgación entre el pueblo llano. Con estos dos instrumentos ¿quién no iba a ser germanófilo en la católica y fascista España? Lo alemán se puso de moda en España, después del bombardeo informativo sobre las bondades del régimen nacionalsocialista. Muchos (los que pueden, naturalmente), se apuntan a academias para aprender el idioma alemán y adquieren las revistas del Tercer Reich, Signal y Der Adler.

Lazar debió acumular valiosa información durante su estancia en España, pero se extravió (la información, y Lazar, también) cuando los funcionarios de la embajada alemana en Madrid entregaron las llaves de la embajada (antigua avenida del Generalísimo, 4) y la residencia del propio embajador (C/Hermanos Bécquer, 3) al ministerio de Asuntos Exteriores español el 8 de mayo de 1945, cuando Alemania se rindió a los aliados. Los funcionarios españoles responsables entregaron a su vez, cuatro semanas después, las llaves a los funcionarios de las embajadas norteamericana y británica. Ambos edificios estaban vacíos. No quedaban ni las bombillas. Y para qué hablar de documentos…Nada de nada. Posiblemente fue Lazar el encargado de organizar el saqueo para que no quedase ninguna información que comprometiese sus actividades en manos de los aliados.

Algunos investigadores sospechan que Lazar fue un agente doble que trabajaba para los británicos. Vayan ustedes a saber…

Hitler echa balones fuera en sus últimos momentos

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El testamento personal de Hitler de finales de abril de 1945

Poco antes de suicidarse en su búnker berlinés, Hitler redactó su testamento. Dejó incluso la lista del nuevo gobierno del Reich (que lo único que podía hacer era firmar la rendición incondicional ante los aliados), y llamando a la Wehrmacht y al pueblo alemán a que fuesen fieles al nuevo gobierno. A éste le confiaba un mensaje que se debería transmitir a las generaciones futuras, en el sentido de continuar la labor del estado nacionalsocialista (sic) durante los siglos venideros. La verdad es que el testamento del Führer es bastante desconcertante, aunque el testimonio más alucinante que dejó fue gritar al mundo su inocencia ante la brutal guerra que él había desencadenado y culpar, una vez más, a los judíos de todo el fregado. ¡Qué manera de tirar balones fuera poco antes de suicidarse porque no quería caer prisionero de los soviéticos, a los que consideraba miembros de una raza inferior! Además de bolcheviques, tan denostados por el Führer desde su juventud más temprana. Con estas frases de descolgaba Hitler horas antes de suicidarse junto a Eva Braun, con la que acababa de casarse:

“No es cierto que yo, ni nadie en Alemania, haya querido la guerra en 1939. La han querido y la han atizado exclusivamente los estadistas internacionales de origen judío o que trabajaban para los intereses judíos…Pasarán siglos, pero de las ruinas de nuestras ciudades y de nuestros monumentos se renovará continuamente el odio contra el pueblo responsable, el pueblo al que, en definitiva, debemos todo esto: el judaísmo internacional y sus encubridores”.

Testamento de Adolf Hitler.

El último esfuerzo alemán en las Ardenas

American soldiers of the 289th Infantry Regiment march along the snow-covered road on their way to cut off the St. Vith-Houffalize road in Belgium.  January 24, 1945.  Richard A. Massenge.  (Army) NARA FILE #:  111-SC-199406 WAR & CONFLICT BOOK #:  1079
Soldados norteamericanos en la región de Saint-Vith, enero de 1945.

El avance de los aliados en el frente occidental obligó a Hitler a intentar un plan desesperado, ejecutando una contraofensiva que echase al mar a los invasores. El plan concebido por la mente fanatizada aún más de Hitler era prácticamente imposible de llevar a cabo con éxito pues necesitaba de ingentes recursos materiales y humanos que Alemania ya no estaba en condiciones de ofrecer. Aún así, el Führer ordenó al mariscal von Rundstedt, que dirigía el Alto Mando alemán en el frente occidental, cargo al que había accedido sustituyendo a Rommel, caído en desgracia y posteriormente suicidado, alcanzado por rescoldos del incendio que supuso el fallido atentado del 20 de julio de 1944. El plan alemán se basaba en superar el río Mosa, entre las ciudades de Lieja y Namur, a fin de alcanzar la costa a la altura de Amberes, donde se concentraban numerosas tropas angloamericanas, entre el frente alemán y el mar del Norte. El objetivo, que se antojaba muy ambicioso, consistía en liquidar estos contingentes aliados. Es la conocida batalla de las Ardenas, el último gran esfuerzo alemán no por vencer la guerra, que ya se veía como una quimera (excepto Hitler, que vivía en su propio mundo), sino en retrasar lo inevitable.

El 16 de diciembre de 1944, 27 divisiones de infantería y motorizadas y 8 divisiones blindadas, que incluían algunas de las más aguerridas unidades de las SS, comenzaron un ataque sorpresa que descolocó de momento a los aliados, pero no consiguió los objetivos previsto, aunque retrasó durante algunas semanas la ofensiva aliada. Además de suponer importantes pérdidas humanas y materiales. Peor les fue a los alemanes, pues con esta ofensiva perdieron numerosas fuerzas que ya no era posible reemplazar, pues ya no había más cera que la que ardía. Al contrario que en el bando aliado, cuyos recursos, con la puesta en marcha sobre todo de la descomunal economía de guerra norteamericana, eran prácticamente inagotables. El 3 de enero, una vez repuestos de la sorpresa y reorganizadas las tropas anglonorteamericanas, los aliados lanzaron una mortal contraofensiva que les había de llevar a sobrepasar las fronteras alemanas y a combatir en el territorio del Tercer Reich. El intento alemán de recuperar la iniciativa en las Ardenas quedó así en agua de borrajas. La suerte de la Alemania nazi, por si quedaba alguna duda, estaba completamente echada.

Por mucho que todavía el 12 de abril de 1945, Hitler dijese cosas como éstas: “Es una lucha que hay que plantear, por una y otra parte, hasta el agotamiento, y por lo que a nosotros respecta sabemos que lucharemos hasta la victoria o hasta la última gota de sangre”. Debía estar ciego.

Acto de rebelión contra Hitler

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El general Ludwig Beck

A mediados del año 1944, la situación del Tercer Reich no tenía otra salida que la derrota, aunque se desconocía la fecha. No había alternativa a los rápidos avances soviéticos en el frente oriental y a los algo más lentos en el frente occidental, a cargo de británicos y norteamericanos. Por mucho que Hitler se empeñase en cambiar a los mandos militares, no había otra alternativa que la derrota, por mucho que el Führer no quisiese admitirla. La situación interna en la Alemania nazi se caldeaba, y fruto de este calentamiento fue el atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler, realizado en el propio cuartel general del dictador de Rastemburgo, a cargo del coronel Von Stauffenberg, único gesto de fuerza real de la oposición interior, agrupada en torno al general Beck y al político y economista monárquico Carl Friedrich Goerdeler, quienes, procedentes del estamento militar, eran los únicos en disposición de derribar el régimen. Los conspiradores deseaban hacer desaparecer al Führer, porque suponían que si éste quedaba fuera de juego, teniendo en cuenta que cada vez perdía más fácilmente los estribos, podrían negociar la paz con los aliados occidentales, y distraer fuerzas para trasladarlas al frente ruso, a fin de impedir que el bolchevismo alcanzase Alemania. Ignoraban, o querían ignorar, que los soviéticos, los norteamericanos y los británicos se habían conjurado para derribar el régimen nazi y no pararían hasta conseguirlo, unos avanzando por el este y los otros por el oeste, constituyendo una mortal tenaza para los fanáticos nazis, y al tiempo, para el pueblo alemán, que ya sufría desde hacía meses las consecuencias del terrible conflicto.

Goerdeler

El complot de Stauffenberg fracasó y como consecuencia, el régimen endureció su política terrorista, pues dentro del Estado nazi, el poder se desplazó todavía más hacia los elementos más represores del mismo, las SS y la Gestapo. El Partido nazi intensificó la represión de los sospechosos, que cada vez eran más numerosos, una vez estaba claro que el final estaba cada vez más cercano. Las víctimas de la represión fueron miles, y entre ellos se contaron altos mandos de la Wehrmacht, pero también altos cargos de la Administración y diplomáticos. Nadie parecía a salvo de la locura desatada a partir del fallido atentado del 20 de julio. Por supuesto que Beck, Stauffenberg y Goerdeler fueron ejecutados, pero también los generales Fellgiebel, Hoepner, Olbricht, Oster, Stieff o Thiele, entre otros. Tampoco se salvaron de la represión el almirante Canaris, los diplomáticos von Bernstorff, von Hassel, von der Schulenburg, el conde von Moltke y los líderes socialdemócratas T. Haubach, A. Reichwein, J. Leber y W. Leuschner. Ni siquiera el prestigioso mariscal Rommel se salvó de la quema, aunque a éste se le dio la opción del suicidio para salvar a su familia y su sepelio se realizó con honores. Hitler ya no confiaba en los generales de la Wehrmacht y sólo comenzó a fiarse de su círculo más cercano, todos hombres del NSDAP, de probada devoción hacia el Führer, como Himmler y Guderian, que acumularon más poder.

Los cohetes «V1» y «V2»

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Cohete V2 trasladado por un Meilerwagen

Atenazada en todos los frentes, ante el impetuoso avance soviético en el este, y el desembarco de Normandía de los angloamericanos en el oeste, Hitler tuvo que dar salida a algunas de sus armas secretas, en un intento desesperado de mantener el apoyo del pueblo alemán, muy castigado y que ya no solo no creía en el milenarismo del régimen (a pesar de los esfuerzos propagandísticos de Goebbels), sino que se daba cuenta de que el final estaba muy cerca. Así que en la noche del 12 al 13 de junio de 1944, Hitler ordenó el lanzamiento de las primeras V1, antecesor de los actuales misiles, intentando quebrar la moral británica, una vez más, como en verano de 1940. Londres fue bombardeada por estas armas durante ocho largos meses. Desde septiembre de 1944 también se lanzó contra suelo británico los cohetes V2, más perfeccionados que sus predecesores V1. La capital británica sufrió las consecuencias de estas nuevas armas, incluso en una fecha tan tardía como el 27 de marzo de 1945. Los lanzamientos se suspendieron cuando los aliados ocuparon las bases alemanas de lanzamiento de cohetes. Estas armas tenían un alcance de varios cientos de km.

Los británicos, no obstante habían aprendido a defenderse de esta novedosas armas, que poco a poco disminuyeron en efectividad, pues un alto porcentaje de ellas eran interceptadas y destruidas por las baterías de defensa aérea inglesas.