Los perros antitanque

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Los perros antitanque fueron una solución desesperada pero tremendamente eficaz que pusieron los rusos en danza cuando los alemanes les arrollaron en la embestida del verano de 1941. ¿Cómo lo hicieron? Los rusos acostumbraron a los perros a que buscasen comida debajo de los propios carros de combate soviéticos. Ya los tenían medio adiestrados. Después llevaban a los pobres canes al frente donde les tenían en ayunas un par de días (algo que no era muy difícil en esos tiempos). Cuando los soldados divisaban los Panzer alemanes, incorporaban al perro una mochila en el lomo cargada hasta las trancas de explosivos. A la mochilita de marras la colocaron además una antena detonante. El perro, ignorante de su suerte, salía pitando a buscar algo que zampar bajo los tanques alemanes, y en cuanto la antena rozaba los bajos del carro blindado, estallaba la bomba adosada al animal, junto con el propio bicho. Unos cuantos cientos de carros alemanes fueron despanzurrados mediante este simple método. A quien no le debió hacer mucha gracia fue al pobre animalito que tenía la mala suerte de ser habilitado como perro-bomba.

El Knickebein

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Antena de knickebein

El Knickebein era un dispositivo de navegación compuesto por dos haces de radiofrecuencia emitidos desde puntos geográficos lejanos. Los alemanes tenían distribuidas hasta trece emisoras de radiofrecuencia por la costa europea entre Dinamarca y Galicia.  El funcionamiento para localizar objetivos era el siguiente: El avión se mantenía dentro del primer haz, que lo dirigía a ciegas hacia el blanco. Si el aparato se desviaba, emitía un zumbido para avisar al piloto de que rectificase el rumbo. Cuando el avión llegaba al punto exacto sobre el que descargar su mortífera carga explosiva, el haz que seguía hasta ese momento convergía en el segundo haz de radiofrecuencia y el knickebein emitía la señal para soltar las bombas, que era un pitido. Los ingleses llamaron a este dispositivo alemán Headache, es decir “jaqueca” o “dolor de cabeza”. Lograron contrarrestarlo con un dispositivo al que llamaron “aspirina”, cuyo funcionamiento era curvar las ondas de radiofrecuencia para que el enemigo bombardease fuera del objetivo original. Y ya de paso, los británicos desarrollaron un sistema de navegación por radio, el Gee, que guió sus aparatos sobre los cielos alemanes para bombardear sus ciudades.

Gracias al knickebein, los alemanes arrasaron  la ciudad británica de Coventry en la noche del 14 de noviembre de 1940. Coventry era un objetivo militar de primer orden para la Luftwaffe, ya que en sus fábricas se producían aviones, vehículos blindados y otros materiales militares.

Cuitas de Franco y Hitler sobre Gibraltar

Von Ribbentrop y Serrano Súñer
Von Ribbentrop y Serrano Súñer

Hubo un momento en que Franco deseó entrar en la guerra mundial al lado de Alemania, cuando pensaba que Gran Bretaña estaba vencida, con ánimo de reclamar parte del pastel. Hitler, por el mismo motivo se negó, obviamente. Pero la batalla de Inglaterra de verano de 1940 se alargó tanto que ya no estaba tan claro que los ingleses fuesen a ser vencidos. Por eso Hitler tuvo que pensar en otra forma de doblegar a los británicos. Gran Bretaña conectaba con la India y sus colonias de oriente a través del canal de Suez, y además tenía en Malta y Gibraltar bases intermedias mediterráneas. El Führer debió pensar que si cerraba una de las dos llaves del mar Mediterráneo, Suez o Gibraltar, Churchill no tendría más remedio que rendirse. Así que ahora sí que necesitaba a Franco para sus planes, porque debían atacar por tierra Gibraltar, ya que la Armada de su Majestad eran dueña del mar.

Los alemanes maniobraron en Madrid para lograr la entrada de España en la guerra, para que así los alemanes pudiesen entrar «como Pedro por su casa» en la península y ocupar vía terrestre la colonia gibraltareña. Pero Franco era un hombre cauto. Los ingleses estaban resistiendo y podía llegar un momento en que pudiesen dar la vuelta a la tortilla, con lo que España se vería en muy mala situación. Por eso en agosto de 1940 ya no tenía el entusiasmo de meses antes por entrar en la guerra. En esos momentos, los que presionaron para que España declarase la guerra a los británicos eran los alemanes. El ministro alemán de Exteriores, Ribbentrop se entrevistó con Serrano Suñer, su homónimo español, en Berlín el 16 de septiembre de 1940. Ribbentrop exigió de malas maneras la entrada de España en el conflicto, además de una base en las islas Canarias y un alto porcentaje de explotación de las minas españolas, algo que no le gustó nada al “cuñadísimo”, es decir, a Serrano Súñer. En la siguiente entrevista de Serrano en Berlín, esta vez con el mismísimo Führer, éste volvió a insistir en que España cediese una base en Canarias y otras pretensiones que Suñer y Franco estimaban inaceptables. Así, que de entrar en guerra, ahora sí que no. Y eso de que los alemanes conquisten Gibraltar a través de España, nada de nada. España no era una colonia de los alemanes, aunque éstos lo pretendiesen en algún instante. El orgullo patrio no podía permitir que una potencia extranjera ocupase el Peñón.

Meses después, en octubre, Himmler visitaría Madrid para preparar la entrevista del Führer con Franco en Hendaya, con el ánimo de presionar una vez más al mismísimo Caudillo, pero ni por esas logró Hitler convencer a Franco, que a su vez reiteró una serie de exigencias que Hitler no deseaba satisfacer, entre ellas, que Alemania abasteciese de trigo y petróleo a la depauperada España, así como artillería para defender las costas por si a los ingleses les diese por aparecer por allí en son de guerra. Y por si fuera poco, España aspiraba a administrar las colonias norteafricanas de la vencida Francia. Fue un diálogo de sordos, cada uno a lo suyo. Hitler le llegó a decir a Ribbentrop algo así como “con estos tipos no hay nada que hacer”. En 1943, Franco retiró de su mesa de trabajo la fotografía dedicada del Führer, cuando ya la vuelta a la tortilla de la que hablaba más arriba se había consumado.

La Operación Gomorra y los Bombenbrandschrumpfleichen

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“Cuerpos encogidos por las bombas incendiarias” (Bombenbrandschrumpfleichen)

Entre los años 1942 y 1943, los aliados comenzaron a bombardear las grandes ciudades alemanas de forma rutinaria. A finales de julio de 1943 bombardearon durante una semana sin pausa la ciudad portuaria de Hamburgo. El nombre en clave de este ataque fue Operación Gomorra, por la ciudad de pecadores que según la Biblia destruyó Dios a base de una lluvia de fuego y azufre. Es lo que ocurrió en Hamburgo, arrasada por las ondas expansivas de las bombas explosivas y las bombas incendiarias de fósforo. Se originó una tormenta de fuego que destruyó la mayor parte de los edificios del casco antiguo. Murieron más de 30000 personas y 125000 fueron heridas de más o menos consideración.

Muchos de los muertos en Hamburgo fueron sepultados por los edificios derribados, otros con los pies clavados en el asfalto derretido de las calles, otros en los propios refugios antiaéreos asfixiados por la falta de oxígeno, consumido para retroalimentar la propia tormenta ígnea. Otros en fin, asfixiados por el monóxido de carbono procedente del napalm-B de las bombas incendiarias de fósforo. Las personas que no lograron alcanzar los refugios murieron con los pulmones abrasados por el aire a tan altas temperaturas o directamente quemados por el fuego. Las altas temperaturas deshidrataban los cuerpos y algunas personas fueron convertidas en momias dentro de sus ropas. Los bomberos los llamaban “cuerpos encogidos por las bombas incendiarias” (Bombenbrandschrumpfleichen).

Los órganos de Stalin

Soldados soviéticos cargan una andanada de cohetes

Pues no, no se refiere a nada erótico ni sexual, a pesar de lo que pueda sugerir el título de este artículo. El “órgano de Stalin” o “los órganos de Stalin” eran lanzacohetes, y eran denominados así por los alemanes. “Katiuskas” o «Katyusha» los llamaron los soviéticos.

El primer órgano de Stalin se estrenó en julio de 1941 en el área de la ciudad de Smolensko y causó numerosas bajas entre los invasores alemanes. Hasta ese momento estaba en fase, digamos, experimental, pero visto el rotundo éxito y la capacidad destructiva y la mortandad que causó entre el enemigo, inmediatamente se comenzó a fabricar en masa. Muy en la línea de la tecnología soviética, era a la vez sencillo pero eficaz. Estaba constituido por rampas de lanzamiento en las que se disponían hasta 54 cohetes. No eran muy precisas, esa es la verdad, pero sus impactos aniquilaban unidades enteras de los desgraciados que tuvieran la desdicha de sufrir su ataque.

Tormenta de fuego en Dresde

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Residentes y personal de emergencia amontonan cuerpos antes de ser incinerados, en el Mercado Viejo de Dresde, tras los bombardeos.

Una tormenta de fuego o ígnea es el efecto físico que se genera cuando se unen los focos de varios incendios. El aire abrasador se eleva varios kilómetros en el cielo sobre el fuego, que crea a nivel del suelo una gran depresión atmosférica que succiona el aire del entorno, avivando el incendio con nuevo y constante aporte de oxígeno. En estas condiciones se originan vientos huracanados que imposibilitan la huida del fuego. En la tormenta ígnea las temperaturas son tan altas que pueden derretir el asfalto de las calles, que incluso llega a arder. Todo bicho viviente queda inmediatamente incinerado.

En el bombardeo de Dresde por los aliados, los bombarderos norteamericanos y británicos descargaron una brutal combinación de bombas detonantes e incendiarias en una primera oleada y más de medio millón de bombas incendiarias en una segunda pasada para alimentar el primer incendio que estaba devastando el centro de una ciudad superpoblada. La violenta tormenta de fuego desatada reventó los edificios e incineró todo el material susceptible de arder, es decir, casi todo, seres humanos incluidos. Después de los dos grandes ataques en menos de tres horas, la ciudad se convirtió en un gigantesco mar de llamas, porque los focos de miles de incendios se unieron en una sola tormenta ígnea de proporciones bíblicas.

En Dresde el alquitrán de las calles se derritió, aprisionando los zapatos de muchos desdichados que huían. Cayó plomo derretido sobre las cabezas de la gente, que en su desesperación buscaron salvarse arrojándose a las fuentes o canales de agua. Tampoco era solución pues las bombas de fósforo hacían hervir el agua, cociendo literalmente a los que se habían tirado al agua. Otros, en fin, perecieron en cualquier lugar de aquel infierno en la tierra con los pulmones sofocados por el humo. Esa noche del 13 al 14 de febrero de 1945 murieron en el bombardeo de Dresde, considerado el más brutal de la historia, unas 25000 personas en una ciudad superpoblada por la continua afluencia de refugiados que huían de la incontenible avalancha soviética. Aunque en su día, Goebbels dio la cifra de un cuarto de millón de civiles alemanes muertos. Propaganda, claro.

Los Aliados estaban devolviendo, ojo por ojo y diente por diente, pero elevados a la enésima potencia, los bombardeos alemanes a Inglaterra, incluidos los ataques de los incipientes misiles V-1 y V-2.

¿Por qué se arrasó esta desgraciada ciudad tan a conciencia? Algunos autores son de la opinión de que los angloamericanos querían demostrar a Stalin el poderío destructivo de las democracias occidentales, que lo tenían y en gran cantidad, como demostraron en este caso. Había que contener las ambiciones expansionistas del aliado soviético, un aliado necesario en aquellos momentos, pero que se convertiría en el enemigo poco tiempo después, una vez eliminado el enemigo común, el nacionalsocialismo hitleriano. La teoría oficial hasta el momento era que este tipo de ataque tan destructivo directamente sobre la población civil ocasionaría un problema de refugiados gigantesco y de derrumbe de la moral tanto en el frente de combate como en la retaguardia alemanas.

Kamikazes, los pilotos suicidas

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“Kamikaze” significa “viento divino” en lengua japonesa. En el siglo XIII, los mongoles amenazaban con invadir el Japón, pero sus naves fueron hundidas como consecuencia del efecto devastador de dos tifones, el “viento divino”, una catástrofe natural que salvó de milagro al país del sol naciente.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la palabra designó a los pilotos suicidas que estrellaban sus aviones cargados de explosivos contra los barcos enemigos, de forma más o menos voluntaria. La propaganda designaba a los kamikazes como jóvenes que daban su vida por la patria y el emperador. Pero la mayoría de los pilotos kamikazes no se inmolaban de forma voluntaria, sino que eran objeto de una especie de lavado de cerebro por parte de unos oficiales que curiosamente no ejercieron de pilotos suicidas.

A menudo las baterías antiaéreas aliadas derribaban al presunto suicida, que estallaba en el cielo, pues el aparato iba hasta las trancas de explosivos y escaso carburante, ya que era un viaje de ida, pero nunca de vuelta. Los almirantes japoneses que pensaron que los ataques de los kamikazes compensarían la aplastante superioridad de los aliados, estaban en un error, pues ocasionaron pocas bajas al enemigo. Hundieron unos 40 navíos, mientras que la escuadra aliada del Pacífico estaba compuesta por más de mil buques.

La batalla de Leyte

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La invasión de las islas Filipinas por los norteamericanos dio comienzo en la madrugada del 20 de octubre de 1944. La Armada de EEUU bombardeó durante horas para ablandar las defensas japonesas, hasta que a las 10:00 desembarcaron las primeras unidades del Sexto Ejército americano, que tomaron las playas de Leyte al asalto. Horas después habían conseguido desembarcar 60000 hombres y 100000 toneladas de material. Los japoneses se replegaron hacia el interior y esperaron ayuda procedente de otras islas del archipiélago filipino.

La cabeza de puente establecida por los norteamericanos en Leyte fue atacada enseguida por los bombarderos japoneses, cuyos objetivos fueron las fuerzas de tierra y los barcos. Los “kamikazes” hicieron aparición por primera vez lanzando sus aviones cargados de explosivos contra los buques de la escuadra estadounidense, ocasionando graves daños, aunque las pérdidas japonesas superaron con mucho las norteamericanas, pues perdieron gran número de pilotos y aviones que a esas alturas de la guerra resultaban prácticamente imposibles de reemplazar.

La batalla de Leyte está calificada como la mayor batalla naval de la historia, pues los japoneses contraatacaron contra la Armada americana con todo lo que les quedaba. Aun así fueron derrotados: la flota japonesa prácticamente había dejado de existir.

A partir de este instante, los americanos recuperaron las islas Filipinas. Y no sólo eso: además sus fuerzas aéreas lograron dominar por completo los cielos del Pacífico, lo que les permitió bombardear centros industriales en el propio territorio japonés.

El alzamiento del Ejército Patriótico polaco

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Ruinas de Varsovia tras ser sofocada la rebelión

El Armia Krajowa, el Ejército Patriótico polaco, estaba en contacto con el gobierno de su país, exiliado en Londres. Se sublevaron contra los alemanes e intentaron liberar Varsovia. Se alzaron 25000 miembros del Armia, precariamente armados, el 1 de agosto de 1944, apoyados por la Royal Air Force británica, que intentaron lanzar con poco acierto armas y suministros a los sublevados. A pesar de su precariedad, los miembros del Armia lograron dominar parte de la antigua capital polaca y sostuvieron fuertes combates en las calles contra los invasores nazis, pero no lograron dominar ni los puentes del Vístula ni los aeropuertos. Pero convirtieron su gesto en todo un símbolo de afirmación de una patria polaca independiente para después de la guerra.

El intento no fructificó, pues a pesar de la resistencia del Armia, al mando del general Tadeusz Komorowski, las unidades de las SS, dirigidas por el general Erich von dem Bach-Zelewski, dominaron el alzamiento a sangre y fuego. Los soviéticos estaban a muy pocos kilómetros de Varsovia, pero Stalin no tuvo ningún interés en ayudar al Ejército Patriótico polaco. El 2 de octubre los polacos capitularon: habían muerto 15000 miembros del Armia y 150000 civiles. En represalia, decenas de miles de vecinos de Varsovia (los que quedaban) fueron deportados a campos de concentración y la mayor parte de la ciudad, destruida sistemáticamente por los alemanes.

Janusz Korczak y los huérfanos judíos de Dom Sierot

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Korczak fue un pediatra y pedagogo polaco de origen judío, director del orfanato judío Dom Sierot de Varsovia. Además fue escritor, publicista, activista social y oficial del Ejército Polaco. Fue autor de diversas publicaciones sobre teoría y práctica de la educación.

En 1940 tuvo que trasladarse junto a sus pupilos al gueto de Varsovia. A pesar de su precaria salud y avanzada edad, hizo lo que pudo por sus huérfanos, pues consiguió para ellos comida, ropa y juguetes, en un lugar donde no abundaban precisamente estos bienes.

El 5 de agosto de 1942, los 200 niños del orfanato que dirigía Korczak fueron deportados al campo de exterminio de Treblinka. Korczak, que sabía muy bien cuál era el destino final de aquellos niños, insistió en ir con ellos.

Algunas de sus frases más célebres son:

“Los niños no son más tontos que los adultos, sólo tienen menos experiencia.”

“No hay niños, hay personas; pero con otra escala de ideas, otro bagaje de experiencias, otro juego de emociones. Recuerda que nosotros no los conocemos.”

“No importa tanto que uno sepa mucho, sino que sepa algo bien; no que sepa algo de memoria, sino que lo entienda; no que le importe todo un poco, sino que le preocupe algo de verdad.”