Intentos de armisticio tras el Día D

El día 6 de junio de 1944, el día D («The Day of the Days»), los aliados comenzaron el desembarco de Normandía. El mariscal Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, dirigía la defensa alemana en la región. Para el veterano y mítico militar alemán, no había disyuntiva: o el ataque aliado se detenía en aquellas mismas playas o la suerte estaba echada para la Alemania nazi. Como así sucedió.

Rommel_Erwin
Erwin Rommel

Rommel, una vez desbordadas las defensas germanas, era de la opinión de que lo mejor era retirarse al otro lado del río Sena y atrincherarse allí, lo que obligaría a un descomunal esfuerzo bélico en hombres y armas por parte de los aliados. Pero Hitler no quería oir ni hablar de retroceso de sus fuerzas hasta el Sena e instó a su prestigioso mariscal a mantener su posición hasta el final. Rommel, ante la respuesta del Führer, exclamó delante de sus oficiales que Hitler se había vuelto loco. El ambiente era más que tenso. Rommel no comulgaba con las ideas de su Führer. Fue en este clima cuando sucedieron un par de episodios, prácticamente idénticos, y cuanto menos, extraños.

El 4 de julio de 1944, los soldados norteamericanos hicieron una curiosa proposición a los alemanes. Explicaron que durante la conquista de la ciudad francesa de Cherburgo, habían capturado a un grupo de enfermeras alemanas y querían devolverlas a sus compatriotas, sin exigir contrapartidas. La propuesta llegó al general Hans Speidel, lugarteniente de Rommel y éste, dio permiso para efectuar la operación. A las 15:00 de ese mismo día, se declaró una tregua para la entrega de las prisioneras. Los capitanes norteamericanos Quentin Roosevelt y Fred Gercke, enarbolando bandera blanca, acompañaron a las enfermeras y las entregaron al mayor Hans Heeren, quien les agradeció tan generoso gesto. Si bien el encuentro en sí duró apenas unos minutos, la tregua se extendió durante varias horas, hasta las 19:00, sin razón aparente. Algunos investigadores piensan que Rommel quería entregar una carta redactada en inglés al general británico Montgomery. Y que la liberación de las enfermeras fue aprovechada pra trasladar una propuesta. Por eso existió ese espacio de tiempo en el que las armas callaron, para poder valorar la supuesta proposición del mariscal germano. Rommel quería nada más y nada menos firmar el armisticio en el frente occidental, para retirar sus tropas, no ya al otro lado del Sena, sino hasta la Línea Sigfrido, en la misma frontera franco-alemana. De esta manera, los alemanes podían concentrar las fuerzas que restaban contra la brutal acometida soviética en el frente oriental. En contrapartida, los aliados se obligaban a interrumpir los bombardeos que estaban arrasando numerosas ciudades germanas.

Se desconoce la reacción aliada a la propuesta, si es que hubo tal. Una semana después de este episodio, tuvo lugar uno idéntico. En esta ocasión, de nuevo el capitán Roosevelt fue encargado de liberar a dos enfermeras y 7 secretarias, capturadas también en Cherburgo. Igualmente, se estableció una tregua a la misma hora, las 15:00, y de nuevo, aunque el encuentro duró unos minutos, no hubo intercambio de fuego durante otras cuatro horas. ¿Se aprovechó ese tiempo para transmitir a los alemanes la respuesta? Si fue así, evidentemente fue una negativa.

No era habitual realizar este tipo de entregas unilaterales de prisioneros, pues para ello se solía acudir a la Cruz Roja. Estos hechos sin explicación aparente, apuntan a que Rommel deseaba acordar con los Aliados un armisticio en el oeste. Pero como transcurrieron posteriormente los acontecimientos, no resultó así. Los Aliados nunca reconocieron estos contactos (que posiblemente se produjeran), pues habían pactado con los soviéticos no llegar a ningún acuerdo con la Alermania nazi, excepto la rendición incondicional. Ya vimos que entre Rommel y Hitler había fuertes diferencias en estos momentos cruciales de la guerra. Rommel le había informado de la precaria situación en el oeste, por lo que sugería otra vez la retirada a posiciones más fáciles de defender, a lo que Hitler se negó de nuevo rotundamente. Además, Rommel tuvo que abandonar el frente, pues mientras efectuaba un reconocimiento en su coche oficial, fue alcanzado por un caza británico, lo que le provocó una profunda herida en la mejilla izquierda, herida que requirió su hospitalización en Alemania. Cuando Rommel se marchó, Hitler logró su propósito de hacer resistir a sus soldados y a la población hasta la última gota de sangre.

Si Rommel hubiese continuado al mando de las tropas alemanas del oeste, no sabemos qué hubiese ocurrido. Tal vez hubiese seguido insistiendo en su idea del armisticio. Tal vez nada. De cualquier forma, el final de Rommel fue trágico. Tras el atentado frustrado contra Hitler el 20 de julio de 1944, el nombre del mariscal apareció en la lista de conspiradores, y hay investigadores que afirman que una vez muerto el Führer, el plan incluía elevar a Rommel a la jefatura de un nuevo Estado. Por fin, dos generales de las SS, Wilhem Burgdorf y Ernst Maisel, se presentaron en casa de Rommel para trasladarlo a Berlín. Le ofrecían dos opciones, ambas sin salida, pero una más honrosa que la otra: ser procesado por traidor o suicidarse con cianuro. Para salvar a su familia, Rommel eligió la segunda, y se suicidó. A pesar de todo, algo extraño, Hitler le concedió un solemne funeral de Estado. Quizás el Führer ordenó su eliminación para cortar de raíz cualquier intento de acuerdo del mariscal con los aliados. Esos posibles intentos de armisticio que pudieron concretarse durante las dos pequeñas treguas en las que fueron liberadas un grupo de enfermeras y secretarias capturadas en Cherburgo. Quizás estos posibles armisticios, si hubiesen llegado a buen puerto, podrían haber evitado tanta muerte y destrucción en Alemania en los últimos meses de la contienda. Pero es tarde para saberlo. ¿No querrían los Aliados que sufriesen los alemanes en sus propias carnes como habían sufrido los demás?

La batalla de los «pips»

El 2 de junio de 1942, los japoneses ocuparon algunas de las remotas islas Aleutianas, situadas entre el mar de Bering, al norte, y el océano Pacífico septentrional, al sur. Fue una maniobra para despistar a los EEUU sobre su verdadero objetivo, que era el atolón de Midway, en mitad del océano Pacífico (de ahí su nombre). Los nipones desembarcaron 5000 soldados en cada una de las islas de Kiska y Attu. Pero la estratagema japonesa no terminó de engañar a los norteamericanos, que sabían que la batalla real se daría en Midway.

Aún así, EEUU centró parte de sus esfuerzos en recuperar estas dos islas de archipiélago aleutiano. Y esto fue así por una cuestión de honor para los norteamericanos, ya que estas islas carecían de valor estratégico para los japoneses, pues era imposible el avance hacia Alaska, a causa del mal tiempo reinante en la zona un día sí y otro también. Eso sí, los japoneses habían reducido notablemente la guarnición en ambas islas. El previsto ataque norteamericano hubo de retrasarse en varias ocasiones, por diversos motivos, hasta que finalmente el desembarco en Attu se llevó a cabo el 11 de mayo de 1943. A pesar del inferior número de defensores, estos resistieron encarnizadamente, ya que de nuevo la pésima climatología y el barro se aliaron con los nipones, que lograron obstaculizar la operación estadounidense. Los EEUU tuvieron que movilizar hasta casi 12500 soldados para desalojar a tan recio enemigo de sus minúsculas posiciones. Una constante en la guerra del Pacífico. El 27 de mayo,los últimos japoneses que quedaban con vida tras el duro castigo al que fueron sometidos, se lanzaron en un ataque suicida, fieles al código del Bushido. Fueron exterminados. En la isla de Attu volvieron a ondear las barras y estrellas, pero a costa de numerosas bajas.

Una vez recuperada Attu, los norteamericanos se dispusieron a atacar la otra isla invadida, tratando de no repetir los errores que les habían supuesto tantas bajas en Attu. Por ello sometieron a Kiska a un fortísimo bombardeo desde la potente flota destacada a la zona, a mediados de agosto de 1943. En esos momentos, los radares de los barcos de la US Navy detectaron varios «pips» (señales de radar), que se tenían que corresponder sin duda con una flota japonesa, que venía a socorrer a sus soldados. Los acorazados y cruceros americanos dispararon contra las posiciones indicadas por los radares, que señalaban la presencia del supuesto enemigo. Poco a poco, según transcurría la operación artillera, los «pips» se fueron apagando, con lo que los estadounidenses supusieron que habían hundido al enemigo. Nada más lejos de la realidad, pues las patrulleras enviadas a comprobar el resultado no encontraron ningún resto de embarcaciones imperiales, Y es que ninguna flota japonesa se había desplazado por esa zona en aquella jornada, como se demostró después. Nunca se ha sabido el motivo por el que aparecieron en los radares aquellos «pips». Pero la batalla se conoció con ese nombre.

Desembarco americano en Kiska
Los norteamericanos desembarcan en la isla de Kiska

Aún existen algunos enigmas en esta operación. Cuando los norteamericanos desembarcaron en Kiska después de bombardearla a conciencia, vieron que no eran recibidos con fuego de artillería ni con disparos de ametralladora, ni de fusil, ni de nada. El enemigo no ofrecía resistencia, y se pensó que podía ser una trampa. Los pilotos de varios aviones P-40  se armaron de valor y aterrizaron en el aeródromo japonés de la isla, descendieron de los aparatos y comprobaron in situ que no había ningún defensor vivo, o al menos, en condiciones de oponer resistencia. Una vez los norteamericanos se convencieron de la ausencia de enemigo contra el que combatir, ocuparon la isla.

¿Qué había ocurrido? No fue ningún misterio en esta ocasión. El 28 de julio, antes de que los americanos bombardeasen Kiska, aprovechando una retirada momentánea de la flota estadounidense de sus aguas, para abastecerse de combustible, se deslizaron varios barcos japoneses entre la niebla y recogieron a la guarnición. Pasaron por delante de los barcos de la US Navy y regresaron a Japón con sus tropas sanas y salvas. Los barcos norteamericanos habían bombardeado sin descanso una isla vacía de defensores, con el gasto que ello supone. Habían hecho el ridículo más espantoso y para colmo, a pesar de que enfrente no tenían una fuerza armada, los atacantes tuvieron más de 300 bajas, algunas ocasionadas por las minas y trampas dejadas allí por los japoneses en su retirada, peor también por el fuego amigo procedente de los cañones de la propia flotilla estadounidense.