El infortunio del USS Indianapolis

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El USS Indianapolis

El USS Indianapolis fue un crucero pesado (de gran autonomía y tonelaje) de la marina norteamericana, el orgullo del presidente Roosevelt. Cuando fue botado el 7 de noviembre de 1931 nada hacía presagiar la tragedia y el infortunio que acabaría con él y con gran parte de su tripulación. Pero en su tiempo representaba la más alta tecnología en el sector naval. Desplazaba 9950 toneladas y medía 610 pies de eslora (largo) y 66 de manga (ancho). La tripulación estaba constituida por 1269 personas que incluían oficialidad y marinería. Podía alcanzar una velocidad de 32,7 nudos (unos 60 km/hora).

El presidente Roosevelt eligió al USS Indianapolis como su nave de Estado y viajó en él en algunos viajes oficiales. A comienzos de diciembre de 1941, el navío estaba fondeado en Pearl Harbour, pero antes del ataque japonés del día 7 de este mes, salió de puerto para realizar unas maniobras rutinarias. En este post no vamos a entrar en la polémica de si los EEUU sabían que iban a ser atacados por el imperio nipón por lo que ya tenían la excusa perfecta para involucrarse de lleno en el conflicto contra las potencias del Eje. Pero lo cierto es que el USS Indianapolis salió de najas y en tiempo récord del puerto hawaiano. A partir de la declaración de guerra contra los japoneses, el crucero realizó numerosas misiones, participando en el bombardeo masivo de la isla de Okinawa en marzo de 1945 junto a otros muchos buques de la Armada norteamericana, que dejaron la isla japonesa hecho un queso de gruyere. Además logró derribar 6 aviones japoneses con sus potentes defensas antiaéreas. Pero en la misma batalla de Okinawa sufrió el ataque de un kamikaze japonés que se llevó por delante a 9 marineros e hirió a otros 26. Además el bombazo suicida ocasionó un grave deterioro estructural en el navío, por lo que fue remolcado hasta la isla Mare, en Nueva Caledonia, donde se le practicaron las pertinentes reparaciones. A finales del mes de abril, ya estaba dispuesto para volver a las andadas. Pero esta vez las andadas se salieron de madre, pues el USS Indianapolis dejó de combatir. Se le asignó en cambio una misión que le hizo participar en una catástrofe inédita hasta el momento en la prodigiosa historia de la Humanidad: transportar las piezas de mayor tamaño de las bombas atómicas (o de sólo de una de ellas, información que depende de la fuente consultada) desde San Francisco, en la costa oeste de los EEUU hasta la isla de Tiniam, en el archipiélago de las Marianas. Ya conocemos la brutal tragedia que desencadenaron estas bombas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, pero no nos vamos a ocupar de ello ahora, sino del destino final del USS Indianapolis. Las piezas de las bombas nucleares se descargaron en Tiniam el 26 de junio sin incidentes dignos de destacar. Poco después, el crucero recibió la orden de dirigirse a Leyte (en las islas Filipinas) para realizar un ejercicio rutinario junto con otro buque de guerra, el USS Idaho.

Pero por razones que nadie alcanza a comprender, o quizás por exceso de confianza, el crucero avanzaba a medianoche del día 29 de julio sin escolta. Las autoridades de la Armada consideraron que el mar en esa zona estaba limpio de japoneses. Y he aquí que fue alcanzado por los torpedos de un submarino japonés, el I-58, cuyo capitán no podía creer lo que veían sus ojos a través de su periscopio: ¡el USS Indianapolis a tiro! El crucero había sido cazado y hundido, gracias al despiste americano y a la pericia del comandante japonés, Mochitsura Hashimoto. Y eso a pocas semanas del final definitivo de la guerra en el Pacífico, pero antes del estallido de las bombas nucleares.

Superviventes del USS Indianapolis a su llegada a la isla de Guam

Aquí viene lo peor del asunto, pues con el hundimiento del USS Indianapolis fallecieron casi en el acto 350 marineros, que podemos decir que tuvieron la fortuna de morir en ese instante, pues la suerte de los supervivientes no fue para dar envidia. Los 800 tripulantes que habían sobrevivido al ataque japonés se encontraron flotando en medio del océano rodeados de tiburones. Los hambrientos animalitos, ante la perspectiva de tan pantagruéiico festín, fueron incrementando su número a medida que pasaban las horas. La sangre de los marineros que sirvieron de almuerzo a los escualos que andaban por allí a primera hora, hizo de efecto llamada para más y más tiburones. Algunos marineros habían logrado fletar botes de goma y otros llevaban simplemente chalecos salvavidas. Ante el infierno desatado en el mar y la presencia de tanto tiburón suelto, muchos intentaron subirse a los botes, que volcaron, para regocijo de los hambrientos escualos. Además, por si esta molesta presencia no bastase, el hambre y la sed castigaron también sin descanso a los infortunados marineros. El rescate de los posibles supervivientes se demoró cinco días, tiempo más que suficiente para que los tiburones dieran buena cuenta de unos 500 tripulantes. Lo extraño es que hubiese supervivientes del ataque de los tiburones, que por cierto, no eran blancos, como el de la célebre peli de Spielberg, sino algo más pequeños, pero igual de mortíferos. Por cierto, uno de los que sobrevivieron al hundimiento y posterior ataque de los tiburones fue el marinero Quint, el protagonista de la novela que inspiró el film del director de Indiana Jones. Tras varios días de agonía, desesperación y locura, el 2 de agosto fueron localizados por un avión cuyos pilotos, sin poder crédito a sus ojos por el desastre que contemplaban en el mar, no pudieron hacer otra cosa que lanzar víveres y una lancha de goma a los náufragos, y tan pronto como les fue posible, informar de lo sucedido. Para entonces suponemos que los tiburones andaban haciendo enormes esfuerzos por digerir todos los cuerpos que habían engullido en tan insólito golpe de suerte. Golpe de suerte para ellos, sin duda. Desgracia para los marineros, obviamente.

Mochitsura Hashimoto, el comandante japonés que hundió el USS Indianapolis
Mochitsura Hashimoto
El capitán del USS Indianapolis, Charles McVay
Charles McVay

En el rescate final participaron hasta cinco navíos, que sólo pudieron recoger vivos a unos 315 marineros (los números varían ligeramente según las fuentes), entre ellos al capitán del barco, Charles Butler McVay. El pobre hombre, que había sobrevivido al ataque de los tiburones, no pudo con otros similares de dos patas, pues fue juzgado por negligencia, por cometer errores que costaron la vida de sus hombres y del USS Indianapolis, material sensible propiedad del Estado. El comandante nipón del I-58, Mochitsura Hashimoto, participó como testigo de cargo en el juicio del capitán McVay. Finalmente, McVay fue rehabilitado y ascendido a contraalmirante, retirándose en 1949. Se suicidó en 1968, víctima de una enfermedad depresiva causada por tan traumática experiencia. El causante de todo este desaguisado, Mochitsura Hashimoto ingresó en un santuario sintoísta tras la guerra y el juicio de McVay (diciembre de 1945), lugar de paz donde quiso saber ya poco del mundo. Falleció en Kyoto el 25 de octubre de 2000 con 91 años.

 

 

 

 

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