Fritz Sauckel y los esclavos

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Mujeres trabajando en una fábrica de Volkswagen (1943)

El 21 de marzo de 1942, Hitler nombró a Fritz Sauckel Comisario general para el empleo de mano de obra, que es tanto como decir responsable de la organización de la esclavitud en todo el territorio controlado por el Reich. Debía asegurar al Estado nazi el suministro de mano de obra, cuanto más barata mejor. Alemania era un Estado inmerso en un tremendo conflicto en el que se abrían cada vez más frentes, y que necesitaba desarrollar una compleja economía de guerra.

En enero de 1943, el plenipotenciario Sauckel introdujo el trabajo obligatorio para todos los alemanes. Entre 16 y 65 años para los hombres, y de 17 a 45 para las mujeres. Todo el mundo debía arrimar el hombro para ayudar a que Alemania ganase una guerra que cada día se iba haciendo más cuesta arriba. Pero además organizó la mano de obra esclava, la de los territorios invadidos, dado que gran parte de los recursos humanos válidos nativos estaban incorporados en el Ejército alemán. Numerosos prisioneros de guerra (Enzo Collotti habla de hasta dos millones de personas en febrero de 1944) se habían incorporado al trabajo forzoso en las fábricas y minas del Reich. Por esta razón, muchos prisioneros de guerra salvaron la vida (al menos por el momento), sobre todo soviéticos, a los que Hitler, en una de sus paranoias, deseaba exterminar de forma masiva. El 3 de febrero de 1943, en el congreso celebrado en Poznan de Gauleiter (“líderes de Zona”, es decir, los Jefes Políticos del Partido nazi en cada estado o región alemana), Sauckel informó que “La inaudita dureza de la guerra me ha obligado a movilizar, en nombre del Führer, a muchos millones de extranjeros para emplearlos en toda la economía de guerra alemana y sacarlos el máximo de rendimiento”. Toda una declaración de intenciones de corte esclavista, desde luego. A finales de 1942, el número de trabajadores extranjeros empleados como mano de obra barata en la economía alemana era de unos 7 millones. Como Hitler pidiese a comienzos de 1944 otros cuatro millones más, Sauckel se afanó en obtener con gran eficacia la mercancía humana que le exigía su Führer, logrando hasta medio millón de las propias y maltrechas reservas humanas alemanas, pero el resto eran foráneos, deportados a Alemania: millón y medio de italianos, un millón de franceses, 250000 belgas, 250000 holandeses, 600000 procedentes de los territorios soviéticos y orientales y 100000 del resto de territorios. Sauckel se demostró un auténtico maestro en aquello de procurar al régimen mano de obra barata, y hasta el mismo mariscal Göring elogió su trabajo.

Uno de los rasgos fundamentales del Tercer Reich fue la brutal explotación a la que se sometió a los trabajadores. Sauckel realizó levas forzosas amenazando con el hambre y represiones familiares si no se cumplían sus órdenes. Con sus drásticas medidas, logró deportar a Alemania a tantos millones de trabajadores extranjeros. Los más afectados por la dureza de las condiciones que impusieron los nazis fueron los procedentes de la Europa oriental, a quienes se obligaba a efectuar los trabajos más duros. Las raciones alimentarias de los trabajadores extranjeros era de inferior calidad y cantidad a las de los alemanes y se alojaban en miserables barracones que no tenían nada que envidiar a los de los campos de concentración. Dentro de los extranjeros, como ya hemos comentado más arriba, se llevaron la peor parte los eslavos, que los nazis consideraban pertenecientes a una raza inferior, y a los que se quería eliminar físicamente con la dureza de los trabajos encomendados. Salieron mejor parados los trabajadores de la Europa occidental que los nazis consideraban más cercanos a su ideal de pureza aria: franceses, belgas u holandeses. Pero todos ellos formaron parte de la mano de obra barata que los imperialistas nazis utilizaron de forma más o menos despiadada para mantener el descomunal esfuerzo de su loca aventura bélica.

Sauckel fue condenado a muerte en los Juicios de Nuremberg y ahorcado el 16 de octubre de 1946.

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