La conjura antinazi

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Los aliados de la coalición antinazi se habían juramentado para mantener su alianza hasta la destrucción de la Alemania nazi, lo que quería decir que la condición para la desaparición del régimen nacionalsocialista era la completa derrota militar del país. Así, tuvo lugar la Conferencia de Moscú (octubre de 1943) en la que los ministros de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, EEUU y la URSS se comprometieron solemnemente a castigar con ejemplaridad a los responsables de las atrocidades nazis, poniendo en marcha una línea de actuación común que se terminó de concretar en la siguiente reunión, la Conferencia de Teherán, tan solo unos meses después, en diciembre del mismo año. La declaración conjunta de Teherán afirmaba lo siguiente: “Ninguna potencia sobre la tierra podrá impedirnos destruir los ejércitos terrestres alemanes, sus submarinos y su industria bélica aérea. Nuestros ataques serán despiadados y cada vez más fuertes”. Toda una declaración de intenciones para que a nadie le pillase de improviso, porque en efecto esa era la actitud que iban a mostrar los aliados. Con esta base de actuación se fijó la fecha aproximada del inicio del desembarco en el norte de Francia (la apertura del segundo frente, tan ansiado por Stalin hacía unos años y que ahora era absolutamente necesario por parte de las potencias occidentales para evitar que el oso ruso se comiese todo el pastel). La puesta en marcha de esta ofensiva debía ser acompañada por la reanudación de los ataques en el este, a fin de obligar a los alemanes a luchar simultáneamente en dos frentes, algo que a la larga iba a hundir las líneas de defensa nazi.

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