La situación a finales de 1943

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Si a finales de 1942, los Aliados comenzaban a tomar la iniciativa, un año después, avanzaban hacia Alemania. En 1943, los Aliados desembarcaron en Sicilia y se dirigieron hacia el norte de la península italiana, lo que acarreó la caída del Duce Benito Mussolini. El gobierno que sucedió al fascista suscribió un armisticio con los Aliados. Italia, que era el principal aliado de Hitler en Europa había caído, lo que ocasionó la apertura de otro frente para los alemanes, que no quisieron, según la costumbre de Hitler, ceder el territorio italiano sin luchar, pues las tropas aliadas avanzaban por la bota italiana hacia el Tercer Reich.

En el gigantesco frente del Pacífico, lo único que les quedaba a los japoneses era conservar el inmenso territorio conquistado. Pero los norteamericanos avanzaban lentamente hacia el corazón del imperio del sol naciente, “saltando” (mediante la conocida táctica del “salto de rana”) de isla en isla, enfrentándose con paciencia a la durísima y tenaz resistencia japonesa, muchos de cuyos soldados preferían el suicidio a la rendición. Esta actitud, tan relacionada con el código del honor enraizado en el espíritu japonés, ralentizó el avance norteamericano, cuyo ejército necesitó concentrar la mitad de sus efectivos totales en este amplio frente.

Los Aliados eran dueños y señores del espacio aéreo del Tercer Reich y comenzaban el brutal bombardeo de las ciudades alemanas. La población civil germana comenzó a sufrir en sus propias carnes los efectos devastadores y destructivos de la guerra. La situación se había invertido.

Por otro lado, gran número de submarinos alemanes fueron hundidos en la guerra del Atlántico, con lo que la capacidad de ataque de la flota alemana contra los convoyes aliados se redujo drásticamente. Ya a finales de 1943, los líderes Aliados, tras el evidente cambio de curso de la conflagración, celebraron una Conferencia en Teherán para comenzar a diseñar el nuevo orden mundial después de la guerra, que aún se adivinaba larga, gracias a la resistencia a ultranza de las potencias del Eje, excepto Italia.

En noviembre de 1943, Hitler ordenó reforzar las divisiones alemanas en el frente occidental, a pesar del peligro que suponía el retroceso en el frente ruso, después de la hecatombe de Stalingrado. El Führer consideraba que la amenaza en el oeste era muy superior a la oriental y que podía decidir la guerra. Como en Rusia se habían conquistado vastas extensiones de terreno, los jerarcas nazis consideraron que podían retroceder mucho sin que se viese afectado el corazón de Alemania. En cambio, en el oeste, el más mínimo cambio en la situación, abriría el acceso de las tropas británicas y norteamericanas al centro de Alemania. En efecto, si los Aliados conseguían romper las defensas alemanas, en muy poco tiempo lograrían cruzar la frontera del centro del imperio nazi, un imperio en franco retroceso. Hitler acertó de pleno, pues la batalla más decisiva se libró desde junio de 1944 en el frente occidental.

A finales de 1943 la situación para Alemania comenzaba a transformarse en dramática, a pesar de su gigantesca capacidad de resistencia. Los responsables políticos y militares lo sabían, y a pesar de ello, siempre comunicaron a la población civil lo bien que iba la guerra, una información manipulada magistralmente por el ministro de propaganda nazi, J. Goebbels. Pero los intensos bombardeos sobre las ciudades alemanas terminaron por convencer a los alemanes de que las cosas no iban tan bien como trataba de hacerles ver el gobierno. La guerra había cambiado de signo y la derrota sólo era cuestión de tiempo. De tiempo y de muchos millones de muertos y destrucción más.

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