La Guerra de Invierno

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Al finalizar la invasión de Polonia, la URSS se lanzó a mejorar sus posiciones en el mar Báltico, para lo que debía ocupar los países bálticos y algunas zonas de Escandinavia, que habían sido antiguas posesiones rusas. Esta estrategia estaba destinada a mejorar sus posiciones en la región, en previsión del conflicto con Alemania, que llegaría más tarde o más temprano, a pesar del Pacto de No Agresión Germano-Soviético firmado entre los ministros de asuntos exteriores Von Ribbentrop y Molotov, alemán y soviético, respectivamente. Una forma como otra cualquiera de ganar tiempo por parte de ambas potencias.

Ante la insistente presión militar y política de la URSS, los denominados Estados Bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, se vieron obligados a firmar con su poderoso vecino los llamados «pactos de asistencia mutua», con lo que permitían que los soviéticos instalaran bases aéreas y marítimas, además de establecerse tropas soviéticas en el territorio de estas repúblicas. Pero si bien la agresiva política soviética tuvo éxito en estos pequeños países, antiguos territorios del imperio de los zares, fracasó estrepitosamente en otra región que en tiempos también había formado parte del viejo imperio ruso: Finlandia. El país escandinavo era independiente desde 1918 y se opuso enérgicamente a la presión de Stalin.

En octubre de 1939, los delegados finlandeses desplazados a Moscú para tratar «cuestiones políticas concretas», según las palabras de los dirigentes soviéticos, recibieron una serie de exigencias, algunas de ellas inaceptables. La frontera finlandesa del istmo de Carelia, cercana a Leningrado (San Petersburgo), debía trasladarse al norte para proteger la antigua capital de los zares de un hipotético ataque enemigo a través de territorio finlandés. Los soviéticos no se quedaron ahí. Querían más: la cesión de varias islas en el golfo de Finlandia, la región de Pétsamo, en la costa ártica, y el arrendamiento de la península de Hanko, en el sur de Finlandia. Los soviéticos ofrecieron contrapartidas, pues ofrecían la ampliación del territorio central finlandés hacia oriente. Los finlandeses se mostraron dispuestos a aceptar todos los draconianos puntos excepto el que se refería a la península de Hanko, pues significaba dejar en manos soviéticas una base militar próxima a Helsinki, capital del país escandinavo. Por ello, el 13 de noviembre de 1939, se rompieron las negociaciones. Así que los soviéticos, que ya esperaban la negativa finesa, pasaron a la acción y provocaron la guerra fino-soviética amparándose en un supuesto incidente fronterizo. Los soviéticos aseguraron ante la opinión pública mundial que el 26 de noviembre, la artillería finlandesa había abierto fuego contra tropas soviéticas en la población de Mainila, y al día siguiente denunciaron el Pacto de No Agresión Fino-Soviético, firmado en 1932. Comenzaba así la denominada Guerra de Invierno, en la que Stalin confiaba con obtener un rápido y rotundo triunfo. Pero no fue así…

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Mariscal Carl Gustaf Emil Mannerheim

El 30 de noviembre y sin declaración previa de guerra, un poderoso ejército soviético cruzó la frontera con Finlandia. Helsinki fue bombardeada. A pesar de la manifiesta inferioridad finlandesa tanto en armamento como en soldados, el Ejército escandinavo, bien dirigido por el mariscal Mannerheim (considerado hoy en día héroe nacional finés) consiguió resistir la avalancha soviética, a cuya vanguardia iban divisiones blindadas. Los tanques soviéticos fueron inútiles ante el conocimiento del terreno que demostraron los defensores finlandeses, cuya habilidad en la técnica del esquí, provocó la apertura de brechas en el frente, hostigando constantemente la retaguardia soviética. En los frentes del norte y centro, los finlandeses lograron aniquilar hasta cuatro divisiones soviéticas. Hasta mediados de diciembre, los soviéticos quedaron retenidos en todos los frentes y los ataques aéreos no sólo no quebraron la voluntad de resistencia de los finlandeses, sino que la incrementaron.

Pero la superioridad soviética terminó por imponerse, pese a las graves e inesperadas pérdidas sufridas ante un ágil enemigo al que habían considerado muy inferior. El problema de subestimar al contrario puede jugar malas pasadas, como le ocurrió a Stalin en esta ocasión. Además los fineses recibieron muy poca ayuda por parte de las naciones amigas, temerosas de que después los soviéticos se volviesen contra su inestable neutralidad. Como fue el caso de Noruega y Suecia, que mantuvieron la neutralidad oficial, aunque grupos de voluntarios combatieron en las filas del ejército finlandés.

Por fin, en enero de 1940, los soviéticos reorganizaron su ejército, que fue reforzado notablemente, lanzando una gran ofensiva sobre el istmo de Carelia. Los finlandeses se vieron obligados a retroceder, pues sus fuerzas estaban ya muy justas y escaseaban las municiones. El 29 de febrero, el Gobierno finlandés ofreció a los soviéticos el inicio de negociaciones de paz que Stalin aceptó. Los finlandeses, contra todo pronóstico habían conseguido defender la soberanía e independencia de su país y con la Paz de Moscú, el 12 de marzo de ese mismo año, el país salió relativamente bien parado y a pesar de la situación extremadamente crítica. A consecuencia del tratado de paz, Finlandia perdía varias islas del golfo de Finlandia, gran parte de Careiia y franjas de la Finlandia central y septentrional, y cedían en arriendo la península de Hanko durante 30 años. A cambio, mantuvieron la independencia.

 No obstante, el número de bajas soviéticas fue muy superior a las de los finlandeses, un hecho que dañó muy seriamente la reputación de las fuerzas armadas soviéticas, pues desde la Guerra de Invierno, tanto Hitler como las potencias occidentales tendieron a infravalorar la capacidad bélica de la URSS. Moscú reaccionó reformando la instrucción militar y la estrategia del Ejército Rojo, efectuando sobre él una profunda y amplia reorganización.

La Música Clásica en la Segunda Guerra Mundial

La musica no quedó interrumpida por la guerra pese a las dificultades que esto acarreaba. De hecho se compusieron varias obras de alto nivel. paso a relatar algunas de ellas :

Olivier Messiaen – Cuarteto para el fin de los tiempos (Quatuor pour la fin du temps)

Messiaen fue un soldado del ejército francés durante la Batalla de Francia. Fue hecho prisionero en 1940 en Verdún, e internado en un campo de prisionero, en Görlitz. Allí encontró a varios músicos cautivos : jean Le Boulaire (violinista), Étienne Pasquier (violonchelista) y Henri Acoca (clarinetista),para los que compuso un trío. Más adelante, a finales de 1940 y principios de 1941 compuso el “Cuarteto para el fin de los tiempos”, inspirado en un pasaje del Apocalipsis bíblico, unido a las privaciones y el encierro al que estaba sometido. Lo hizo para piano, violín, violonchelo y clarinete, porque eran los instrumentos que tenía disponibles.

Los arriba señalados, más Messiaen al piano, estrenaron el cuarteto el día 15 de enero de 1941, con una audiencia compuesta de prisioneros y guardianes,que escucharon con enorme atención.

Durante ese año 1941, Messiaen fue liberado del campo de prisioneros, y pudo retomar su actividad como músico en Francia.

La simbología del NSDAP

En agosto de 1920, el partido nazi tomó el nombre definitivo de Nationalsozialistche Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP), el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores. Entre esa fecha y 1921, inició su transformación en movimiento paramilitar. En junio de 1921, Hitler se adueña prácticamente del partido, desaparecido de la escena el fundador Karl Harrer y relegado el otro fundador del movimiento, Anton Drexler, a la presidencia honorífica. El NSDAP comienza a forjar su nueva ética agresiva contra los débiles partidos burgueses de la República de Weimar. Con el pretexto de preparar la defensa de sus propios comicios contra las acciones callejeras de sus adversarios políticos, socialdemócratas y comunistas, fundamentalmente, organizaron en agosto de 1921 las primeras «secciones de asalto», las SA (Sturmabteilungen).

Hacia finales de 1920, el NSDAP había progresado adecuadamente a juicio de sus líderes en cuanto a su actividad propagandística. El partido se hace con un órgano de prensa, el Völkischer Beobachter, que posteriormente, y de la mano del ideólogo nacionalsocialista Alfred Rosenberg, se convertirá en el portavoz de la lucha antidemocrática, antibolchevique, nacionalista, pangermanista y antisemita, señales de identidad del NSDAP. El Partido Nazi aparece así estructurado, pero es necesario todavía un símbolo: la bandera roja con la cruz gamada sobre disco blanco.

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La bandera del NSDAP, símbolo de su ideología

El propio Hitler explica la simbología de la bandera que representa en principio al partido, y que, más tarde, con la victoria del NSDAP en las elecciones de noviembre de 1932 y el acceso a la cancillería de su mesiánico líder en los inicios de 1933, será la bandera de todo un país.

«En el color rojo simbolizamos la concepción social del movimiento; en el blanco, la nacionalista; en la cruz gamada, la misión de luchar por la victoria del hombre ario y, al mismo tiempo por la victoria de la idea del trabajo creador, que siempre ha sido y será antisemita»

Adolf Hitler – Mein Kampf

El Gobierno General polaco

Hans Frank
Hans Frank

En septiembre de 1939, Alemania y la Unión Soviética se repartieron Polonia tras la invasión y según lo previsto en las claúsulas secretas adicionales del Pacto de No Agresión Germano-Soviético. El Estado polaco, existente como tal desde 1921, desapareció dle mapa. Los límites de las áreas ocupadas por alemanes y soviéticos seguían una línea entre el extremo sur de Lituania, el río Bug hacia el sur, y desde allí por el río San. Al este de esta línea se hallaban los eslavos orientales, bielorrusos y ucranianos, que quedaron bajo la administración soviética. Al oeste de la nueva frontera, los territorios habitados por alemanes fueron anexionados a la Alemania nazi. Los territorios restantes, la Polonia central, que incluía la capital Varsovia, quedaron bajo el mando de un gobernador y formaron parte desde el 12 de octubre de 1939 del Gobierno General de los territorios polacos ocupados. El Gobernador General nombrado a tal efecto fue un seguidor de Hitler de la primera hora del NSDAP, Hans Frank, cuyas odiosas y despreciables acciones contra la población civil hizo que los propios polacos le nombrasen como el «Carnicero de Polonia». Era un hombre que odiaba visceralmente a los judíos y a los eslavos, a los que consideraba una raza inferior, como en general ocurría con todos los jerarcas nazis. Tenía su sede en Cracovia desde donde lanzaba sus despiadadas proclamas contra la gente. Era el señor de las vidas y haciendas de los desventurados polacos que habían quedado bajo su nefasto mandato.

Las líneas básicas de la brutal política del Gobierno General se basaban en la eliminación física de la intelectualidad polaca, las deportaciones forzosas, el saqueo de la economía y la creación de guetos judíos. Instauró la obligatoriedad del trabajo para los polacos, y para los judíos, los durísimos trabajos forzosos. Se obligaba a los polacos a trabajar para el Reich, como si fuesen esclavos y además eran deportados a Alemania. Otra de las bases de este odioso y odiado Gobierno fue extirpar a la clase dirigente polaca para convertir a la población en una masa desprovista de cabeza pensante, puesta a disposición de los nuevos dueños del país.

Hitler nombró a Himmler, el comandante en jefe de las SS, la guardia pretoriana del Führer, comisario del Reich para el reforzamiento del espíritu nacional alemán. Fue este personaje el que reforzó y apoyó con sus medidas el reinado del terror del Gobernador General. Las élites polacas, encarnadas en profesores, médicos, juristas y religiosos fueron masacrados por las Unidades de Intervención (las Einsatzgruppen) dirigidas por el propio Himmler, e integradas por elementos de la Gestapo (la temida policía política del régimen nazi) y de las SS, entre otros. Si la intelectualidad polaca fue la que corrió más peligro en aquellos meses, pues para los nazis era esencial descabezar una posible resistencia civil, respecto a los judíos, todos ellos sin excepción, fueron víctimas de toda clase de atropellos.

Hans Frank llegó a definir Polonia como «un botín del Reich alemán» o un «gigantesco campo de trabajo». Además, Frank se descolgaba con lindezas como ésta, que él consideraba una broma: «A una vaca se le puede pedir leche o carne: si quiero tener leche, necesito que la vaca viva. Lo mismo sucede con un país conquistado». Actuó con una ferocidad aún increíble entre los mismos nazis, y colaboró de forma entusiasta en el exterminio judío y la germanización y la puesta en marcha del régimen esclavista contra el pueblo polaco. La política de ocupación llevada a cabo por el gobernador general subrayó las profundas diferencias que según los nazis existían entre el Herrenvolk (el pueblo de los señores, es decir, el pueblo alemán) y los polacos, considerados una raza inferior. No pudo exterminar a toda la población, porque para su desgracia, carecía de personal suficiente para hacerlo. Pero esa era su idea. No obstante, en una alocución a sus funcionarios de policía el 30 de mayo de 1940, Frank no deseaba la creación de campos de concentración en Polonia, ya que «el sospechoso tiene que ser liquidado inmediatamente».

Antes de la instauración del Gobierno General, en la parte de Polonia ocupada por la Wehrmacht, fueron ejecutados o murieron en disturbios, más de 10000 personas, incluidos numerosos judíos. Pero la etapa del Gobierno General superó con creces estas cifras. El Gobernador ordenó trasladar polacos y judíos desde otras regiones ocupadas por los nazis al territorio del Gobierno General, donde se dispusieron en fases posteriores de la guerra numerosas ejecuciones indiscriminadas y asesinatos masivos en los campos de exterminio que allí se levantaron. Los soviéticos, por su parte, organizaron otro régimen de terror, del que fue un buen ejemplo, los cadáveres de miles de oficiales polacos encontrados en las fosas de Katyn.

El régimen de ocupación de Polonia, tanto por alemanes como por los soviéticos fue completamente despiadado y criminal. Tras la derrota militar, a la población civil polaca le restaban largos años de miseria y sufrimiento.

Lucky Luciano

lucky_lucianoInteresante personaje de la Mafia Italiana en America. Lucky Luciano el capo más poderoso de la mafia americana desempeñó un papel importantísimo en la Segunda Guerra Mundial. Paralizó una huelga en los muelles de Manhattan que hubiera llevado al traste con el transporte de materiales para la guerra. También actuó planificando y apoyando la invasión aliada  en Sicilia. Gracias a esto fue puesto en libertad, pero se le prohibió volver a Estados Unidos. Fue el creador de la comisión y de las cinco familias sicilianas, dueñas del hampa americana.

Vivía en New York en el Waldorf-Astoria, salía con bailarinas de strip-tease. Y obligó al look gánster. Decía que se podía matar pero con elegancia y buenos trajes.

La situación a finales de 1944

A finales de 1944, los Aliados ya habían cruzado las fronteras de Alemania, tanto en el oeste, con la ocupación de Aquisgrán (Aachen en alemán), y en el nordeste, con el avance a través de Prusia Oriental. El retroceso alemán en todos los frentes se debía a su inferioridad militar tanto en tierra, como en mar y aire frente a soviéticos, norteamericanos y británicos. A pesar de la más que previsible derrota del Reich de los mil años, los alemanes aún consiguieron algunas victorias locales que sólo sirvieron para retrasar la inevitable derrota final. Pese al fanatismo del que hicieron gala siempre los jerarcas nazis, la verdad es que la población civil y los militares estaban exhaustos y sobre todos ellos cundía el más absoluto desánimo y abatimiento. No obstante, seguían combatiendo, ahora por su propia tierra y en virtud del juramento cuasirreligioso que los militares hicieron en su día a su Führer.

Con la ocupación del norte de Francia, los Aliados abrieron un segundo gran frente en Europa occidental tras el desembarco en Sicilia del año anterior. Alemania combatía ahora en tres frentes: el sur, el oeste y el este, y se notaba que sus efectivos, que iban menguando según transcurría la guerra, eran claramente insuficientes para llevar a cabo con eficacia tan descomunal tarea defensiva. Las comunicaciones y la logística no funcionaban como en los primeros años de la guerra, y el retroceso constante estaba a la orden del día, a pesar de las fanáticas órdenes de Hitler, que se empeñaba en la resistencia a ultranza, hasta la última gota de sangre alemana. El Führer había dado orden de crear el denominado «Ejército Popular», el Volksturm, una unidad integrada por todos los hombres capaces de combatir con edades comprendidas entre los 16 y los 60 años, en una última y desesperada medida de resistencia, que no podía llegar a buen puerto. Los avances aliados no eran frenados por la Wehrmacht, el ejército alemán, sobrepasado en todos los frentes.

No obstante, todavía en algunos sectores del amplísimo frente oriental se realizó alguna defensa eficaz. A finales de 1944, los alemanes consiguieron crear un frente entre los ríos y canales holandeses hasta el curso superior del río Rin, donde mantuvieron las defensas algún tiempo. En cambio, en el norte de Italia, las defensas alemanas se mantuvieron casi intactas hasta el final de la guerra.

En los Balcanes, Rumanía y Bulgaria, hasta entonces aliadas del Tercer Reich, cambiaron de bando y en todas partes los partisanos hostigaron sin descanso a las tropas alemanas, que siguieron con su política de represión siempre que pudieron, hasta su total expulsión de los países que habían invadido.

En el Pacífico, los japoneses fueron también víctimas de la amplia extensión de los territorios conquistados en el inicio de su expansión, pues se vieron incapaces de defenderlos todos con eficacia. Los Aliados avanzaban ya decididamente en Borneo, las islas Filipinas y las islas del Pacífico.

Al finalizar 1944, el Tercer Reich se acercaba a su final, a pesar de las mesiánicas veleidades de su Führer. El fanatismo de los dirigentes alemanes y japoneses, que jamás pensaron en capitular a pesar de su cada vez más adversa situación, todavía costó la vida a varios millones de personas más en 1945, cuando la guerra estaba ya prácticamente decidida en casi todos sus frentes a finales de 1944.

La situación a finales de 1943

Si a finales de 1942, los Aliados comenzaban a tomar la iniciativa, un año después, avanzaban hacia Alemania. En 1943, los Aliados desembarcaron en Sicilia y se dirigieron hacia el norte de la península italiana, lo que acarreó la caída del Duce Benito Mussolini. El gobierno que sucedió al fascista suscribió un armisticio con los Aliados. Italia, que era el principal aliado de Hitler en Europa había caído, lo que ocasionó la apertura de otro frente para los alemanes, que no quisieron, según la costumbre de Hitler, ceder el territorio italiano sin luchar, pues las tropas aliadas avanzaban por la bota italiana hacia el Tercer Reich.

En el gigantesco frente del Pacífico, lo único que les quedaba a los japoneses era conservar el inmenso territorio conquistado. Pero los norteamericanos avanzaban lentamente hacia el corazón del imperio del sol naciente, «saltando» (mediante la conocida táctica del «salto de rana») de isla en isla, enfrentándose con paciencia a la durísima y tenaz resistencia japonesa, muchos de cuyos soldados preferían el suicidio a la rendición. Esta actitud, tan relacionada con el código del honor enraizado en el espíritu japonés, ralentizó el avance norteamericano, cuyo ejército necesitó concentrar la mitad de sus efectivos totales en este amplio frente.

Los Aliados eran dueños y señores del espacio aéreo del Tercer Reich y comenzaban el brutal bombardeo de las ciudades alemanas. La población civil germana comenzó a sufrir en sus propias carnes los efectos devastadores y destructivos de la guerra. La situación se había invertido.

Por otro lado, gran número de submarinos alemanes fueron hundidos en la guerra del Atlántico, con lo que la capacidad de ataque de la flota alemana contra los convoyes aliados se redujo drásticamente. Ya a finales de 1943, los líderes Aliados, tras el evidente cambio de curso de la conflagración, celebraron una Conferencia en Teherán para comenzar a diseñar el nuevo orden mundial después de la guerra, que aún se adivinaba larga, gracias a la resistencia a ultranza de las potencias del Eje, excepto Italia.

En noviembre de 1943, Hitler ordenó reforzar las divisiones alemanas en el frente occidental, a pesar del peligro que suponía el retroceso en el frente ruso, después de la hecatombe de Stalingrado. El Führer consideraba que la amenaza en el oeste era muy superior a la oriental y que podía decidir la guerra. Como en Rusia se habían conquistado vastas extensiones de terreno, los jerarcas nazis consideraron que podían retroceder mucho sin que se viese afectado el corazón de Alemania. En cambio, en el oeste, el más mínimo cambio en la situación, abriría el acceso de las tropas británicas y norteamericanas al centro de Alemania. En efecto, si los Aliados conseguían romper las defensas alemanas, en muy poco tiempo lograrían cruzar la frontera del centro del imperio nazi, un imperio en franco retroceso. Hitler acertó de pleno, pues la batalla más decisiva se libró desde junio de 1944 en el frente occidental.

A finales de 1943 la situación para Alemania comenzaba a transformarse en dramática, a pesar de su gigantesca capacidad de resistencia. Los responsables políticos y militares lo sabían, y a pesar de ello, siempre comunicaron a la población civil lo bien que iba la guerra, una información manipulada magistralmente por el ministro de propaganda nazi, J. Goebbels. Pero los intensos bombardeos sobre las ciudades alemanas terminaron por convencer a los alemanes de que las cosas no iban tan bien como trataba de hacerles ver el gobierno. La guerra había cambiado de signo y la derrota sólo era cuestión de tiempo. De tiempo y de muchos millones de muertos y destrucción más.

La situación a finales de 1942

En el verano de 1942, el Tercer Reich había alcanzado su máxima extensión, a pesar de haberse empantanado a las puertas de Moscú, pues en el frente oriental había avanzado hasta los ríos Volga y Don y la cordillera montañosa del Caúcaso. En el norte de África habían penetrado en Egipto, haciendo retroceder a los británicos.

En el oeste, los submarinos alemanes seguían llevando a cabo su particular campaña «corsaria» de hundimiento de todo barco que se ponía a tiro, amenazaban la costa este de EEUU con sus temerarias acciones y lograban destruir numerosos convoyes que cruzaban el Atlántico rumbo a Gran Bretaña y que suministraban materiales y hombres.

Pero si bien a mediados de 1942, ésta era la situación, a finales había cambiado radicalmente. ¿Qué había ocurrido? En primer lugar, que el Sexto Ejército alemán estaba rodeado en la soviética Stalingrado, en el frente ruso, y en el norte de África, los británicos habían contraatacado para recuperar el terreno perdido en las campañas de verano del Afrika Korps dirigido por el genial estratega alemán Erwin Rommel. Estos dos fracasos tenían causas similares: la enorme superficie de terreno conquistado amenazaba con hacer colapsar la intendencia de los invasores, que no disponían de recursos suficientes para mantenerse en ellos con eficacia. Las potencias del Eje, tanto en Europa como en Extremo Oriente comenzaban a tener serias dificultades en cuanto al suministro de armas, material y hombres. En cambio, los Aliados disponían de estos suministros de manera prácticamente ilimitada. El problema de la Wehrmacht era precisamente el inmenso territorio conquistado en tan poco tiempo, una vasta extensión de terreno en la que se mostraban incapaces de mantener comunicaciones y logística eficaces, una situación totalmente lógica en la que no parecían haber caído los jerarcas nazis.O sí, pero fue obviada.

Un ejemplo es la desatrosa batalla de Stalingrado. A pesar de la situación desesperada del Ejército alemán, dirigido por Von Paulus, el megalómano y fanático Hitler había prohibido dar un paso atrás. Ni la Werhmacht podía romper el cerco soviético ni desde Alemania se lograba abastecer de los materiales de supervivencia más básicos a las tropas asediadas. Durante el transcurso de esta gigantesca batalla, se vio que parecia claro que Alemania jamás podría ganar aquella guerra. No contaba con los recursos necesarios para ello, algo que Hitler jamás quiso admitir. Pero la derrota era cuestión de tiempo.

Junto con la derrota de Stalingrado, materializada a comienzos de 1943, los Aliados asestaron otro gran golpe a las potencias del Eje. En junio de 1942, los norteamericanos derrotaron a los japoneses en la batalla aeronaval de la isla de Midway, en medio del océano Pacífico (de ahí su nombre). Los nipones perdieron hasta cuatro portaaviones, que resultaron irreemplazables, y gran perte de las tripulaciones de sus aviones, cuya pérdida tampoco estaban en condiciones de compensar ni a corto ni a medio plazo. Por el contrario, le economía de guerra norteamericana comenzaba a funcionar a velocidad de crucero. En agosto de 1942 comenzó la contraofensiva efectiva estadounidense, cuando una división de marines (infantería de marina) desembarcó al este de Nueva Guinea, en las islas Salomón.

1942 fue también el año del inicio de la brutal «Solución Final» para la cuestión judía. A partir de enero, el régimen nazi comenzó a exterminar sistemáticamente a la población judía europea. Sólo durante este año fueron asesinados unos dos millones de judíos, en campos de concentración y de exterminio. Además, los alemanes iniciaron amplias tareas de represión como represalia a las acciones de los partisanos en los territorios ocupados por el Tercer Reich, que se llevaron por delante las vidas de cientos de miles de personas.No hubo piedad. A causa de la represión germana, el odio de los civiles hacia las tropas de ocupación se incrementó de forma geométrica. El motivo que esgrimieron las autoridades nazis para llevar a cabo esta despiadada política de exterminio es que era necesario mantener la guerra fuera de Alemania, pues de lo contrario, esa misma brutalidad recaería sobre el propio pueblo alemán, como así se demostró después. Ese objetivo saltó por los aires cuando los Aliados iniciaron en 1943 el asalto a lo que se denominaba la «fortaleza europea», desembarcando en Sicilia.