Operación Cicerón

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Los espías nazis han mantenido siempre una aureola de fracasados. Pero puede ser efecto de la propaganda extendida por los vencedores al finalizar la guerra. En el delicado arte del espionaje y contraespionaje, que sirve nada más y nada menos que para ganar guerras, a menudo fueron superados por los Aliados. Pero siempre hay una excepción que confirma la regla. Y esa excepción se conoció como Cicerón, personaje denominado así por la razón que después veremos. Como siempre que hablamos de la Segunda Guerra Mundial, al menos en lo que se refiere a los entresijos de los asuntos de espionaje, hay diversas versiones que dependen de la fuente consultada.

Por ejemplo, es evidente que Cicerón no era el verdadero nombre de este espía. Unos lo nombran como Diello, otros como Verasevitch, aunque el nombre más probable de este espía al servicio de los alemanes era Elyesa Bazna, un hombre posiblemente nacido en una aldea albanesa, aunque otros investigadores sitúan su lugar de nacimiento en la ciudad kosovar de Pristina o en la macedonia Skoplje.

Von Papen
Franz Von Papen, el embajador alemán que escogió el nombre de Cicerón para el enigmático Elyessa Bazna

Todo comenzó en octubre de 1943. En Ankara, el agregado comercial alemán, que era en realidad el director de operaciones de espionaje nazi en Turquía (oficialmente neutral durante la guerra), recibió la sorprendente visita de alguien que le hizo una no menos sorprendente propuesta. Este hombre era Elyesa Bazna y pretendía vender a dicho funcionario germano una valiosísima colección de 4 documentos con información procedente de la embajada británica al precio de 5000 libras esterlinas por cada uno. 20000 en total. Ante las lógicas dudas del alemán, que desconfió en un primer momento de aquel hombre, pensando en alguna burda estafa o broma, Bazna se encogió de hombros y le dijo que quizás los rusos pagarian mejor la informaciòn ofrecida. Sintiéndose con la sartén por el mango, el supuesto y misterioso espía dio 48 horas al agente comercial para que consultase con el embajador alemán en Ankara, Franz Von Papen (que había sido canciller de la República de Weimar antes del advenimiento del nacionalsocialismo en Alemania) y tomasen una decisión al respecto.

Bazna trabajaba como mayordomo personal del embajador británico y lo único que deseaba era recibir un buen pellizco de dinero por la informaciòn extraida de la embajada. Le daba exactamente igual qué bando ganase la guerra. El quería ser pescador en río revuelto. Para los alemanes, el precio que pedía por sus cuatro documentos era algo elevado, pero finalmente, la intuición y la curiosidad de Von Papen pudieron más que la sospecha y la desconfianza iniciales y así se pudo efectuar el intercambio propuesto por el albanés, quien entregó su tesoro en forma de negativos fotográficos. Los alemanes se pusieron inmediatamente manos a la obra y revelaron los negativos obtenidos por Bazna. La sorpresa fue mayúscula, pues ahí, delante de sus atónitos ojos, se mostraba nada más y nada menos que la lista de todos los espías británicos que operaban en Turquía, datos de envíos de armamento de EEUU a la URSS y resúmenes de reuniones y contactos mantenidos por los Aliados. ¡Aquello tenía que ser verídico! Los alemanes no cabían en sí de gozo. Hitler ordenó explotar a fondo la relación recién establecida con el mayordomo de la embajada británica. ¡Era un filón!

Lo primero que pensó Von Papen fue mantener en secreto esta operación y darle un nombre apropiado en clave al informador. El antiguo canciller era hombre de vasta cultura y denominó al espía Cicerón, en reconocimiento a la elocuencia que partía de los documentos fotografíados, ya que Cicerón, el verdadero, había sido un célebre escritor, político y orador romano de la época de Julio César. Parecía que toda la información aportada por Cicerón era auténtica, pero más de uno sospechaba de la facilidad con  que era obtenida y si no sería más bien algún montaje del servicio secreto británico para despistar a los alemanes. Parecía que no, que los británicos estaban en Babia en este asunto. Se siguió, pues, confiando en Cicerón. El agregado comercial alemán del comienzo de esta historia, consiguió ganar la amistad del desconfiado albanés y obtuvo por la buenas el modus operandi. La historia de Bazna era la siguente. En su día había respondido a un anuncio en prensa en el que la embajada británica solicitaba chófer para el primer secretario. Pero como además, Cicerón tenía experiencia como mayordomo, fue contratado y puesto al servicio directo del embajador. Un buen día en que limpiaba un pantalón del embajador, encontró una llavecita. Descubrió que abría el maletín donde el diplomático guardaba la documentación más sensible, esa que llaman Top Secret en las películas. El astuto espía hizo una copia de la llave y la volvió a depositar en el lugar donde la había encontrado. Aquí no había pasado nada. Como el embajador padecía de cierto insomnio, tomaba potentes somníferos para conciliar el sueño. En esos momentos en que se hallaba en los brazos de Morfeo, el mayordomo se introducía subrepticiamente en el dormitorio del veterano diplomático, abría el maletín, se llevaba los documentos y en una habitación contigua, bajo una potente lámpara, los fotografiaba impunemente. Después los volvía a depositar en su sitio.

Por fin los británicos comenzaron a sospechar de que algo raro pasaba, pero a nadie de la embajada se le ocurrió sospechar del anodino mayordomo del embajador. Aún así tomaron estrictas medidas de seguridad dentro del edificio, tratando de identificar, mediante una sofisticada alarma, los posibles movimientos sospechosos en el interior de la embajada. Como el propio Cicerón ayudó a instalar el sistema, evidentemente no sirvió para nada y la fuga siguió su camino hacia el servicio secreto nazi. Algunos documentos se revelaron posteriormente vitales para la marcha de la guerra, pues en aquella valija diplomática estaba el plan de los Aliados para desembarcar en Europa. Cayó en manos alemanas en marzo de 1944, pero éstos pensaron que esta informaciòn tan sensible sí que podía ser una trampa tendida por los británicos, y no le dieron la importancia que merecía. Tres meses después, los Aliados desembarcaban en Normandía y abrían un nuevo frente en el oeste, un hecho que fue fundamental para el desarrollo final del conflicto. Los alemanes fallaron aquí estrepitosamente por la existencia de rencillas internas en el régimen nazi: el ministerio de Asuntos Exteriores y los servicios secretos no se soportaban y aprovechaban el mínimo resquicio para ponerse zancadillas. Una de esas zancadillas provocó el giro definitivo de la guerra.

Aún así, Cicerón seguía trabajando como si nada, ganando sus buenos emolumentos, hasta que en abril de 1944 se descubrió su juego. Pero no fueron los británicos sino una secretaria alemana antinazi introducida por los servicios secretos norteamericanos en la embajada alemana de Ankara, quien se chivó a los ingleses de que tenía al enemigo en casa. Sorprendentemente, Cicerón fue tan solo despedido, y no se tomó ninguna medida de represalia contra él. Al despistado embajador británico

Operacion ciceron
Cartel en España de Operaciòn Cicerón, película protagonizada por James Mason

que había permitida tan enorme fuga de información al enemigo se le endosó una dura reprimenda y un discreto retiro, próximo como estaba  a la edad de jubilación. Quizás los propios británicos trataron de tapar en la medida de lo posible el caso para no quedar en entredicho, incluso en ridículo, pues habían cometido un gravísimo error en asuntos de espionaje y contraespionaje. No habían sido capaces de detectar durante tantos meses al topo que horadaba sus archivos.

Se dice que Cicerón se trasladó a Sudamérica, donde vivió del suculento botín obtenido. En los años 60, Elyesa Bazna reapareció (o alguien que se hacía pasar por Cicerón), y comenzó a mantener entrevistas en los medios de comunicación, llegando a publicar sus memorias sobre el azaroso período de tiempo en que trabajó en la embajada británica de Ankara. Parece que ganó bastante dinero con sus actividades divulgativas, pues no en vano fue quizás el espía más famoso de la Segunda Guerra Mundial. Pero parece que en su momento también los alemanes le estafaron a él. Las libras esterlinas con que pagaron al albanés sus brillantes servicios eran falsificaciones. Eso sí, muy buenas, por cierto. Los nazis pagaban en numerosas ocasiones con billetes falsos a sus proveedores e informadores locales, para dañar cuanto más pudieran a la economía británica. Así que el misterioso espía que tomó el pelo a los británicos, a su vez fue engañado por los alemanes.

La historia de Cicerón fue llevada al cine con el nombre de “Operación Cicerón”. Dirigida en 1953 por Joseph L.  Mankiewicz, y protagonizada por el excelente actor británico James Mason. Este film ha sido considerado muchas veces como la mejor película de espías en la historia del Séptimo Arte.

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