Oskar Maria Graf (1894-1967)

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Bertold Bretch y Oskar Maria Graf en Nueva York en 1944

Oskar Maria Graf era el noveno hijo de una modesta familia de panaderos en el pueblecito bávaro de Berg. Cuando Oskar acabó los estudios primarios se puso a trabajar en la panadería familiar, que ahora regentaba su hermano mayor tras la muerte del padre. Como no soportaba la actitud de su hermano, Oskar se fue a Munich con 17 años, con la idea de convertirse en escritor, que era su afición secreta. En la capital bávara trabajó en diversos oficios, pero logró introducirse en la vida bohemia muniquesa, contactando con intelectuales anarquistas y círculos literarios expresionistas. En 1914 publicó sus primeros poemas en la revista Die Aktion.Durante la Gran Guerra combatió en el frente del Este. Poco después fue declarado incapacitado para el servicio militar por razones psíquicas. Tras la guerra participó en la fallida Revolución bávara de 1919, y casi dio con los huesos en la cárcel, de la que se libró gracias a la intervención de Rainer Maria Rilke. Entre 1919 y 1926 fue dramaturgo en el teatro obrero Die Neue Bühne. En 1927 publicó su novela autobiográfica Somos prisioneros y en 1928 El Decamerón bávaro, colección  de cuentos satíricos y eróticos. Con la llegada de los nazis al poder, Oskar Maria Graf emigró a Praga y posteriormente a Nueva York, donde finalizó en 1940 su obra más conocida, La vida de mi madre, donde recuerda Baviera con una mezcla de nostalgia y denuncia. Durante la Segunda Guerra Mundial fue presidente de la German-American Writers Association, y publicó en la revista judeoalemana Aufbau. Regresó esporádicamente a Europa para dar conferencias, pero su residencia la había establecido definitivamente en EEUU, país que le concedió la ciudadanía en 1957. Escribió artículos en publicaciones norteamericanas y alemanas, poemas, relatos y novelas y fue un reconocido pacifista. Murió en Nueva York en 1967.

Oskar Maria Graf fue, según el New York Times, “uno de los primeros y más radicales opositores al régimen nazi”. Era un típico bávaro que se paseaba por Nueva York con los típicos pantalones de cuero de su tierra, y supo enseguida que el experimento nazi no traería más que dolor y destrucción. Tras un legendario artículo publicado el 11 de mayo de 1933 en el Wiener Arbeiterzeitung, en el que Graf reprochaba a los nazis que sus libros no fueran quemados junto al de otros muchos intelectuales alemanes y austriacos (muchos de ellos judíos), las autoridades nacionalsocialistas atendieron diligentemente su petición y organizaron una hoguera sólo para sus libros en el patio de la Universidad de Munich. Por cierto, el artículo era toda una declaración de intenciones explícitas, pues se tituló nada más y nada menos que ¡Quemadme!. No deseaba de ninguna manera ser uno de los “exponentes del nuevo espítiru alemán”. Claro, Graf era el típico muchachote bávaro. En Baviera había surgido el movimiento nazi, y a éstos les hubiese gustado tener entre sus filas a un intelectual representante de la raza aria como él…, pero no pudo ser.

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