Franz Stangl, el exterminador de Treblinka

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Franz Stangl fue comandante del campo de la muerte de Treblinka, cerca de Varsovia. Allí fueron enviados unas 700000 personas, de las que salieron con vida un centenar escaso. Se le concedió la Cruz del Mérito por “Asuntos Secretos del Reich” que implicaban “esfuerzo psicológico” (el exterminio de seres humanos, sin duda). En algo más de un año de trabajo (abril de 1942 – agosto de 1943), pleno de encomiable eficacia, desde luego, envió a Berlín 2.800.000 dólares norteamericanos, 400.000 libras esterlinas, 12 millones de rublos soviéticos, 145.000 kilos de oro en anillos de boda, 4000 quilates de diamantes, 25 cargas de cabellos femeninos para la industria, unos 1000 camiones de ropa usada y muchos otros objetos, fruto del expolio a las víctimas. Cuando Stangl finalizó su siniestro trabajo, Polonia fue considerada oficialmente “libre de judíos”.

Como alto oficial de las SS experto en exterminio y tras el cierre de Treblinka por falta de presos, fue destinado a la lucha contra las rocosas guerrillas yugoslavas, cuyos componentes lograron hacerse con copias de su historial criminal. Fue capturado después de la guerra e internado en un campo de concentración norteamericano cerca de Salzburgo. Posteriormente se escapó y con ayuda del denominado grupo ODESSA, que ayudaba a escapar a antiguos nazis (posiblemente creado por Martin Bormann), se trasladó a Siria hasta que el temor a represalias le hicieron salir de Damasco, donde había dirigido una agencia de importaciones y exportaciones, un sector muy socorrido por el mundo de los espías. Recaló en Brasil con ayuda de ODESSA. En Sao Paulo trabajó en la fábrica de Volkswagen. Gracias a las pesquisas de la oficina del “cazanazis” Simon Wiesenthal, fue descubierto en 1967 en la ciudad brasileña, solicitando inmediatamente los gobiernos de Holanda e Israel su extradición, de acuerdo con la convención internacional contra el genocidio, que Brasil había firmado, al contrario que otros países sudamericanos que también acogían nazis. Pero todavía se tardaron tres años más en juzgarle por crímenes contra la Humanidad. Finalmente fue juzgado en Düsseldorf en 1970, juicio en el que fue hallado culpable de haber colaborado en el asesinato de 700.000 personas y de ser responsable directo de la muerte de otras 400.000 y que le sentenció a cadena perpetua. Cuando le preguntaron cómo se defendería de los cargos presentados en un proceso que investigaba hechos sucedidos hacía 27 años, respondió sin inmutarse: “Tengo la conciencia tranquila. Yo simplemente cumplía con mi deber”. Falleció de un ataque cardíaco en prisión el 28 de junio de 1971.

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