La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci

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Las circunstancias de la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci nunca estuvieron muy claras, aunque la versión más aceptada, y que pasa por ser la oficial es la que contó años después Walter Audisio (apodado Coronel Valerio), diputado comunista del Parlamento italiano, aunque solo fuese para echarse flores.

La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci. Colgados boca abajo en Milán

Winston Churchill, el primer ministro británico, y Benito Mussolini, el Duce italiano, no dejaron de intercambiar correspondencia ni siquiera durante la guerra. Según algunas fuentes, el servicio secreto inglés planificó el asesinato de Mussolini y de su amante, que estaría enterada de todo, dadas las confesiones de alcoba que el Duce ofrecía un día sí y otro también a Clara Petacci.

Pero vayamos ya al meollo de este post, que es la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci en sí. Según el relato de Audisio, el mismo partisano despertó a la pareja prisionera en manos de los guerrilleros italianos y les metió en un coche, dicéndolos que cambiaban de destino. El automóvil no avanzó mucho, pues enseguida llegaron a la puerta de una casa de veraneo, Villa Belmonte. El resto es la transcripción de la narración de protagonista, tal y como aparece en la obra de Juan Eslava Galán, “La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos”. Dice así:

Ordené a Mussolini que se colocase contra la pared. Obedeció sin comprender nada. Cuando se volvió, le leí la sentencia […]. Por orden del Alto Mando del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, tengo la misión de hacer justicia al pueblo italiano [,,,].

Éramos un pequeño grupo reunidos en aquel recodo de la carretera. Mussolini, Clara Petacci, Guido, el comisario de los partisanos y yo. Eran las cuatro de la tarde.

– ¡Mussolini no debe morir!¡Mussolini no debe morir!-gritó la Petacci, al borde de la histeria […]

Levanté la metralleta para disparar.

– ¡Apártese de ahí o recibirá también!-le grité a Petacci.

Se apartó trastabillando. Apreté el gatillo. El arma no disparó. Clara Petacci corrió de nuevo hacia Mussolini y lo abrazó. Arrojé la metralleta y empuñé el revólver. Clara Petacci corría de un lado para otro, presa del pánico…

-¡Quítese de en medio!- le dije apuntando con el revólver, pero el arma tampoco funcionó…

Llamé al comisario y le tomé la metralleta. Apunté una vez más y alcanzaron a Mussolini cinco balas. Cayó de bruces, contra el muro. Disparé de nuevo. Una bala alcanzó a la Petacci y la mató en el acto. Tres balas más alcanzaron a Mussolini, pero aún respiraba. Me acerqué y le disparé al corazón. Por fin estaba muerto[…]”

Según este relato “oficial”, la muerte de Petacci no fue un acto premeditado y se trató, casi, casi de un mero accidente, pues el que tenía que morir era Mussolini y sólo él. Quizás la narración del diputado ex-partisano sólo tenía la intención de lavar cierta mala conciencia por haber tenido que matar a la mujer, cuyo delito más conocido era tan sólo el haberse enamorado locamente del dictador italiano. Que tuviese otros secretos más inconfesables es algo que cae fuera de mi conocimiento y de este artículo. Secretillos como conocer de primera mano la correspondencia que mantenía el antiguo maestro socialista con el Premier británico. Sea como fuere, el caso es que el cadáver de Claretta acompañó al de Mussolini cuando fueron expuestos al pueblo. Los partisanos se llevaron los cuerpos de los dos ejecutados a Milán, donde los colgaron cabeza bajo de la marquesina de una gasolinera en la plaza de Loreto. Antes de ese último ensañamiento con los cadáveres, muchas de las personas reunidas en la plaza para comprobar que el Duce estaba muerto y bien muerto, patearon, escupieron y hasta se orinaron encima del finado. Mussolini y Petacci fueron acompañados en su última aparición pública por otros líderes fascistas, también fusilados por los partisanos.

La muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci. Ensañamiento con los cadáveres

El ensañamiento de la gente con el cadáver de Mussolini dejó marcas bien patentes en él, según refleja la autopsia: “Cabeza deformada por la destrucción del cráneo. Esquirlas de hueso clavadas en las cavidades. Globo ocular machacado y desgarrado, con escape del humor vítreo. Mandíbula superior fracturada, con múltiples laceraciones en el paladar. Cerebelo, protuberancia de Varolio, mesencéfalo y parte de los lóbulos occipitales, aplastados. Gran fractura en la base del cráneo” (Best, 2012, p.184). Literalmente le habían partido la cabeza a patadas y a palos.

Volviendo a la gente…Una gente que en los buenos tiempos de Benito Mussolini, a buen seguro lo habían vitoreado y jaleado como su querido Duce. Como cambian las cosas, antes en la cima del poder omnímodo, ahora un cadáver nada más (como Rascayú), colgando cabeza abajo con la cabeza rota y los sesos casi fuera delante de una muchedumbre que vociferaba alegre y extasiada…Así nos han contado como fue la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci.

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