El aeródromo “embrujado” de Boreham

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Las supersticiones parece que se acentúan en tiempo de guerra, algo que parece lógico y normal, pues en una situación extrema, la población necesita agarrarse a un clavo ardiendo para sobrevivir. Y no sólo físicamente, sino también mentalmente, pues se soportan situaciones que pueden acabar con la vida de uno mismo y de sus más allegados en cualquier momento. En la Inglaterra de 1940, la gente creía todavía en brujas y se susurraba en voz baja en los hogares que ese año, mientras tenía lugar la batalla de Inglaterra en los cielos de la isla, se reunía el denominado Great Circle, una reunión de brujas británicas al más alto nivel. Esta misteriosa reunión tuvo lugar también en otros momentos de peligro generalizados, justamente con la pretensión de conjurarlos. Desde luego, había funcionado, pues la Armada Invencible y Napoleón fracasaron en sus intentos de invasión.

bombardero B-17
Bombardero B-17

El auge “brujeril” está relacionado con un episodio como mínimo, curioso: el de la construcción de un aeródromo para la Fuerza Aérea norteamericana en Boreham, población cercana a la ciudad inglesa de Chelmsford. En mayo de 1943, el 861º Batallón de Ingenieros comenzó a construir una pista y sus dependencias anexas para permitir el despegue de los superbombarderos B-17 norteamericanos con su cargamento de muerte y destrucción rumbo a las ciudades alemanas. Con lo que no contaban estos ingenieros era con las historias de brujas, que estaban muy extendidas por la región. En buena lógica, para construir la pista necesitaban alisar la superficie, y para ello necesitaban desplazar una gran piedra, que tenía cierto carácter sagrado para los lugareños. Aseguraban los paisanos que bajo la roca se enterró hace muchos años lo que quedaba de una bruja condenada a morir en la hoguera por lo que se condenaba a las brujas por entonces: por hechicería. Algún experto o erudito señaló a los ingenieros, que no las tenían todas consigo, que lo que para las buenas gentes del lugar era un sitio maldito, era más bien un altar prerromano dedicado a ignotos dioses celtas, y que a través de los siglos había conservado ese carácter sacro o misterioso. Los vecinos, fuera lo que fuese, estaban absolutamente convencidos de que desplazar de su sitio ancestral la piedra de marras, no iba a ocasionar más que desgracias.

Ya fuese casualidad o no, lo cierto es que sucedieron algunos hechos luctuosos. Ningún trabajador contratado por los ingenieros se atrevió a mover un dedo, excepto uno, que no parecía creer en cuentos de niños. Así que, ni corto ni perezoso, se puso a los mandos de una excavadora para retirar el maldito pedrusco. Ni que decir tiene que la máquina se averió al instante. Parecía claro: el lugar estaba maldito. Cuando se les pasó el susto a los presentes, otra excavadora logró trasladar la piedra sin problema, pero he aquí que numerosas cabezas de ganado fallecieron por alguna extraña enfermedad. La maldición de la bruja se había puesto en marcha. No obstante era necesario superar miedos y supersticiones, que la guerra continuaba y el aeródromo era necesario. Por fin el equipo de ingenieros pudo poner en servicio la instalación.

Aunque…la maldición no se había volatilizado así como así…Un avión Thunderbolt del 56º Grupo de Caza de las Fuerzas Aéreas estadounidenses tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia en la nueva pista, con tan mala suerte que su tren de aterrizaje impactó con una excavadora cuyo operario andaba enfrascado en tareas de mantenimiento de la pista. El conductor falleció en el accidente. Por supuesto era el mismo trabajador que había movido la roca maldita. Y la excavadora, la máquina utilizada para lograrlo. Los lugareños sonreían con tristeza pues tenían razón al creer en la maldición de la dichosa bruja. Otro hecho les daba todavía más motivos, pues el comandante de la base, un descreído para quien las brujas formaban parte de cuentos para asustar a los niños, cayó repentinamente fulminado de un ataque al corazón. Por fortuna, y cumplida la supuesta venganza de la bruja, la muerte del comandante cerró el ciclo de acontecimientos luctuosos acontecidos en el tristemente famoso aeródromo de Boreham. La maldición se fue olvidando a medida que los bombarderos despegaban desde allí para bombardear a conciencia las infortunadas ciudades alemanas. Cuando finalizó la guerra, el aeródromo fue desmantelado y desde entonces nadie (o casi nadie, que se sepa) mostró interés alguno por la maldición de la bruja de Boreham.

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