León Trotsky.

Trosky Joven
Trosky Joven

Nació en una diminuta aldea de Ucrania, descubrió el marxismo siendo estudiante. Estuvo dos años en la carcel por su implicación en círculos revolucionarios. Desde Londres conspira contra el Zar.

Vuelve a Rusia, participó en la fracasada revolución de 1905, siendo deportado.

Estalló la revolución del 17 estando él en NewYork. Ya en Rusia se convierte en lugarteniente de Lenin, actuó en la salida de la Primera Guerra Mundial, en la victoria en la guerra civil rusa y en la fundación de la Unión de Republicas Socialistas Sovieticas en el 22.

Tras la muerte de Lenin se desató una lucha por su sucesión, aunque este dejo a Stalin, dentro del partido se produjo una tremenda tensión. Fue exiliado a México y posteriormente asesinado por orden de Stalin con un golpe en el cráneo con un piolet en 1940 por el español, Mercader.

Posteriormente se formo la corriente Comunista-Troskysta mas pura en sus convicciones.

Las armas secretas de Hitler, el Cañón V3

Cañon V3
Cañon V3

Al final de la guerra, cuando ya estaban pérdidas la mayoría de las batallas, estas armas era la única esperanza que tenía el Fuhrer.  Las famosas V de venganza. Los misiles autopropulsados V1, los cohetes V2 y el cañón V3.

Este último, es el menos conocido, y nunca llegó a funcionar. Hitler necesitaba bombardear Londres con unos gigantescos cañones, desde la Costa normanda.

El problema balístico es complicado. Puedes hacer balas muy grandes, pero entonces necesitas muchísima carga explosiva para impulsar el obús, esto es prácticamente imposible, si el obús tiene carga explosiva, se detonaría en el propio cañón.

Pero para vencer la distancia del Canal de la Mancha, tenía que hacer unos cañones muy largos. Si aumentas el tamaño el cañón se vence curvándose, además el rozamiento reduce la velocidad del obús.

Los ingenieros alemanes descubrieron el sistema de aumentar la aceleración a base de poner unas cámaras intermedias de explosión, estas se detonaban con el paso caliente del proyectil. Con esta ingeniosa idea se consiguió que pudieran llegar al otro lado del canal.

Hitler pensaba disparar miles de obuses sobre Londres a diario y para ello construyó una base al otro lado del canal.

La base, en la que estaban construyendo el cañón, fue bombardeada insistentemente por los aliados; incluso el piloto Kennedy, hijo mayor de la poderosa saga, murió lanzando bombas de rebote a la base.

Ahí se acabó la última esperanza del Fuhrer.

¡Anfetas en el frente!

Benzedrina sulfate S.K.F.

Aunque los soldados alemanes estaban bien entrenados y preparados para creerse los mejores combatientes del mundo, no estaba de más una ayudita que les permitiese encarar al enemigo con más garantías de éxito.

La empresa farmacéutica Temmler había desarrollado en 1938 una metamfetamina, derivado de la anfetamina. La acción terapéutica de la anfetamina y sus derivados consiste en la estimulación del sistema nervioso central, por lo que mejora el estado de vigilia, Además aumenta los niveles de alerta y la capacidad de concentración. Vamos, que te pone un poco «como una moto».

Entre abril y julio de 1940, la Wehrmacht y la Luftwaffe adquirieron más de 35 millones de comprimidos de Pervitin e Isophan (el mismo fármaco pero desarrollado por los laboratorios Knoll), que son los nombres con los que se comercializó el invento. Las pastillitas de marras ayudaron a mejorar las condiciones de combate del soldado alemán, puesto que las anfetaminas luchan contra la fatiga y eliminan la necesidad de dormir. En el otro lado, los británicos también utilizaron su correspondiente anfetamina, y los norteamericanos, que no iban a ser menos, pues también, pues consumían Benzedrina. Los soviéticos directamente se metían un lingotazo de vodka para animar el espíritu de combate.

En lo que nadie había caído es que las anfetaminas, tomadas tan alegremente y sin prescripción médica, a la larga iban a causar serios trastornos secundarios. Las anfetaminas provocan adicción y asociados a ella, sudoración, mareo, depresión y alucinaciones. Hubo soldados que murieron por insuficiencia cardíaca y otros que se suicidaron durante los períodos de crisis psicóticas.

Pero no se puede negar que mantuvieron elevada la moral de combate, al menos mientras no se supo que tenían sus efectos secundarios, como todo medicamento consumido durante un largo período de tiempo.

La eutanasia en la Alemania nazi

Hospital psiquiatrico

Hitler ya sabía que iba a ir a la guerra. Por ello llevaba años preparando a Alemania. Dentro de esta exhaustiva preparación, como sólo los germanos son capaces, había que organizar también los hospitales en previsión de que los heridos procedentes del frente pudiesen ser atendidos. Para ello era necesario proveerse de camas suficientes. Pero muchas estaban ocupadas por discapacitados de todo tipo, algo imperdonable para los jerarcas nazis, quien los consideraban un lastre y una vergüenza para una sociedad, la alemana, que debía ser la superior raza aria. Así que había que vaciar plazas hospitalarias para acoger a los más que previsibles heridos.

La eugenesia es la filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante la selección de los mejores miembros de la especia humana. La doctrina pretende el incremento del número de personas más fuertes, sanas e inteligentes o de determinada etnia o grupo social para lo que promueve directa o indirectamente la no procreación de aquellos carentes de esas cualidades. Esta idea forma parte del ADN nazi. Las mentes pensantes del régimen nacionalsocialista sabían que para mejorar la raza aria hay que eliminar físicamente a aquéllos que no están a la altura y/o evitar que tengan descendencia. Entre estos elementos de la sociedad se encuentran enfermos terminales, ancianos, deformes, minusválidos, tarados, disminuidos psíquicos, homosexuales…En tiempos de la promulgación de las Leyes de Nuremberg, allá por 1935, se había pensado ya en diseñar un programa de esterilización obligatoria para estas personas que no cumplían con los requisitos del saludable hombre ario. Alguno de los fanáticos jerarcas nazis a buen seguro que no hubiesen pasado las pruebas de selección que ellos mismos, en un ejercicio de hipocresía superlativa, propugnaban.

Algo después de comenzar la guerra en Polonia, se puso en marcha el programa Aktion-T4. El El nombre «T4» procede de los cuarteles generales de la organización que ejecutaba el programa, situados en Tiergartenstraße, 4, en Berlín. Mediante su aplicación, el personal sanitario del partido nazi debía procurar un pasaporte rápido hacia la otra vida a los enfermos terminales. Los inspectores sanitarios del NSDAP elaboraron listas de enfermos sin solución, de vidas indignas de ser vividas, a los que convenía mandar ya al otro barrio. Estos eran trasladados a hospitales espaciales donde fueron asesinados mediante inyección letal o en cámaras de gas. Por cierto, la implantación de la eugenesia no sería preceptivo del Tercer Reich, pues durante la primera mitad del siglo XX, se esterilizó masivamente a enfermos hereditarios en países poco sospechosos de nazismo como Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra…

Este plan de eutanasia a gran escala en el Estado nazi fue conocido por el gran público a mediados de 1941, pues hasta entonces se mantuvo en secreto. Estas prácticas llegaron a oídos de las autoridades religiosas católicas y protestantes, las mismas que habían cerrado los ojos ante las barbaridades cometidas contra el pueblo judío, y algunos obispos denunciaron públicamente el asesinato masivo de estas personas. En agosto de 1941, ante el escándalo generado (aunque poco le podía importar a los responsables de un régimen político genocida en su base como el nazi, pero claro, con la iglesia hemos topado), Hitler suspendió oficialmente la aplicación del programa Aktion T4, desmantelando las cámaras de gas instaladas en hospitales especialmente para tales prácticas. Por supuesto que el programa continuó adelante, pero de forma más discreta. Se calcula en unas 70000 personas asesinadas y en 400000 los esterilizados para que su «semilla impura» no pudiese perpetuarse en la Alemania aria.

Ataque al corazón del presidente checoslovaco

Berlin, Emil Hacha bei Hitler
Reunión de Emil Hácha con Adolf Hitler

Tras la anexión de Austria y los Sudetes checoslovacos, ante la ya preocupante impasibilidad de Gran Bretaña y Francia, Hitler decide dar una vuelta de tuerca más en su agresiva política expansionista. Durante varios meses, los agentes nazis se dedicaron a remover las viejas rencillas entre checos y eslovacos, las dos nacionalidades que convivían en el país surgido tras la Gran Guerra. Y por fin, el Führer anunció que las regiones de Bohemia-Moravia y Eslovaquia quedaban dentro de los límites del célebre «espacio vital» alemán.

Por supuesto, todos estos indicios de lo que vendría poco después alarmaron al anciano presidente checoslovaco, el juez Emil Hácha, que decidió «pedir audiencia» a Hitler, quien no tuvo inconveniente en recibirle en su nueva cancillería, muy acorde al gusto megalómano del Führer.

Hácha fue acompañado por su hija y su ministro de Asuntos Exteriores, Frantisek Chvalkovsky. Cuando llegaron a Berlín, fueron recibidos por oficiales de menor rango al que se esperaba para el jefe de Estado de una nación soberana. Además la banda de música que hacía los honores, obvió deliberadamente la interpretación del himno nacional checoslovaco. La cosas no empezaban bien en la guarida del lobo, evidentemente. Fueron alojados en el hotel Adlon, lugar habitual en la capital alemana para los mandatarios extranjeros. Casi sin tiempo para respirar, recibieron la visita del descortés Joachim von Ribbentrop, el ministro de Exteriores nazi, que entregó a Hácha en mano un pliego con las duras, leoninas, en fin, inaceptables. condiciones del Führer: Checoslovaquia pasaba a ser protectorado alemán, por las buenas o por las malas.

Hitler, sin duda, con el ánimo de demostrar quien era el amo y de paso humillar al presidente de la pequeña nación, convocó de madrugada a la pequeña comitiva checa en su impresionante despacho de la colosal nueva cancillería del Reich. La escenografía era perfecta para intimidar a Hácha y a su ministro. Entre la verja del edificio y el despacho de Hitler había unos 300 m de distancia. Hácha y su ministro, acompañados de sus «anfitriones» nazis recorrieron una inacabable sucesión de patios y salones, diseñados para abrumar al visitante más avezado y más templado. El edificio y la escenografía inherente eran fruto de la imaginativa y exacerbada megalomanía del Führer. Tras el desasosegante paseo, Hácha y Chvalkovsky se personaron ante una monumental puerta custodiada por dos orgullosos e impolutos miembros de las SS. Era el despacho del Führer, según anunció Von Ribbentrop. Una estancia de unos 400 m2, decorada con maderas nobles y un techo artesonado. Al fondo del despacho estaba la gran mesa escritorio de Hitler, y tras ella, el propio dictador nazi, esperando a los checos como las arañas a las moscas en su tela. Era toda una exhibición de poder, y fue en ese escenario en el que Hitler, bien escoltado por parte de su plana mayor, Göring, Ribbentrop y el general Keitel (a éste le llamaban el «lacayo» de Hitler, por su absoluto servilismo), saludó con frialdad a los visitantes, aunque eso sí, tuvo a bien levantarse para ir a recibirlos. Sin más preámbulos, les dice que si no entregan por las buenas su país, lo invadirán esa misma madrugada y bombardearán Praga, su capital. De hecho, los tanques nazis ya van de camino hacia allá, y los aviones sólo esperan una orden del Führer para despegar con su carga de muerte y destrucción. Hácha y sus acompañantes se habían cruzado durante su viaje a Alemania con convoyes militares alemanes transportados en ferrocarril, razón de su retraso a su llegada a Berlín.

Hacha y Hitler2
Hitler informa a Hácha de la inminente invasión de Checoslovaquia

 No había tiempo de reacción, pues fuese cual fuese la respuesta del jurista checo, la ocupación de su país por los nazis sería un hecho. Y dependía de él que fuese cruenta o incruenta. Ante la feroz disyuntiva, su corazón le traiciona y el anciano Hácha se desmaya delante de la cúpula nazi. Como éstos no desean que se les muera el mandatario de una nación soberana (al menos hasta ese mismo instante) ante sus narices (¡qué dirán por ahí!), y menos en el despacho de su Führer, recaban la presencia inmediata del médico, y curandero, sea dicho de paso, personal de Hitler, el doctor Morell, que logra recuperar al anciano, suponemos que con una inyección de adrenalina o algún fármaco similar. Cuando Hácha se ha espabilado un poco, deciden ponerle a prueba otra vez, pues entre tanto se han puesto en contacto con el gobierno checo en Praga. Los nazis ordenaron entonces al viejo juez comunicar a sus ministros que no se opusieran a la entrada de los tanques nazis en la capital. Hácha de nuevo se cae redondo. Demasiada tensión para su veterano corazón. Vuelve a recuperarse y por fin firma el documento por el que entregaba su país al Tercer Reich.

El 15 de marzo de 1939, tras la madrugada de marras que les hemos narrado, lo que quedaba de la república checa se entrega sin resistencia, convirtiéndose en el Protectorado de Bohemia-Moravia. Eslovaquia fue desgajada de la antigua nación y convertida en estado títere de la Alemania nazi. Hitler había vuelto a extender las fronteras de Alemania casi sin disparar un solo tiro y con una rapidez endiablada.

Francia y Gran Bretaña no reaccionaron, pues se habían quedado de piedra. Bueno, no tanto. Gran Bretaña envió una nota diplomática a los alemanes: «Si el ultimátum a Checoslovaquia fuese cierto, el Gobierno de su Majestad se vería obligado a presentar una protesta en los términos más enérgicos», que es decir lo mismo que el que tiene un tío en Alcalá, que ni es tío ni es «ná».

Por cierto, Emil Hácha fue presidente del Protectorado de Bohemia-Moravia hasta el 13 de mayo de 1945, momento en que fue detenido por el Ejército Rojo. Moriría en una prisión de Praga poco tiempo después.